Etiqueta: relojes

Eres como Florencia.

Últimamente todos los días tienen esas trazas de desasosiego de un domingo por la tarde. Esa sensación de vacío de cuando volvías del pueblo al final del verano y tocaba retomar la realidad. Ese inexplicable sentimiento de añoranza, de pérdida, de no ser capaz de volver el tiempo atrás para poder disfrutar de todo de nuevo con más intensidad. Esa incapacidad de dejar atrás experiencias para poder afrontar las nuevas.

Todos los días comienzan a adoptar el mismo color cálido, amarillento y apagado de los campos de trigo después de la siega. Todos los días comienzan a ser un cenicero lleno de colillas que nadie recuerda vaciar. Y me repito, y voy a acabar yendo de bar en bar con tal de intentar olvidar.

Y, ¿sabes qué?

Echo de menos cuando llenabas mis días de color, aunque tú dijeras que todo iba mal, aunque el mundo se desmoronara bajo nuestros pies. Pero íbamos cogidos de la mano y me daba igual absolutamente todo. No me importaban ni la tectónica de placas, ni las guerras remotas, ni la capa de ozono, ni la estación espacial internacional. Tampoco me importaban los libros de Kant, el turismo en Madrid, las banderas rojas de las playas ni los parques para perros. Porque ahora y siempre has hecho que todo se esfume, que lo demás se quede en ese ángulo muerto en el que ya no puedes verlo.

Y, ¿sabes qué?

Echo de menos que crezcan primaveras por allá por donde caminamos, con lo que a mí me gusta el frío del invierno, el paisaje helado y blanco. Echo de menos que nos broten flores de las manos cada vez que nos tocamos. Y que surjan fuentes con cada uno de nuestros besos. Y, sobre todo, echo de menos esa sonrisa limpia, la de cuando no te preocupa nada, la de cuando te sientes libre y caminas decidida; y te conviertes entonces en el motor que mueve mi vida.

Te digo una cosa, de verdad que te permito toda esta guerra si luego vas a llenarme de paz, si vas a allanarme el camino, si los días van a ser durante un tiempo mar en calma y noches estrelladas.

Te permito todo si los relojes y los calendarios van a ser invisibles para los dos, si nos pasaremos las tardes mirando por el balcón, si cuando seamos viejos vamos a sentirnos más jóvenes y fuertes que nunca mientras nos damos las buenas noches y nos dejamos caer sobre el colchón.

Y es que no sé para mí eres como Florencia, tan bonita que si no existieras habría que inventarte.

 

Es tiempo de que hablen los relojes.

Noviembre cae sobre la ciudad con un tinte grisáceo y triste que no pasa desapercibido. Sopla ya un viento que huele a despedida. Y hay vasos de agua llenos de lágrimas.

Decir adiós cuesta, es difícil. Hay palabras que por lo que implican son casi imposibles de pronunciar. Porque suponen renunciar, aunque a veces, un adiós puede ser un alivio, la peor decisión que puedas tomar, o tan sólo otro puñal más que clavarte en el corazón para dejar marca. Otra señal para poder hacer recuento cuando vayas a pasar la eternidad bajo la tumba. Otra muesca en la pared siendo testigo de la tragedia.

Me siento tan cansado y viejo, tan lleno de una melancolía que no me corresponde, tan confuso, como los viernes de mercado. Tengo la cabeza llena de ruido y horribles turbulencias.

Nos hemos dado cuenta ya de que las buenas personas también tienen malas vidas, y de que hay besos que pueden joderte para el resto de tus días. Supongo que metí la pata, que puse el corazón en el centro del campo de batalla sin pensar demasiado en las consecuencias, sin tener presente que volvería el invierno a congelarnos las manos, sin que nos diéramos cuenta del daño que íbamos a causarnos mutuamente. Y ahora no me sirven ni las mantas para ahuyentar todo el frío que me has dejado encima.

Yo te abrazaría cada día sin pedir nada a cambio. Te salvaría de cada acantilado, de las sombras y del monstruo de debajo de la cama. Te escondería de los malos y de esta falsa democracia. Reiría contigo en la oscuridad, sería escudo, paz y diamante en los días malos. Sería el clavo ardiendo, el café que cura el dolor de cabeza. Te llevaría donde todo pudiera ser mejor. Te diría la verdad mirándote a los ojos.

Lo sería todo para ti sin que me costara nada.

A veces, la mejor forma de expresarse es el silencio. Y no sé si es tiempo de quedarme callado y de que empiecen a hablar los relojes.

Todo fue culpa del rock.

Todo fue culpa del rock, y de las ganas.

Todo fue culpa de recomendarnos canciones cada domingo por la tarde, de hablar desde la nada, de mirarnos desde la distancia de un ahora y hasta siempre.

Nos dejamos llevar por la gravedad del momento, dejamos que el paso del tiempo se diera contra el colchón y que la música acabara por enganchar nuestras caderas. Dejamos fuera de la puerta los relojes y el cartel de “no molestar” en nuestras vidas.

Jugar al despiste del ahora sí, ahora no, sin saber lo que estaba por venir. Callando más de lo que era necesario, haciendo uso de una ley del silencio que nos habíamos impuesto mutuamente. Usando armas de destrucción masiva cada vez que nos quedábamos sin ropa, clavando dardos venenosos, dejando parches de liberación retardada bajo tu piel.

Perder el equilibrio con cada salto que he dado contigo, viendo la estabilidad cristalizada y a punto de romperse al borde del precipicio del mañana.

Un par de astronautas haciendo buceo, alpinistas buscando el centro de la tierra, domadores de tigres de Bengala con dedos de caramelo, budistas en las playas de Malibú.

Nos tropezamos en el infierno diario de un juego del que no conocemos las reglas, y ahora parecemos un par de piezas de ajedrez que se han quedado fuera del tablero y sólo esperan a que el resto acabe la partida. Todavía desconocemos la gravedad del asunto, el alcance de toda esta explosión.

A buen entendedor no hacen falta las palabras, ni escribir de más.

Todo fue culpa del rock, y de las ganas. Estoy seguro.