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Dioses de barro.

Nos queda poca piel sin intoxicar.

Nos quedan pocas razones para respirar.

Nos queda poca vida sin dolor.

Se nos ha ido la juventud en un suspiro, y los sábados por la noche, y las canciones que gritar a pleno pulmón.

Se nos ha ido hasta el primer amor y ¿ahora qué?

Nos vamos a preguntar eternamente cuál es el siguiente paso, qué va a pasar. Y es gracioso, es incluso ridículo porque nunca tenemos las respuestas y aún así no aprendemos. Esperamos tanto de los demás, de nosotros mismos. Planeamos el mañana como si dependiera de nosotros única y exclusivamente, y siempre acabamos olvidando que sólo somos una vértebra de toda esta columna vertebral que es la sociedad.

Y estamos en medio del camino sin nadie a quien coger de la mano. Sin nadie que nos diga que podemos conseguirlo, que sobrevivir no es tan difícil.

Todo se reduce a tener ganas de tener ganas, a ponerle empeño, a no dejar de intentarlo.

No voy a darme por vencido, no voy a rendirme tan rápido. Lo he hecho muchas veces y siempre acabo saliendo a la superficie a coger aire. Porque en el fondo quiero seguir, aunque me lo niegue en un primer momento. Quiero aguantar, quiero poder mirarme al espejo y reconocerme en unos ojos que dejen de estar tristes.

Somos esa mezcla de individuo y conjunto, esa nada y ese todo.

Somos temor y esperanza, hierro y sangre, lobos y humo.

Somos el blanco de nuestra propia diana.

Somos dioses de barro de domingo por la tarde, efigies que olvidar.

Soy otro corazón roto.

Vamos a borrar el arrepentimiento, el miedo y el pánico a quedarnos estancados.

Vamos a destruir las pruebas, a no dejar rastro, a ser invisibles de la mano.

Te pediría que te quedes, pero lo tengo muy claro:

Cuando hay que pedirle a alguien que se quede, lo mejor es que se vaya.

Por favor.

Usar y tirar.

Usar y tirar. Vivimos en la sociedad de lo inmediato, de no tener tiempo para despertarnos con calma y remolonear cinco minutos en la cama, de quemarnos la garganta con el primer café del día para no llegar tarde a ningún lado. Ovejas del mismo rebaño, nos dejamos guiar por el único camino posible. Y alguien desde arriba nos señala con el dedo y se encarga de decirnos lo que está bien y lo que está mal. Siguiendo siempre la línea roja, sin poder salirnos de ella, sin querer alejarnos de lo que se supone que debemos hacer.

El lastre de la filosofía clásica, de leer a Erasmo de Rotterdam y de escuchar a Wagner. Condicionados desde el principio, atados a anclas que nos impiden ser libres porque otros ya saben lo que tenemos que hacer para que todo nos vaya bien.

Recuerdo el minuto exacto en el que decidimos romper los esquemas, cogernos de la mano y gritar con el viento en contra mientras se nos pegaba en la piel el salitre del mar, y cómo nos besamos con los labios salados. Recuerdo que durante aquel tiempo el mundo me pareció un lugar distinto, y que creí que era posible desviarlo de su órbita, cambiar los husos horarios y vivir sin aire.

Atardeceres eternos contemplando las olas, Lluís Llach sonando mientras nos mirábamos y la botella de Martini blanco se quedaba vacía junto a las palmeras. Y de pronto, decidiste que ya no querías sujetar mi mano, miraste hacia otro lado y sonreíste a otro mejor que yo. Y descubrí entonces cómo se siente alguien en una playa desierta, en medio de la inmensidad de la nada. Angustioso páramo de arena y agua. Supongo que por eso decidí encerrarme en el faro, quedarme lejos y avisar a los demás.

Comprendí gracias a ti que caer es mucho más fácil que levantarse, que en algún punto de nuestra existencia inútil todos somos personas de usar y tirar, que el reciclaje no vale con los sentimientos y que sigue habiendo labios que me recuerdan a los tuyos.

La mayoría de días el mundo merece que lo prendan con Napalm y respiremos hondo.