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Salvavidas.

Lo malo de tratar de ser un salvavidas es que consigues que el resto no se ahogue pero tú acabas en el fondo, entre animales submarinos que todavía no tienen nombre porque nadie los ha visto.

Las aguas abisales son tan raras y se está tan solo.

Entiendes entonces a esos que no tuvieron suerte (y dinero) suficiente para subir a un bote en el Titanic y alejar el frío inerte del Atlántico de sus órganos. Entiendes que las tinieblas no dan miedo porque estén llenas de monstruos como los que hay debajo de tu cama. Entiendes por fin que, al final, nuestro mayor temor es el de no tener a nadie que se pregunte por qué hoy no te brillan los ojos como siempre.

Y estamos desaprovechando las buenas oportunidades, y nos vamos a hacer viejos siendo carne de psicoterapia. La felicidad la dejamos en manos de los demás porque nosotros no la merecemos, porque ya nos hemos dado por vencidos, porque hemos dejado atrás la mirada de niño y la inocencia se nos fue con aquel primer vómito por culpa de la resaca.

No sé si deberíamos volver a creer, pensar que todavía hay tiempo por delante, pensar que las cosas todavía pueden irnos bien, y abrir las alas y echar el resto en cada vuelo que nos quede.

Pero nunca seremos tan optimistas, nunca nos concederemos el sentirnos tranquilos con nosotros mismos y lo que hacemos. El futuro se ha convertido en un enorme dragón que va a partirnos en dos con sus garras, y acecha tras cada roca del camino esperando nuestro error.

Vivimos a medias, con la mente siempre en otro lado y ya no disfrutamos ni cuando se supone que todo el mundo lo hace. Somos espejismo, reflejo imperfecto de todo aquello que podríamos llegar a ser y se quedará en el polvo.

Y el problema es nuestro, por exigir, por esperar, por querer de los demás algo que ellos no nos pueden/quieren/saben dar.

El problema soy yo, siempre pasa igual.

No quiero seguir siendo salvavidas para acabar muerto.

Demasiado jóvenes.

El mundo ha vuelto a derrumbarse un domingo por la tarde, escucho el crepitar del fuego de un incendio a kilómetros de distancia, en medio de aquel desastre en el que habitaron un día nuestros besos. Supongo que el dolor se irá algún día pero está tan presente, tan pegado al esternón, tan adicto a mí, que por el momento ha decidido permanecer conmigo, él dice que no se va.

Las tormentas las llevo por dentro y estoy seguro de que asoman a la pupila y amenazan a quien se atreve a mirar más de la cuenta. No preguntes si quieres conocerme, no te atrevas a abrir la puerta del peligro y las verdades, deja la llave echada a todos esos años que pesan y me retienen. Arrastramos lastre, caminamos con cadenas pesadas que no nos dejan subir a la superficie a coger aire y nos consumimos viendo porno y masturbándonos con desgana con tal de matar el tiempo libre y olvidar nuestras ausencias.

Ha vuelto la ansiedad, las ganas de echar a correr y buscar refugio, el mal dormir y el querer emborracharme cada vez que no estás. Ha vuelto la angustia de despertar solo y escuchar el silencio en casa.

Ha vuelto la necesidad de un abrazo, de escuchar tu voz y de poder mirarte a los ojos sin que vayas a desaparecer cuando menos me lo espere.

Que al final sólo queremos unos brazos que nos recojan del suelo, unos labios que nos besen la sien y que nos susurren que todo irá bien, aunque sea mentira. Porque parece que el camino nunca acaba de ser el adecuado, que siempre hay trampas, obstáculos y piedras para equivocarte en cada una de ellas.

Somos demasiado jóvenes para estar tan jodidos.

Somos demasiado jóvenes para estar nostálgicos.

Somos demasiado jóvenes para buscar el amor de nuestra vida.

Somos demasiado jóvenes para pretender que sabemos algo de la vida y querer escribirlo.

Demasiado jóvenes para quemarnos la punta de los dedos cada puta vez que nos rozamos las manos sin que nadie se de cuenta.

Demasiado jóvenes para sentirnos fracasados.