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Ayer pensé en llamarte.

Ayer pensé en llamarte y tuve que obligarme a dejar el teléfono sobre la mesa y mirarlo fijamente durante unos segundos. Iba a llamarte para decirte que todavía hay canciones que me recuerdan a ti y que me hacen pensar que el tiempo no ha pasado, que todavía seguimos intactos y sólo nos importan las sonrisas. Iba a llamarte para decirte que te quiero, como hacía antes cada noche, pero entonces caí en la cuenta de que ya no podía hacer eso.

Me gustaría ser capaz de contarte todo lo que pienso y todo lo que he pasado durante el último año. Me gustaría ser capaz de abrirte la puerta y sonreír sin deshacerme. Me gustaría dejar de pensar en todo lo que hicimos juntos, en cada una de las tristezas y de los baches por los que tuvimos que pasar para acabar siendo nada. Me gustaría ser capaz de explicarte que conocí a alguien y que sólo he conseguido romperme un poco más.

Tú que eras para mí esa columna a la que agarrarme cuando todo se tambaleaba bajo mis pies inestables. Tú que fuiste castillo y muralla. Tú que eras refugio, hogar y cama. Tú que fuiste todos mis motivos. Tú que ahora sólo eres una imagen borrosa en mis retinas.

Nunca quise creerme que había amores capaces de marcarte de por vida.

Nunca.

Nunca quise, hasta ahora.

Y es tan jodido cuando sabes que alguien no es para ti y que aún así no vas a poder olvidarle. Es tan jodido saber que aunque mires otros ojos, otras manos, otros labios, la tendrás en la cabeza. Es tan jodido que sólo puedes decidir mirar hacia adelante para no destrozarte a ti mismo.

Te obligas a caminar sin ganas, a saltar por la ventana cuando sale el sol, a mirar las nubes con física lógica, a respirar contando los segundos, a llorar a escondidas, a gritarle a la almohada antes de dormir.

La mayor parte del tiempo el mundo no tiene sentido, por mucho que trate de encontrárselo.

Ayer pensé en llamarte, y doy gracias por no haberlo hecho, sólo de pensarlo me han sangrado todas las heridas que llevan tu nombre.

Tan rotos, tan vivos, tan muertos.

Tengo que borrar tus fotos para no encontrarme con tus ojos a cada rato. Tengo que borrar imágenes y recuerdos que siempre quise conservar por si nos acabábamos olvidando.

Pero es que creo que es lo mejor.

Voy a tener que irme sin dejar rastro, mirarte a los ojos de nuevo y despedirme de verdad. Voy a tener que ser tan sólo ese suspiro que te haga viajar en el tiempo. Voy a tener que emborracharme hasta perder el sentido. Voy a tener que golpearme la cabeza hasta quedarme amnésico.

Al final te das cuenta de que el amor es lo más inhumano que existe, que antes o después sólo trae problemas. Porque hay que afrontarlo, porque no sirve quedarse hecho un ovillo y dejar que el tiempo pase. Llega ese momento en el que hay que hablar y abrazarse fuerte o soltarse para siempre.

Yo sólo quería darte más besos que letras he sido capaz de escribir.

Yo sólo quería escucharte respirar a mi lado por las noches en medio de mi insomnio.

Yo sólo quería toparme con cada amanecer entre tus piernas.

Y quizá toda esta vida sólo sea un castigo porque en la próxima nos irá bien.

Aunque siga siendo por separado.

Me queda claro que no he llegado a tiempo, o que el tiempo no ha estado de mi lado. Que volar lento y llegar tarde era mi superpoder.

Y, ¿sabes qué? Quizá lo peor de todo esto es que se acerca el invierno y los dos nos quedaremos con los pies fríos y el corazón encendido por no poder apagarlo.

Cometeremos el peor de los errores por no romper cadenas, y nos lamentaremos, y las espinas bajo la piel acabarán haciendo quistes.

Estamos cada vez más solos, y nos lo hemos buscado.

Estamos tan rotos, tan vivos, tan muertos.

Como el pasado siempre llama a tu puerta, dos veces (por lo menos), sé que volverás.

Y el pasado vuelve sólo por joder, para recordarte lo que no pudo ser, para romperte una vez más y dejarte por los suelos. Cuando estás convencido de que lo has superado, de que puedes volver a salir a la calle con el pecho lleno de trozos de celo sujetándote el corazón de manera estratégica, ves que no. Que todo era mentira, que sigues igual que aquel día que firmaste con los labios un jodido adiós que no querías haber tenido que pronunciar.

Pasarán los meses, los años, pero no el dolor.

Creo que eso también lo tenemos claro los dos.

 

Vuelta al negro.

Soy el que siempre apaga la luz, el que se queda cuando ya no queda nadie, el que ve los títulos de crédito finales hasta que acaba la música, el que sale a la calle cuando la tormenta termina y asoma el sol.

Sé apreciar el petricor.

Y no me sirve de nada.

El calor me funde hoy el cerebro y la falta de sueño que arrastro desde hace días también, y soy realmente incapaz de despegar mi piel del sofá. Soy incapaz de hilar dos pensamientos, de llegar a alguna conclusión que me haga rebajar la ansiedad.

Back to black nunca ayuda, siempre trae recuerdos que me arrastran hasta la orilla del mar, hasta las rocas escarpadas de cuando nos perdíamos en cualquier parte porque la vida nos miraba con una sonrisa y todo estaba bien. Hasta ese punto inexacto de mi memoria en el que la letra no me hacía daño y la podía cantar por puro placer.

Se han llevado nuestra inocencia, nuestras intenciones más lícitas, nuestras manos arriba, y esa forma de ver el futuro sin preocupación, sin la sensación de que no hay aire suficiente para hincharnos el pecho y dejarnos tranquilos.

He perdido la cuenta de las canciones que he escuchado hoy, de las páginas de libros que han ido llenándome los dedos de tinta, de los besos que te he dado sin que quede rastro de ellos.

Y ahora no queda nada, sólo música y silencio interior.

Y frases sueltas, inconexas, que pueden cobrar el sentido que queramos.

No hay lágrimas ya porque, por suerte, conseguí agotarlas todas hace tiempo. No me tiembla la voz para echar luz en todo este asunto diciendo un poco de verdad, aunque sea la mía. Y es que ya no entiendo dónde está el límite, ni si el mundo sigue dividiéndose entre el bien y el mal a pesar de todo.

No entiendo cómo seguimos teniendo fuerzas para levantarnos cada mañana, ni cómo nos enredamos de tal forma que el sincericidio no es posible.

Seguiré fingiendo y hablando en voz baja para que no me escuches.

Sueños.

Los sueños son armas de destrucción masiva.

Tienen la capacidad de concederte alas, de llenarte de esperanza, de hacerte sonreír cualquier mañana gris. Y luego viene la cruda realidad a partirnos la cara y los dientes, y a clavarnos las uñas en la nuca sin que estemos en medio de un polvo salvaje. Y así no. Así no funciona todo esto, o no debería hacerlo. Al menos.

Los sueños han roto más corazones que las palabras y el silencio. Porque son incontrolables y eso es peligroso. Porque escapan a la lógica y a la razón a la que nos intentamos ceñir en nuestro día a día. Porque son etéreos, efímeros y se nos escabullen como la arena de la playa entre los dedos.

Y caminamos por los días y los meses llenos de ojeras y parches de fentanilo para aplacar el dolor. Nos persiguen las luces de Diciembre y la gran ciudad, y aún recuerdo tus dientes temblando sobre mi cuello aquella primera vez. La risa entre las sábanas, el no soportar tu ausencia, el tener que fingir indiferencia porque no queda más remedio. Vivir a medias sin haber luchado hasta el final.

Aunque duelan, prefiero mil sueños a las pesadillas, porque en ellas nunca estás, en ellas ya me has dicho adiós y sólo quiero despertar mientras trato de respirar.

Siempre creemos que los sueños pueden convertirse en realidad, que pueden cumplirse, que son un reflejo del futuro que tanto anhelamos. El futuro que nunca llega y se ríe entre dientes y nos señala con el dedo para advertirnos de que las cosas no pueden ir a mejor.

Si supieras lo que he imaginado, si fueras capaz de ver con mis ojos, si dejaras de huir de toda la verdad que no quieres ver.

No va a quedar más remedio que marcharse. Buscar otra oportunidad, una mejor, una de verdad.

Si quisieras pensar, si observaras un instante los pasos que has dado hasta el momento, ya te habrías dado cuenta de que mis sueños son iguales que los tuyos. Son los mismos.

Pero ya lo decía Calderón de la Barca: los sueños, sueños son.

Sólo eso.

Océanos.

Civilización extraña la nuestra, que ya no recuerda a los viejos, que detesta la noche y lo llena todo de luces para no ver las estrellas. Civilización extraña nosotros.

Atlántico entre los dos, y yo ando loco perdido. Vagar por tu cuerpo cansado de pensar, soñar sin sueño, abrir los ojos después de cerrar la puerta, hacer paracaidismo entre fuegos artificiales.

Pacífico de aguas claras, que baña las playas de tus piernas, marinero sin hogar, Hemingway post-moderno, malhechor desterrado por tocarte a deshoras. Y te das cuenta de que también quema el sol cuando ella no está, y que sigue habiendo oxígeno y sangre en el día a día.

Índico con archipiélagos que son como tus risas y nombres tan raros como todo eso que te gusta y desconozco. Estamos en la orilla y nos salpican las olas en forma de verdades eternas y tenemos que apartar la vista, obligados a no mirar el mañana por si duele más de lo que nos gustaría y llega el fin.

Antártico bravo, de atardeceres infinitos, de esplendor dorado, tan lejos de los dos como ese frío corazón que habita nuestra piel. Barcos hundidos, intentos fallidos de huida, valentía arrinconada en el último confín del mundo.

Ártico, frío y solo, de hielo roto, de blanco imperfecto. La muerte del intrépido, el grito del cobarde perdiéndose en la nada. El iceberg entre tanto azul oscuro, entre tanto viento levantando faldas y velas.

Ártico soy yo, sin ti. Océano infinito.