Etiqueta: sentimientos

Frágil.

— ¿Sabes cuántas veces he ido a visitar esa lápida con tu nombre? — Esa lápida que ahora sabía que siempre había estado vacía, que nunca había escuchado las palabras que le había dedicado. Williams se retuerce internamente ahora que entiende que sólo perdió el tiempo, que dejó marchar lágrimas preciadas en vano.

— ¿Tanto me echabas de menos? —Se jacta ella con cierto aire despreocupado, como si le gustase que el pobre bandido hubiera caído en la trampa. Una trampa perfectamente tejida, una telaraña creada con tiempo y a espaldas del detective Williams. Él ya se siente viejo para seguir investigando todo aquello, para remover un suelo podrido y que huele a corrupción y billetes sucios. — ¿De verdad lloraste por mí? —Se atreve a preguntar finalmente. La curiosidad también le puede a ella, a la mujer de ojos gélidos que da un trago al café sin quemarse la lengua.

— Tuvieron que alejarme de aquella tumba el primera día. —Harvey aún lo recuerda, y son recuerdos que saben a whisky y rememoran el gris y la lluvia.  Con las rodillas en el suelo, leyendo su nombre y apellidos incrustados en el mármol, sin foto, con una fecha de nacimiento y una de defunción que le partían en dos un corazón que creía insensible. Pero no, aquel día descubrió que como el resto de mortales tenía sentimientos, que era capaz de sufrir por alguien. De entre todas las personas tenía que ser ella. Esa mujer que ahora tiene al lado y que parece haberse congelado con el paso de los años. Sus ojos son los mismos y puede decir que está igual de enamorado de ellos que el primer día. Eso no es bueno. 

Harvey enciende un Lucky Strike y aparta el café por ahora. Da una calada al cigarrillo y sonríe de lado, sin saber bien por qué lo hace. — Esto me recuerda a los viejos tiempos. —Se pasa una mano por el cabello oscuro, dejando que sus canas brillen gracias a la luz de la bombilla.

— Eran tiempos mejores. —Y ante esa afirmación Harvey sólo es capaz de asentir, corroborando las palabras de ella. Siempre lo son.

— Ahora déjate de juegos y dime qué pasó. —Williams ha vuelto, ha roto su embrujo. Su voz cruda está de nuevo en la garganta. Después si hace falta le quitará el vestido y probará de nuevo sus labios.

Ruleta rusa.

Ya no quiero hablar de ti, ni de nosotros. Nos hemos perdido entre tanta risa inútil y tanta llamada en plena madrugada. Y ahora siento el nudo amargo en el estómago cuando abro los ojos en la cama y tengo el cuerpo de una desconocida que no ha querido irse a dormir a su casa, que ha preferido dejar su olor en mis sábanas arrugadas y en mi piel.

Llevo un saco cargado de decepciones que sólo hace que llenarse y al final voy a tener que dejar de arrastrarme y quedarme quieto. Avanzo tan lento, tan torpe, tan poco, que menos mal que el mundo gira y se desplaza, o sería incapaz de ver la luz del sol ir y venir todos los días.

Hay atardeceres de sangre en la Albufera y me los estoy perdiendo todos, y lunas de fresa que ya no voy a poder ver hasta dentro de setenta años. Hay cosas en la vida que sólo pasan una vez y las estamos dejando escapar. Ya no sabemos apreciar cada uno de esos detalles únicos, como la primera bocanada de aire después del orgasmo, el agua caliente de la ducha matutina, la risa nerviosa, las miradas esquivas, las caricias a medias, un no dicho a tiempo, un sí en medio de un abrazo. Las gotas de lluvia en verano, taparse con las sábanas cuando empieza a asomar el frío, llegar a casa después de un largo viaje, pararse un momento y contemplar el mundo con música de fondo.

Estoy metido en una ruleta rusa, y giro el cargador cuando se estrena el día y suspiro cuando veo que he sobrevivido a otra fecha crucial, y sigo apostando para adivinar cuánto tardará en llegar el final.

Los sentimientos han acabado siendo el más arriesgado de los negocios porque no hay manera de ganar. Tarde o temprano asoma el dolor y no se puede fingir. Y no hay más remedio que meter otra decepción en el dichoso saco y seguir caminando. Aunque no se pueda.

El rencor se acaba borrando, igual que el frío y la pasión.

Cuéntale al público que soy el error que nunca deberías haber cometido, que soy esa persona que al final de la partida no deberías haber conocido.

Cuenta bien la historia, porque quiero ser el malo y reírme a carcajadas, y cerrar la puerta sin mirar atrás.

Me da igual lo que diga la gente, sólo necesito un golpe de suerte.

Voy a volver a apretar el gatillo.

Usar y tirar.

Usar y tirar. Vivimos en la sociedad de lo inmediato, de no tener tiempo para despertarnos con calma y remolonear cinco minutos en la cama, de quemarnos la garganta con el primer café del día para no llegar tarde a ningún lado. Ovejas del mismo rebaño, nos dejamos guiar por el único camino posible. Y alguien desde arriba nos señala con el dedo y se encarga de decirnos lo que está bien y lo que está mal. Siguiendo siempre la línea roja, sin poder salirnos de ella, sin querer alejarnos de lo que se supone que debemos hacer.

El lastre de la filosofía clásica, de leer a Erasmo de Rotterdam y de escuchar a Wagner. Condicionados desde el principio, atados a anclas que nos impiden ser libres porque otros ya saben lo que tenemos que hacer para que todo nos vaya bien.

Recuerdo el minuto exacto en el que decidimos romper los esquemas, cogernos de la mano y gritar con el viento en contra mientras se nos pegaba en la piel el salitre del mar, y cómo nos besamos con los labios salados. Recuerdo que durante aquel tiempo el mundo me pareció un lugar distinto, y que creí que era posible desviarlo de su órbita, cambiar los husos horarios y vivir sin aire.

Atardeceres eternos contemplando las olas, Lluís Llach sonando mientras nos mirábamos y la botella de Martini blanco se quedaba vacía junto a las palmeras. Y de pronto, decidiste que ya no querías sujetar mi mano, miraste hacia otro lado y sonreíste a otro mejor que yo. Y descubrí entonces cómo se siente alguien en una playa desierta, en medio de la inmensidad de la nada. Angustioso páramo de arena y agua. Supongo que por eso decidí encerrarme en el faro, quedarme lejos y avisar a los demás.

Comprendí gracias a ti que caer es mucho más fácil que levantarse, que en algún punto de nuestra existencia inútil todos somos personas de usar y tirar, que el reciclaje no vale con los sentimientos y que sigue habiendo labios que me recuerdan a los tuyos.

La mayoría de días el mundo merece que lo prendan con Napalm y respiremos hondo.

Melancholia.

Había dejado las ventanas abiertas. No le tengo miedo a la lluvia, ni a los días de tormenta. Siempre me gustaron, desde bien pequeño, desde que subía al ático y cubría con una manta para ver cómo caía la lluvia contra la ventana y los relámpagos se dibujaban en el cielo oscuro. Sentado con un cigarro en la mano y el paquete casi a punto de acabarse tirado sobre la mesa del café, con una camiseta blanca de manga corta y los vaqueros desgastados. Llevaba horas lloviendo sin parar, y lo único que había hecho había sido poner el tocadiscos y escuchar a Duke Ellington embriagarme a su manera, junto a una botella de whisky recién abierta. Cerré los ojos un momento, sintiendo las notas del piano acariciarme hasta la nuca. Siempre digo que hay melodías y acordes que llegan mucho más que las palabras, y es por eso que la música es el lenguaje más universal.

No hacía falta más acompañamiento para acordarme de ella, girar la vista y ver la cama deshecha que asomaba por la puerta abierta para saber que otra noche más dormiría solo. Se fue, me dejó de lado, se olvidó de mí, y entonces te das cuenta de que ya no eres nadie. De que los recuerdos son lo importante y de que si eso deja de existir ya no habrá más. Sin memoria no hemos vivido. Hacía meses que había perdido sus besos, los abrazos reconfortantes al final del día, las sonrisas al abrir la puerta y dejar la chaqueta en el perchero de la entrada. Todo había desaparecido, hasta yo mismo. Hubiera deseado ser otra gota de lluvia para perderme con todas ellas y estrellarme contra el suelo con toda la fuerza de la gravedad a mi favor.

La melancolía es una mala enfermedad, una de esas que cuando estás agonizando hace que tengas ganas de coger el revólver que tienes guardado en el primer cajón de la mesita de noche y meterte un tiro tras sentir el frío metal en contacto con la sien. Volarte los sesos, literalmente. Cualquier cosa con tal de no recordar lo que ella ya ha olvidado. Cualquier cosa con tal de no seguir bebiendo y fumando mientras un piano al son de la lluvia te hace ver todos tus errores.

Y dices que me quieres

Y dices que me quieres,
Y me calmas.
Y dices que me quieres,
Y me rompes.
Y dices que me quieres,
Y hay tormentas de verano,
Y ríes desnuda,
Y lates despacio,
Y odias la distancia
Y te emborrachas de tristeza,
Y mi nombre se repite en tu cabeza,
Y gritas desesperada para que llegue la mañana.

Y dices que me quieres,
Y ya no hay vuelta atrás.

La noche me sabe a ti.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tus besos calientes, a tu pecho desnudo, a tus piernas abiertas y húmedas por mi culpa.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a ciudad desgastada, a música negra, a gritos ahogados y mordiscos contra mi mano.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tinieblas, a labios rojos, a piernas de vértigo y abrigos de invierno.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a risas ocultas, a llantos nerviosos, a lágrimas transparentes y a saliva que desciende.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a caricias fugaces, a corazones heridos, a dolor que no acaba y tristeza en la mirada.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tirarnos en la cama, a respirar contra la almohada, a deshacer las sábanas y quejarnos por la mañana.

No sé por qué la noche me sabe a ti.
No sé por qué.
Pero me sabe.
A ti.