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Tanta gente triste.

Nunca he visto tanta gente triste como ahora.

Tampoco tanta gente enfadada ni llena de rabia.

Crece el odio, la ansiedad, el llanto, los gritos.

Quizá es que la vida nos empuja de manera inexorable hacia un destino que no deseamos pero, sin embargo, no somos capaces de evitar (o no queremos, o no podemos); las variantes y las posibilidades son tantas como las diferencias entre los copos de nieve al microscopio.

Poco a poco vas percibiendo el desgaste en las ganas, en los huesos, en las palabras.

Poco a poco dejas que el mundo te aplaste, igual que aplastaste tú a aquel grupo de hormigas en el patio del colegio cuando tenías ocho años.

Y se esfuma todo.

Comienza la autodestrucción.

Y el engaño de que da igual esforzarse porque nada va a mejorar.

Caemos en la trampa, volvemos a cometer el mismo error que nos condujo al pozo sin luz en el que estamos metidos hasta la cintura.

Y sólo me salva ese pequeño desastre que armas a mi alrededor cuando te veo, el caos que desatas de un momento para otro.

Sólo sé que las hojas siguen temblando ahí fuera y tú no estás; pero queda esperanza, he visto a un viejo sonreír mirando al cielo.

Tocará seguir luchando contra viento y marea.

[y los idiotas, que es lo que más cuesta.]

La última guerra.

Casi siento ya la explosión, el temblor en el suelo, los pájaros volando nerviosos, los perros ladrando más de la cuenta y mirando a la puerta de casa, los gatos con el pelaje erizado. El mundo comienza a desmoronarse y quizá es que ya nos merecemos todo lo malo que nos pueda pasar, como especie hemos dado toda la pena posible, hemos llevado al planeta a la destrucción completa poco a poco.

Gente defendiendo lo indefendible, justificando actos que atentan contra los derechos humanos y formas de pensar porque debemos ser tolerantes. No, hay determinadas maneras de vivir con las que no se puede ser tolerante. Ya basta de poner siempre la otra mejilla hasta que te cuelan un puñal en el costado. No se puede tolerar a quien porta antorchas, viste esvásticas en la piel y alza la mano a la sombra de un Führer que todavía parece caminar entre nosotros.

Y da miedo, da un miedo terrible observar que nada cambia y que sólo vamos a peor. Me provoca un temor absoluto ver que la historia no nos sirve para nada, ni siquiera para aprender la lección.

Estamos a escasos pasos de que se presione el botón rojo y el hongo nuclear lo llene todo, fundamentalmente porque nos sigue gustando marcar las diferencias en lugar de vernos como iguales.

Pero es que no somos iguales.

Cállate.

Deja de decir estupideces.

¿Qué te diferencia realmente de otro ser humano? ¿Qué hay más importante que todo eso que nos une y nos rebaja al mismo escalón?

Respirar, amar, llorar.

Exactamente igual.

El problema es que nos hemos creído las fronteras, las religiones y la identidad, y hemos necesitado siempre formar parte de grupos que nos arropen y excluir a otros por las más absurdas cuestiones: el color de la piel, el género, el país, la religión, la orientación sexual, la ideología política.

El problema es que hay poder y dinero, y objetivos e intereses que están fuera de nuestro alcance. Y da miedo, es acojonante ver cómo el mundo lo dominan unos cuantos y los medios focalizan nuestra atención para distraernos, y logran llenarnos de rabia y frustración, y consiguen que pelemos entre nosotros por temas irrelevantes.

Me temo que esto no tiene solución, mientras haya narcisistas y sociópatas con el mando de la nave entre las manos.

Me temo que todo pasa por desparecer y esperar a que en algún momento haya vida realmente inteligente, que sepa hacer de los buenos sentimientos un refugio, el lugar donde vivir, y que la próxima sea la última guerra mundial.

Y pido que si todo se va a la mierda de pronto, que si el mundo tiene que acabarse de una vez, sólo pido estar contigo.

¿Sabes qué pasa?

¿Sabes qué pasa?

Porque yo no. No entiendo nada de un tiempo a esta parte, no te entiendo a ti, ya no me dejas hacerlo.

Estoy lleno de esa rabia que sólo se quita con tus besos, mordiendo tu carne, gimiendo en tu oído.

¿Sabes qué pasa, vida?

Que me niego a tirar la toalla, a desistir, a olvidar este intento. Quizá es que para ti es más sencillo rendirte, pero yo no tengo nada que perder. No es ganador el que nunca pierde, sino el que nunca deja de intentarlo.

Ya está bien de lamentarse en lugar de seguir escalando mirando hacia el cielo. A veces, veo tus ojos en medio de miles de constelaciones, escucho tu voz entre los estribillos de mis canciones favoritas, siento tus manos acariciarme en forma de brisa estival.

¿Sabes qué pasa?

Que no es el momento de sentirse abatido, que quiero seguir convirtiéndome en cenizas de tu mano, que espero las lluvias de otoño mojando tu pelo.

¿Sabes qué pasa?

Que sólo somos tú y yo, y la eternidad.

O no, quizá sea algo más efímero, convertirnos en polvo o quedarnos de piedra. Quizá sólo tenemos que ser como fuegos artificiales en una noche helada.

Ojalá lo supiera, ojalá pudiera decirte que todo irá bien y que no habrá problemas. Pero hay cosas que sólo se saben si abres la boca y hablas aunque te tiemble la voz, y los labios, y todos los miedos en la cabeza.

Ojalá tuviera el poder de ver el futuro y el poder de borrar la indecisión de tu vocabulario y la distancia gélida que usas como arma, como si fuera a ser la solución a algo.

Pero no es lo importante, lo relevante es tener motivos para seguir, buscarlos, tratar de alzar el vuelo, cogernos de la mano.

Joder.

Lo importante se reduce a un beso tuyo antes de dormir.

¿Sabes qué pasa, vida?

Que sin ella me estoy muriendo.

¿Qué hacemos?

¿Qué hacemos con la rabia, con el dolor, con la impotencia?

Los transformamos. Los cambiamos hasta convertirlos en algo mejor, los dejamos atrás, avanzamos. Lo único que no se permite en esta vida es quedarse parado mirando cómo se pone el sol en el horizonte.

¿Qué hacemos con la tristeza, la melancolía, la nostalgia?

Las aprovechamos, nos servimos de ellas para reflexionar, nos tomamos nuestro tiempo, buscamos algo mejor. Lo único que no se permite en esta vida es regocijarse en el daño, en las lágrimas, en la angustia vital. Porque hay cosas que no sirven de nada, y lo que no sirve se deshecha. Y algunos se lo toman muy en serio hasta con las personas. No se puede ir por ahí produciendo heridas y dejando a los demás tirados en la cuneta. A las personas se les da la mano, hay que levantarlas, quitarles el polvo de los ojos y ayudarlas a caminar. A menos que no quieran, lo de empeñarse en salvar a otros cuando no están por la labor tampoco es la solución.

Lo de ir de héroes y heroínas se ha vuelto a poner de moda, lo de alzar el puño y gritar consignas por los demás, como si todos quisiéramos lo mismo. Y es que a veces no tomamos libertades que no tenemos, colgamos banderas, cantamos himnos y seguimos sin tener ni puta idea de nada.

Yo no quiero a nadie que lidere mi causa, que para algo sigo con la voz intacta y las ganas en el sitio.

Yo no necesito a nadie que me salve, que para algo soy capaz de nadar por mí mismo y buscar mi camino.

Pausa, cojamos aire.

¿Qué hacemos?

Primero nos tomamos una cerveza, nos besamos, y luego ya veremos que estoy harto de tantas cuestiones trascendentales.

Supernovas.

Buscando rutas salvajes llegué hasta a ti, o tú hasta mí, eso es algo que no acabo de tener claro ni de entender muy bien. No sé qué acabó pasando ni de qué manera, tampoco entiendo cómo acabamos confundiendo la amistad con algo más, o algo menos.

Nos convertimos en dos leones indomables encontrándonos sobre la cama, desgastándonos los labios con besos cargados de rabia y dolor, cosiéndonos cada jirón del que estamos hechos con paciencia y buena letra. Nos convertimos en manantiales que calmaban nuestra sed sin que hiciera falta nada más, dejando que nuestros dedos vagaran sobre cada rincón como si fueran las teclas de un piano. Nos convertimos en agua salada después de sudarnos en cualquier rincón.

Ahora creo sólo hemos sido un par de supernovas en medio de nuestro oscuro universo. Explosión y después nada. Se apaga la luz y yo voy a seguir buscándote en cada relámpago en medio de la tempestad. Sería optimista si hubiera motivos, lo sería si este tifón fuera a tener algún efecto en tus pensamientos.

Supongo que seguiré dedicándote palabras cuando te olvides de mí, cuando sólo sea un borrón sin rostro en tus recuerdos y yo siga teniendo heridas que no se han cerrado, que se infectan, que me acabarán matando.

Yo sólo quería mantener viva esa pequeña ilusión que habías plantado en mí con tus caricias y ahora ya no sé muy bien lo que nos queda, si es que en algún momento llegamos a construir algo juntos.

Lo que me da miedo de verdad es ver que todo puede morir, que nada es eterno, que todo tiene un comienzo y un final en este espacio-tiempo.

Lo que me da miedo de verdad, lo que me hace tambalearme y que me tiemblen las piernas y la voz, es entender que este amor también tiene fecha de caducidad.

A cientos de kilómetros.

Miraremos atrás y sólo seremos capaces de ver el daño, las marcas que dejamos en los árboles y los muros.

Miraremos atrás y sólo quedarán sueños rotos llenando el camino, las despedidas, la sangre en el suelo del lavabo.

Miraremos hacia adelante, y no tenemos nada claro qué es lo que habrá. Pero a mí, probablemente me quede una casa vacía, y el frío interno contrastando con el calor asfixiante del mes de agosto alrededor.  No tengo claro si todo estará plagado de tristeza o de rencor, o de pura rabia quemándome las vísceras.

Si ya todo está perdido no sé por qué intentamos fingir que hay algo que salvar como si el barco no estuviera hundido desde hace mucho, como si no nos hubiéramos convertido la piel en jirones hace tiempo.

Nos hemos derrumbado sin esperar al huracán. Hemos dejado de mirarnos con sinceridad y ya lo hemos dado todo por perdido.

Y es que ahora mismo me siento como si estuviera a cientos de kilómetros de ti, recolocándome los huesos, muriéndome por dentro, tratando de hacer algo que no debería.

Es tan irónica la vida que acabaré abandonando a quien me tenía que salvar; y no sé cómo tomarme este cambio de papeles.

Me he quedado sin fuerzas, ni ganas de luchar.

Ya he entendido que perseguir imposibles no tiene ningún sentido, y que tú eres el mío. Ya he aprendido que soy el número uno en fracasar, que soy experto en conformarme con migajas.

Ahora que  vuelvo a estar fuera de lugar, sin poder encajar en ningún sitio, voy a sacar mis viejas botas, a ponerles los cordones, a sacarles algo de brillo, a colocármelas y sujetarlas con fuerza.

Me toca empezar otro viaje, uno que me lleve lo más lejos que pueda, lo más lejos de ti.

Huracanes en tu falda.

Prefiero siempre el refugio y el abrigo que me otorga la noche, sensación de protección y libertad, de no deberle nada a nadie, de no tener que sonreír por pura cortesía. Y también prefiero la noche porque siempre acabas apareciendo entre la niebla, en medio de la lluvia que me cala hasta los huesos, me tiendes la mano, me besas la frente y caes rendida.

Te has quedado sin fuerzas y coges el aire a bocanadas, la vida te ha arrollado sin pensarlo y no te deja dormir a pierna suelta.

Insomnio, alcohol, pastillas.

Las alucinaciones hipnagógicas son el pan de cada día y el cuchillo en medio de la espalda está llegando cada vez más profundo.

Y luego están los momentos en los que me coges por sorpresa y me das un beso en medio de la calle, o te aferras a mi mano, y saltamos cualquier charco en el que se reflejan las luces de neón. Y no hay laberinto en el que tengamos miedo de perdernos.

Invencibles, con una armadura dorada que nos protege de todo lo que nos hace daño.

Pero cada cierto tiempo hay jornada de puertas abiertas en nuestras miserias y volvemos a sentir el sabor de la sangre en el paladar, nuestros dientes en el barro, nuestras manos manchadas de penas. Nos vuelve a abrazar la triste indiferencia del que sabe que nada bueno va a pasar, del que ha perdido la ilusión y se le nota en las pupilas.

Solemos hacer oídos sordos cuando estamos juntos en la cama, cuando nos arde la piel bajo las sábanas deshechas, cuando escuchamos la sangre bombeando en nuestros oídos, cuando el único mensaje que lanzamos hacia el cielo es el de nuestro placer. Una tregua en medio de la madrugada, tu sabor en la punta de la lengua, tu genética mezclándose con la mía, y la sensación ardiente en los pulmones y en el bajo vientre.

Lo acabamos dejando todo de lado, sin aprovechar cada minuto, sin luchar con la fuerza suficiente, escupiendo con rabia como si no fuéramos a acabar bajo una fría lápida, a tres metros bajo tierra.

Vamos a desperdiciar la vida separados, y la gran putada es que es la única que tenemos. Pero te aseguro que, a pesar de todo, seguiré siendo capaz de predecir huracanes en tu falda.

Te miro a los ojos, trago saliva como puedo y lo digo, aunque me cueste:

―Sabes que algún día no estaré.

Y me callo un:

―También sabes que no vas a hacer nada para evitarlo.

Y acabará dando igual que te quiera, que me quieras, porque sólo habrá dolor.

Voy a ponerle otro cerrojo al corazón.

[Retírate del juego, necio.]