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Estamos a tiempo.

Llega el verano, las flores se están marchitando y todo ha dejado de tener sentido.

El miedo nunca se va, tiene la estúpida manía de quedarse arrinconado y ensombrecerme la existencia, asomarse cada tarde a ese rincón de mis ojos en el que no puedo atraparlo.

No he dejado de tener ojeras desde el día que te fuiste.

O me fui yo.

Hay cosas que ya no recuerdo, memorias que nuestra cabeza decide bloquear para inventar una historia menos dolorosa. Supongo que fui yo el que lo acabó haciendo todo mal, el que sin darse cuenta desaprendió a quererte como había que hacerlo y caímos en una espiral carente de sentido. Se apagaron las miradas y buscamos fuera de casa el cariño que creíamos merecer en lugar de hacer las cosas bien, en lugar de decirnos adiós antes de meter la pata y sentirnos culpables.

Nos destrozamos tan bien que todavía no hemos podido curarnos por completo.

Cada vez lo tengo más claro, no hay truco en el amor. Existe o no, y aunque exista, no tiene por qué durar para siempre, aunque nos hayan vendido en las películas que sí.

Os lo prometo.

En toda relación pasa el tiempo, los días y sólo deberían quedar abrazos sinceros y sonrisas, y besos que llenen la casa y maten el silencio; aunque haya muerto la pasión y la ganas de tirar la ropa en cada esquina con tal de beberte la vida y el sudor del otro.

Cuando lo bueno acaba deberíamos tener la suficiente fuerza de voluntad como para dar un paso al frente en el pelotón y desafiar a lo cotidiano, a soportar lo insoportable, y que nos disparen entre ceja y ceja si es necesario. Soldados del día a día, con armaduras de papel higiénico y tenedores en las manos.

Siempre estamos a tiempo de pedir perdón, rectificar, dejarnos llevar, soñar, volverla a cagar.

Siempre estamos a tiempo de empezar de cero, querer más, pero sobre todo, queda mucho tiempo para querer mejor.

 

Humo y amor.

Humo y amor.

Se nos acabó mezclando todo, acabamos confundiendo la ficción con la realidad.

Acabamos metidos en la misma cama, con pocas ganas de hablar y demasiado que decirnos con las manos.

Sabíamos antes de empezar que el sexo no tiene por qué ir acompañado de sentimientos, sabíamos antes de despertarnos juntos que no habría segunda vez y lo intentamos medir todo al milímetro. Tratamos de hacer las cosas bien, de no despedirnos con un adiós rotundo, de acariciar los hasta luegos con la punta de los dedos igual que yo había acariciado tus ingles.

Estábamos tan enredados, con cuerdas que no queríamos ver, con sábanas que sabían de memoria nuestros nombres. Llevábamos la venda en los ojos porque queríamos seguir volando sin tener que mirar al suelo, sin darnos cuenta de que caer dolería de verdad.

Inconscientes, enfermos de amor, con ojeras en plena primavera.

Nos curamos las heridas con saliva, nos empeñamos en que nuestras lenguas fueran la única panacea, y quisimos que nuestras miradas se convirtieran en antídoto para la ansiedad.

Pero nos quedamos sin aire en los pulmones mucho antes de lo esperado.

Se nos complicó el sexo, el amor y el día a día.

Y caímos en picado, sin que las alas nos amortiguaran el golpe.

Vinieron los errores, el pedir perdón, el volver a intentarlo, el querer y no conseguir nada.

Tratamos de alargar una relación en situación terminal por no hacernos daño y conseguimos lo contrario.

Y ahora no hay quien encuentre nuestras piezas para volver a montar el puzzle.

Perdimos la magia, la llama y la luna llena de final de mes.

Se acabó nuestra química, nuestra manía de arañarnos mientras subíamos en el ascensor, los besos a contrapié, el abrazo tapados con el edredón.

Sin ti no he vuelto a dormir tranquilo ni a cerrar los ojos hasta que suena el despertador.

La vida se ha convertido en un juego peligroso lleno de frases de autoayuda y música agónica de cantautor.

Supongo que fui tu error, esa mala decisión que llega antes o después.

Y todo esto, el futuro negro, es mi condena.

Carrusel.

El día a día es como dar vueltas en un carrusel, una montaña rusa llena de subidas y bajadas hasta que nos vemos obligados a detenernos y vomitar todo lo que pensamos con más o menos acierto, con mejor o peor ortografía. Y en ese rumbo medio perdido, dejamos que un corazón ebrio y lleno de dudas vaya por donde quiere. Que donde debería gobernar nuestro cerebro siempre acaba mandando él, el tipo solitario del local, el que mira de lejos y suspira al ver cómo disfrutan los demás.

Caminamos malheridos, sin amor, y sin tener ni puta idea de leer un mapa, sin entender todavía qué son los meridianos, ni distinguir aquella canción de David Bowie que todo el mundo tararea ahora que ya está muerto. Caminamos arrastrando los pies, agotados, con las conciencias muertas, inertes, ante las tragedias del resto.

Egoístas, monoteístas, dejamos de lado el De Revolutionibus Orbium Coelestium para ser el eterno centro de nuestro propio universo. Y nos miramos al espejo cada mañana entre la risa y el llanto, sin saber si seguimos siendo, sin saber si respirar es lo mismo que existir, sin querer ver que deberíamos dejar de lavarnos las manos y todo es cuestión de pedir perdón -humano-, y de concederlo.

La nostalgia tiene las alas lo suficientemente grandes como arroparnos con ellas y mecernos a su antojo, hacer que sangremos poco a poco y anemizarnos con el paso del tiempo. Y nos preguntamos cómo sería poder saltar por la ventana sin rompernos el alma mientras tanto.

Nos gusta la adrenalina, el azar, el estirar de la cuerda hasta romperla, el jugar con nuestros corazones hasta pisotearlos sin querer. Nos gusta hacernos daño para poder compadecernos de nosotros mismos, para poder tener excusas y revolcarnos en nuestro propio estiércol. Nos gusta doler y que nos duelan, porque ser felices se nos da mal, no sabemos disfrutar de las horas sin más.

No nos enseñaron a ser felices, nos dijeron que la vida es dura, que todo es difícil, que hay que sacar las garras para sobrevivir. Nos obligaron a encadenarnos a una rutina, a un matrimonio de conveniencia, a vivir por nuestros hijos, a un mundo en el que ser diferente es pecado y castigo.

Y pasamos por alto el aroma de un café humeante, el sonido de la espuma de una cerveza fría, tu ropa cayendo sobre el suelo, el soplo de aire a primera hora de la mañana, la sensación del agua tibia en la ducha, una sonrisa que no veías desde hace tiempo, tu canción favorita sonando mientras desaparece el sol.

El día a día es como un carrusel, y yo lo miro girar desde fuera, me doy cuenta del error y de que me sigue faltando tu mano.