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Con los bolsillos vacíos.

Harto de tanta cobardía, de tanta mentira, de tanto vaivén sin sentido ni objetivo final.

A mí me enseñaron a correr de bien pequeño, me enseñaron a no buscar problemas y a huir de todo lo malo. Y ahora que debería esquivarlos por instinto no hago más que meterme en ellos, y ya no me da tiempo a quitarme tanto fango de los ojos.

Ya no soy capaz de distinguir la corriente para llegar hasta el mar, ni de saber qué nubes nos traerán tormenta.

Camino anestesiado, firme heredero del colapso emocional. Ya he dejado de discernir lo que está bien de lo que está mal, y es porque creo que ya me da igual. Absolutamente igual, porque ya he caído de nuevo en la espiral y no hay quien me salve de esta, ni de todas las demás.

En estos momentos ya no tengo nada que perder porque ya lo he perdido todo mientras recorría el camino. He llegado a la puerta de casa con los bolsillos vacíos de esperanza e intenciones, y ya sólo me guío por la inercia del reloj, por la cadencia del sol en el cielo, por el hambre y el sueño.

Las canciones alegres llaman de nuevo para que les abra la ventana y esta vez no quiero su visita, no las busco esta primavera. Para mí todas esas flores que soy capaz de ver a lo lejos están marchitas.

Lo que necesitamos son más amores de verdad, de esos que te hacen tomar aire por las mañanas sin que te pese la conciencia, de los que te hacen sentir mejor sin perder de vista la realidad que te rodea, de los que te envuelven con ternura y aún así hacen que te suba la temperatura corporal.

Amores de verdad, de los que te elevan no de los que te hunden.

Hoy sólo busco dejar de pensar, que descanse mi hipotálamo, que se borre mi memoria, meter en el congelador por un rato el corazón.

Lo dejo ya, a ver si me salva de esta otro café.

Drama.

Somos drama.

Y cómo cansa.

Nos complicamos a diario, desde que salimos de la cama. Es como si por la noche, mientras dormimos, fuéramos incubando todas las cagadas que vamos a hacer al día siguiente. Como si nuestro cerebro aprovechara nuestra falta de consciencia para ir hilando nuestro futuro sin contar con nuestra aprobación. Quizá es por eso que siempre tenemos la sensación de que algo se nos escapa, por muy atado que lo tengamos todo.

Y es que al final, de lunes a domingo nos encargamos de fingir. No nos damos ni un minuto de tregua, y al final la máscara debe caer. Al final los disfraces llenan el suelo y se mezclan con las lágrimas, con el dolor, con la desesperación.

Nos han exigido tanto, nos hemos exigido tanto. No hay quien aguante tanta presión sin venirse a bajo.

Por si fuera poco nos encargamos de ir complicándolo todo, de ir tomando decisiones que nos ponen contra las cuerdas. De dejarnos llevar. De cogernos a una liana sin ser capaces de soltar la anterior.

Nos puede el miedo a lo desconocido, nos puede la atracción permanente del pecado, nos puede navegar en el desastre.

Y ahora tenemos que disimular, mentir, tejer una red, y después no hay quien arregle las cosas. Después no hay quien sea capaz de poner el parche, de arreglar el descosido, de explicar las cosas sin que parezca todo aún peor de lo que es en realidad. Se nos traba la lengua, nos tiemblan las manos y ya no podemos mirarnos a los ojos sin que nos de una punzada el corazón.

Y a mí no me gusta todo esto. No me gusta tener que arreglar lo que no hacía falta destrozar.

Después de todo, supongo que soy más básico de lo que pensaba. Incluso de lo que pueda parecer.

Sólo pido dejar atrás tanta tragicomedia griega, que se allane el terreno, que por una vez las piedras se queden a un lado de esta travesía, que no haya nubes, coger todos los semáforos en verde, que el café nunca se enfríe, que tus ojos nunca dejen de mirarme.

Me gustaría que fuera sencillo, sentirme mejor, no tenerte tan lejos, conformarme con esto.

Pero no soy capaz de hacerlo.

La triste realidad es que sé exactamente lo que quiero, y no puedo tenerlo.

Como siempre.

Animal herido.

Hay veces que pienso que vivimos en mundos paralelos, porque cada vez que nos separamos, nuestras vidas continúan como si nada pasara.

Y somos capaces de seguir respirando como si fuera lo normal.

Incapaces de afrontar la realidad, a refugio, escondidos en palabras que nos van a acabar haciendo daño y se volverán en nuestra contra si no salen pronto.

Somos como pequeños cofres en los que meter cualquier cosa, que tragan todo hasta que no pueden más y tienen que sacarlo. Y las explosiones siempre traen problemas, siempre se escupen las frases de cualquier forma, y se acaba haciendo más daño del deseado. Deberíamos ser inteligentes, evitar eso, pero hay cosas en la vida que no se eligen. Hay demasiadas aventuras que no se planifican, simplemente suceden.

Las mejores cosas pasan sin que las esperes, sin que haga falta planificar nada.

Y ahí reside la magia de todo esto.

Al final de toda historia resulta que no soy el cazador, siempre soy el animal herido, que sangra, que deja rastro para que lo persigan hasta allá donde acabe por morir. Acabo dañado, con las muñecas abiertas, con la mirada perdida en cualquier bañera.

Yo ya no sé ni qué decir, ni qué pensar, ni si el futuro de tu mano va a llegar alguna vez. Estoy aquí, esperando por algo que nunca va a suceder.

Una vez más.

Será que mi destino es estar en medio de la nada buscando a alguien que venga a abrazarme para susurrarme al oído que esta vez se queda para siempre, que deje de tener miedo. Será que mi destino estaba escrito en piedra desde el inicio y tú no formabas parte de él. Será que me he empeñado en cambiar la historia sin tener que emplear espadas y estandartes.

Y no es posible.

Somos universos paralelos, condenados a no pasar.

Voy a limitarme a vivir, a pulir de nuevo la coraza, a encerrarme en la armadura, y a taparme el rostro por las mañanas para que no me moleste la luz porque se me ha olvidado bajar la persiana.

Rascacielos.

Estoy a un paso de caer de nuevo, y desde la azotea del rascacielos todo se ve pequeño, y el mío parece el mayor de los problemas.

Qué egocéntricos que somos.

Qué asco damos.

Que los demás parecen siempre menos importantes si los comparamos con nosotros.

¿Tan grave es que te haya dejado tu novia/o?

¿Tan malo es no poder irte de viaje esta vacaciones?

¿Tanta rabia te da que no te respondan al último whatsapp?

¿Tanto odias a tu madre/padre porque hoy no te ha preparado la cena?

¿Tanto desprecias a tu padre/madre por no dejarte salir esta noche?

¿De verdad?

Cuando lo pienso bien me avergüenzo, porque yo, igual que tú he sido tan idiota de pensar en todo eso. Mientras hay personas sin nada que ofrecer a sus hijos para cenar hoy, cuando un hombre, una mujer y un niño estarán muriendo ahora mismo en cualquier hospital del mundo, mientras un inocente se pudre en la cárcel y seguimos matando con libros sagrados para proteger nuestras conciencias.

El mundo está tan podrido, y nosotros tan equivocados.

Que ya no sabemos lo que es vivir y respirar tranquilos.

Que ya no le damos importancia al pequeño gesto del día a día: una caricia despreocupada, una sonrisa de agradecimiento, una mirada de complicidad, silencio y conexión entre los dos.

Que ya no nos interesa si no puede conseguirlo Siri por nosotros.

Necesitamos cambiar eso.

La vida es más cuestión de sentir que de tener.

Y se nos está olvidando.

Pido que por un instante el mundo se congele, y entremos en calor con otro abrazo.

Y es que dicen siempre que el frío puede con todo pero yo he visto hielo derretirse contigo sin que hubiera salido el sol.

Y es que a mí, si te soy sincero, todo me da igual mientras tú respires y yo respire, mientras tú sonrías y yo tenga fuerzas para hacerlo, mientras puedas darme la mano durante cinco segundos y me olvide por un momento de la realidad, mientras me mires de esa forma en que sólo tú sabes hacerlo.

Estoy a un paso de caer de nuevo, y desde la azotea del rascacielos todo se ve pequeño, y el mío parece el mayor de los problemas.

Pero si tú dices que no lo es,  yo te creo.

Y entonces todo me parece perfecto.

Queríamos más.

Basta de fingir, asumamos la puta realidad.

Nos hemos querido tanto que nos hemos hechos añicos, nos hemos destrozado de tal forma que no vamos a recuperarnos más. Ahora somos juguetes rotos olvidados en el baúl del sótano, y vamos a quedarnos allí para toda la eternidad.

Míranos ahora, tan viejos, tan cansados, tan hartos de todo, como si lleváramos a cuestas el Antiguo Testamento y las pirámides de Egipto.

Somos ya esas rutas que nadie busca en los mapas, los caminos más raros, los últimos de la fila. Somos esas huellas que se borran con el tiempo.

La parte buena de esta historia es que vamos a dejar de dolernos, y podremos desenredar todos los nudos que nos mantenían atados a la misma verja.

Estamos obligados a mirar hacia delante para olvidar el sufrimiento y también a elegir mejor. Cuando algo sale mal hay que intentar no dar los mismos pasos, buscar nuevas sendas.

Decir adiós es complicado, pero ya nos hemos dado cuenta de que es mucho más difícil decir un te quiero y que sea de verdad.

Tengo siempre este sabor agridulce al final del paladar, del sí pero no, del estar tan cerca y a la vez tan lejos. Y hay días en los que prefiero mil puñales en la espalda a tanta historia sin principio, nudo y desenlace.

Y todo este caos, no es por falta de ganas, ni por culpa de no tener las cosas claras. Nadie ha dicho nunca que nos falte ambición.

A algunos corazones se llega arrasando, inundando, quemando todo lo que había anteriormente.

A algunos corazones hay que vaciarlos para volverlos a llenar de momentos y algo de luz.

Y todo este enredo no es por falta de ganas de querernos más, ni por culpa de haber construido ya algún que otro castillo en el aire. Nadie ha dicho nunca que no queramos saltar desde el trampolín más alto y que pretendamos salir ilesos.

Basta de fingir, asumamos la puta realidad.

Va a llover hasta que todo esto se acabe.

Van a llegar las tormentas con tu nombre.

Va a empezar a difuminarse el tiempo entre mechones de tu pelo.

Van a romperse promesas como si no sirvieran para nada.

Vamos a tener que armanos de valor y besos.

Y nos va a pasar como pasa siempre, que queríamos mucho más y al final vamos a quedarnos siendo nada.

No volveré a verte.

La primavera se nota en la calle, la noche pierde terreno y ya he visto a valientes que han colgado los abrigos y no piensan cogerlos hasta que llegue Noviembre. El frío se ha quedado atrás y tengo claro que no volveré a verte. Lo cierto es que la mayoría de las veces un adiós a tiempo ha salvado más vidas que algunos tratados de paz.

A pesar de que el sol ya nos calienta los brazos seguimos con el miedo acurrucado en nuestro pecho, nos puede el pánico a la soledad aunque sea de manera efímera. Seres sociales por naturaleza sólo unos pocos son capaces de aislarse del resto sin sufrir las consecuencias.

Soy capaz de mirar bajo mis pies y ver lo inestable del suelo en el que piso. La mayoría de días vivo en una realidad paralela que me impide darme cuenta de lo que realmente pasa, y arrincono la verdad por temor a que vuelva a hacerme daño.

Últimamente, lo único que me produce paz es el ruido, el movimiento y las tormentas. De pronto es como si me sobraran la calma, la tranquilidad, la serenidad; necesito el estruendo, la detonación de mis propios pensamientos hasta vomitarlos a gritos con la primera canción que me recuerda a ti.

Convertido en un juguete roto que espera en la orilla del mar a que vuelvas, a que envíes un mensaje dentro de una botella. Hazme saber de alguna forma que por un momento fui importante, que de verdad te pasó como a mí, que te habrías atrevido a construir un barco en el que navegar los dos hasta acabar convertidos en hielo y sal.

Miénteme, porque de tus labios la verdad nunca fue capaz de curarme las heridas. Miénteme y dime que volverás algún día, y que podré sonreír de nuevo sin partirme en dos pensando en ti.

Qué cruel el destino que me mantiene tan lejos, que lo único que me permite saber con claridad es que nunca fui tuyo y que, en el fondo, nunca quisiste quererme.

Perdición.

Pasear en solitario por las calles encendidas de una ciudad que ha estado dormida durante décadas y que ahora empieza a bostezar. Dar un paso tras el otro pensando que podríamos ir cogidos de la mano, que nos daríamos un beso torpe en cada semáforo y que cruzaríamos con alguna risa estúpida los pasos de peatones. Perderme en tu mirada después de hacerte veinte fotos y que no te guste ninguna, que me robes el postre y me muera de rabia, que corras entre la gente y se me pongan rojas las orejas.

Y sin embargo, no, no hay nada de esa realidad fingida en la que tanto me gusta vivir, y sólo me tengo a mí mismo y a nadie más. La fachada sonriente del no pasa nada, el hablar con los amigos como si por dentro no estuviera en carne viva y con los sentimientos en ruinas a punto de venirse abajo, el sonreír en cada comida familiar como si no te sintieras igual que un león encerrado en una jaula.

Cuando abres los ojos y afrontas el día con tu propia respiración todo se ve diferente, sin nadie a quien agarrar del brazo cuando tropiezas o necesitas parar a coger fuerzas, sin un abrazo que te haga pensar que no todo es crudo invierno, sin una caricia a tiempo que te salve del lodo y las pesadillas que te despiertan cada noche.

Un lobo sin manada, que vive en una cueva de la que no quiere salir. Protegido, seguro, cómodo en el silencio de un aullido nocturno que no inquieta a ninguna luna. Un viejo lobo que sobrevive a base de cigarros, bourbon barato y novela negra, que tiene los armarios llenos de camisas que ya no quiere ponerse y que sueña con ella cada vez que calla más de dos segundos.

Perdición, ella es toda perdición. El dulce veneno de necesitarla y no tenerla, la muerte lenta del amante que espera una tregua o la Rendición de Breda. Que hablar contigo siempre me calienta las entrañas y enciende la luz, y me hace ver esperanza entre tanta niebla espesa.

El hombre gris.

El hombre gris de mirada triste, de barba rala, de sonrisa inerte, que toca siempre las negras al piano.

El hombre gris al que nadie mira, al que nadie quiere tocar si no es por obligación.

El hombre gris tras el muro de una realidad que le hace daño, que lo va apagando con cada día que borra de su particular calendario.

El hombre gris que va cortando metros del hilo de su vida creyéndose Átropos, como si así fuera a disminuir su sufrimiento.

El hombre gris, que a nadie tiene y al que nadie quiere.

El hombre gris que mira fijamente a los niños jugando en el parque, echando de menos, llorando por dentro, rompiéndose poco a poco, que fuma Lucky Strike y bebe cerveza fría cuando cena solo en casa día tras día.

El hombre gris que siempre da dinero al vagabundo que duerme en su portal, que sonríe a la vecina del 5º, que lee a Machado cada sábado por la tarde, que admira a Klimt con toda su ignorancia, que escucha a Schumann queriendo entender sus partituras, que ve películas de Lars Von Trier sin acabar de entenderlas.

El hombre gris, de soledad oscura, tiene los ojos verdes.