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Cruz.

Llueve y se confunde con las lágrimas.

El día gris está pegado a las ventanas impidiendo que veamos nada y a mí me gustaría que nos obligáramos mutuamente a quedarnos, desnudos, bajo el calor de las sábanas.

Pero es imposible, el mundo conspira.

Toca salir, mojarnos, ver cómo cae la luz bajo la cruz.

Siempre acabo pensando en hasta qué punto me muevo guiado por mis propias decisiones o por el influjo de otros. Si realmente decido mis pasos o me delimitan el camino y me ponen señales y luces para que no piense y sólo actúe. No tengo muy claro si tenemos libertad de movimiento, expresión y elección, o está todo orquestado, y da igual lo que hagamos porque alguien ya ha decidido qué y cómo vamos a hacerlo todo. Entiendo, por otro lado, que si me lo planteo significa que sigo a salvo, que todavía estoy fuera del rebaño.

Y que tenemos una oportunidad.

Que no todo está perdido mientras seamos conscientes.

Que podemos mantener los ojos abiertos y la mirada viva a pesar de la religión, el fútbol y Hollywood.

Que todavía hay tiempo para cambiar las cosas, apartar lo insufrible e insoportable, desechar la basura emocional, leer poesía de la que aún es buena.

Mira, creo que justo ahora que arrecia el temporal y el agua me empapa la chaqueta y me empaña las gafas deberías venir.

Para cruzar los dos la calle cogidos de la mano.

 

Santos modernos.

Brindamos con vino que ya ni es la sangre de nadie ni está bendito.

Bailamos al ritmo de algo más que cornetas y tambores.

Y las únicas cruces en las que creemos son en las que marcan las facturas que quedan por pagar en el calendario que cuelga de la cocina según avanza el mes.

Para lo único que me gusta ir a la Iglesia es para ver las vidrieras, los arcos y los retablos que adornan sus altares.

Para lo único que me sirve la religión es para aborrecer a los que la defienden sin limpiarse las gafas. No confío en los que van a misa los domingos pero tienen las manos llenas de sangre, en los que dan limosna para limpiar su conciencia, en los que levantan un paso en Viernes Santo y menosprecian a su mujer cada día al llegar a casa.

La religión da la oportunidad de perdonar sin arrepentimiento, de seguir pecando mientras vayas de vez en cuando al confesionario. Dicen que un señor multiplicó los panes y los peces, que resucitó a los tres días, que murió por nosotros sin que se lo hubiéramos pedido, que hizo que surgieran lenguas de fuego, que enfadó a los mercaderes en el templo.

Y a mí todo me sigue importando poco.

La historia explica que algunas cruces sólo han servido de excusa para causar dolor, perseguir ideas diferentes y obtener la redención.

Ahora todo ha cambiado.

Ahora somos santos modernos, que ven borroso el amanecer todos los sábados y se encierran en su habitación cuando una nube cruza el cielo y oculta las escasas sonrisas que somos capaces de acumular tras las ventanas.

La felicidad es tan efímera, a estas alturas de la vida, que se acaba cuando se vacía el vaso de cerveza fría y la música deja de sonar.

La única religión que me sirve es esa en la que comulgamos al mismo tiempo cogiéndonos de la mano, en la que separamos las aguas sólo con la lengua, en la que mentir para salir ganando no es una carta a los Corintios.

El único perdón que necesito es el tuyo antes de darte un beso.

La única palabra en la que confío es en la que tú dices cuando me miras a los ojos.

El único milagro en el que creo es en el de tenerte en mi cama.

Mi único pecado, el de no querer a nadie que no seas tú.

 

Alma.

Debe existir algo más en la vida que moléculas, física teórica y neutrotransmisores que expliquen todo el mundo que nos rodea y nuestros comportamientos como seres vivos, algo más allá, menos lógico, menos tangible que justifique por qué actuamos de determinada manera.

Debe existir un ente invisible que no se puede buscar ni en resonancias magnéticas ni en análisis de sangre, eso que algunos llaman alma pero sin que tengamos que darle ningún componente religioso o místico. Debe ser esa parte de nosotros mismos que nos permite analizar nuestros actos, decidir si actúamos de una u otra forma. Ese centro en el que se conjugan todos los sentidos y nos hacen vibrar, esa pequeña cueva en la que se acumulan las sensaciones, los sentimientos y nos proporciona el lujo de saber apreciar las letras, las notas de una canción, o la luz exacta del amanecer entre las ramas de los árboles. Eso que nos hace abrir la puerta de nuestro pecho a algunos desconocidos para que se acurruquen sin miedo contra nosotros, que nos concede el privilegio de ponernos a temblar al sentir una caricia, que nos saca una lágrima efímera al ver por primera ver la cúpula de Brunelleschi, que nos ata un nudo en el estómago al leer sobre los crímenes de guerra.

Algo que hace que sólo quiera mirarte a los ojos, besarte hasta quedarme sin aliento, cuidarte hasta que se acabe el tiempo.

Algo tan primitivo, tan etéreo, tan volátil como un te quiero pronunciado a oscuras en una fría habitación después del sexo.

 

Temor en los huesos.

Toda esta rabia e impotencia me consume. Sangre manchando las aceras, salpicando. Sangre que segundos antes iba por su cauce natural y que de pronto se derrama sobre el suelo que pisamos habitualmente.

Barcelona llora, nosotros te secamos las lágrimas.

Es lo único que podemos hacer.

Cuanto más horror más ganas de abrazarte en silencio. No puedo evitarlo.

Veo el desastre desde la corta distancia que nos marcan esta vez los kilómetros. El mundo no deja de ser un lugar hostil día tras día y no hago más que darme cuenta de lo que perdemos el tiempo en lugar de vivirlo. El enfado a la mínima, la discusión que no aclara nada, el llenarnos de ponzoña a nosotros mismos sin remedio.

Veo la tragedia y puedo imaginar el dolor, la mezcla de emociones de los que trabajan para que podamos cerrar los ojos tranquilos cada noche, el horror del que ve caer a alguien a su lado.

Tanta agitación, tanta inmediatez. Toda esta locura de conocer cada segundo lo que pasa se nos está yendo de las manos. Mezclamos conceptos, temas, lo batimos todo con diversas ideologías y demagogia barata y lo tenemos todo. El cóctel perfecto para que todo esto se alimente. Un poco más de odio en el tintero, que siga llenándose el saco. Sigamos dado de comer al monstruo de debajo de la cama con nuestras pesadillas.

La catástrofe toca de nuevo a la puerta: Barcelona, Finlandia, Alemania… Oriente medio. La sangre se vierte igual, las vidas se van igual, las imágenes duelen igual.

Yo no quiero vivir con el temor en los huesos, ni mirar a mi espalda a cada rato, no quiero culpar al velo ni al turbante.

Al final todos queremos lo mismo: paz. La calma que nos permita conciliar el sueño sin problemas.

Cuando el espanto me invade pienso en ti y en las ganas que tengo de que llegue el invierno para poder meterme bajo una manta con un libro entre las manos y que nos leamos el uno al otro.

Cuando la adversidad se instala en nuestros días pienso en todo lo que queda por delante, y entonces sólo puedo lamentar las vidas perdidas, llorar el sufrimiento de los que se han ido y de los que se quedan con un agujero en el alma.

Cuando la angustia lo llena todo y las calles se llenan de daño y tormento; cuando el mundo es suplicio, desolación y purgatorio llega la primavera y vemos crecer una flor.

Esperanza.

Vida.

Amor.

Que no nos lo quiten.

[No tenim por, tenim cor.]

Blanca Navidad.

Feliz Navidad dicen y yo no lo siento así. La felicidad la tengo arrinconada, quizá a la espera de poder salir y ver el sol.

La falsedad se nos ha metido entre los dientes y da igual la de veces que nos cepillemos al día porque nunca se va. Llenamos un par de semanas con buenos deseos para la gente y creemos que nos hemos salvado cuando el resto del año sólo echamos pestes de las personas que nos rodean. La Navidad es igual que ir a misa los domingos, no sirve de nada si eres un hijo de puta.

Con lo fácil que es cuidar de los demás, abrir los brazos, cerrar los ojos, dormir hasta las diez y besarnos en el cuello.

Con lo sencillo que podría ser todo si dejáramos de juzgar, si olvidáramos la envidia, si destruyéramos los celos, si no existiera este invierno eterno entre nosotros.

Con lo bonito que sería no tener miedo, llenar el vacío, dejar de ser cobardes y brindar con cerveza en lugar de champagne.

Con lo honesto que sería atrevernos a vivir de verdad.

Y todo iría mejor si dejáramos atrás las disputas y nos quisiéramos más, si habláramos más de nosotros y menos del resto, si en lugar de burlarnos de los errores ayudáramos a corregirlos.

Se me está cayendo el mundo encima ya y no sé cómo esquivar tanta mierda, no sé cómo recoger los escombros y empezar de cero. Será porque no se puede, porque uno cosecha lo que siembra y yo nunca he entendido de ciclos y estaciones. Será porque todo debe empezar a darme igual, que todo es cosa de sangrar hasta vaciarme por completo.

No tengo fuerzas ni ganas de pensar. Ni quiero escuchar más excusas que no sirven para nada.

Si tiene que llegar ya el final prefiero no verlo.

Oh, otra vez, Blanca Navidad.

El sermón.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Vamos a confesarnos antes de besar las puertas del Averno.

Vamos a escuchar la misa del domingo antes de meternos mano en cualquier portal cercano.

Vamos a tomar el cuerpo de Cristo antes de blasfemar de nuevo.

Hemos roto con la religión de siempre.

Hemos roto con la santa Inquisición.

Hemos roto las campanas de la Iglesia y ya no sabemos en qué hora vivimos.

La procesión en nuestro caso va siempre por dentro.

Y nos apuntan con el índice por decir la verdad y saber apreciar el arte gótico de las catedrales.

Malditos pecadores, que nos gusta quemarnos en las llamas del infierno casi tanto como revolcarnos en la cama.

Y nos da todo igual.

Ahora somos la Resistencia, disidentes de todas las ideas teocentristas que tienen los demás.

Los siete pecados capitales se nos han quedado cortos y los hemos reinventado.

Nos hemos tatuado las Sagradas Escrituras en las manos después de tanto tocarnos.

Somos mercaderes en el Templo, somos adultos pendientes del bautismo.

Vamos a empezar nuestras particulares Cruzadas, para regresar con el Grial en la mano y beber hasta emborracharnos.

Nos han dicho que no nos quieren en el cielo, que no hay sitio para gente con la mirada llena de tormentas. Nos han dicho que donde mejor estamos tú y yo es en el desgüace, en Júpiter o en Marte. Nos han dicho tantas cosas que hemos convertido en bolas de papel para lanzarlas al aire que hemos dejado de escuchar a los imbéciles. Nos han dicho que llevamos el símbolo de la bestia en las entrañas y que nos vamos a vender por treinta monedas de plata.

Es tiempo de ruina pero también de sentirnos vivos, de saltar por encima de la sangre de los primogénitos y de hundir el Arca de Noé. De vagar cuarenta días por el desierto y convertir el agua en vino.

Estamos hartos del Libro de Enoc y de la puta de Babilonia, de los ángeles caídos, del gigante, de las tablas de la ley, de Judas Iscariote y del juicio final.

Va a llegar el Apocalipsis con nosotros siendo los jinetes. Y las plagas van a ser nuestros besos a destiempo y los gemidos a deshoras.

Y llega el domingo, es misa de doce, y tú y yo separamos el Mar Rojo en la cama sobre la Sábana Santa mientras el párroco explica el sermón a sus feligreses.

Resulta que ahora mi única religión eres tú, y no hay Dios si no es de carne y hueso, y tiene tus ojos. No hay profeta para mí si no me susurras al oído y me muerdes el alma mientras cruje la cama. No hay ciudades santas si tú no has pintado tu nombre en sus calles. No hay Nuevo Testamento si no estoy entre tus piernas.

Y es entonces, en ese maldito instante, cuando se abren las puertas del Infierno y todo arde.

Amén.

Este texto ha sido escrito originalmente para el blog de Krakens y Sirenas.