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Música.

Un día alguien inventó la música, golpeando con piedras y palos, haciendo tambores con las pieles de animales, escuchando el chisporroteo de las llamas en una hoguera, los truenos y la lluvia en los días tormentosos. Y vivir fue un poco mejor.

Un día alguien inventó las notas y quiso dibujarlas sobre un papel, ponerles nombre y enseñarlo a los demás. Y entonces se pudo componer y que otros pudieran cantar y tocar todo lo que había salido de tu cabeza.

Y las canciones pasaron de boca en boca y de pueblo en pueblo vertebrando el mundo como si todos estuviéramos hechos de lo mismo. Hidrógeno, oxígeno, carbono y sentimientos.

Llegaron Palestrina, Vivaldi, Bach, Mozart, Chopin, Beethoven, Listz, Brahms, Schubert, Debussy, Dvořák,  Tchaikovsky, Mahler, Prokofiev, Ravel, Albéniz…

Y las orquestas, las bandas, los ensembles, los cuartetos.

Adolphe Sax.

El blues, el jazz, el rock, el pop.

Y cuando necesitas a alguien enciendes la radio y entonces siempre hay quien te hace compañía, que te hace reír o llorar, evocar. Es la manera que inventamos hace mucho para no estar nunca más solos, para poder sentir un abrazo o una caricia en el momento necesario, para poder soltar una carcajada y disfrutar o sentir que nos aprietan el corazón con tanta fuerza que nos falta hasta el aire.

Olvidamos cosas pero siempre hay un estribillo para recordarnos dónde estábamos y con quién en el mejor verano de nuestras vidas. Y un grupo que coreaste hasta quedarte afónico con tus amigos. Y un concierto que te hizo vibrar más que ninguna otra cosa en el mundo.

No sé cómo lo has hecho pero eres todas las canciones de pronto, y la música se reduce a tu cuerpo y al batir de tus alas, y me pierdo entre los pentagramas que surcan tu piel y sonrío al ver los silencios dibujados en tus dedos. Y suenan cadencias perfectas si me abrazas y cierras los ojos. Y el corazón sólo me hace síncopas al verte y se me olvida lo que marca el metrónomo cuando me besas.

Yo no quiero poesía contigo si existe la música,

Y no podía ser de otra manera, porque la música es el arte de las musas.

Y a estas alturas creo que está claro que tú eres la mía.

[Feliz día a todos los músicos.]

La fragilidad y la vida.

De camino a casa he visto a una anciana en silla de ruedas, he calculado que tendría más de ochenta años, así a bote pronto, pero quizá era mucho más joven de lo que parecía. Ocultaba sus ojos tras unas gafas gruesas, que hacían pequeños unos ojos que aunque diminutos parecían llenos de esa chispa de la vida. La ironía.

Siempre que me encuentro con ancianos frágiles o con gente gravemente enferma me tiemblan las piernas, reconozco que me suele invadir una tristeza que hace que se me cristalicen las lágrimas en los ojos y un nudo se ate fuerte en mi garganta. Me conmueve y me paraliza a la vez observar lo que la vida es capaz de hacer con nosotros.

Es difícil explicar lo que sientes cuando ves a alguien convertido en huesos y piel fina  llena de heridas y moratones. Es complicado entender que quienes un día tenían brazos y piernas fuertes, y eran capaces de todo, ahora están reducidos a permanecer en una cama y a respirar con dificultad, y a que los días sean exactamente iguales mientras aumenta el dolor y el cuerpo funciona cada vez menos.

Es difícil de asimilar aquello en lo que nos convertimos con el paso del tiempo porque un día éramos apenas una pequeña bola de carne flotando dentro de nuestras madres, esperando a que nos llegara la existencia; y hoy nos estamos consumiendo sin que podamos evitarlo. Porque el motor se apaga siempre.

Y lo único que importa cuando nuestros cuerpos acaban en la tumba es aquello que hicimos, aquello por lo que alguien nos va a recordar. Y no importa si dejas detrás o no fotografías, cartas, o aquella camisa que siempre llevabas en las comidas familiares. No importa si dejas un bonito reloj o un cuadro valioso, o una casa en la montaña. Lo único que les importa a los que nos sobreviven son los recuerdos, porque al final es lo que nos queda, lo que nos hace sentir que no nos vamos quedando tan solos.

Los recuerdos son como el abrazo de una madre cuando eres pequeño, y nunca quieres que te abandone esa sensación de bienestar y tranquilidad. O como cuando te pelabas las rodillas jugando las tardes de verano y ella te soplaba la herida y todo estaba bien aunque te siguiera doliendo.

Supongo que la vida consiste después de todo en eso, en dejar huella en los nuestros, en que puedan pensar en nosotros con una sonrisa aunque el corazón se les encoja de nostalgia y pena.

Supongo que la vida se reduce a ver a dos ancianos que se cogen de la mano y se sonríen. Así los años deben importar bien poco.

Quizá en la fragilidad de nuestros últimos días estamos más vivos que nunca, quizá porque sólo estamos esperando a volver a salir al mundo con otra forma, otro nombre y otro rumbo.

Te invito yo.

Vamos a olvidar los recuerdos y a quemar las fotografías, y a deshacernos de los nombres por los que todo el mundo nos conoce.

Debe ser ya la hora de empezar de cero y tirarlo todo por la borda, lanzarnos a un precipicio llamado futuro, dejar los adoquines que llevamos en los bolsillos.

Mira, sólo te digo una cosa:

— Despliega las alas.

Que ya toca.

Basta de estar en la sombra, de quedarse siempre en la parte del camino que nadie quiere transitar. Ya hemos tenido suficiente siendo los sacos del boxeo de todo el mundo, los que sostienen sus penas, los que transportan sus mundos, los que siempre callan y asienten y nunca dicen nada con tal de no hacer daño.

Basta de ser marionetas maltrechas, juguetes rotos a los que todo el mundo usa a su antojo y después desecha sin pensar.

Basta de ser tú y yo, y conformarnos con esto.

Ya nadie tiene que decirnos qué hacer o qué decir, ni qué señales debemos seguir, ni qué estrellas debemos mirar.

Hay un eclipse lunar y no me coges de la mano.

Una vez más.

Llegará el tiempo de quitarnos las ropas, quedarnos desnudos de miedos, besarnos las canas, acariciar las arrugas, lamernos todas y cada una de nuestras cicatrices, querernos más cuanto más viejos y feos, y fofos.

Y esto no va a parar.

A la próxima vida te invito yo, te lo prometo.

No vamos a sufrir más.

No es necesario.

Después de ti.

Su cuerpo es un naufragio, de esos que acaban con todo, y arrasó conmigo. Y ahora no tengo ganas de nadar, sólo quiero respirar hondo y llenarme los pulmones de agua salada.

Que la muerte sea más rápida que este dolor que nunca para de crecer.

Su cuerpo es ese paraíso perdido que todo el mundo quiere encontrar. Y después de haberlo acariciado sólo quiero cerrar los ojos y dormir el resto de mis días.

Que vivir a partir de ahora sólo va a ser un cruel castigo autoinflingido.

Ya nada tiene sentido.

Ni la noche.
Ni el día.
Ni el invierno.
Ni el verano.

Ni la guerra y paz de nuestros labios contra los del otro, ni las marcas en la piel y las astillas en el corazón.

Podríamos haber hecho magia juntos pero tuviste que poner las cartas sobre la mesa antes de tiempo.

Y es que quizá para ti sólo he sido un entretenimiento, el peor con el que podías encontrarte de todos los posibles candidatos. Si tiraste a dar, acertaste de pleno en la diana.

Ahora, y por mucho que lo intentes, no vas a conseguir que te odie. No voy a ponértelo tan fácil. No ha entrado nunca en mis planes otra cosa que no sea quererte.

Sabes de sobra que podríamos haber sonreído a diario, pelearnos por tonterías, perdonarnos a besos, hacernos fotos a oscuras, visitado ciudades en las que nos diera igual no entender el idioma mientras tuviéramos entrelazados nuestros dedos.

Sabes de sobra que podríamos haber sido los espías más vigilados de toda la ciudad, los mejores amantes después de los cuarenta, un par de cazadores de auroras boreales.

Me topé contigo, el iceberg de todo Titanic.

No sé si tú has aprendido la lección, pero yo no me veo capaz de volver a comprobar lo que duele el amor verdadero.

Después de ti, ya no.

Después de ti no creo en los finales felices.

Supernovas.

Buscando rutas salvajes llegué hasta a ti, o tú hasta mí, eso es algo que no acabo de tener claro ni de entender muy bien. No sé qué acabó pasando ni de qué manera, tampoco entiendo cómo acabamos confundiendo la amistad con algo más, o algo menos.

Nos convertimos en dos leones indomables encontrándonos sobre la cama, desgastándonos los labios con besos cargados de rabia y dolor, cosiéndonos cada jirón del que estamos hechos con paciencia y buena letra. Nos convertimos en manantiales que calmaban nuestra sed sin que hiciera falta nada más, dejando que nuestros dedos vagaran sobre cada rincón como si fueran las teclas de un piano. Nos convertimos en agua salada después de sudarnos en cualquier rincón.

Ahora creo sólo hemos sido un par de supernovas en medio de nuestro oscuro universo. Explosión y después nada. Se apaga la luz y yo voy a seguir buscándote en cada relámpago en medio de la tempestad. Sería optimista si hubiera motivos, lo sería si este tifón fuera a tener algún efecto en tus pensamientos.

Supongo que seguiré dedicándote palabras cuando te olvides de mí, cuando sólo sea un borrón sin rostro en tus recuerdos y yo siga teniendo heridas que no se han cerrado, que se infectan, que me acabarán matando.

Yo sólo quería mantener viva esa pequeña ilusión que habías plantado en mí con tus caricias y ahora ya no sé muy bien lo que nos queda, si es que en algún momento llegamos a construir algo juntos.

Lo que me da miedo de verdad es ver que todo puede morir, que nada es eterno, que todo tiene un comienzo y un final en este espacio-tiempo.

Lo que me da miedo de verdad, lo que me hace tambalearme y que me tiemblen las piernas y la voz, es entender que este amor también tiene fecha de caducidad.

Recuerdos del sur.

Arturo espera paciente mirando el camino que tiene frente a su casa. Una casa de piedra en medio del pirineo aragonés en la que vive solo desde hace prácticamente cinco años. No recuerda ya ni cómo ni por qué aceptó aquel trabajo, pero lo hizo. Renunció a lo conocido por lanzarse a la aventura, por intentar que su corazón dejara de doler de la forma en que lo hacía. Ella al sur, él al norte. Todavía a la espera de que la distancia hiciera lo que suele hacer con el amor, romperlo, desgastarlo, convertirlo en polvo y recuerdos en blanco y negro. Da una calada profunda al cigarro que le toca fumar ese día, hasta el pueblo más cercano está demasiado lejos como para fumar más de la cuenta. El cartero aparece con ese coche viejo que hace que se le escuche a varios kilómetros de distancia, entre el silencio de los valles. Los bosques allí parecen silbar melodías que él no entiende, y que sabe con certeza no logrará entender durante el tiempo que siga residiendo en aquel lugar. Duda de que pudiera entenderlos aunque pasara el resto de sus días descansando entre aquellos montes.

― Buenos días, don Arturo. ―Le saluda el hombre, que saca una carta sellada por la ventanilla, se la entrega siempre sin bajar del coche.

―Buenos días, Manuel. ¿Qué tal va? ―Arturo camina hasta el automóvil y coge la carta, todavía con el cigarro apoyado en el labio.

―Como siempre, ya sabe, en el pueblo no hay mucha novedad en estas fechas.

―Que viene el frío.

―¿Eso le parece una novedad?―El cartero se ríe con ganas, mostrando un hueco entre sus dientes, y enciende de nuevo el motor.―Bájese un día por allí, le invitaré a una buena tortilla y vino.

―Intentaré bajar pronto. Se lo prometo, Manuel.―El hombre hace un ademán con la mano y recorre el camino inverso hasta la puerta de la casa. Apaga el cigarro y observa el sobre amarillento por un momento, mientras escucha el coche del señor Manuel alejarse por los caminos, siguiendo el recorrido de casas desperdigadas que esperan su correspondencia.

Comprueba siempre el nombre y la dirección del destinatario, el remitente y el tipo de sello. Es un hombre metódico pero sin llegar a la obsesión, por suerte para él. Sonríe más con los ojos que con la boca al reconocer el trazo estilizado de la tipografía. Desde que estudió tiene la idea de que las mujeres escriben mucho mejor que los hombres, y que por norma general se esfuerzan mucho más en sus tareas. Ella nunca falta a su cita. Una vez al mes recibe una carta, una carta desde muy lejos. Casi siente la calidez del sol entre las manos y se le enciende el pecho al coger el papel rugoso entre sus dedos e imaginar las manos de ella acariciándolo antes de meterlo en el sobre.

Nunca se imaginó lejos de ella, sin poder verse reflejado en sus ojos, sin poder besarla a todas horas, sin poder correr tras de ella por el patio de la casa para abrazarse a su cintura antes de esconderse en cualquier esquina para que nadie los viera. Nunca imaginó que podría seguir respirando a cientos de kilómetros de distancia del amor de su vida. Pero las apariencias, las exigencias del guión, habían hecho que ella tuviera que casarse con otro y que él tuviera que huir al norte.

Se levanta para echar algo de leña al fuego y servirse un café en una taza de latón para amenizarse la lectura. Sonríe al leerla, al imaginar la vida que lleva, al imaginar a ese niño que está aprendiendo a andar que lleva su nombre y probablemente su sangre. Sonríe al ver que todo le va tan bien como siempre quiso que le fuera. Se desprende de un par de lágrimas al ver la foto que acompaña a la carta y poder verla de nuevo. Ni siquiera siente celos del hombre que lleva su anillo, ya no. Arturo comprendió desde su refugio de montaña que los celos sólo sirven para consumirse a uno mismo, y que de nada valen. Aceptó la derrota que le proporcionó la vida con la dignidad de un hombre que ama de verdad a una mujer. Aceptó que no poder tenerla no significaba no poder quererla.

El hombre vuelve a doblar la carta, deja la fotografía en la repisa de la chimenea para poder verla cada día y busca sus utensilios para devolverle la carta.

Querida Natalia…”

Mientras le queden fuerzas tiene claro que escribirá para ella, mientras le queden fuerzas tiene claro que la amará cada día.


Escrito para Krakens y Sirenas.

Nos persigue la tormenta.

Llueve otra vez, y diría que los relámpagos se encargan de dibujar tu nombre si eso no me hiciera parecer un pobre loco.

Los recuerdos se ciernen sobre mí los días grises y me cuesta volver a remontar, olvidar y alzar el vuelo. Encajar mis piezas y poder seguir caminando como si no hubiera pasado nada. Volver a echar tierra sobre lo vivido y caminar dejándolo todo atrás. Debería haber aprendido a protegerme después de tanto tiempo, saber que debería haber escarmentado pero he vuelto a caer en el error.

Una imagen puede volver a tu cabeza y agujerearla con más facilidad que cualquier bala. Y aún tengo en la memoria mis dedos acariciando tu piel como un lienzo por pintar, pasear por tus costillas como quien se encuentra sobre las teclas de un piano, navegar entre tus piernas sin importar el rumbo, sin pensar en el destino.

Casi duele pensar en la inocencia del principio, del que da todo sin esperar nada a cambio, del que se desnuda sin reparos ni espera la puñalada. Duele pensar que todo se ha ido al traste, que lo que parecía perfecto ha acabado por marchitarse, que los sentimientos que dijimos que serían eternos no han hecho más que vaciarse.

Se supone que debemos alejarnos de lo que nos hace daño, se supone que aprendemos a poner distancia con aquello que nos duele. Pero hay algo extrañamente adictivo en el sufrimiento que te hace permanecer más tiempo del que deberías donde ya no te quieren. Pensamos que las cosas pueden cambiar, que todo puede ir a mejor. Creemos que quedan esperanzas y al final, una última oportunidad.

No nos convencemos de que el fracaso también está permitido, y equivocarse mucho más. Y que la opción de aguantar sólo acaba haciéndonos un agujero negro en el pecho y años de no perdonarse a uno mismo.

La valentía ya no se premia en los tiempos que corren, ni la sinceridad, ni mirarse a los ojos sin tener que hablar. La valentía es otra de esas cosas en peligro de extinción, como el quererse de verdad.

La decisión final siempre ha estado en tu mano.

Nos persigue la tormenta.

¿Y si en lugar de huir como hacen todos nos quedamos?