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Bona Esperanza.

Algunos días parezco Hugh Willoughby tratando de volver a casa, quedando atrapado en el hielo, con el Bona Esperanza y toda su tripulación a bordo.

Me invaden las ganas de dejar el frío atrás, olvidar el invierno, el estar solo en un continente rodeado de aguas gélidas; quizá todo es culpa del mes de marzo y que comienza a calentarse el aire y un poco también el corazón, quizá es que cuando nos quitamos los abrigos sonreímos con algo más de ganas y permitimos que nos abracen sin estar muertos de miedo.

O puede que sólo sea la alergia primaveral quitándonos de un estornudo la ropa.

Es tan extraño sentirse bien en medio del caos, sentir que tus piezas encajan mientras las del resto se descomponen.

Es casi ofensivo, hiriente.

¿Por qué siempre acabamos sintiéndonos culpables de nuestra propia felicidad?

Como si no debiéramos, como si no pudiéramos expresarlo en voz alta por miedo a hacer daño a otros.

Aceptamos muy torpemente las buenas noticias, parece que al final no estamos preparados para casi nada.

Ni para la muerte, ni para la vida.

Somos tan complicados.

Y reducirnos a una serie de adjetivos para definirnos es un craso error.

Por eso me quedo callado cuando te miro, porque si hablara podría estropearlo todo.

 

El rey de nada.

Va a empezar el año igual de mal que terminó el anterior.

Va a terminar el año igual de mal que empezó el anterior.

Será que ya no tengo ilusión por nada y todo me sabe igual de mal, como si con cada trago de agua fuera ingiriendo un poco de veneno que me ha robado la fuerza y las ganas, como si no consiguiera apartar de mí los secretos y las tormentas.

Será que ahora tengo claro que es todo mentira.

Ahora las calles escupen mis piezas, me derraman sobre el alquitrán y no puedo ni recomponerme ni levantarme, ni huir de tanto silencio que me consume. Esta vez no voy a salvarme, lo supe desde el primer paso, aunque en realidad nunca me he salvado, sigo acompañando este calvario hacia el monte de los olivos.

La senda acaba en el acantilado, el barco choca contra el iceberg, el frío arrecia, la indiferencia congela y conserva.

Creo que debería despertar ya de una vez, dejar de soñar, impedir que pasen los años en vano, asumir el fin. Todo lo que me atormenta y me duele me lo he autoinflingido.

Esto de pelear contra uno mismo siempre es tan agotador, el no cambiar de argumentos, el no encontrar excusas, el no encontrar verdades, el no encontrar motivos. El hecho de cavar, de buscar y no encontrar nada que me calme y me sacie. Ya sé que el problema es mío, no puedo ni quiero culpar a nadie de mis vicios, miedos, inseguridades, grietas, sentimientos, errores, problemas.

Sólo me queda hacer las cosas a tientas en medio de esta habitación a oscuras en la que me muevo intentando no chocarme contra las paredes, por eso ahora voy a quedarme quieto en medio de todo este sinsentido que me he forjado como modo de vida.

Sólo me queda dejar a un lado mi creencia en el amor inocente, en la sinceridad como herramienta universal.

Sólo me queda borrarme del mapa, ser el rey de nada.

Y ahora no sé si salir a emborracharme hasta caer inconsciente o ponerme el pijama.