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La memoria no histórica.

Ascensión Mendieta ha podido enterrar a su padre. Un sindicalista al que fusilaron hace 78 años. Un hombre que cometió el único error, como tantos otros, de ser del bando de los perdedores.

Los que ganan siempre se creen con el derecho de humillar a los vencidos, pero no hay ningún honor en matar a otro hombre o a otra mujer, no hay honor ni decencia en quitar el aliento a alguien.

Nos gusta quedar por encima de los demás, dejar bien claro que la suerte está de nuestra parte, demostrar el poder a veces con dinero, a veces con mano firme.

A veces, con las dos cosas.

Ascensión Mendieta ha tenido que pedir justicia fuera del país, ha tenido que ser una juez argentina la que devuelva la dignidad a su familia, la que ha permitido rescatar los huesos de su padre de una fosa en la que reposaban junto a tantos otros sin apellidos conocidos.

Vivimos en un país lleno de grietas que no se pueden tapar, agujeros llenos de cuerpos que deberían descansar en un cementerio para que alguien pudiera dejarles flores, pudiera llorarles acariciando una pieza de frío mármol.

Vivimos en un país que todavía se divide entre azules y rojos, porque a cientos de miles les robaron el pundonor tirándolos como perros, porque todavía hay quien ve en el águila algo dentro de la normalidad, porque todavía hay quien niega dictaduras y crímenes contra la humanidad.

Todavía queda mucho para hacer justicia, todavía faltan muchos para hacer justicia.

Y estamos lejos de conseguir que nos devuelvan a algunos de los que defendieron hasta la extenuación a la República.

Estamos lejos de esa sutura necesaria para sentir de nuevo que somos hermanos.

‪Ojalá algún día vivamos en un país en el que no queden huesos en las cunetas ni lápidas sin nombre.‬

Ojalá un día se devuelva el perdón a tantos rostros de fotografías amarillentas y roídas por el tiempo.

‪Ojalá.

Quizá entonces pueda levantar una bandera con algo de orgullo.

Amor, llanto y libertades.

Somos lienzos que cuentan historias de amor, llanto y libertades.

Y no lo quieren permitir.

Quieren mancharnos, tacharnos, borrarnos hasta que nadie se acuerde de nosotros.

Quieren que callemos, que cerremos los ojos, que traguemos saliva, que nos conformemos con la mordaza en la boca y las esposas en las muñecas.

Quieren meternos el miedo en los huesos, que nos quedemos en casa consumiendo telebasura, que se nos funda el cerebro y no repliquemos.

Quieren que odiemos al extranjero, al diferente, a aquellos que buscan su identidad, a quienes que alzan la voz contra cada una de las desigualdades que sufren a diario.

Quieren que nos importe el dinero más que las personas que tenemos alrededor.

Parece que aún no saben que el ser humano está hecho para romper las reglas y no conformarse con mentiras para maquillar las realidades tristes que nos envuelven. Que, al final, siempre estiraremos la mano para recoger a quienes caen en el camino, abriremos los brazos para abrigar a quien tenga frío, y gritaremos al cielo las consignas de aquellos a quienes callaron antes de tiempo.

A nuestro ejército ya no le hacen falta las armas porque tenemos a las palabras de nuestra parte.

Lucharemos en las calles y fuera de ellas.

Inventaremos nuevos himnos.

Alzaremos las manos sin que nos tiemblen las piernas.

Lo habremos conseguido.

Habremos dado el primer paso.

Tú y yo, republicanos, acabaremos envueltos en la tricolor con una sonrisa de esas que no se borran jamás.

[Y es que vamos a querernos aunque el mundo no nos deje.

Esa será nuestra victoria.]

14.04.1931

La tricolor ondea en algunos balcones, atrevida, desafiando lo establecido por una Constitución que se nos queda pequeña y anticuada; y hemos decidido comernos el día, la noche y el resto de nuestra vida. Dejarnos la piel para pintar el futuro de otro color, para que nuestros hijos pisen una tierra que no destile petróleo y sangre de gente que muere al otro lado del Mediterráneo.

Todavía tenemos esperanza, aunque traten de pisotearla, todavía pensamos que luchar debe servir de algo y nos arañamos los puños y rompemos letras contra pancartas y muros huérfanos. Seguimos manteniendo la llama de la memoria, de las tumbas que siguen sin nombre, de las poesías que dejaron de escribirse por culpa de tiros en la sombra.

Gritamos por cada injusticia hasta quedarnos sin voz, queremos calles sin nombres de asesinos ni estatuas a caballo que nos recuerden el olor de la muerte. Vuelve a salir dignidad por las fuentes y el perdón lo tenemos en la punta de los dedos.

Por suerte, Valencia huele otra vez a azahar y hemos alzado el puño. Y las calles se ven menos grises y no es sólo porque estemos en pleno mes de Abril. Ya no queremos cobardes que se escuden en el miedo, ya no queremos águilas que vuelvan a taparnos el sol.

En el recuerdo sólo una fecha.

Salud y República.