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Los domingos siempre son tristes.

Los domingos siempre son tristes, tienen ese aire arrastrado de pesadez en los párpados y en el corazón que hace sentir Galeano cada vez que le lees.

Los domingos siempre abres los ojos y te falta alguien al lado o en la mesa, y no sabes cómo afrontarlo.

No estamos preparados para todo aunque lo intentemos con ahínco, no estamos preparados aunque tratemos de convencernos de lo contrario.

Al final, a mí me importa poco que afuera las calles estén llenas de luces de colores y de las risas de la gente, porque de puertas para adentro sigo teñido de un gris pegajoso que nunca consigo limpiarme del todo, como ese líquido negro que se quedó viviendo en las costas durante demasiado tiempo.

Los domingos siempre son tristes pero mantienes la sonrisa a flote sin saber muy bien cómo, intentando pasar desapercibido en un mundo que no quiere fijarse en el dolor de los demás más de dos segundos, en un mundo en el que si pides ayuda lo fácil es mirar hacia otro lado. Hemos convertido la soledad en sociedad en algo normalizado.

No hay un segundo que sienta consuelo, aunque haya música de fondo y manos que me acaricien la nuca, y siempre se refleja la búsqueda constante en mi mirada, el sentimiento de culpa sin perdón y la necesidad de estar contigo.

Apunto al objetivo sin balas que disparar, sin ningún tipo de suerte.

Habito cuartos vacíos de recuerdos y de voces conocidas.

Sueño con imposibles en realidades paralelas.

He vuelto a cortarme la yemas de los dedos pasando las páginas que hablan de nosotros.

Suspiro porque ya no puedo gritar con fuerza.

Nunca estoy en la torre de control dirigiendo mis aterrizajes y despegues.

Está todo sembrado de dolor que ya no puedo disfrazar.

Los domingos siempre son tristes pero hay una pequeña luz y me sigue guiando hasta a ti.

¿Por qué nunca se apaga?

El coleccionista de fracasos.

Un chico tras las gafas, con la mirada perdida desde la vista decadente que le brinda la ciudad desde su ventana.

Uno detrás de otro voy coleccionando fracasos, como si fueran las bolas de dragón, y ningún objetivo alcanzado me parece suficiente. Como si llegar a la zona de guardado no fuera un éxito en este juego de la vida, como si conseguir dormir por las noches no fuera a lo único a lo que aspiro últimamente.

La insatisfacción permanente, la incapacidad para sentirme realizado, el hecho de que nada sea nunca suficiente, y que no haya nada que esté bien si no es perfecto.

Estoy tan jodido de la cabeza que siempre me siento por debajo de los demás, que nunca me creo suficiente para nada ni nadie, que vivo sin saber enfrentarme a la luz si no es con los ojos cerrados y las mejillas ardiendo por culpa de la vergüenza.

Me cuestiono si algún día llegaré a estar tranquilo, a no tener que castigarme por cada error, a no dar por hecho que soy un perdedor al que nunca le sale bien la jugada.

Hay veces que me pregunto cómo es posible que siga vivo si apenas hago nada para estar aquí, si soy un desagradecido que no aprovecha las oportunidades que se le cruzan en el camino, si soy un miedica que se oculta entre palabras que suenan bien y hace alarde de conocimientos que no le importan a nadie.

Me he convertido en lo que no quería, en alguien a quien detestar.

Soy el que siempre espera.

El que siempre se rompe.

El que nunca muestra sus descosidos.

Acorde menor de guitarra acústica, soldadito de hierro.

Isla en el desierto, piel entre las rocas.

Pintura en tu pelo.

Voy a seguir coleccionando fracasos con nombre y apellidos pero si quieres, mientras tanto, puedes darme la mano.

Cerveza fría.

Miras hacia abajo y sientes vértigo, a mí me pasa lo mismo cuando miro hacia atrás o cuando miro hacia adelante sin distinguir tu silueta entre la multitud.

Hoy me duele la garganta de gritar tu nombre al vacío.

Sé desde el primer día que no eres como los demás, que te pasa como a La mujer de verde en la tercera estrofa de la canción.

Yo sé desde que decidiste abrirme tu puerta que sólo buscas libertad y poder volar sin que nadie intente atraparte, no tener que dar explicaciones, ni preocuparte demasiado por nada que no te importe de verdad.

Escucho todavía el eco de tu voz dándome esperanzas, haciendo que mi pulso se mantenga rítmico, aunque débil entre la lucha y el abandono.

Tengo clavados a estas alturas tus ojos observándome en la penumbra, mientras estabas recubierta de miedos e inseguridades incendiarias que no he sabido apagar, que quizá sólo he alimentado por no saber hacer las cosas bien.

Lo que no sé es cómo evitar esto de estar convirtiéndome en una sombra de lo que era o he llegado a ser alguna vez, de qué manera puedo evitar la debacle de este amor en el que no tengo la decisión final.

Me siento como un artesano sin manos, sin herramientas, sin armas; y hasta sin lo que creía que no perdería nunca por ti, las ganas. Porque creo que he demostrado, dicho y hecho todo lo que podía.

Ya no guardo ningún truco bajo la manga, has visto mi realidad sin máscaras.

Hay cerveza fría esperándote en mi nevera y tengo café para hacer por la mañana.

Siempre, por si quieres venir.

Yo insisto pero nunca gano.

Yo insisto pero nunca gano.

Y veo las palomas blancas volando, sin saber si me hablan de paz o de muertes lejanas.

Y hay edificios antiguos que cada día me miran distinto y a mí me parecen cambiados de sitio.

Y a ti te crece el pelo y te mengua la sonrisa.

Y a mí me brotan lágrimas y se me secan las raíces.

Y se sale el café de la taza nueva y hay que volver a limpiar las ventanas por culpa de la lluvia.

Hoy alguien ha empuñado un kalashnikov en Siria y han tenido que rescatar del mar a una madre con su niño.

Hoy alguien construye nuevas emociones, pinta una pared, hace sonar un piano de cola, se besa en un ascensor.

Hoy alguien ha muerto de la manera más tonta, se han roto miles de corazones, nuevas voces han gritado frente a los muros, los aviones se siguen manteniendo en el aire.

Y hay billetes de ida sin vuelta.
Y hay besos crueles.
Y hay quien sólo mira hacia adelante.
Y hay palabras flotando entre nosotros, invisibles cual mentira.
Y hay gente esperando un salvavidas en forma de abrazo largo.
Y hay ríos que se secan y entrepiernas que se mojan.

Aún no lo sabes, pero te he escrito canciones que te gustaría que te cantaran al oído.

Aún no lo sabes, pero te he ido dejado mensajes escondidos.

Queda esperanza entre las nubes y soledad para quien corre muy temprano.

Quedan ciudades para descubrirlas de la mano.

Quedan noches y días, y saliva para cubrirnos la piel.

Ojalá me fueran a salvar tu risa y tus ojos por el resto de mis días.

Pero yo insisto contigo y nunca gano.

¿Qué has hecho todo este tiempo?

Cae el día.

Cae la tarde.

Cae la noche.

Y yo sin ti.

Yo, que te había prometido cuidarte aunque tú no quisieras hacer lo mismo por mí.

La casa vuelve a oler mucho a café y a páginas de libros viejos.

Ya no me gusta salir los fines de semana.

He perdido el miedo.

Y ahora sólo gana la tristeza y esta imposibilidad de dejar de pensar.

No somos conscientes de lo que ha pasado, ni de lo que tenemos. No somos conscientes la mayoría de las veces del camino recorrido, ni de los obstáculos que hemos ido saltando casi sin darnos cuenta. Tampoco somos conscientes de que tenemos la felicidad al alcance de la mano y no queremos agarrarla, con lo sencillo que es todo cuando quieres a alguien de verdad. Con lo sencillo que debería serlo.

Sólo intento que veas continuamente de lo que soy capaz si no tiro la toalla, de lo que se puede conseguir si nunca agachas la cabeza aunque todos los días parezcan igual de grises y sin sentido. Sólo intento que abras los ojos y me mires, porque no es tan difícil llegar a donde quieres, a quien quieres, como quieres.

Yo sólo quería que nadie pudiera detenernos, que no se nos acabaran las ganas de querer más, que no nos cansáramos de ver siempre el mismo atardecer, que nunca hubiera incomprensión, ni un mal gesto, ni la posibilidad de fallarnos el uno al otro.

Yo sólo quería tener que entrar al baño a mear mientras te maquillas porque no aguanto más, apagar el despertador miles de veces antes de querer levantarnos de la cama al mismo tiempo, comer a las cinco de la tarde porque no queremos movernos del sofá.

Sentarnos en cualquier bar y que pasen un par de horas entre risas.

Y tú, ¿qué querías? No lo sé porque nunca te atreviste a decirlo en voz alta y puedo jurar que yo estaba dispuesto a escuchar. Estoy dispuesto a escucharte siempre, a escucharlo todo.

Yo lo he intentado todo, lo sigo intentando siempre.

Y tú, ¿qué has hecho en todo este tiempo?

Lo que de verdad me rompe el corazón es ver que ni siquiera lo has intentado, ni siquiera me has tomado en serio, ni siquiera has creído en nosotros.

Torre de control.

Despídete de lo que nunca será me han dicho y he vuelto a convertirme en miles de esferas de mercurio rodando por el suelo, llenándolo todo. Me he hecho tan pequeño de pronto, me he sentido tan débil, tan cansado, tan viejo, tan cobarde por no entender que no vamos a tener segunda parte, por no entender que quizá no hemos tenido ni primera.

Me tiemblan las piernas y las manos cada vez que pienso que he estado equivocado todo este tiempo luchando sólo contra la nada, que he intentado remar contra la corriente sin que tú quisieras que llegara a tu puerto. Soy el único que ha intentado alcanzar el santo grial mientras me mirabas desde un trono de plata entre las nubes. Soy el único que ha puesto empeño en que fuéramos a alguna parte, el que ha intentado que no nos quedáramos sólo siendo aquello que no pudo ser. Me he dejado las uñas y la cordura en buscar un nosotros que rechazas con la boca pequeña y esquivando mi mirada.

Estoy lleno de miedos, tantos que no me dejan ver con claridad el futuro. Y ya soy sólo un trapo con el que recoger las gotas de whisky que caen sobre la barra, soy un mantel blanco lleno de manchas de vino que caen de la botella rota.

No sé si estás esperando el momento exacto, el momento perfecto, pero si quieres te adelanto ya que nunca va a llegar. Ya hemos tenido nuestra oportunidad y la hemos desaprovechado y ahora sólo nos queda seguir andando hasta que nos soltemos las manos por completo de una vez. O no. No entiendo por qué tenemos que resignarnos y reducirnos a acabar siendo nada, no puedo entenderlo. A mí, que siempre voy cogido de la mano de la lógica, que siempre intento abrazar a la ciencia, has conseguido romperme los esquemas, tirarlo todo por el suelo, dejarme desnudo sin tocarme con las manos.

Siempre tengo hambre de ti, siempre tengo esa escasa fuerza de voluntad cuando te tengo de frente, siempre tengo esas ganas de hacerlo todo contigo: de coger un billete, de acabarme otra cerveza, de quedarnos abrazados sin tener que hablar de nada, de mirar la luna desde algún rincón perdido.

Ya tengo claro que soy cada vez más imperfecto, y que lo hago todo más difícil. También tengo claro que soy algo más que una máscara que finge sonrisas cuando pone un pie en la calle, y que cuando quieres algo debes darlo todo y, sobre todo, demostrarlo. O no sirve de nada.

Y sé que la caída es cada vez más alta y que nunca vas a ayudarme a bajar sin que me golpee con fuerza, sin que me deje los huesos contra el suelo, sin que me muerdan los demonios cada noche, sin que la ansiedad me ahogue cuando estoy solo.

—Piloto a torre de control, voy a estrellarme esta vez.

Romanticismo de mierda.

La mayoría de veces sólo quiero saber que me echas de menos igual que yo a ti, o quizá no igual pero parecido. O saber que piensas en mí cuando vas a un lugar que me encantaría, o ves una fotografía que podría haber hecho yo, o lees una frase que sabes que me gustaría copiar en el estado de mi whatsapp.

Lo único que necesitamos los seres humanos para sentirnos bien, para que desaparezca un poco la carga que transportamos a lo largo de los años, es saber que alguien piensa en nosotros, que en realidad no estamos solos aunque durante las veinticuatro horas del día no salgamos de nuestras cuatro paredes y nuestro sofá.

Somos mucho más sencillos de lo que nos imaginamos.

En el fondo, hay algo universal, un latido casi ancestral que nos mueve y que es, en esencia, el amor. En distintas formas, grados e intensidades pero creo que es ese eje sobre el que giran nuestras vidas. Las de todos, en mayor o en menor medida.

Y eso lo hace todo fácil y complicado al mismo tiempo, porque los sentimientos no atienden a la razón, ni entienden de esperas, cambios o equivocaciones. Porque los sentimientos al final se mueven entre el miedo, la alegría, la ira, el asco y la tristeza.

Y ya no sé cuál de esas cinco cosas te provoco.

Pero mira, para mí el amor no tiene nada que ver con París o Roma, ni con brindar con champagne o ir de traje, tampoco me suena a vals ni a canción lenta, ni a poema de Neruda o Rubén Darío. Para mí es mejor porque sólo tiene que ver contigo, con verte esquivar las balas o lanzar dardos a la diana, con que salgas corriendo o te quites la ropa, que subas a las nubes, toquen tus pies en la tierra o bebas agua del pozo.

Es que yo qué sé, me gustas de todas las formas posibles, hasta cuando te sobra el mundo y te falta espacio, y sólo quieres soledad y olvidarlo todo.

Soy un romántico de mierda.

Así me va.