Etiqueta: sexo

Hablar o callar.

La noche se reía en forma de escarcha sobre los coches y las calles. Nosotros ya nos habíamos besado en todos los portales desde el bar hasta mi casa como si fuéramos adolescentes que descubren de un momento a otro el placer de dos cuerpos dándose calor y besos en una madrugada furtiva, como si acabáramos de estrenarnos. No era la primera vez, ni la segunda, ni la tercera, habíamos adoptado con gusto la manía de querernos a escondidas.

Lo que no tenía claro del todo era si sería la última. Con ella pocas cosas me quedaban claras.

Nos mirábamos siempre en silencio, sin atrevernos a decir nada, con el miedo comprensible del que teme hablar mucho o poco, ser inadecuado, demasiado precavido o ir más rápido de lo que las circunstancias son capaces de aguantar.

Nos dedicábamos a mantener la calma de forma aparente, a avivar la llama a diario, a no pensar más de la cuenta, a abrir las alas y dejarnos llevar con el primer soplo de aire que se colara entre los edificios del barrio.

La tibieza del hogar nos envolvió tras cruzar el dintel de la puerta sosteniendo al otro entre los brazos, clavándonos los dientes en el cuello, tanteándonos el alma todavía con la ropa puesta.

Ella tiene eso que hace que nunca se apaguen las ganas, y no hablo de sus curvas, ni de su cuerpo perfecto, hablo de unos labios y todas sus miradas. Hablo de su risa calentándome las entrañas. Tiene eso que me hace todavía perder la cabeza como si fuera el primer día, y que me haría jurarle amor eterno si quisiera escucharme.

Nos enredamos una vez más bajo las sábanas, dejando los grados bajo cero muy lejos de las ventanas de la habitación. Nos enredamos como se enredan dos amantes que no entierran el hacha de guerra por no perder la batalla.

Le diría que la quiero mientras aún respira sobre mi pecho, que estaría a su lado cada día mientras me quedaran fuerzas y años por delante, que la besaría en pleno enfado y ataque de rabia, que la abrazaría cada vez que las lágrimas quisieran asomarse a sus ojos, que la perdonaría siempre, que la entendería cada vez más. Y probablemente mejor.

Le habría dicho todo lo que soy incapaz de decirle cada vez que la tengo entre las manos y respiramos el mismo aliento.

Pero me callé.

Me callé muchas cosas.

Opté por abrazarla después de corrernos y quedarme dormido.

A la caza del Octubre Rojo.

El número 11 de una calle sin nombre.

Segundo derecha y llueve en el portal.

El gris de Octubre te abraza las entrañas y Madrid sigue riéndose de ti.

Te sientes atrapado en una partida de póker en la que no tienes ninguna mano ganadora, y no hay cartas en la manga para tener ocasión de salvarte. Te preguntas si hay manera de escapar, de dejarlo todo atrás. Te planteas echar a correr y que nada te pare. Sin hacer las maletas, con la cartera en un bolsillo y el teléfono en otro. Supones que debe ser fácil empezar en otro lugar, inventar una historia, un nombre, un pasado y un presente.

Has perdido el equilibrio, y no te gusta tu vida planeada, ni tú mismo.

Has conseguido cansarte antes de tiempo.

De todo, pero sobre todo de ti.

Si la vida era esto no la quiero.

Demasiado joven como para sentirte tan engañado, con tantas promesas muertas, con tanto suicidio televisado, con tanta mentira programada.

Demasiado joven para perder el poco equilibrio que te quedaba con la primera mirada clara que se te cruce en el camino, con la primera caricia que te deje la ropa en el suelo, con la primera sonrisa que te haga crecer un par de alas defectuosas pero suficientes.

Es tan fácil pasar de un extremo al otro, de la libertad al encierro, de lo acuático a lo ígneo, del cielo al infierno.

De ti a la nada.

Dos copas que brindan en cualquier local con música de fondo, y los botones de la camisa cayendo al suelo, el ruido del cinturón contra la madera, unas bragas dejándose llevar por la gravedad, un par de lenguas peleando como dos náufragos contra la tormenta. Dos locos sudando, aullando como animales. La electricidad entre los dos, y el crepitar de la piel con la fricción. Saliva, sudor sin lágrimas. El corazón, la taquicardia, la sangre en el cerebro y más abajo, y las manos tocándose como si la vida fuera una sonata de Schumann. 

Sin sexo no hay amor.

Podríamos querernos para siempre.

Lo sabes.

Vamos a la caza del Octubre rojo.

[Y vuelvo a darme cuenta de que ella no está.

Y de que soy todo heridas, sin orificio de salida.

Joder.]

Ya no llueve como antes.

Ya no llueve como antes, y lo sé porque no estás tú.

Los días de tormenta dejabas todo lo que estuviera entre tus manos y mirabas por la ventana. Veía en tus ojos el reflejo de las gotas dejándose llevar por la gravedad hasta su terrible destino. Sonreías a pesar de los relámpagos y los truenos. Y la vida durante el tiempo que durara aquel fenómeno de la naturaleza se detenía para nosotros y era perfecto. Te miraba desde el otro lado del comedor con una sonrisa que era incapaz de borrar cuando veía la ilusión y la emoción mezclarse con inocencia en tu rostro.

Es con esos pequeños detalles cuando te das cuenta de que realmente harías lo que fuera por alguien. Y, supongo, que el amor debe reducirse a eso. De ser capaz de cualquier cosa por otra persona, de que no haga falta gritar a los cuatro vientos que quieres a alguien porque se te nota en la forma de hablar, de reír, y de respirar a su lado.

Es con esas pequeñas cosas con las que te a un vuelco el corazón a pesar de los años, y sientes la tranquilidad de tener a alguien con quien compartir la vida.

Un abrazo por la espalda, un beso en el cuello, el silencio en casa, la lluvia de fondo y nuestra respiración.

Y las nubes rompiéndose en pedazos, las calles inundadas y tus bragas por el suelo.

No sé cómo pero siempre acabábamos entrelazando nuestros cuerpos, dejándonos mecer por el vaivén del exterior y contra la intensidad de afuera nos tocábamos más lento. Mi saliva mojando tu pecho, tus manos frías recorriendo mi espalda, y la fricción imparable de dos caderas que se buscan con tiento. Cogiendo aire al mismo compás, los jadeos que enfadaban a los vecinos, el ruido seco de una madera golpeando la pared.

La casa olía después a sexo fácil, a tierra mojada y a felicidad.

Y las risas quedaban atrapadas durante días en nuestras cuatro paredes.

Ni siquiera sé ya cómo huele todo eso.

Se me ha olvidado todo lo bueno desde que no estás en mi día a día, desde que tengo que afrontar las nubes grises y la niebla densa en solitario. Desde mi cueva.

Se me está olvidando vivir.

Ya no llueve como antes, y lo sé porque no estás tú.

Texto escrito para Krakens y Sirenas.

Los periódicos no hablaron de nosotros.

Ni yo recuerdo tu nombre, ni tú recuerdas el mío.

Probablemente.

Sólo sé que era verano y que el agua nos había mojado hasta las neuronas, y que con la ventana de la habitación abierta escuchábamos los truenos castigando las afueras de la ciudad sin tregua.

Nos recorrimos por completo, varias veces, mientras cualquier canción sonaba de fondo entre las cuatro paredes que nos acogían. Sin percibir ninguna señal de aviso, sin leer los carteles luminosos que nos advertían que nos acabaríamos perdiendo.

Nos convertimos en un par de ángeles caídos que se movían como unas manos cuando tocan un riff de guitarra que conocen de memoria, que se arañaban las espaldas y que se mordían el labio a cada rato que podían. Sin ritmo fijo, sin saber si estábamos en la cama o golpeando las caderas contra el suelo, porque daba igual, porque las circunstancias son lo de menos cuando la sangre no te llega al cerebro durante un buen rato. Subidos a un tren e incapaces de ponerle freno.

Hay veces que todo es sexo.

Sudor, saliva y nuestras pieles pegadas entre sí.

Y lo hicimos tan sucio, tan elegante, tan clandestino que era imposible que algo saliera mal. Lo hicimos tan jodidamente bonito que el hecho de que la ciudad fuera un río turbulento de gente y agua era secundario, y que vinieran las siete plagas de Egipto y el puto Apocalipsis eran tan sólo un par de minucias mientras tenía tus labios respirando con los míos.

Sólo recuerdo tus gemidos, tus manos en mi pelo y las ráfagas de viento trayendo gotas de lluvia para tratar de apagar el incendio entre los dos, encargados de convertir aquella habitación en el más dulce infierno. Destruimos sobre unas sábanas empapadas todas las fronteras, y encontré caminos en la curva de tu cintura que no salen en los mapas.

Los periódicos no hablaron de nosotros, pero dicen que aquel día hubo atascos y accidentes, y que mientras nosotros sumábamos orgasmos otros los restaban.

[Y ahora escucho truenos, y quiero tenerte, y amanecer contigo mientras la ciudad duerme y huele a tierra mojada.]

El combate del siglo.

Hay noches de sexo que son como el combate del siglo. Te he tenido en mi cama desnuda de intenciones, sin ropa que sirviera para escudar tanta emoción. Llegaste como esas tempestades capaces de arrancar cadenas y jaulas, como esas llaves que abren puertas que liberan a las bestias. Y siete mares me parecen pocos para surcarlos si me ofreces ese viaje.

He visto siglos de arte en tu piel, me he visto con fuerzas de crear lienzos en tu nombre, y no paso por alto los días en que leíamos novelas, desnudos, con las sábanas tapándonos las vergüenzas. Si es que las hemos tenido alguna vez.

Días de besos que se convierten en piedra, noches de golpes contra la pared, y he sentido calor en la entrepierna en pleno mes de Diciembre. He sufrido meses de pensarte con la piel de gallina, semanas de aguantar la respiración por no poder tocarte. He aprendido a darme cuenta de lo importante que es un buen control de impulsos y el morderse la lengua.

No voy a volver sobre mis pasos, estoy harto de mirar al pasado y tener ganas de arrancarme toda esta mierda a la que llaman corazón, que sólo duele, que sólo sangra, que sólo bombea whisky viejo al hipotálamo.

Y está claro que ahora soy una sombra, un fantasma que vaga sin rumbo. Está claro que sólo soy otro de esos ilusos que, a pesar de todo, mantiene la esperanza. Supongo que es el motivo por el que nunca deja de doler, supongo que por eso sigo susurrando palabras esperando a que me escuches.

A veces, oigo al viento soplando tu llanto, convirtiéndome en polvo, en arena que entierra esta historia, este baile de máscaras, de semáforos en rojo y lluvia en los cristales.

De momento, sigo en el cuadrilátero, con los guantes puestos, peleando a duras penas, aguantando los golpes y ya no resisten mis piernas, y no puedo coger aire para hablarte.

Y qué sé yo, te he tenido en mi cama y ha pasado el tiempo, y sabía desde el principio que no iba a ganar este combate. Así que voy a vivir de recuerdos, hasta que vuelva a besar el suelo.

Hay noches de sexo que son como el combate del siglo. Y yo quiero seguir peleando contigo.

Nieblas bajas.

Nieblas bajas y gritos entre las cuatro paredes de una habitación. Arañas mi espalda, me robas la voz, me besas la vida, me rompes el alma. Con el balcón abierto y tu voz dando un toque de color a una madrugada gris oscura, sin luces de farolas afuera. La cama tiembla, los gemidos retumban y el sudor empapa unas sábanas mojadas.

Vivimos entre pieles, en el cuerpo del otro, conjugando miradas y olvidando los verbos. Nos bebemos, nos follamos y volvemos a fumar un cigarro que nos da alas. Que nos deja continuar.

Ojalá algunas escenas fueran reales y no sólo fruto de mi imaginación.

Será que te echo de menos.

Báilame otro tango.

A veces la música es lo de menos, y el lugar, y el calor de Buenos Aires entrando por la ventana del hotel. Nada importa y todo te da igual. Todo porque tienes una mujer a tu lado que sigue caliente, sudorosa y cogiendo aire como puede, todo porque llevas una sonrisa impresa en la cara y no va a haber diablo que te la quite durante días. El sexo impulsivo, agotador, irrepetible, de dos desconocidos investigando sus cuerpos, adaptándose a lo nuevo, aprendiendo. Dos cuerpos causando fricción, creando una combustión espontánea, haciendo que la vida tenga sentido mientras todo dure.

Me levanté rascándome la barba para encender un cigarro y fumármelo en la ventana, y abajo las calles rugían, y abajo el cantineo argentino se dejaba querer. Un bandoneón tocaba una pieza de su mayor maestro, Piazzolla, y el humo se perdía en unas calles apenas exploradas por mí. Y ella se mecía en unas sábanas arrugadas, húmedas y demasiado usadas. La miré mientras el humo me nublaba la vista y los pulmones, la miré prestando atención a cada una de sus curvas, a cada parte de su cuerpo a la que ya había puesto mi firma. Di otra calada al cigarro y volví junto a ella, besé sus labios y acaricié su abdomen todavía tenso.

— Dime tu nombre al menos. —dijo ella, con su aire de chica adinerada y en busca de aventuras. Una joven que había decidido perderse entre unos brazos fuertes y más expertos.

— Primero báilame otro tango. —Apagué el cigarro en el cenicero de la mesita, la agarré por sus caderas, y dejé que nuestros cuerpos se perdieran de nuevo mientras afuera las calles vivían y el acordeón seguía cantando un lamento melancólico del que no podré olvidarme.