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Otra dimensión.

Creo que debo estar hipomaníaco, el pensamiento me va tan rápido últimamente que no soy capaz de concentrarme del todo y voy saltando de una cosa a la otra haciendo varias cosas a la vez. Supongo que el tomar cinco o seis tazas de café al día para mantener despierto entre hojas rayadas, bolígrafos y subrayadores de todos los colores tampoco ayuda demasiado.

Llevo unas cuantas noches durmiendo un par de horas, más que suficiente para coger energías y seguir adelante con toda la paranoia que llevo dentro. Ni el hecho de ir al gimnasio con la primera luz del día ha conseguido calmarme un poco los nervios o rebajarme la energía, o quitarme el entresijo de pensamientos que me va llenando capilares y sistema nervioso periférico al mismo tiempo.

He vuelto a redescubrir la radio de madrugada, ahora entiendo por qué cuando te haces anciano recurres a ella para que te acompañe en medio del insomnio que no quitan las benzodiacepinas ni los hipnóticos recetados por el médico de cabecera.

Y cuando no es suficiente me veo obligado a encender la luz de la mesita de noche y a coger el libro que llevo a mitad desde hace meses para ir avanzando en la historia.

Ahora que viene el frío tengo calor metido en las sábanas de una cama que se va haciendo más grande con los meses y me acabará tragando sin que me de cuenta, llevándome a otra dimensión donde quizá los sueños se cumplan sin tener que sufrir por ellos.

El vacío nunca deja de crecer, el agujero negro del pecho acabará con todo.

Voy a guardarme la esperanza y las palabras pronunciadas porque no sé qué va a pasar.

Me siento vivo.

[Cuando no soy capaz de escribir nada rescato relatos. Texto escrito originalmente para el segundo número de la revista “Lo Bello Duele“.]

Supongo que para quien no lo ha vivido entender y comprender a quien no se identifica con su género es algo complejo, igual que saber lo que duele un parto, una ruptura sentimental o el vacío enorme que da perder a un ser querido.

Estar encerrado en un cuerpo que no es el tuyo es doloroso, te sientes contigo mismo como cuando duermes en una cama que no es la tuya. Sientes en el mejor de los casos una ligera incomodidad que forma parte de tu día a día y te mina la moral, pero te acostumbras a ella.

Creo que tenía cuatro o cinco años cuando dije en voz alta que no quería llevar vestidos ni faldas y en mi familia lo tomaron como algo de lo que sentirse orgullosos, un síntoma claro de una personalidad reivindicativa y llena de matices para alguien de tan corta edad. Pero claro, lo que ellos no sabían es que en mi cerebro de infante aquello iba más allá. Llevar aquel tipo de ropa me hacía sentir dentro de un disfraz que no me gustaba y que me creaba un malestar que no era capaz de descifrar, pero por suerte nunca más me obligaron a llevar la ropa que no quería.

Mini punto para ellos.

Recuerdo un día en el colegio, supongo que era septiembre y hacía poco que habíamos comenzado las clases, y alguien me dijo que yo no podía jugar con los chicos porque era una niña. Aquello sí que no lo entendí, cuando tienes cuatro años como mucho los niños se diferencian de las niñas en el pelo largo o en los pendientes, porque poco sabemos tan pequeños de biología, genitales y construcciones culturales.

Lo bueno, porque en toda historia hay algo bueno, es que siempre he tenido unos amigos excepcionales, unos que desde la guardería y sin tener ni idea de lo que pasaba por mi cabeza, me aceptaron tal cual soy, me abrieron sus brazos y me pasaron la pelota para que marcara siempre gol. He tenido la suerte de que me han dejado ser el Power Ranger rojo, Lobezno y el Rey Arturo cada vez que nos inventábamos historias, y aún recuerdo los comentarios de algunas amigas: “Es que siempre eliges personajes chicos”, con cierto gesto de confusión, y yo sentía que si explicaba lo que me pasaba en voz alta nadie podría entenderlo. Debía ser algo malo lo de que tu cuerpo de chica no cuadrara con tu mente de chico, debía ser algo que sólo me pasaba a mí. Y ese era el único motivo por el que sellaba mis labios y me encogía de hombros para responder con la simpleza cándida de un párvulo: “Es que me gustan más”. Tampoco es que tuviera muchos más argumentos que utilizar allá por el año 1996.

Lo bueno, también, es que a pesar de mi tardanza y cobardía mi familia me ha arropado como nunca había imaginado.

Reconozco que he sido capaz de engañarme durante muchos años, camuflarme en la jungla urbana y social sin muchos problemas, he sido capaz de desmontar el puzzle de mi vida para no destrozar las de aquellos que me rodeaban. Reconozco también que cuando, cada noche, rezaba con mi abuela sólo pedía abrir los ojos siendo un niño, y me dormía muchas noches con las mejillas empapadas en lágrimas inocentes. Creo que por eso perdí la fe antes de aprender a hacer divisiones con decimales.

A pesar de todo, creo que he tenido una buena infancia y una buena adolescencia, supongo que ahí reside la magia de la memoria y el olvido, porque logramos borrar la mayor parte de los malos recuerdos.

Cuestión de supervivencia.

Sentirte en un cuerpo que no es el tuyo te hace sentir que eres culpable de muchas cosas, cuestionarte muchas cosas, obligarte a muchas cosas. La de días que he abierto los ojos preguntándome por qué no podía ser normal, por qué no podía ser simplemente como se esperaba que fuera, igualarme a los demás.

Acabas entrando en una espiral tú solo, sin la ayuda de nadie, un laberinto de baja autoestima, sensación de inferioridad y menosprecio.

Acabas creando tu propio infierno, hasta llegar a sentir que es el único lugar al que perteneces.

Y se te pasan por la cabeza cientos de locuras que cometer pero no tienes la valentía de hacerlo.

Y las alturas comienzan a darte miedo.

Al final llega ese momento en el que decides salir del abismo, sacar tu luz, volver a la vida real y eso es también un punto complicado de la historia. Ahí comienza el miedo por la aceptación de los demás, la vergüenza, soportar que la gente te mire por la calle con un interrogante sobre sus cabezas, que cuestionen tu verdadera identidad, que te menosprecien, que le resten importancia a tu condición.

Para mí el dar un paso al frente y contar abiertamente lo que me pasaba era algo que me aterrorizaba, algo que me generaba un nudo en la garganta y me impedía dormir, me impedía descansar, se había transformado con el paso de los años en un lastre que necesitaba soltar. Y es que algunos secretos son cargas demasiado grandes para que las transporte una sola persona.

Decidir comenzar con el proceso me supuso meses de machacarme a mí mismo, largos silencios y noches sin dormir. El insomnio y yo hemos sido una bonita pareja durante los últimos años. Y la ansiedad, la tercera en discordia. El temor a que la gente me tachara de muchas cosas, a la incomprensión, al ser el bicho raro es algo que estaba en cada uno de mis pensamientos. Y, la verdad, es que por mucho que diga todavía sigue ahí.

Sigo siendo yo mismo el que se siente diferente, el que se siente menos que los demás, el que tiene miedo de que no lo acepten como es.

Lo admito.

Comenzar la Universidad fue algo clave para descubrir a mi verdadero yo y dejarme ser, conocer gente nueva, entender otras formas de ver el mundo, probar el amor, el desamor y la pérdida completa de la esperanza.

Aunque igual eso último es algo que llevo en el ADN.

Creo que el paso de los años sólo hacía que reafirmarme en esa sensación de extrañeza conmigo mismo, a eso se sumaba el hecho de que estaba en un momento de mi vida en el que tenía todo lo que alguien necesita y debería haber sido capaz de sonreír con fuerza cuando me miraba al espejo. Pero siempre había una parte de mí que permanecía sin color, y acababa enfadado conmigo mismo y con los que tenía alrededor.

El proceso de aceptarme tal como soy es más complicado y doloroso de lo que puede parecer al verme sonreír en una fotografía, puedo llegar a parecer feliz aunque no sea así. He conseguido mimetizarme, ponerme una máscara, y otra, y otra, y lograr fingir sentimientos que en realidad no conocía. Eso también requiere de un esfuerzo sobrehumano.

Después de la evaluación psicológica, unas decenas de test de personalidad, y de sentirme más un mono de investigación que una persona, llegó el nerviosismo de comenzar con el tratamiento hormonal. Un chute de testosterona cada veintiún días para ser un hombre, o solo para parecerlo a ojos de los demás.

Y en eso estoy ahora, con un cambio hormonal que me está permitiendo acercarme a lo que siempre he querido. La voz más grave, los primeros pelos en la barba, un poco de acné. La verdad es que esta adolescencia tardía me cabrea algunos días, ¿por qué coño tengo que volver a pasar por lo horrible de la pubertad si yo ya tuve bastante con la mía?Una pubertad que odié, por cierto. Fue el momento más temido, el momento en el que mi cuerpo se transformó en todo lo que no quería que se transformara. Pronto me tocará pasar por el quirófano: una, dos, tres veces. Algo que todavía tengo que decidir. Y llegará el día en el que podré tachar mi antiguo nombre de los papeles y sentirme libre. Y entonces cambiarán muchas cosas, y por fin nadie me mirará raro cuando enseñe mi documento nacional de identidad y me escuchen hablar, podré entrar al baño de hombres sin tener miedo a que algún cateto se escandalice o me insulte, podré ir a la playa o a la piscina sin avergonzarme de mi cuerpo, podré besar a alguien en plena calle sin que nadie me cuestione (seguimos todavía en ese punto del pasado, sociedad).

Podré, por fin, estar tranquilo conmigo mismo y habré tardado casi treinta años en conseguirlo pero no voy a quejarme, hay quien no es capaz de vivir como quiere a pesar de tenerlo claro. Hay quien prefiere quedarse en su jaula mirando cómo vuelan los demás.

Sin embargo, yo creo que la tarea más ardua para aquellos que están encerrados en un cuerpo que no les corresponde, como yo, es la de creer que alguien te puede querer. Porque, a pesar de los pesares, sigues siendo un monstruo, una aberración, un insulto a la naturaleza, un fallo, un cuerpo (o un cerebro) defectuoso. Seguimos sintiendo que no merecemos el amor de los demás aunque seamos capaces de salir a la calle con una aparente seguridad en nosotros mismos.

Seguimos pensando que no podemos ser buenos para nadie y que estamos mejor solos.

Seguimos creyendo que vamos a envenenar todo aquello que se acerque a nosotros, que vamos a destrozar más vidas a parte de la nuestra.

Ahora me doy cuenta de que estoy generalizando, no hablo en nombre de ningún colectivo o grupo de personas, para empezar porque es algo que detesto. Sólo hablo de mí mismo, de mi experiencia, de los demonios que siempre aletean sobre mis hombros y me hacen las heridas más profundas.

Y es que es duro mirarte al espejo y sólo ser capaz de ver tus ojos, la única parte de tu cuerpo que permanecerá contigo cuando todo cambie y seas, por fin, quien eres y quieres ser. Pero un día te hartas del dolor, de callar, de fingir, de tener que mentir a quienes más quieres, de la carga inmensa que llevas a las espaldas y decides romper los espejos, y gritar con fuerza.

Sacas la rabia, rechinas los dientes, las lágrimas inundan tu rostro y golpeas todo aquello que hay a tu paso. Porque joder, ya está bien de dejarse en segundo plano, de anteponer a todos a uno mismo.

Ya está bien de sufrir tanto cuando la vida no debería ir de eso.

Es en este momento, en el que ya estoy despegando los pies del suelo, cuando puedo mirar mi reflejo preguntándome si seré capaz de quererme a mí mismo algún día, si podré abrazarme solo en la oscuridad y reconfortarme sin necesitar a nadie, si se irá el dolor para no volver a visitarme.

Quiero poder reconocerme en mi propio rostro, en mi propio cuerpo, independientemente de ser gordo, flaco, guapo o feo. Y, es que, me ha costado mucho darme cuenta pero he sido capaz de ver que no me queda más remedio que sonreír aunque tenga el corazón lleno de tiritas y esparadrapo para poder seguir latiendo con normalidad.

Los únicos que no lloran son los muertos, por eso me siento vivo.

Ahora más que nunca.

La metamorfosis sin Kafka.

Llevas toda tu vida siendo un gusano sin saber muy bien por qué, sin acabar de entender por qué a ti te ha tocado estar atrapado en ese cuerpo en el que no te reconoces. Miras al resto, los demás, que parecen contentos con ese papel de regalo con el que están envueltos y no eres capaz de comprender por qué a ti no te pasa igual.

Y entonces no te dejan jugar nunca más en el equipo masculino de fútbol sala porque eres una chica.

Vivir ha sido la peor forma de castigo para mí durante mucho tiempo, a pesar de haber sido capaz de pasear por las calles con una sonrisa, de disfrutar, de afrontar cada uno de los retos con los que me he tropezado y de superar los obstáculos sin demasiados problemas.

Aún hay gente que se ha atrevido a decir que tengo suerte (me cago en sus muelas, la verdad). Se nota que no han estado creyendo que eran algo horrible y abominable desde que en el colegio le dijeron que había cosas en la vida que eran pecado y que no estaban bien. Lo de hacer sentir culpable a un niño por algo de lo que no tiene la culpa es bastante monstruoso, por si no lo habéis pensado nunca, hijos de puta.

No, no he tenido suerte, y os voy a decir por qué.

Para empezar, me tocó nacer en un cuerpo con el que no me reconozco. Un cuerpo femenino que dista mucho de la imagen mental que tengo de mí mismo desde que soy consciente, y me tocó enfrentarme al mundo y a la vida con un handicap que se escapaba a mi escasa capacidad de maniobra con cinco o seis años.

Por otro lado, me ha tocado luchar contra una sociedad machista, retrógrada y homófoba (porque joder, es que seguimos teniendo el combo completo y quien diga lo contrario que se lo haga mirar). Escuchar desde la pubertad palabras como marimacho, insultos varios por mi forma de vestir, porque nunca había tenido una relación con ningún chico. La de veces que he tenido que callar, tragar saliva y lágrimas, y bajar la mirada. La de veces que he estado guardando la verdad, como si contarla fuera a romper la extraña burbuja de normalidad en la que vivía mi entorno.

La idea permanente de que yo podía sobrellevar esa carga, el sentirme culpable por haber nacido así, el no querer que nadie sufriera por mi culpa. Yo podía soportarlo porque estaba acostumbrado y, erróneamente, creí durante más de veinte años que ni mi familia ni mis amigos podrían entender cómo me sentía.

La realidad es que a pesar de todo algunas personas se han atrevido a salvarme, a acunarme en sus brazos, a desnudarme a base de palabras y besos en la frente, a reír conmigo cuando sólo quería llorar. Hay también quien ha dejado a un lado los prejuicios y se ha dejado llevar, quien ha roto moldes y paredes, quien se ha atrevido a besarme sin cerrar los ojos ni apagar la luz.

Algunos fueron más valientes de lo que yo mismo pretendía serlo y me empujaron poco a poco a salir del cascarón, a dejarme ser sin miedo.

Ahora se está rompiendo la crisálida, me está saliendo la sonrisa entre una barba que da la misma pena que la de un adolescente.

Rompo la jaula de mi propio cuerpo.

Nueva vida, nuevas páginas que compartir.

Y sí, ya sé que la metamorfosis no es lo mismo si no la cuenta Kafka pero, al contrario que Gregorio Samsa, estoy dejando de ser un insecto y un día voy a despertarme sin arrastrar ninguna cadena, le pese a quien le pese.

Que nada importe.

Casi llega el mes de Abril y nos da igual que el frío nos haya dejado hechos pedazos, seguimos aquí tratando de encajar las miles de piezas de este puzzle sin principio, seguimos tejiendo cuerdas cada vez más largas de las que podernos sujetar cuando tropecemos con el acantilado.

Me he convertido en un extraño ente de barro y sangre, cenizas de otros convertidas en materia viva. Soy el peor francotirador de este ejército de muertos vivientes, enfermo terminal que camina con el cerebro en la mano. Soy como ese pueblo que se queda incomunicado con la primera nevada del año, y tengo que encender la hoguera y calentarme las manos en unos bolsillos llenos de miserias.

Todo esto es ley de vida. Amor y odio, alegría y tristeza, vida y muerte, y también las despedidas.

Las despedidas son tristes, sobre todo cuando no te quieres marchar y, sin embargo, sabes que es lo mejor. Tenemos esa puta manía de anticiparnos a los hechos y de predecir catástrofes con una facilidad pasmosa. Yo, por el contrario, nunca veo venir los golpes, será por eso que ya no me quedan huesos intactos, que sangran todas mis noches, que lloran cada una de mis madrugadas.

Debí aprender hace tiempo a enterrar las ilusiones, a no hacer caso a un corazón defectuoso y con mala puntería. Debí retirarme de la partida antes de mostrar todas mis cartas y volver a perder.

No sé cómo decirte que no me necesitas, que cualquier otro te cuidará más y te querrá mejor que yo, sin que me quiera arrancar la lengua. Trata de no sufrir por mí, después de todo lo normal es que nada me salga bien. Trata de no mirar atrás aunque te grite desde aquí desde el rincón en el que siempre escribo, con poca luz y dolor de sobra.

Lo seguiré intentando, aunque ya no tenga sueños, ni crea en la esperanza. Lo seguiré intentando aunque no pueda remontar nunca en este juego inútil. Lo seguiré intentando porque me dijiste que nunca debía rendirme aunque no quisiera luchar.

¿Cómo vas a querer sujetar mi mano si sigo temblando?

¿Cómo vas a querer vivir junto a un hombre hecho de óxido?

¿Cómo vas a soportar el olor a café cada cinco minutos?

¿Cómo vas a soportar que quiera besarte a todas horas?

Las despedidas siempre son tristes, como lo es levantarse solo cada mañana, como lo son los domingos por la tarde, como lo es fumarse un cigarro sin el sexo previo, como lo son esas calles olvidadas del puerto.

Me despediré de ti antes de romperme por completo. La solución final pasa, creo, por mirar a Medusa a los ojos, convertirme en un gigante de piedra y que pasen los años, que pase el duelo, dejar de sentir y que nada importe.

Que nada importe, ni siquiera yo, ni siquiera tú.

 

Miradas.

Sus miradas se cruzaron en aquel bar, a las doce en punto de la noche de un jueves cualquiera, un día sin fecha, sin nada que celebrar. Sus miradas se cruzaron y cada uno se fue por su parte, con la sensación de perder a alguien importante en el centro del pecho, con el sentimiento de haber perdido la oportunidad de sus vidas en la cabeza.

A veces, simplemente se conecta, se entra en combustión, llega alguien que transforma el momento y que detiene el tiempo con un leve pestañeo. Sin grandes aspavientos, sin tratar de llamar la atención, de una forma sencilla y casi imperceptible llega ella y te desmonta tan sólo acariciando tu barbilla, dejando un beso en tu mejilla.

Atlas.

Al parecer nació para eso, para encargarse de los demás y olvidarse de sí mismo. De su propia vida, de su propio sufrimiento, de disfrutar de cada una de esas cosas que le fascinaban como si fuera un niño pequeño. Era esa pieza clave, esa llave maestra, esa ficha de dominó que si cae tumba al resto.

Como un baúl guardaba los problemas del resto, intentando con sus palabras calmar el mal ajeno, intentando poner orden en las vidas de los demás, dejando que el caos fuera sólo suyo. Cargó con todo, en silencio, dejando que al final el mundo quedara sobre su espalda. Aguantando a duras penas, manteniéndose en pie por pura inercia. Resistiendo.

Y a él, por analogía, lo llamaron Atlas. Maldita condena.