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Lo inevitable.

No hay perdón para los salvajes y tenemos que protegernos.

Vienen malos tiempos para la gente buena, parece que nos quieren comer con las banderas y los gritos desde las cavernas.

No sirve la dialéctica contra la barbarie y vamos a tener que pedir agallas para poder hacer frente con el cuchillo entre los dientes.

Formar parte del conflicto, del nudo y del desenlace.

No estamos preparados para este viaje al pasado, para ver lo mal que huelen las cloacas y las mentes de ideas cerradas.

Nos toca montar las barricadas, encender la llama de la lucha y alzar el puño.

Y el vuelo.

Somos todo rabia.

Rabia, hastío y desazón.

Lo único que consigue darme algo de paz entre tanto desengaño es sentir la tibieza de tus manos, tu sonrisa camuflada en medio de nuestra triste historia, el silencio cuando no hay nada más que añadir, tu colonia en mi ropa, el atardecer naranja entre los edificios de ladrillo.

Contigo no puedo negociar, siempre dejo que me dispares a dar.

Ojalá pudiera devolverte algún día todo lo que tú, sin saber, me das.

Acabo, otro día más, con las manos en los bolsillos esperando a que llegues, mirando al cielo, dejando que pase el tiempo, pensando en voz baja:

Amor, no se puede evitar lo inevitable.

El perdón y la física cuántica.

Mi vida está llena de café, cicatrices por curar, despertares sin ti.

Y caos.

La tuya también está llena de caos, un caos que desconozco casi por completo. Sigues siendo un misterio a pesar de que pasa el tiempo y hemos ido conociendo las fibras de las que estamos compuestos casi sin saberlo.

En el mundo casi todo acabamos conociéndolo de ese modo, un día te encuentras con una persona de la que no sabes nada y a los meses te descubres recordando su fecha de nacimiento, sus canciones favoritas, su escritor de cabecera y su lugar preferido de la infancia. Sin saber muy bien cómo lo has conseguido de pronto estás mirándole a los ojos, buceando en su boca, meciéndote en sus caderas.

Un día todo cambia, se cruza el muro, dejas atrás los límites y sólo tienes ganas de respirar al unísono con las luces apagadas.

Te pido perdón ahora que no me queda otra, es lo único que está en mi mano ya. Te pido perdón porque no sé hacer las cosas de un modo mejor, no he podido pararme los pies ni he sabido detenerme a tiempo. Perdóname por ser incapaz de quedarme quieto cuando te veo, incapaz de hacer como si no pasara nada, de disimular, de decir en voz alta que no me quedan fuerzas pero seguir siempre luchando por los dos.

Soy, algunos días, como esos peces que el mar arrastra hasta la orilla y buscan oxígeno sin que llegue a sus pulmones y al final la espuma acaba brotando por mi boca. Lo sigo intentando hasta el final pero intuyo que este está tan cerca que me recuerda a esas veces que un maratonista no puede alcanzar la meta por culpa del cansancio, aunque sólo le falten unos metros para conseguir su objetivo.

Lo teníamos tan fácil, al alcance de la mano, estábamos rozándolo todo ya con la yema de los dedos. Estaba oliendo tu pelo al salir de la ducha, buscando el hueco de tu cuello para intuir tus pulsaciones.

Yo siempre estoy esperando y nunca acabas de llegar, es una sensación extraña, como si lo nuestro fuera el gato de Schrödinger de las relaciones. Estamos en un estado de vida y muerte permanente, metidos en nuestra caja con nuestro veneno y nuestra partícula radioactiva.

Juntos y separados al mismo tiempo, cincuenta por ciento.

Pero no me hagas caso, no acabo de tener claro que la física sea la ciencia que mejor explica lo que pasa en el amor.

 

Santos modernos.

Brindamos con vino que ya ni es la sangre de nadie ni está bendito.

Bailamos al ritmo de algo más que cornetas y tambores.

Y las únicas cruces en las que creemos son en las que marcan las facturas que quedan por pagar en el calendario que cuelga de la cocina según avanza el mes.

Para lo único que me gusta ir a la Iglesia es para ver las vidrieras, los arcos y los retablos que adornan sus altares.

Para lo único que me sirve la religión es para aborrecer a los que la defienden sin limpiarse las gafas. No confío en los que van a misa los domingos pero tienen las manos llenas de sangre, en los que dan limosna para limpiar su conciencia, en los que levantan un paso en Viernes Santo y menosprecian a su mujer cada día al llegar a casa.

La religión da la oportunidad de perdonar sin arrepentimiento, de seguir pecando mientras vayas de vez en cuando al confesionario. Dicen que un señor multiplicó los panes y los peces, que resucitó a los tres días, que murió por nosotros sin que se lo hubiéramos pedido, que hizo que surgieran lenguas de fuego, que enfadó a los mercaderes en el templo.

Y a mí todo me sigue importando poco.

La historia explica que algunas cruces sólo han servido de excusa para causar dolor, perseguir ideas diferentes y obtener la redención.

Ahora todo ha cambiado.

Ahora somos santos modernos, que ven borroso el amanecer todos los sábados y se encierran en su habitación cuando una nube cruza el cielo y oculta las escasas sonrisas que somos capaces de acumular tras las ventanas.

La felicidad es tan efímera, a estas alturas de la vida, que se acaba cuando se vacía el vaso de cerveza fría y la música deja de sonar.

La única religión que me sirve es esa en la que comulgamos al mismo tiempo cogiéndonos de la mano, en la que separamos las aguas sólo con la lengua, en la que mentir para salir ganando no es una carta a los Corintios.

El único perdón que necesito es el tuyo antes de darte un beso.

La única palabra en la que confío es en la que tú dices cuando me miras a los ojos.

El único milagro en el que creo es en el de tenerte en mi cama.

Mi único pecado, el de no querer a nadie que no seas tú.

 

Dioses y monstruos.

Hace tiempo que no hay luz, que todo parece un mar oscuro en el que me es imposible guiarme y saber el rumbo que llevo.

Hace tiempo que sólo hay cientos de relojes colgando en mi pared marcando la hora y que el sonido del segundero me taladra una a una las neuronas.

Hace tiempo que los dioses se han ido para dejar el control a los monstruos.

Vivo metido en el Día de la Marmota y nada pasa, ni cambia, ni consigue sacarme una sonrisa verdadera, es difícil cuando llevas la máscara de Pantaleón a todas horas y eres incapaz de mostrarte tal cual eres. Las veces que he conseguido deshacerme de ella me han roto en pequeños cristales, las veces que me he atrevido a tender la mano y a querer dar un paso al frente me han apartado de su vida como si no valiera nada.

Y esa es la sensación final.

Que no soy suficiente.

Porque realmente no lo soy. Cómo voy a serlo si muchas veces no me preparo la cena, y la mayoría de días no separo la ropa negra de la blanca al poner la lavadora. Cómo voy a serlo si no soy capaz de cerrar los ojos antes de las tres de la mañana, ni puedo evitar ver otro capítulo más aunque llegue tarde a algún sitio.

No valgo la pena, de lo contrario estaría haciendo algo mejor que escribir otro texto lacrimógeno un domingo por la tarde.

Me echo de menos, echo de menos esa parte de mí que alguna vez no ha estado rota y era capaz de ver más allá de los días de nubes y lluvia fuerte. Echo de menos tener ganas, ganas de que pasen los días para poder verte, ganas de besarte, abrazarte y dormir contigo. Ganas de mirar por la ventana, leer una página más de un libro, volver a escuchar una canción. Ganas de planear viajes, pensar en el futuro.

Nunca tengo muy claro si voy a ser capaz de reconciliarme, de mantenerme firme, de mirarme al espejo y a los ojos perdiendo el miedo, pidiéndome perdón por malgastar mis días lamentándome por no estar junto a ti.

Y aquí estoy, restando días a la vida y sigo sin quererme.

Amores de ida y vuelta.

Hay amores de ida y vuelta, que van y vienen, pero yo creo que los que abundan en nuestros días son los que parece que van a alguna parte pero nunca llegan. Los que empiezan comiéndose el mundo y se consumen después de un par de meses, como todos los fuegos que no se hacen con buena leña.

Nos quedamos a medias y no diré si hay culpa, ni tampoco si hay perdón.

Es todo cosa de la predisposición.

Lo que está claro es que yo quería llegar a todas partes contigo pero también que no me importaba no ir a ninguna si aferrabas mi mano y nos quedábamos parados, y me lo has puesto difícil.

Tan difícil.

Has ido colocando los obstáculos estratégicamente para que tropezara con todos y cada uno de ellos, y eso tampoco se hace. Eso no se hace con quien se dejaría la piel por ti en el asfalto, con quien siempre pondría buena cara ante la idea de una comida familiar, con quien cargaría con todas las bolsas de la compra que fueran necesarias para llenar nuestra nevera.

Lo malo de la vida, y de esta mierda en la que hemos convertido cada relación, es que todos tenemos nuestra visión sesgada de las circunstancias. Cada uno arrastra sus piedras y lleva sus taras como puede. Cada uno piensa que ofrece más, que lo hace mejor, y hemos perdido esa capacidad de ponernos en el lugar del otro y tomarnos las cosas con calma.

No me gusta ya tanto amor que sólo sirve para destruirnos, ni el rencor, ni que guardes más balas en la recámara para herirme cuando te miro a los ojos y descubro el gris inerte del que ya no siente nada.

Hay amores de ida y vuelta, y algunos, como nosotros, que ni siquiera tuvieron la valentía de pisar más allá de la línea de salida.

Me retiro sin premio, pero yo creo que todo estaba amañado desde el principio.

Laberintos.

El gris de otro domingo sobrevuela nuestras cabezas como si fuera un buitre carroñero que se alimenta de nuestras penas, de cada una de esas tristezas que tenemos en la médula y no nos abandonan por mucho que alargue el día. Los demonios mordiéndonos el cuello, dejándonos sin sangre que derramar por los demás.

Lo siento.

Voy a pedirte perdón de antemano por lo que pueda pasar, porque no controlo eso de querer a alguien y, a veces, se me va de las manos lo de intentar allanarte el camino, limpiar tus heridas, besarte en la sien.

Se me va de las manos lo de cuidar sin dejar que me cuiden.

Y no sé cómo hacer para no estar siempre alerta, para creer que las cosas buenas también pasan, para pensar que no siempre hay algo malo esperándonos en cada esquina.

No sé qué he de hacer para intentar confiar un poco en ti, pero sobretodo hacerlo más en mí.

He vuelto a ser el protagonista de una historia sin aparecer en los créditos finales, he vuelto a rendirme demasiado pronto y no debería.

Tú ya me has demostrado que luchando puede lograrse cualquier cosa.

Tú ya me has demostrado que sólo hay que coger las maletas y dejar atrás los miedos.

Y yo, que a estas alturas parezco sólo un impostor, aún no he dicho en voz alta que puedes estar tranquila, que voy a estar contigo, que van a dar igual los laberintos en los que quieran perdernos porque nos vamos a encontrar una y otra vez.

Quiero estar siempre, no sólo para cuando todo vaya bien.

Quiero evitar todos los daños, lo trágico.

Quiero que sepas que cuando lo necesites te sobrará con estirar la mano para acariciarme el pelo.

Esto debe ser un pacto, yo te rescato y tú me rescatas, que sea algo de los dos, que el amor deje de ser cosa de uno que rema y otro que va a remolque.

Sólo tienes que sonreír de ahora en adelante, porque nos va a dar igual tropezar con piedras si después podemos mirarnos a los ojos desde el suelo.

Sonrisa de autosuficiencia.

Las calles desiertas nos vuelven a invitar, nos obligan a encontrarnos después de mucho tiempo sin hablar.

Y ya no sé cómo mirarte si no vas de mi mano.

Por un momento me he creído muerto al ver tus ojos y descubrir desprecio, y creo que mi corazón ha acabado por tu culpa en el fondo de una puta alcantarilla con el resto de mierda que llena la ciudad.

No esperaba verte con los labios pegados a los de otra persona, con la sonrisa de autosuficiencia del que ha logrado salir del bache y se alegra de la desgracia del otro. No esperaba esa estaca de madera en el pecho tan pronto.

Tú que gritabas a los cuatro vientos cuánto me querías, que era el amor de tu vida, que nunca me olvidarías.

Tú que ya has jurado amor eterno a un desconocido, que te has puesto un anillo más vacío de contenido que tus promesas. El anillo de brillantes como símbolo eterno de la prisión emocional.

Y es que ya sabemos que el amor ruidoso no es precisamente el mejor, el amor que se exalta, el que necesita de todo tipo de demostraciones para parecer real, para aparentar estar por encima del resto. Esa clase de amor, el que necesita de los baños de masas, de la aprobación de los demás es el más frágil, el menos verdadero, el más prescindible.

Par mí el amor es algo menos agotador, algo que no te complica la vida, algo que no tiene que doler, algo que fluye como lo hace la sangre por las venas, o las aguas por el cauce de un río con el deshielo. Para mí el amor es regalarle un libro un miércoles de octubre a las cinco y media de la tarde, un beso en la nuca mientras se está maquillando, un “no te preocupes, vamos a solucionarlo juntos“,”estaré siempre que lo necesites“.

Quizá por eso me va tan mal.

Se nos llena la boca para decir te quiero pero muy poco para pedir perdón y enmendar nuestros errores.

Y claro, qué podemos esperar.

Ahora voy a verte pasar de largo, voy a seguir curándome, arreglando todos los desperfectos que dejaste en mi camino y seguiré esperando a alguien que sólo necesite verme sonreír para ser un poco más feliz.