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Camino.

[Obligatorio leer con esta banda sonora.]

A veces camino como si la banda sonora de mis días fuera una melodía de piano solitario, como si fuera incapaz de despegarme de ese aura gris que creo que me envuelve siempre, como si las calles no estuvieran inundadas de rayos de sol aún en pleno invierno, como si no tuviera a nadie dispuesto a darme un abrazo para salvarme de todo pero por encima de todas las cosas para salvarme de mí mismo.

A veces camino como si supiera lo que es realmente la tristeza, como si la vida fuera un campo de concentración ya vacío, como si yo también estuviera hecho solo de huesos y recuerdos destrozados, como si me hubiera sentido abandonado por todos en algún momento, como si hubiera mirado al monstruo directamente a los ojos justo antes de escaparme de sus garras.

A veces camino como si un violín viejo sonara en la última esquina del barrio y me llegara su re sostenido demasiado alto, como si la esperanza estuviera oculta entre los edificios de cuatro alturas que aún dejan pasar el viento en las peores noches, como si las lágrimas pudieran acabarse algún día, como si la niebla no fuera a taparlo todo durante el mes de diciembre, como si los besos entre nosotros no fueran a extinguirse antes de tiempo.

A veces camino como si la música nos pudiera salvar de los peores sentimientos, porque lo hace, porque hay acordes que te arrancan la melancolía de un golpe y te sacan una sonrisa, que te recuerdan a alguien y rememoran imágenes en tus retinas, que te ponen los pelos de punta y te hacen sentir tranquilo, que te traspasan y te desmontan para que puedas empezar de cero.

A veces camino como si estuvieras conmigo, como si todo no fuera tan malo, como si me conformara con tenerte a medias, como si no importara nada. Porque en el fondo supongo que nada importa más allá de querer y demostrarlo, de estar siempre que me necesites, de verte sonreír y que te brille la mirada, de acariciarte la mejilla y que el mundo se haga pequeño a tu lado, de quedarme sin palabras para decirte todo lo que siento y pienso.

De vez en cuando suena una triste melodía de piano para recordarme lo mucho que te echo de menos.

La ciudad de las estrellas.

Llega un punto en tu vida en el que lo pierdes todo. Empiezas por ti mismo y después le siguen la dignidad, la vergüenza e incluso el miedo. Probablemente eso último sea lo más importante porque sin miedo nos atrevemos a cualquier cosa, como los locos. Se trata de perder ese punto de conexión con la realidad y ser capaz de todo.

Y debe ser fantástico.

Creer que nado malo puede suceder, que tarde o temprano las piezas encajarán (que encajaremos), que ganaremos al póker, acertaremos siempre en el centro de la diana, nos dará igual seguir con los bolsillos vacíos, brindaremos desnudos y no se acabarán las ganas pero la distancia sí.

Nos han puesto en bandeja la oportunidad de ser correctos, perfectos, de seguir el camino marcado, pero qué basura joder. Hacer siempre lo que esperan de nosotros como si no pudiéramos decidir nuestro destino, como si tuviéramos que agachar la cabeza y obedecer al amo.

Yo creo que ya es hora de abrir las ventanas, dejar que suene la música en la calle, mirar al cielo sin que importe qué cojones marca el reloj, buscar una brisa que acaricie y que no hiera, sacudirnos el polvo y el olor a rancio, quitarnos de la piel las historias que nos han marcado.

Deberíamos enterrar los pies en la arena junto al mar, darnos la mano y desafiar al sol con nuestras risas. Deberíamos leer nuestros cuerpos bajo las sábanas, cantar en voz alta y que la casa oliera a café recién hecho. Deberíamos querernos con más ganas y pensar menos. Deberíamos luchar sin destrozar.

Que la vida sea ver las arrugas de los años y que no haya nada que nos duela.

Que la vida sea mecerse con el jazz.

Que la vida sea un musical que acaba bien.

Beber a morro, romper las hojas de ruta que ya no sirven, tirar las flores de mentira, quedarnos tirados en cualquier cuneta, besarnos las heridas, rozarnos lo que nos quede de alma.

El futuro va de no perder oportunidades.

Quiero levantar la vista contigo y ver sobre nosotros la ciudad de las estrellas, y que tus ojos brillen más que todas ellas.

[Y te prometo que cuando estés triste tocaré el piano.]

El hombre gris.

El hombre gris de mirada triste, de barba rala, de sonrisa inerte, que toca siempre las negras al piano.

El hombre gris al que nadie mira, al que nadie quiere tocar si no es por obligación.

El hombre gris tras el muro de una realidad que le hace daño, que lo va apagando con cada día que borra de su particular calendario.

El hombre gris que va cortando metros del hilo de su vida creyéndose Átropos, como si así fuera a disminuir su sufrimiento.

El hombre gris, que a nadie tiene y al que nadie quiere.

El hombre gris que mira fijamente a los niños jugando en el parque, echando de menos, llorando por dentro, rompiéndose poco a poco, que fuma Lucky Strike y bebe cerveza fría cuando cena solo en casa día tras día.

El hombre gris que siempre da dinero al vagabundo que duerme en su portal, que sonríe a la vecina del 5º, que lee a Machado cada sábado por la tarde, que admira a Klimt con toda su ignorancia, que escucha a Schumann queriendo entender sus partituras, que ve películas de Lars Von Trier sin acabar de entenderlas.

El hombre gris, de soledad oscura, tiene los ojos verdes.

Melancholia.

Había dejado las ventanas abiertas. No le tengo miedo a la lluvia, ni a los días de tormenta. Siempre me gustaron, desde bien pequeño, desde que subía al ático y cubría con una manta para ver cómo caía la lluvia contra la ventana y los relámpagos se dibujaban en el cielo oscuro. Sentado con un cigarro en la mano y el paquete casi a punto de acabarse tirado sobre la mesa del café, con una camiseta blanca de manga corta y los vaqueros desgastados. Llevaba horas lloviendo sin parar, y lo único que había hecho había sido poner el tocadiscos y escuchar a Duke Ellington embriagarme a su manera, junto a una botella de whisky recién abierta. Cerré los ojos un momento, sintiendo las notas del piano acariciarme hasta la nuca. Siempre digo que hay melodías y acordes que llegan mucho más que las palabras, y es por eso que la música es el lenguaje más universal.

No hacía falta más acompañamiento para acordarme de ella, girar la vista y ver la cama deshecha que asomaba por la puerta abierta para saber que otra noche más dormiría solo. Se fue, me dejó de lado, se olvidó de mí, y entonces te das cuenta de que ya no eres nadie. De que los recuerdos son lo importante y de que si eso deja de existir ya no habrá más. Sin memoria no hemos vivido. Hacía meses que había perdido sus besos, los abrazos reconfortantes al final del día, las sonrisas al abrir la puerta y dejar la chaqueta en el perchero de la entrada. Todo había desaparecido, hasta yo mismo. Hubiera deseado ser otra gota de lluvia para perderme con todas ellas y estrellarme contra el suelo con toda la fuerza de la gravedad a mi favor.

La melancolía es una mala enfermedad, una de esas que cuando estás agonizando hace que tengas ganas de coger el revólver que tienes guardado en el primer cajón de la mesita de noche y meterte un tiro tras sentir el frío metal en contacto con la sien. Volarte los sesos, literalmente. Cualquier cosa con tal de no recordar lo que ella ya ha olvidado. Cualquier cosa con tal de no seguir bebiendo y fumando mientras un piano al son de la lluvia te hace ver todos tus errores.