Etiqueta: realidad

El puente de los perros suicidas.

Todos tenemos un punto débil que los demás no entienden.

Todos tenemos ese resquicio por el que puedes penetrar en una realidad paralela donde todo es diferente.

Todos tenemos ese imán que nos llama por nuestro nombre de vez en cuando y nos deshace los nervios y los tobillos.

Todos tenemos ese puente que nos atrae como si fuéramos perros suicidas, y nos obliga a saltar una y otra vez; y nos mata más de las siete vidas que tiene un gato.

Yo me obligo a no pensarte pero no puedo evitar deshacer la cama si estás conmigo y querer quedarme encerrado en la habitación mientras el resto de almas en pena vagan por el mundo a sus anchas.

El viento en las calles sigue trayéndote hacia mí, me acerca los ecos de tu voz y el leve aroma que deja la colonia sobre tu tibia piel. Y sigues siendo el silencio, la paz, la calma, en medio de tanto ruido ensordecedor; como tener el móvil apagado en pleno siglo XXI.

Estoy tan acostumbrado a perderme a mí mismo y tan poco a perderte a ti.

Inexplicablemente seguimos viviendo al límite, llevándonos al extremo, jugando contra nosotros mismos.

Y aquí estamos, después de todo, a pesar de todo.

Por algo será.

Lo intento.

Mira que he intentado resucitar miles de veces y aquí sigo, sintiendo que estoy muerto la mayor parte del tiempo, buscando que un riff de guitarra me transporte a alguna parte mejor.

No sé muy bien cómo definir el vacío, la sensación de indiferencia que me genera el paso del tiempo y ver que no hay logros, ni más goles en mi marcador, que no hay más medallas en mi casillero.

Quizá todo sea culpa de una percepción errónea de la realidad, de tener sueños que nunca van a cumplirse, de llevar tanto tiempo esperando ser otra persona al mirarme al espejo que es difícil asumir que ya nada es como antes, que los miedos de siempre ya no deberían estar, que ya no tengo que hacer el papel de perdedor perpetuo.

Y, sin embargo, sigo con la sensación de ir tambaleándome como si la vida fuera un sábado de borrachera cualquiera.

Me despierto siempre con dolor de cabeza y sudor en la nuca.

Y no sé corregirme, darle al botón de reiniciar, para mirar el mundo de otra manera.

Intento que mi ánimo suba por las mañanas como suben las persianas, y no consigo nada. Siento que empieza a rodearme de nuevo la maleza, que me van a atrapar las raíces, que voy a quedarme siempre pegado a la silla mirando la forma de las nubes desde casa.

Pero lo intento todo, lo intento siempre.

Intento que mis páginas no se queden en blanco.

Intento buscar un poco de firmeza al cogerme de tu mano.

Intento borrar las dudas.

Intento no huir.

Y espero hacerlo siempre mejor.

El mentiroso.

La mentira es una manera fácil de lograr algo. Sirve tanto para conseguir ciertos beneficios u objetivos como para evitar reproches y castigos. Sirve también para manipular, ocultar, ganar o cualquier otro verbo que pueda conjugarse a esos efectos.

Muchas veces utilizamos las mentiras como un modo de autoconvencernos, pensamos que si decimos ciertas cosas en voz alta y hacemos partícipes al resto el pensamiento o la idea en sí mismo se convierte en realidad de manera automática. Hacemos algunas afirmaciones que son puro autoengaño con el único fin de estar un poco más tranquilos con nosotros mismos.

Buscamos la paz a costa de fingir, de mentir, y así sólo aumentan las guerras internas, las batallas diarias, las peleas de costillas para dentro.

Ya no sé qué pensar, hace tiempo que dejé de tenerlo todo claro.

Lo único que sé últimamente es que no consigo conciliar el sueño durante más de dos horas seguidas y que ya no recuerdo lo que es despertarme sin sobresaltos por culpa de las pesadillas.

Y que las ojeras no hacen más que crecer.

Sólo conozco el miedo.

Mi vida me parece algunos días como esas novelas enigma del siglo diecinueve en las que al final todo se descubre, pero yo no llegaré a verlo para entenderlo porque seré el cadáver rodeado de una silueta de tiza blanca.

Mi vida me parece algunos días como una de esas bromas pesadas de cómico inglés que sólo se entienden en determinados momentos o circunstancias, o compartiendo cierta visión cultural.

Al final sólo tenemos dos opciones, como en muchas ocasiones: mentir o elegir la verdad, ocultar o dejar que todo salga a la luz; y es fácil y a la vez tan difícil.

Pero elegir un rumbo u otro nos acaba delatando, nos coloca sobre el tablero, muestra nuestras cartas con sólo un pequeño gesto, elegir nos acaba definiendo por mucho que creamos lo contrario.

Yo tengo claro de qué lado quiero estar pero quizá soy sólo un mentiroso que se dice a sí mismo que le quieres porque no es capaz de seguir adelante sin ti.

Pero a ti siempre te he dicho la verdad.

Páginas.

Páginas, que surgieron de los árboles más viejos, llenas de tinta, impregnadas en lignina, que contienen las historias que nos habría gustado vivir, protagonizar, olvidar.

Páginas, manuscritas, mecanografiadas, arrancadas, arrugadas, llenas de manchas o impolutas, odiadas, adoradas, olvidadas.

Siempre nos salvan los libros, de la realidad, del desamor, de nosotros mismos. Las palabras de otros que supieron explicar, expresar, describir nuestras sensaciones y sentimientos exactos con precisión, como si hubieran estado dentro de nuestra cabeza y nuestro pecho.

Yo no sé tú pero me he visto igual de reflejado en las rimas de Bécquer que en frases de James Ellroy. Me han desnudado por igual sonetos de Lorca y novelas de Dostoyevski. Se me ha encogido el corazón con El libro de los Abrazos y con Los detectives Salvajes. He querido ser Sherlock Holmes, Bernie Gunther, Lucas Corso, Sirius Black, Rick Deckard,  Takeshi Kovacs, Julián Carax, y el Capitán Alatriste.

Cuando me falta el aire por las noches siempre enciendo la lámpara de la mesita de noche y cojo el libro que repose en ese momento sobre la madera, y continúo leyendo hasta que me vence el sueño. Si es que consigue vencerme, porque últimamente duermo tan poco que no sé cómo consigo mantenerme en pie sin tropezar.

Supongo que estoy atormentado, como todas esas personas que anhelan algo y nunca lo consiguen. O frustrado, por ver que pudiendo conseguirlo todo me quedo una vez más con las manos vacías.

La historia de mi vida.

No puedo dejar de pensar, y parece que me muevo en esta vida ya como la niebla. Todavía sale humo de las chimeneas y se necesitan los abrazos, pero he olvidado cómo hacer fuego y sólo soplo el polvo de los muebles.

Y yo no quiero pasar página y borrarlo todo de golpe, ni quemar los libros que hablan de ti y de mí. Yo sólo quiero que seas tú quien me lea cuando no pueda cerrar los ojos porque me aprietan las costillas contra el corazón.

Bonnie and Clyde.

Está el planeta como para no leer los periódicos, como para que crezcan bosques en medio del desierto y se seque el lago Onega. No sé si esta es la realidad o estamos respirando ya en una realidad paralela en la que todo lo imposible está sucediendo.

Situados a un paso de que vuelva la Santa Inquisición, el garrote vil y las opiniones no puedan compartirse en voz alta.

Crece el odio, se nos va el pulso y el murmullo entre la multitud no cesa. Desde arriba siguen riéndose de nosotros, que peleamos sin razonar, que no vemos el fondo real que hay en todos los problemas, que sólo cosemos parches que no solucionan nada, que nos dejamos guiar por consejos de sabios mentirosos. Nos han atrapado en una red de ciegos que pueden ver, de mudos que pueden hablar, de sordos que pueden escuchar pero no quieren.

Me siento cada vez menos humano y más pájaro, porque sólo quiero volar lejos de tanta insensatez. Me siento cada vez más despegado de la tierra y la gente que me rodea. Me siento cada vez más decepcionado con la vida, porque la muerte nunca falla.

Se nos van los años sin atrapar sueños con las manos, dejamos que el mundo gire sin tratar de frenarlo, nos tapamos los ojos ante la belleza porque no estamos acostumbrados a tratar con ella.

Si al final lo único que quiero es llevarte entre mis brazos todo lo lejos del resto del mundo que sea posible. Encender la estufa, contarte historias con las llamas reflejándose en nuestras pupilas dilatadas, abrazarte por la cintura, que sea verano siempre que nuestros cuerpos se encuentran.

Ojalá todo fuera tan fácil como cuando me obligas a dejarte sin ropa o buscar refugio en la oscuridad cuando estás conmigo.

Ojalá todas las guerras fueran entre sábanas y saliva en la piel.

Ojalá todas las balas fueran besos sin piedad.

Ojalá todos los gatillos fueran te quieros.

Ojalá todas las miradas fueran la tuya.

Está el planeta como para convertirnos en Bonnie and Clyde, y huir de los demás pero nunca de nosotros mismos.

Veneno en los labios.

La garganta llena de nudos por los que no pasa la saliva, ni el aire.

La sensación de angustia permanente.

La falta de religión que nos de todas las explicaciones que no nos da la realidad.

El exceso de yoga, gimnasio y drogas de colores.

El superávit de información, ruido y sentimientos.

El ir desnudo por la vida, sin mentiras, sin necesidad de ocultar nada.

Hay lobos aullando al mismo tiempo a la luna y dicen que nunca antes había pasado, pero quién sabe, hoy en día todo está del revés.

Vivimos en medio de un caos insoportable, en una espiral de voces sin sentido, de cuadros abstractos y arte callejero. Nos han puesto tan bien la venda sobre los ojos que ni siquiera nos planteamos alternativas para cada uno de nuestros problemas. Acabamos siendo villanos, cómplices, por culpa de la desidia, por ver cómo da vueltas la noria sin intentar bajar de ella.

No sé si damos más asco que pena.

No sé si vamos a bajar del barco o a seguir remando.

No sé nada, sigo sin saber nada.

Hace años que todo me viene grande, que no puedo comprender la ceguera en la que vivimos, que no dejo de lamentarme una y otra vez.

Somos polizones en un mundo que debería ser nuestra casa.

Somos extraños en los brazos de quien debería ser nuestro amor.

Somos animales de compañía más salvajes que la mayoría de mamíferos.

Somos el miedo hecho carne y huesos.

Somos veneno en los labios de quien más queremos.

Somos hierba muerta.

Y no me queda más remedio que poner música, apagar la luz, cerrar los ojos, dejar que todo gire sin que pueda evitarlo. El mundo hace su ruta por el sistema solar y el dinero se mueve de un bolsillo a otro, y las vidas se van como se va un caramelo en una clase de primaria.

No me queda más remedio que besar lento y respirar por los dos, arrancarte la ropa con los dientes, prepararte un hueco a mi lado, cuidarte hasta que no pueda hacerlo, esperarte en el andén, cerrar las ventanas con el temporal, encender la hoguera, cuadrar el círculo, visitarte en sueños, beber de tu boca.

Y escribir, romper las páginas, vivir en bucle, llorar a solas, caer rendido.

Esperar el final.

Pero no el nuestro, ese no.

Los últimos días del verano o agua sobre fuego.

Los últimos días del verano son para mí los más tristes del año, me llenan de una extraña melancolía que no sé explicar muy bien con palabras, y tampoco soy capaz de darle sentido. No sé si es porque siempre veo un otoño lleno de hojas por el suelo con mi corazón pisoteado. Es una sensación compleja, llena de matices a los que no soy capaz de ponerle nombre.

Quizá todo se deba a que el sol comienza a caer antes entre los edificios o porque deben empezar de nuevo todos los ciclos, y yo no tengo objetivos claros. Estoy bailando en el vacío sin ningún pasamanos al que sujetarme para no caer. Estoy jugando solo a la pelota otra vez. Estoy mirando por la ventana con nostalgia, esperando algo que no llega. Estoy deseando otro disparo certero en forma de te quiero.

Y es que parece que ya he dado todo lo que podía dar de mí mismo y no me quedan fuerzas ni para caminar, ni para sonreír, ni para abrir los ojos por la mañana y tener ganas de apagar el despertador.

No soy capaz de ponerle banda sonora a estos meses y también es triste, y me desconcierta.

Creo que vuelvo a estar más perdido que nunca ahora que creía haber encontrado el camino. Vuelvo a encerrarme en mí mismo, a hacerme pequeño, a llenarme de miedos, a quedarme callado, a no dormir por las noches, a sufrir más de lo que debería, a preocuparme por todo. Y escapa absolutamente a mi control, me miro las manos y siento que ya no puedo dominar nada, ni a mí mismo.

Pensaba que había llegado a la cima y sólo tenía que darle la vuelta al papel para ver que estoy de nuevo en el abismo, que he caído y no quiero levantarme, que voy a dejar que duela todo lo que tenga que doler porque no puedo curarme ya.

Y tú eras la calma para mí, agua sobre fuego, la sábana que me protegía de Eolo por la noche, el bálsamo que hacía que el alcohol en las heridas no escociera, el sabor dulce en el paladar.

Y ahora qué.

Todo estará bien.

Aunque te pierda, aunque me pierda.

Todo estará bien.

Dicen que si repites mucho algo al final se hace realidad.

Pero creo que conmigo no funciona.

Todo estará bien.

Mi sangre sobre el suelo y yo empapado en lágrimas que no quiero.