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La espada de Damocles.

Mueren los días ante nuestros ojos, se hace de noche demasiado temprano y todo comienza a darnos miedo. Cuando las sombras se alargan tras nuestros pasos y no somos capaces de distinguir lo que hay en la oscuridad se nos acelera el pulso y el pensamiento, y comienza el temblor de labios y de manos. Igual que cuando nos enamoramos. Igual que cuando todo está turbio entre nuestro corazón y nuestro cerebro. Igual que la primera vez que te descubres en la mirada y la sonrisa del otro.

De pronto, todo el gris del telón de acero parece caer sobre nosotros y no nos quedan fuerzas ya para parar el golpe, ni siquiera la rapidez suficiente como para esquivarlo. Y al abrir los ojos cada día te das cuenta de que la espiral te ha arrastrado de forma inexorable hasta el fondo del mar, y no hay vuelta atrás. Porque ya no sabes volver. Porque no sabes qué camino has recorrido para llegar hasta donde estás ahora.

La mayoría de lo que nos pasa no podemos controlarlo, muchas decisiones no están en nuestras manos, y vivimos a expensas de lo que quieren los demás, y tenemos que adaptarnos. Por suerte o por desgracia estamos hechos para sobrevivir, para conseguir oxígeno hasta en las alturas, para soportar el frío y el calor, y la lluvia calándonos los huesos.

Hay quien vive como si todo consistiera en flotar en alta mar, hay quien se deja llevar por las corrientes y por los demás, hay quien se desentiende de todo y se lava las manos en la primera pila bautismal que encuentra.

Voy a intentar cuadrar el círculo contigo, hacerlo distinto, hacerlo mejor. Voy a dejar de enamorarme de cada precipicio que me jure amor eterno antes de empujarme contra las rocas y el oleaje. Voy a allanarte el camino, apartarte las rocas y darte la mano. Voy a besarte bajo la lluvia, buscarte a través del espejo, seguir las baldosas amarillas, escalar por tus piernas hasta quitarte las ganas.

Me faltan ya palabras e ideas, me faltan años para atreverme a decirte la verdad. Y es que, aunque no te lo creas, eres el mejor de mis problemas.

Con el tiempo ya parado me doy cuenta de que la espada de Damocles se mece lentamente sobre mi cabeza, y tengo la pregunta atragantándose torpe en mis neuronas:

¿Cuándo te vas a cansar de mí?

Animal herido.

Hay veces que pienso que vivimos en mundos paralelos, porque cada vez que nos separamos, nuestras vidas continúan como si nada pasara.

Y somos capaces de seguir respirando como si fuera lo normal.

Incapaces de afrontar la realidad, a refugio, escondidos en palabras que nos van a acabar haciendo daño y se volverán en nuestra contra si no salen pronto.

Somos como pequeños cofres en los que meter cualquier cosa, que tragan todo hasta que no pueden más y tienen que sacarlo. Y las explosiones siempre traen problemas, siempre se escupen las frases de cualquier forma, y se acaba haciendo más daño del deseado. Deberíamos ser inteligentes, evitar eso, pero hay cosas en la vida que no se eligen. Hay demasiadas aventuras que no se planifican, simplemente suceden.

Las mejores cosas pasan sin que las esperes, sin que haga falta planificar nada.

Y ahí reside la magia de todo esto.

Al final de toda historia resulta que no soy el cazador, siempre soy el animal herido, que sangra, que deja rastro para que lo persigan hasta allá donde acabe por morir. Acabo dañado, con las muñecas abiertas, con la mirada perdida en cualquier bañera.

Yo ya no sé ni qué decir, ni qué pensar, ni si el futuro de tu mano va a llegar alguna vez. Estoy aquí, esperando por algo que nunca va a suceder.

Una vez más.

Será que mi destino es estar en medio de la nada buscando a alguien que venga a abrazarme para susurrarme al oído que esta vez se queda para siempre, que deje de tener miedo. Será que mi destino estaba escrito en piedra desde el inicio y tú no formabas parte de él. Será que me he empeñado en cambiar la historia sin tener que emplear espadas y estandartes.

Y no es posible.

Somos universos paralelos, condenados a no pasar.

Voy a limitarme a vivir, a pulir de nuevo la coraza, a encerrarme en la armadura, y a taparme el rostro por las mañanas para que no me moleste la luz porque se me ha olvidado bajar la persiana.

Salvavidas.

Lo malo de tratar de ser un salvavidas es que consigues que el resto no se ahogue pero tú acabas en el fondo, entre animales submarinos que todavía no tienen nombre porque nadie los ha visto.

Las aguas abisales son tan raras y se está tan solo.

Entiendes entonces a esos que no tuvieron suerte (y dinero) suficiente para subir a un bote en el Titanic y alejar el frío inerte del Atlántico de sus órganos. Entiendes que las tinieblas no dan miedo porque estén llenas de monstruos como los que hay debajo de tu cama. Entiendes por fin que, al final, nuestro mayor temor es el de no tener a nadie que se pregunte por qué hoy no te brillan los ojos como siempre.

Y estamos desaprovechando las buenas oportunidades, y nos vamos a hacer viejos siendo carne de psicoterapia. La felicidad la dejamos en manos de los demás porque nosotros no la merecemos, porque ya nos hemos dado por vencidos, porque hemos dejado atrás la mirada de niño y la inocencia se nos fue con aquel primer vómito por culpa de la resaca.

No sé si deberíamos volver a creer, pensar que todavía hay tiempo por delante, pensar que las cosas todavía pueden irnos bien, y abrir las alas y echar el resto en cada vuelo que nos quede.

Pero nunca seremos tan optimistas, nunca nos concederemos el sentirnos tranquilos con nosotros mismos y lo que hacemos. El futuro se ha convertido en un enorme dragón que va a partirnos en dos con sus garras, y acecha tras cada roca del camino esperando nuestro error.

Vivimos a medias, con la mente siempre en otro lado y ya no disfrutamos ni cuando se supone que todo el mundo lo hace. Somos espejismo, reflejo imperfecto de todo aquello que podríamos llegar a ser y se quedará en el polvo.

Y el problema es nuestro, por exigir, por esperar, por querer de los demás algo que ellos no nos pueden/quieren/saben dar.

El problema soy yo, siempre pasa igual.

No quiero seguir siendo salvavidas para acabar muerto.

Rascacielos.

Estoy a un paso de caer de nuevo, y desde la azotea del rascacielos todo se ve pequeño, y el mío parece el mayor de los problemas.

Qué egocéntricos que somos.

Qué asco damos.

Que los demás parecen siempre menos importantes si los comparamos con nosotros.

¿Tan grave es que te haya dejado tu novia/o?

¿Tan malo es no poder irte de viaje esta vacaciones?

¿Tanta rabia te da que no te respondan al último whatsapp?

¿Tanto odias a tu madre/padre porque hoy no te ha preparado la cena?

¿Tanto desprecias a tu padre/madre por no dejarte salir esta noche?

¿De verdad?

Cuando lo pienso bien me avergüenzo, porque yo, igual que tú he sido tan idiota de pensar en todo eso. Mientras hay personas sin nada que ofrecer a sus hijos para cenar hoy, cuando un hombre, una mujer y un niño estarán muriendo ahora mismo en cualquier hospital del mundo, mientras un inocente se pudre en la cárcel y seguimos matando con libros sagrados para proteger nuestras conciencias.

El mundo está tan podrido, y nosotros tan equivocados.

Que ya no sabemos lo que es vivir y respirar tranquilos.

Que ya no le damos importancia al pequeño gesto del día a día: una caricia despreocupada, una sonrisa de agradecimiento, una mirada de complicidad, silencio y conexión entre los dos.

Que ya no nos interesa si no puede conseguirlo Siri por nosotros.

Necesitamos cambiar eso.

La vida es más cuestión de sentir que de tener.

Y se nos está olvidando.

Pido que por un instante el mundo se congele, y entremos en calor con otro abrazo.

Y es que dicen siempre que el frío puede con todo pero yo he visto hielo derretirse contigo sin que hubiera salido el sol.

Y es que a mí, si te soy sincero, todo me da igual mientras tú respires y yo respire, mientras tú sonrías y yo tenga fuerzas para hacerlo, mientras puedas darme la mano durante cinco segundos y me olvide por un momento de la realidad, mientras me mires de esa forma en que sólo tú sabes hacerlo.

Estoy a un paso de caer de nuevo, y desde la azotea del rascacielos todo se ve pequeño, y el mío parece el mayor de los problemas.

Pero si tú dices que no lo es,  yo te creo.

Y entonces todo me parece perfecto.