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Malvivir.

Despertarse con la sensación de que estás solo, escuchar el silencio del hogar y saber que eso no va a cambiar en las próximas veinticuatro horas. Saberlo con certeza. Abres poco a poco los ojos y miras el techo durante unos segundos, antes de hacer un barrido por la habitación en penumbra y exhalar un suspiro mientras decides levantarte a abrir la ventana. Con el primer bostezo todavía en los labios y los ojos entrecerrados vas al baño te lavas la cara y preparas un café solo antes de sentarte en la mesa a leer las noticias del día. Para esquivar esa sensación de soledad enciendes el ordenador, revisas tus redes sociales por inercia y te pones una sitcom que te haga pensar que no eres tan desgraciado, que tu vida de mierda puede ser como la de cualquier otro. Miras el teléfono, compruebas que no tienes ningún mensaje y lo vuelves a dejar sobre la mesa. Ya estás cansado de respirar y todavía no son ni las diez de la mañana. Casi prefieres la rutina del trabajo, el tener la cabeza ocupada, el pensar en los problemas de los demás en lugar de en los tuyos. Casi preferirías que tu cuerpo te permitiera seguir dormido un par horas más. Haces algo de ejercicio con música de fondo, te das una ducha y te vistes, aún sabiendo que no vas a abandonar las cuatro paredes que te rodean en ningún momento, pero nunca te ha gustado la sensación de llevar el pijama puesto todo el día.

Un libro, música, preparar la comida.

Café.

Y la desesperación que va creciendo en tu interior. Maldices el momento en el que preferiste encerrarte en ti mismo. Maldices el momento en el que preferiste decir adiós a intentarlo.

No hay quien frene esta espiral de decadencia sin compás.

Estoy perdido y no sé cuándo voy a estar preparado para encontrarme de nuevo, para mirarme al espejo y reconocerme, y reconocerte en las cicatrices sin tener que llorar tu ausencia.

No puedo distinguir a estas alturas lo que está bien y lo que está mal.

Sólo sé que sigo muriendo por dentro y soy incapaz de curarme en soledad.

Sólo sé que no te tengo.

Y que tengo que malvivir con ello.

Freud no sabría qué decir.

Tratas de esconder lo que todo el mundo puede ver.

Me di cuenta el primer día que entraste por la puerta, cuando todavía te hacías la despistada y mirabas hacia otro lado. Y yo, yo tan sólo podía disimular y sonreír, como si fueras otra chica más.

No entiendo todavía cómo llegaron a coincidir nuestros labios en el mismo espacio y tiempo, ni tampoco cómo nuestras alas emprendieron vuelo entre tantas nubes viejas. No entiendo cómo soportaba la soledad antes de compartir las noches contigo y preparar tu desayuno.

No entiendo tanto agujero de gusano, tanta magia y efectos especiales, tanta pequeña gran revolución.

Compartimos sábanas, sudor y lágrimas. Compartimos besos entre lluvias torrenciales, el asiento trasero del coche, el banco de aquel parque un viernes, los fuegos artificiales de un 19 de Marzo mientras te agarrabas a mi brazo.

Fue raro y supongo que por eso nos gustó.

Dos incomprendidos en un mundo de cuerdos inertes.

Dos locos jugando con las balas del destino, saltando por los pasos de peatones sin mirar a los semáforos.

Dos niños con la sonrisa por estrenar cuando nos cogíamos de la mano.

Y a veces me pregunto dónde van todas estas ganas de sentirnos vivos cuando cerramos los ojos, y dejamos de ser y de existir.

Te confieso que soy un perro callejero, y que nunca he logrado fiarme de nadie de verdad. Te confieso que contigo me quité las barreras, las lentillas y las camisas abotonadas hasta el final. Te confieso que tú hiciste que cayera la armadura, la fachada y las mentiras. Y todo eso sin ni siquiera haber hablado conmigo.

Lograste que durmiera las noches enteras y que me despertara con tus besos por el cuello. Conseguiste que viera una película de David Lynch sin querer levantarme del sofá. Me empujaste a lavarme los dientes antes de las doce y a beber cerveza fría los viernes por la tarde.

He visto a gente que habla del amor sin que le brillen los ojos y me parece tan triste. Me parece tan triste que pensar en alguien no te pinte una sonrisa, que haga te pesen las costillas y te ponga gris el corazón.

Y es que es pronto para que las cadenas nos lastren tanto, para que nos hayan roto las promesas. Es pronto para no disfrutar de las veinticuatro horas que tiene el día.

Yo por si acaso, voy a escribirte otra carta, voy a llenarte el buzón de postales, voy a leerte poesía de autores cuyo nombre no sé pronunciar, voy a ser un sonámbulo colándome en tu ventana, voy a susurrarte canciones, voy a pintar lienzos en tu cuerpo con las manos.

Somos carne de psicoanálisis, pero Freud no sabría qué decir de ti y de mí.

Intacto.

La vida me huele a Scotch y madera barnizada.

Nunca me gustaron Los Beatles y sus canciones de cuatro acordes, ni las noches de verano paseando por la playa, ni los días de sofá y manta.

Siempre he dejado todo eso para los demás.

Nunca me gustó enamorarme a la primera, ni besar sin cerrar los ojos, ni tampoco los abrazos largos, de más de treinta segundos.

Y, sin embargo, creo que vivo cada día enamorado, sin poder controlarlo desde hace mucho tiempo. Me he dado cuenta de que la soledad es y será el único y verdadero amor de mi vida.

He asumido tantas cosas ya, como que tengo que beber cerveza solo delante de la televisión, que no puedo comentar el tiempo que hará mañana en voz alta, que nadie más decidirá qué música suena en casa ni qué libros decorarán las estanterías hasta que se doblen por culpa del peso de miles de páginas sin leer.

He asumido ya que hay silencio cuando preparo la comida y cuando me hago la cama. Y que siempre empieza el ruido cuando apago la luz y me tapo con las sábanas hasta la cintura. Siempre vuelven las ideas, los malos pensamientos mientras los demás afuera siguen viviendo.

Me abrazo a la almohada, beso a la soledad una vez más y le doy las buenas noches, para pasarme horas a oscuras con los ojos abiertos, incapaz de conciliar el sueño y descansar.

Y pienso, que ojalá me gustaran Los Beatles, las noches de verano por la playa, los días de sofá y manta. Me gustaría enamorarme a la primera, derretir el hielo y ser sincero.

Pero no existe un futuro para mí lejos de ti.

No sabes lo que daría por no estar tan roto, tan desgastado, tan cansado de caminar todas las mañanas. Cansado de fingir calma en medio del desierto, cansado de fingir que no tiemblo de miedo cuando se va el sol.

No sabes lo que daría por quemarme vivo y gritar toda esta rabia que me consume desde dentro.

No sabes todo lo que daría por tener el corazón intacto.

No volveré a verte.

La primavera se nota en la calle, la noche pierde terreno y ya he visto a valientes que han colgado los abrigos y no piensan cogerlos hasta que llegue Noviembre. El frío se ha quedado atrás y tengo claro que no volveré a verte. Lo cierto es que la mayoría de las veces un adiós a tiempo ha salvado más vidas que algunos tratados de paz.

A pesar de que el sol ya nos calienta los brazos seguimos con el miedo acurrucado en nuestro pecho, nos puede el pánico a la soledad aunque sea de manera efímera. Seres sociales por naturaleza sólo unos pocos son capaces de aislarse del resto sin sufrir las consecuencias.

Soy capaz de mirar bajo mis pies y ver lo inestable del suelo en el que piso. La mayoría de días vivo en una realidad paralela que me impide darme cuenta de lo que realmente pasa, y arrincono la verdad por temor a que vuelva a hacerme daño.

Últimamente, lo único que me produce paz es el ruido, el movimiento y las tormentas. De pronto es como si me sobraran la calma, la tranquilidad, la serenidad; necesito el estruendo, la detonación de mis propios pensamientos hasta vomitarlos a gritos con la primera canción que me recuerda a ti.

Convertido en un juguete roto que espera en la orilla del mar a que vuelvas, a que envíes un mensaje dentro de una botella. Hazme saber de alguna forma que por un momento fui importante, que de verdad te pasó como a mí, que te habrías atrevido a construir un barco en el que navegar los dos hasta acabar convertidos en hielo y sal.

Miénteme, porque de tus labios la verdad nunca fue capaz de curarme las heridas. Miénteme y dime que volverás algún día, y que podré sonreír de nuevo sin partirme en dos pensando en ti.

Qué cruel el destino que me mantiene tan lejos, que lo único que me permite saber con claridad es que nunca fui tuyo y que, en el fondo, nunca quisiste quererme.

Tenemos lo que merecemos.

Dicen los más viejos del lugar que tenemos lo que merecemos, y deben tener razón. El problema viene cuando lo que merecemos algunos es la soledad, morder la rabia y observar cómo viven los demás; con los pies hundidos en el fango de las trincheras y llenos de barro hasta las orejas de tanta batalla que no hemos conseguido ganar ni con malas artes. Acabamos resignados, sin fuerza en las manos, con los ojos convertidos en diamantes de tanto llorar.

Hemos visto cómo han ido alejándose los sueños que teníamos en la infancia, sin cumplirse, cada vez más imposibles. Y observamos siempre con pena a aquel niño de mirada clara que sonreía a sus padres al verlos en la puerta del colegio, cuando todo iba bien, cuando, inocentes, no sabíamos que la vida se convertiría en estos espejismos de realidad manchados de pequeñas farsas.

Ahora tenemos sonrisas de plástico y besos de caucho, y gafas de sol que nos tapan la cara, porque ya ni siquiera nos atrevemos a mirar a los demás a las pupilas por miedo a que averigüen que somos de mentira. Pieles de poliestireno expandido, corazones de plastilina y un remix de serotonina, dopamina y noradrenalina bailando en nuestros blandos cerebros sin sentido alguno.

Haciendo un repaso quizá es cierto que cada uno tiene su merecido, en mayor o menor medida, y que todo llega, y que esa mierda del karma acaba actuando y poniendo a cada uno en su lugar. Yo seguiré esperando, viendo cómo se escapa la vida sin vivirla, dándote palmadas en la espalda diciéndote que lo estás haciendo bien, como si entendiera de eso.

Voy a quedarme en las trincheras escuchando el sonido de la guerra, sin atreverme a salir a luchar. No pienso arriesgar, soy campeón en perder en todo lo importante. Mejor me quedo quieto, me conformo con lo que tengo y lo que soy, que para algo tengo lo que merezco.

El hombre gris.

El hombre gris de mirada triste, de barba rala, de sonrisa inerte, que toca siempre las negras al piano.

El hombre gris al que nadie mira, al que nadie quiere tocar si no es por obligación.

El hombre gris tras el muro de una realidad que le hace daño, que lo va apagando con cada día que borra de su particular calendario.

El hombre gris que va cortando metros del hilo de su vida creyéndose Átropos, como si así fuera a disminuir su sufrimiento.

El hombre gris, que a nadie tiene y al que nadie quiere.

El hombre gris que mira fijamente a los niños jugando en el parque, echando de menos, llorando por dentro, rompiéndose poco a poco, que fuma Lucky Strike y bebe cerveza fría cuando cena solo en casa día tras día.

El hombre gris que siempre da dinero al vagabundo que duerme en su portal, que sonríe a la vecina del 5º, que lee a Machado cada sábado por la tarde, que admira a Klimt con toda su ignorancia, que escucha a Schumann queriendo entender sus partituras, que ve películas de Lars Von Trier sin acabar de entenderlas.

El hombre gris, de soledad oscura, tiene los ojos verdes.