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Jodidos por dentro.

Me sirve si todo esto vale para algo, si después de ti ya no va a llegar nadie más que me rompa en mil pedazos y trate de esconder los trozos debajo de la alfombra como si no hubiera pasado absolutamente nada, borrando los restos del crimen, intentando ocultar las verdades, los recuerdos y las deducciones que creímos hacer correctamente.

Suena Carolina Durante y el calor aprieta tanto como lo hacen tus manos alrededor de mi garganta.

El problema no lo tengo en olvidar, el problema viene cuando follar está muy bien pero de pronto vuelve tu nombre a la cabeza y tengo ganas de saltar por la ventana.

He leído que todos los escritores acaban relatando de una u otra forma sus propias historias de amor (perfectas, tórpidas, tóxicas, idílicas, eternas, medievales, platónicas, etílicas), que sufren, que se desangran, que unos lo superan y otros se quedan flotando en la balsa de la memoria hasta el fin de los tiempos.

Al final todos estamos jodidos, por uno u otro motivo, pero estamos jodidos por dentro.

Y no nos acaba curando ni el Mundial, ni la cerveza, ni una puesta de sol en las mejores playas, ni dormir abrazados a la persona que queremos.

¿Qué haces cuando no hay antídoto?

¿Qué haces cuando sabes que nada sirve?

No sé si tú también tienes esa sensación de vacío permanente, aunque a veces esté en el centro del pecho y otras lo sientas al mirarte las manos, o al mirar al techo cuando el insomnio se cuela en tu cama; como si no entendieras el propósito que tienen tus pies pisando la tierra.

No sé si también tienes la claridad de un lunático cuando se van las nubes a fin de mes respecto a la mierda de tus sentimientos.

No sé si también te odias a ti mismo, si te lamentas por todo, si sientes que has perdido el tiempo, las ganas, las fuerzas, la salud, y que sólo has conseguido llenarte de puñales y náuseas.

Ya llegará el otoño y podré esconderme de nuevo sin que nadie pregunte por mí, mientras tanto fingiremos en el mar, sonreiré para las fotos y me salvaré una vez más sin saber cómo ni por qué.

Oniria, Insomnia y lo imposible.

El péndulo de Foucault continúa girando, demostrando la rotación del planeta desde 1851, y yo llevo prácticamente el mismo tiempo demostrando que soy un idiota. Algunos se dedican a cosas importantes durante su existencia, otros simplemente a lamentarnos por todos los errores que vamos sumando a nuestras espaldas.

Lo malo de darse cuenta de ciertas cosas es que sabes cuándo vas a equivocarte mucho antes de que suceda. Suelo ver con anterioridad que voy a meter la mata, que voy a quedarme colgando de un hilo, que va a darme un vuelco el corazón pero acabo dejando que las cosas sucedan sin modificarlas. Me pasó igual contigo, sabía que me metía en la boca del loco sin linterna, tenía claro que el suelo comenzaría a desmoronarse bajo mis pies en algún momento y en lugar de huir me quedé quieto, esperándote siempre.

Decidí, contra todo pronóstico y sentido común, elegirte por encima de las circunstancias y de mí mismo. Te convertí en el eje en torno al cual todo giraba y se movía alrededor, tratando de mantener un extraño equilibrio universal que me ha dejado sin fuerzas, sin aire, y con miedo.

Con mucho miedo.

Vivo siempre en este mundo entre la vigilia y el sueño, entre la realidad que me golpea hasta arrancarme los dientes y la ficción en la que te abrazo cada noche. Quizá somos como Oniria e Insomnia, un mismo ser en otra vida.

Pero no en esta.

Quizá es hora de que borre estos absurdos deseos, este anhelo que crece cada vez que me cruzo con tus labios.

Quizá tú y yo juntos somos sólo una quimera y ya es hora de que me pellizque, de que encienda la luz y deje de creer que somos posibles.

Se me están llenando los ojos de escarcha ahora que ha comenzado la primavera, y tengo los huesos hechos de cristales de hielo que hacen que todo duela.

Voy perdiendo el equilibrio sobre esta cuerda floja en la que vivo, y no sé si se romperá pronto o yo caeré antes. Sólo sé que abajo no me espera ningún colchón para amortiguar el golpe, ni ningún equipo de emergencias para reanimarme cuando mi corazón decida pararse y comenzar a borrar tu nombre.

Todavía estás a tiempo de salvarte.

Para eso nunca es tarde, te lo digo siempre pero no quieres escucharme.

Sigo descalzo, sujetando la puerta para que entres y me abraces.

El peor pecador.

Divagamos constantemente, cuando no pensamos en algo concreto nuestra mente se encarga de comprar un billete a cualquier parte y viajar sola, sin nuestro consentimiento. Quizá por eso estamos siempre con los bolsillos vacíos y el corazón lleno de astillas que tenemos que sacar cuidadosamente con pinzas de punta fina. Quizá por eso silbamos a la nada y miramos las noches sin estrellas entre las ventanas.

Nunca nos damos cuenta de nada, somos así de idiotas.

No hemos caído en el pequeño gesto de quien te deja comerte el último trozo de tortilla del plato, ni en quien te acerca a casa aunque le suponga una pérdida de tiempo. Tampoco hemos pensado en lo que significa que alguien te recomiende un libro porque piensa que te gustará, o una canción, o que quiere ir al cine a ver una película que no le gusta sólo por pasar un rato contigo.

Aún no hemos asumido que hay quien coge trenes de largo recorrido para estar menos de veinticuatro horas con otra persona, quien se acerca los domingos a casa de sus padres sólo para verles sonreír, quien te deja una nota o te manda un mensaje sólo para desearte un buen día.

Todavía nos quedan buenas intenciones pero parece que hoy en día demostrarlo es un signo de debilidad. No se valora la sinceridad, ni la lealtad, ni estar en la sombra siempre a punto para evitarte una caída. Somos parte de una sociedad que premia el cinismo, el sarcasmo y el doble sentido.

Nosotros podemos solucionarlo, hacernos el bien el uno al otro, mirarnos cada noche mientras no podemos evitar que se caigan los párpados por el cansancio, taparnos bajo la misma manta cuando apriete el frío, acurrucarnos juntos en la cama para ahuyentar a los fantasmas y los malos espíritus, besarnos cada vez que el mundo nos parezca un desierto, amarnos cuando suene nuestra canción favorita, no poder evitar que nos caiga una lágrima cuando algo nos emociona, cerrar las puertas cuando lleguen las malas épocas y dejar que pase el temporal.

Pero yo que proclamo, que hablo como si estuviera lejos y apartado de toda la hipocresía soy el más peligroso, porque acabo siendo una de esas cuerdas que tira fuerte para abajo y te hunde en las aguas profundas y oscuras. Yo que creo que voy con la misma armadura que un príncipe sólo soy un ladrón más. Yo que pienso que camino sobre las aguas y estoy libre de todo mal soy el peor pecador de este teatro que es la vida.

Y es que me destruyo a mí mismo cada vez que consigo reconstruirme, por eso no quiero dejar sobre tus hombros la responsabilidad de salvar a alguien como yo.