Tag: silencio

Marineros y sirenas.

No quedan ni marineros de confianza ni sirenas que busquen derrotas en los bares.

No queda ni rastro de la magia ni de las brujas en el aire.

No quedan sueños de los que se pueden cumplir.

Ahora sólo somos carne de ansiedad y nos bebemos cualquier cosa con sal y limón.

Vamos buscando caminos que se cruzan sin saber dónde detenernos a tomar aire, sin saber distinguir cuál es nuestro sitio. Seguimos igual de perdidos que al principio de la historia.

Exploramos el mar y las olas, y esperamos los vientos fríos que nos llenen las alas, el corazón y las manos de esperanzas, que nos borren las telarañas que nos han mantenido inmóviles en cualquier esquina.

Siempre acabo viéndote dibujada en el horizonte, como una silueta inalcanzable que me espera sin dejar de avanzar, como la Isla del Tesoro. Y ahora me pasa como en esas pesadillas en las que te despiertas de las peores maneras cuando te das cuenta de que estás equivocado y la razón no está de tu parte, ni el destino. El azar y los astros vuelven a señalarme con el dedo mientras ríen entre dientes y su aullido se me clava en las entrañas.

Tanta calma, tanto cielo azul esperando el terremoto y la tormenta.

Tanto pecado esperando redención, tanto error sin corregir, tanto abismo abierto bajo nuestros pies.

Tanta gente esperando un mesías que está jugando al póker en su desierto de cristal.

Estamos siendo consumidos por la vorágine, por la destrucción, por el tiempo haciendo que nuestros huesos se conviertan en polvo.

Sólo quiero mar y silencio.

Y tus besos.

Y que alguna vez me digas la verdad.

 

Todo es por ti.

Llevo tanto tiempo metido en mi cuadrilátero, acariciando los barrotes de la jaula creyendo que puedo volar estando preso. He tocado fondo tantas veces y siempre vuelvo a salir a flote. He llorado tantas veces y siempre encuentro motivos para olvidar las lágrimas.

Sólo he alcanzado la felicidad estando a tu lado, y qué putada.

No tengo armas con las que defenderme, ni argumentos suficientes para quedarme atrás. A estas alturas ya no puedo perder nada porque nunca lo he tenido y, sin embargo, aunque parezca lo contrario, no me rindo. Nunca dejo de luchar porque es lo único que me hace sentir que aún estoy vivo. La pelea diaria, el seguir nadando aunque el agua me llegue al cuello, y saber que aún estás ahí con la mirada perdida y siempre confundida.

Se me empaña la vista de vez en cuando y se me nubla el corazón según el día sin que pueda controlarlo, sin tener capacidad suficiente para evitar sentirme acabado, melancólico o, incluso, cínico. No sé qué pensar de mí mismo, si sólo soy un estúpido que está perdiendo el tiempo o si creo tanto en nuestro amor que podría con todo sin necesidad de levantar la voz.

Siempre he sido de fuertes convicciones y, desde hace un tiempo, tengo claro la línea que separa lo que quiero de todo lo demás.

Todo es por ti, lo bueno y lo malo, es por eso que ya no tengo modo de defenderme, de hacerme a un lado y evitar el daño, el sufrimiento que me llega ya a los huesos. No se puede dejar atrás aquello que quieres, no se pueden evitar ciertos sentimientos, ciertas ganas, ciertas certezas.

Y apareces en todo, para mi fortuna o desgracia.

Apareces siempre como esa melodía pegadiza de los anuncios que no deja de brotar en tu cabeza cuando menos te lo esperas.

Y así vuelven a mí tus ojos, tus besos, tus manos.

Y así vuelves a mí en silencio, con lluvia y truenos de fondo, y lágrimas en las mejillas y los brazos abiertos.

Todo es por ti.

Este dolor.

Esta pasión.

Esta espera.

Esta esperanza teñida de azul.

Sol y silencio.

Hay sol y silencio.

Y no sé cómo encajarlo.

Siento el hormigueo en la piel, los pensamientos intentando abrirse paso en mi mente a golpe de gritos y el miedo cogiendo fuerza por momentos.

Hay sol y silencio pero aquí dentro siempre llueve, se me empañan los ojos sin que pueda evitarlo. La mayor parte del tiempo soy capaz de controlar las emociones ante la gente, pero eso se acaba cada vez que pongo los pies sobre el sofá y me derrumbo. Nunca hay consuelo, ni tranquilidad, ni paz interior que me permita dormir cuando el reloj marca la medianoche.

Vivimos tan rodeados de mentiras que nos pesan en los hombros, tan acostumbrados a engañar y sonreír, vivimos tan pendientes de lo que dicen, opinan y piensan los demás que nos hemos dejado en la carretera lo que realmente importaba. Vivir según dicen es un acto más de violencia contra uno mismo, pretender seguir el camino marcado, no salirse de las guías, olvidar los propios sueños por el bienestar de otros.

Hemos permitido que nos llamen egoístas por no sucumbir a los deseos y órdenes de aquellos con los que convivimos. Hemos dejado que nos digan que no podemos pisar sobre el cemento fresco para no dejar huellas y ahora estamos encorsetados dentro de esa jaula en la que han intentado convercernos de que se vive bien si tienes nevera, internet, ducha y cama.

He intentado desde hace tiempo quitarme las lianas de piernas y brazos, romper barrotes, bombardear los márgenes, olvidar los tabús y las religiones.

Soy la mayor parte del tiempo como el Roquentin de Sartre, no conozco muy bien el motivo de mi existencia, ni por qué motivo sigo en este mundo sin sentido.

Ya no hay lucha en mi interior, sólo resistencia, porque ya nada importa, ni tiene fruto, ni me sirve en absoluto.

Sólo espero que algún día nos dejen alzar el vuelo sin dispararnos porque queremos irnos lejos.

Sólo espero algún día cerrar los ojos, coger tu mano, morir tranquilo.

Los dragones y las rosas.

Se me agota el tiempo.

No sé si queda mucho más a tu lado.

Se me agotan las fuerzas, las ganas, la vida.

Y no sé si me queda algo por hacer.

Hoy he visto que vuelan los dragones por las calles y hay caballeros con espadas oxidadas intentando darles caza, y yo los miro y sólo quiero que esos bichos alados ganen mil batallas, que destrocen todos esos amores que se basan en mentiras y ficciones, que destrocen todas esas palabras que no son reales, que no valen nada, que sólo adornan segundas intenciones.

No hace falta que te diga ciertas cosas, no hace falta que lo ponga por escrito. Veo que esquivas mi mirada, que no te atreves a irte ni a quedarte, y yo estoy aquí cargando con el peso del silencio.

Nos hemos olvidado de compartir y del nosotros, de saber lo que queremos, de buscar un rumbo en común, de dibujar caminos sobre la arena con nuestros dedos y olvidar lo que otros escribieron en los mapas.

Es 23 de Abril y hay gente dándose besos en los bancos de los parques, dejando que el sol y las cosquillas en el abdomen se hagan fuertes en ellos.

23 de Abril y tú y yo nos estamos despidiendo, sin saberlo (quizá siendo completamente conscientes de ello).

Iba a escribir para nosotros finales felices sin necesidad de perdices ni de estereotipos de cuento clásico y obsoleto, pero ya no. El final va a llegar como una estocada final en una sangrienta y odiosa justa medieval.

Sólo espero que haya alguien tan dispuesto a todo por ti como lo estaba yo.

Y me voy a paso lento, sabiendo con certeza que no vas a venir tras de mí, que ni aunque saltara el precipicio intentarías coger mi mano, tirar de mí, salvarme por una vez.

Lo único que sé es que desprovisto de escudo y de espada, sin armadura de metal, convertiría en mascotas a los dragones que nos miran desde arriba y te regalaría rosas y libros cada día.

Este tango sin pareja.

No sé si voy a quererte para siempre, pero lo intentaría.

Si me dejaras.

Si no quisieras que me apartara poco a poco y en silencio de tu lado.

Las personas, habitualmente, acabamos haciendo lo contrario a aquello que queremos por alguna estúpida razón que ningún existencialista ha sabido explicar.

Somos así de gilipollas.

Quieres volar pero te cierras las ventanas, quieres reír pero escuchas a Andrés Suárez, quieres hablar pero te callas sin mirar a los ojos.

Nos refugiamos en anteponer a los demás, en dar importancia a las circunstancias, en el miedo, en la cobardía y nos acabamos olvidando de nosotros mismos.

Como si nuestra vida la fuera a vivir alguien que no lleva nuestros zapatos.

Estoy tan cansado de intentar sobrevivir entre mentiras, huesos rotos y paredes desconchadas, tan agotado de intentar bailar este tango sin pareja, tan harto de buscar fuerzas y ganas donde no voy a encontrarlas.

Vivo en un bucle de heridas sin cerrar y saliva que no cura, en una espiral llena de náuseas y dolor precordial, en un barco perdido en el Ártico que no llega nunca a su destino; y me pregunto algunos días si voy a estar siempre buscando un lugar en el que quedarme porque no vas a abrirme la puerta.

Tengo un cuadro de Edward Hopper colgado del corazón, una libreta con palabras de Borges que no podré igualar, una máscara de Venecia con la que me gustaría ocultarme la mayor parte del tiempo.

Siento haberte hecho esto, dejarte con la responsabilidad de cargar con alguien como yo, siento haber dejado que entre las ramas secas de mis dedos brotaran tus flores un día de diciembre, siento haberte convertido en lo más importante, en mi jodida Estatua de la Libertad, portadora de fuego y luz, y verdad.

Siento haberte hecho esto, enamorarme como se enamoran los que se creen inmortales, sin miedo a corregir los errores, a tender la mano, a tapar el sol, a detener los planetas si te mareas al mirarlos, a admitir los fallos, a respirar contra tu cuello y dejar que pase el tiempo.

Siento querer que seas la única protagonista de mis novelas y que tu piel se convierta en las páginas que escribir día a día.

No sé si voy a quererte eternamente, pero estoy dispuesto a hacerlo.

Aunque no me dejes.

Y el bucle vuelve a empezar.

Oveja negra.

Puedo seguir engañándome a mí mismo pensando que un día las cosas se darán la vuelta, que el mundo al revés llegará y yo seré capaz de sonreír. O puedo aceptar que la vida real es mucho más cruel que las historias de amor con las que hemos crecido.

La culpa es siempre de las expectativas, de creer que el amor real y perfecto llega para todos, la idea de que todos podemos ser felices cuando no siempre es así. Tampoco está mal respirar con la libertad que da el hecho de saber que no vas a llegar a donde debes porque no eres como los demás, porque eres esa oveja descarriada del rebaño, esa oveja que no hace caso del pastor ni de su perro guardián.

Yo no estoy dispuesto a bailar con unos zapatos que me aprieten, ni a ponerme una corbata que me haga querer que lleguen sobres a mis bolsillos, ni a sentirme encorsetado por una sociedad que valora más las apariencias que lo que guardamos entre músculos, tendones y temores.

No quiero volver a deshacerme por quien no va a deshacerse del mismo modo por mí, ni a sufrir sin recompensa, ni a esperar durante toda la eternidad mientras me voy difuminando con el paso del tiempo, mientras desaparezco para no desdibujarte a ti.

En la vida todo es fácil y difícil al mismo tiempo según las ganas que tengamos, según lo interesados que estemos en conseguir algo, según lo dispuestos que estemos en llegar a nuestro objetivo. Toda decisión es un balance entre riesgo y beneficio, y algunas veces asumimos que algo no vale la pena lo suficiente como para plantar cara y dar el paso.

Sigo escribiendo sobre ti, sobre el dolor, quizá porque las musas a lo largo de la historia sólo han surgido de la tristeza, de la impotencia, de la rabia, de la nostalgia que traen los buenos recuerdos.

Ahora estoy solo observando este páramo extraño que me habita por dentro, y me pregunto:

¿Y si soy la oveja negra?

Como una mancha de café sobre un viejo tapete olvidado en una casa cerrada que huele a humedad, como un poco de tinta que cae sobre una partitura manuscrita y no se distingue de una corchea.

¿Y si soy el gato negro?

Condenado a ser un incomprendido, a soportarme sin ayuda, a vivir en los tejados mientras observo a los demás sonriendo tras las ventanas.

Y, como siempre, prefiero tragar saliva, no contestarme y escuchar el silencio.

 

Hundir la flota.

Tenemos la eterna sensación de no ser dueños de nuestros pasos, ni de nuestras vidas. Somos los últimos de la cadena de mando, simples soldados que obedecen órdenes, que nunca pueden decidir por sí mismos. Tenemos a otros al lado o por encima que nos dicen siempre qué hacer y cómo hacerlo, para impedirnos pensar.

Somos presa y víctima de padres, hijos, hermanos, amigos, jefes, cuñados.

Somos los heridos del combate diario y salimos siempre renqueantes del choque, y tenemos que volver a casa con la garganta llena de frases que no se han pronunciado y que se convierten en astillas que se clavan.

Nosotros que íbamos a tenerlo todo sin tener que luchar por ello, somos víctimas del trabajo, las expectativas de otros y el bombardeo constante de mentiras mediáticas.

Rugimos como las leonas y los tigres enjaulados en el zoo esperando la libertad que nunca llega.

Nosotros que estamos así porque no hemos sabido decir que no a tiempo para liberarnos de cargas que nos lastran y que no queremos soportar. Tampoco hemos sabido parar los pies y ahora estamos obligados a hacer algo que va en contra de nuestros deseos. Y ahora nos pilla por completo el derrumbe porque se nos olvidó saltar cuando todavía estábamos a tiempo.

Ahora nos pesan los pies y los párpados, y nos cruje el corazón en lugar de las articulaciones

Aunque no nos demos cuenta siempre hay quien se atreve a tendernos la mano para salvarnos de nuestro propio desastre cuando no somos capaces de abrir los ojos lo suficiente para percatarnos de la situación en la que nos encontramos.

Aunque todo parezca una auténtica mierda siempre hay alguien dispuesto a ayudar, por mucho que en nuestra oscuridad seamos incapaces de ver lo bueno.

A día de hoy, aún no te has dado cuenta de que eres tú lo único bueno que me pasa, que eres tú quien me impide esta caída sin fin al vacío, no has notado que puedes salvarme o jugar conmigo a hundir la flota.

Puedo aceptar las dificultades, los problemas, los largos silencios, la incertidumbre.

Tocado.

Pero no la indiferencia, la ambigüedad, una vida sin ti.

Y hundido.

Un día cualquiera.

Silencio.

¿Lo oyes?

Claro que sí, es ella respirando junto a ti. Sonríes en la penumbra que te brinda la persiana a medio bajar a primera hora del día. Es tan sencillo sentirse tranquilo cuando está a tu lado, cuando no tienes que preocuparte porque sabes que está bien, que está contigo aunque te esté dando la espalda en la cama.

Es todo más fácil cuando te levantas, te lavas la cara y te miras al espejo sabiendo que todavía sueña, o que al menos descansa, y luego te tomas cinco o diez minutos para mirar por la ventana mientras las nieblas todavía bostezan a tu alrededor.

El olor del café hace que ella abra los ojos en la cama y que sonría sin que tú lo sepas, es su despertador los sábados por la mañana, y tú mientras estás viendo la vida de una familia perdida en Alaska con la voz al mínimo para no despertarla. Te roza la nuca con la mano mientras bosteza y se sienta frente a ti, y todavía sin poder abrir del todo los ojos da el primer trago mientras se enciende un cigarro.

Le gusta así, qué le vamos a hacer.

Subes el volumen de la televisión y os miráis callados un segundo antes de daros un beso mezcla de sueño, cafeína y nicotina. Lo bueno de los sábados es que no hay nada programado, que puede pasar cualquier cosa, que podemos dedicarnos a perder el tiempo juntos o por separado según nos apetezca. El comedor está por limpiar, una de las cestas de la ropa está llena y hay un par de pilas de libros con el nombre de cada uno esperando a ser acabados. Todo depende siempre del azar y de la fuerza de voluntad, y la mía me pide que nos duchemos juntos y que la mañana pase rápido para salir a dar un paseo y respirar un poco.

Entrelazar los dedos, dejar atrás las calles, los coches y el mal tiempo. Alejar los miedos con el sonido de la risa, con la mirada sincera, con la verdad por delante, que compartir hasta la cerveza sea siempre sumar y no restar. Cenar por ahí o en casa según las ganas y el bolsillo. Volver a la cama, quedarnos sin ropa, abrazarte hasta que se me quede el brazo dormido, roncar o respirar fuerte, soñar contigo aunque te esté tocando.

Y que un día sea cualquiera para los demás pero nunca para nosotros.

Pearl Harbor.

He perdido la ilusión, las ganas de soñar, la fuerza para intentar darle la vuelta a todo. Eché la pelota a tu tejado y la sigo esperando, como un perro que espera permanentemente la vuelta de su dueño cuando este ya ha muerto. Tiré pequeñas piedras a tu ventana esperando a que te asomaras en algún momento y veo la luz encendida pero nunca sales a por mí.

El futuro hace tiempo que no existe ni me interesa lo más mínimo, desde que sé con certeza que no vas a despertarme por las mañanas porque quiero quedarme cinco minutos más con los ojos cerrados abrazado a tu cuerpo, calentando mis manos.

Ya no creo en lo que está por venir, ni tengo expectativas más allá de levantarme de la cama por inercia para pasarme el resto del día sentado con la mirada perdida entre letras.

Me siento tan idiota, porque todo me ha pillado tan desprevenido como a los americanos el ataque sobre Pearl Harbor. Creía que éramos otra cosa, que habíamos sido verdad, que había algo más allá del entretenimiento momentáneo entre los dos.

Juro que vi cosas en sus ojos antes de besarla, y quise creer que eran tan reales como la piel que habitamos.

Ahora tengo las manos en alto, soy culpable de todo lo que quieras: de intentarlo, de creer, de luchar, de quererlo, de cuidarlo, de protegernos.

Dime en qué esquina decidiste no volver la vista atrás.

O no, quedémonos callados eternamente, podemos mirarnos siempre sin ser claros, dejarlo todo en el aire, que la herida no se pueda curar, que siga doliendo tanto que no pueda respirar nunca más sin recordarte.

Me está pasando, eso de que todo me recuerde a ti, de que sea superior a mis fuerzas, de no poder evitarlo.

No sé ya si me va a tocar rezar para que alguien me libre de este mal.

Has llegado tan lejos como una bala en campo abierto, como la longitud de onda, como la música en medio del silencio, y nunca nadie llega tan lejos para dejar marchar.

Porque no tiene sentido hacerlo bonito para dejarlo a medias, para que se acabe sin saber por qué, para no ser felices pudiendo serlo.

No tiene sentido dejarlo morir pudiendo salvarnos.

Yo te dije que era para siempre y lo estoy cumpliendo.

¿Estás lista?

Sólo hay eco.

En las calles y en tu cabeza.

Y nada más.

Los perros callejeros aún duermen, un botellín de cerveza nada por la alcantarilla y yo sigo en mi guarida, de la que creo que no debería volver a salir.

Pequeñas luces apagándose y encendiéndose en la penumbra de tu mente mientras aparece el sol con timidez entre las paredes de tu habitación. Sonidos y voces de vecinos que comienzan a elevarse tras los muros, y la sirena de alguna ambulancia que, ha quitado el sueño a más de uno y de una en el barrio, sigue el efecto doppler.

Tienes la mirada turbia y esquiva desde hace meses por no atreverte a hablar en voz alta, puede verse toda esa cantidad de palabras que se te atraviesan en la garganta, que te arañan por dentro dejando marcas que no van a irse, puede verse cómo viaja tu mente de una idea a otra sin que seas capaz de hacerles frente. Supongo que te estás preguntando si estamos preparados, y yo podría responderte pero no me quieres escuchar. Te da absolutamente igual lo que te diga, y te deja indiferente, y creo que hay pocas cosas tan mortíferas y venenosas como la indiferencia creciendo entre dos personas.

Porque, por si no lo sabes, la indiferencia se acaba convirtiendo en odio o en olvido, o en algo peor.

Explosión, desastre y luego, un silencio eterno.

Llegará ese punto en el que ya no se rozarán nuestras manos, ni compartiremos latidos ni besos, ni enfados, ni sonrisas.

Va a llegar.

¿Estás lista?

Porque yo no.

No creo que pueda estarlo nunca.