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El puente de los perros suicidas.

Todos tenemos un punto débil que los demás no entienden.

Todos tenemos ese resquicio por el que puedes penetrar en una realidad paralela donde todo es diferente.

Todos tenemos ese imán que nos llama por nuestro nombre de vez en cuando y nos deshace los nervios y los tobillos.

Todos tenemos ese puente que nos atrae como si fuéramos perros suicidas, y nos obliga a saltar una y otra vez; y nos mata más de las siete vidas que tiene un gato.

Yo me obligo a no pensarte pero no puedo evitar deshacer la cama si estás conmigo y querer quedarme encerrado en la habitación mientras el resto de almas en pena vagan por el mundo a sus anchas.

El viento en las calles sigue trayéndote hacia mí, me acerca los ecos de tu voz y el leve aroma que deja la colonia sobre tu tibia piel. Y sigues siendo el silencio, la paz, la calma, en medio de tanto ruido ensordecedor; como tener el móvil apagado en pleno siglo XXI.

Estoy tan acostumbrado a perderme a mí mismo y tan poco a perderte a ti.

Inexplicablemente seguimos viviendo al límite, llevándonos al extremo, jugando contra nosotros mismos.

Y aquí estamos, después de todo, a pesar de todo.

Por algo será.

Bandera blanca.

Están los que olvidan rápido, los que tardan más tiempo, los que no lo hacen nunca, y luego yo.

Igual por eso no sé cerrar las heridas.

Tengo una memoria en la que los buenos y los malos momentos se quedan grabados a fuego, y poco se puede hacer contra eso, porque por mucho que lo intentes hay ciertas cosas que no se van de tu cabeza, por mucho que luches por borrar ciertos pensamientos o ideas, o recuerdos.

O putos sentimientos.

El recuerdo de paisajes borrosos tras los cristales, de palabras que se quedaron suspendidas en el tiempo, de besos sin ningún tipo de contención. El recuerdo de promesas que han caído al suelo y se han convertido en miles de pedazos que no se pueden recoger. El recuerdo de canciones y de frases, y de fotografías donde todo estaba claro y no había indecisión, ni titubeos.

¿Por qué no sacas la bandera blanca y acabas de una vez con esta batalla? No sé si sabes que en las guerras todos los que han ido al frente acaban perdiendo aunque se sientan ganadores.

Y después de todo no nos merecemos perder de esta forma.

Aún me siento borracho de ganas de ti, por desgracia no se acaban, y me llena todavía esa fuerza que me impulsa hasta tus brazos, pero tengo que pararme los pies, decirme en voz baja que ya no puedo tocarte y tengo que mirar hacia otro lado.

Y para qué engañarnos, duele como supongo debe doler un puñal atravesando las costillas, dejándote sin respiración, tirándote al suelo.

Me estás desangrando sin querer remediarlo.

Creo que todo esto duele tanto como te quiero.

Despedida.

Creo que voy a escribir las palabras más difíciles hasta la fecha, y es que despedirme nunca se me ha dado demasiado bien. Me acaba temblando el labio y me quedo sin voz.

No me voy porque quiera pero siento que me echas de tu lado, que comienzo a complicarte gravemente la existencia y no creo exagerar si digo que soy el último ser sobre la tierra que busca tu sufrimiento.

No me marcho por cobarde, me retiro porque a pesar de haber luchado debo admitir que he perdido.

Lo mejor es asumirlo.

De verdad que lo quería todo y he vuelto a quedarme con la nada entre las manos.

No te odio, más bien todo lo contrario, por eso voy a tomar la dirección que menos quiero seguir para poder liberarte, quitarte la carga, que puedas cerrar los ojos por la noche sin ningún temor, sin que haya ningún pensamiento golpeándote la conciencia.

Quitarte los remordimientos a base de distancia y olvido.

Tengo que asumir que has sido la piedra más bonita del camino con la que podía tropezar, la que quería sin saberlo, la que nunca esperaba encontrar.

Quizá es por eso que dueles, que río, que todavía sigo vivo y también lloro.

Serás por eso tinta invisible sobre mi piel.

Dulce pecado.

Lamento las circunstancias y no tener nuestro momento, lamento no ser capaz de mantener eterna la sonrisa en tu rostro, lamento no poder colar mi mano entre tus muslos y sentir cosquillas en la barriga, lamento no mirarte un rato mientras duermes antes de caer rendido.

Lo que más lamento es seguir siendo siempre el hombre equivocado, el que deja caer la toalla de nuevo, el que no sabe lo que es llegar a meta y colgarse una medalla.

Me dicen los locos que también se puede vivir sin ti, que hay algo más allá de la oscuridad y la desolación que imagino con tu ausencia.

Pero qué sabrán ellos si nunca han tenido que decirte adiós.

Poesía o dolor.

Creo que ya empiezo a escuchar los cantos de ballenas, de las que esperan su muerte, las que acaban el ciclo de la vida y  servirán de alimento para otros más pequeños y más jóvenes.

Las ballenas, que siempre esperan a que cambien las corrientes para hacer sus largos viajes. Igual, es que hemos acabado por parecernos a cetáceos, y seguimos esperando.

Seguimos esperando cuando podríamos hacer algo.

Por el mundo, por nosotros, por ella.

Pero no se puede esperar eternamente, ya me he cansado de mirar el reloj aguardando que llames a mi puerta empapada y me pidas algo sencillo como un abrazo, o un beso, o que me quede a tu lado eternamente.

Cualquier fuego se apaga si no lo avivas, cualquier llama perece sin caricias, sin miradas, sin largas charlas escondidos bajo una manta vieja en el sofá. Y ya no queda ni rastro de nuestra hoguera.

Hemos conseguido consumir todo el incendio.

Sigo atrapado, preguntándome de manera permanente qué vamos a hacer, y por qué debe ser todo tan difícil. Quizá no sea culpa de nadie más que de nosotros mismos, que hemos querido jugar al ajedrez sin saber el nombre ni los movimientos de cada figura.

Y me tengo que lamentar por perderte, porque convertías en oro todo aquello que mirabas, porque eras capaz de hacer que el día más gris fuera 21 de Junio, porque habías conseguido que me importara hasta yo mismo, que me mirara al espejo sin darme asco.

Después de todo tú te quedarás igual, tranquila, respirando sin ningún tipo de pesar, sin tener que echarme de menos mientras yo me voy convirtiendo en un borrón en todas esas fotos que compartimos.

Y pasaré al olvido, me convertiré en la nada.

Volveré a estar vacío, y sin ti.

Al final el amor puede medirse en lágrimas o sonrisas, kilómetros o milímetros, verdades o mentiras, poesía o dolor.

Y yo por las noches sólo tengo silencio y cientos de fantasmas en la mente.

El Club de la no-lucha.

A esta vida he venido a perder.

Lo sé desde hace más años de los que tengo.

Nací ya con desgana, sin querer salir del útero materno, con pereza, porque me habían dejado grabado en los genes que iba a salir a luchar en un mundo que iba a ir abriéndome grietas a cada paso que diera. Me habían escrito en el ADN que importaban bien poco los puñetazos que lanzara al aire, los mordiscos que tocaran carne, porque lo de ganar no estaba previsto en mi destino.

Por eso dejé de luchar, por eso decidí que lo mejor era coger un bol de palomitas y mirar, observar el contenido y el continente. La vida a un lado y yo al otro, intentando no molestar, intentando quedarme al margen de cualquier historia que parezca real.

Es como si el mundo fuera un tablero, un cuadrilátero, en el que hay que golpearse fuerte para llegar a alguna parte, y yo recibo todas las hostias mientras sigo sonriendo desde el suelo, mientras miro al cielo y suspiro sin ser capaz de hacer nada.

Tarde o temprano todo se reduce a lo mismo, a ser incapaz de responder, a ser incapaz de dar un paso, a ser incapaz de luchar cuando algo vale la pena. Caigo, como la mayoría, en el conformismo, en la dinámica habitual de callar y mirar. Y no valgo mucho más de lo que dicen mis actos.

La cobardía me hace caminar sobre seguro, la música de siempre, los libros que ya sé que me gustan, las películas que tienen buenas críticas.

Voy a seguir siendo el saco de arena en el que muchos otros se descargan, voy a seguir siendo la pared llena de grietas, el reloj con la esfera rota, el coche sin gasolina, comida rápida, una canción de Iggy Pop, Mohamed Ali perdiendo contra Berbick, Roy Batty llorando bajo la lluvia, Snape y Lily Potter.

Arrinconado, en el suelo, con la nariz sangrando y un ojo morado.

Ya estoy acostumbrado.

¿Arriesgar?

¿Estamos locos?

Prefiero acurrucarme hasta que llegue alguien que sepa darme un abrazo y un beso sincero.

Nunca quise.

Nunca quise escribir el final de nuestra historia, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise besarte con los ojos cerrados, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise tocarte sin sentir, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejarte escapar, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise tener que esconderme de la gente, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise quedarme solo en medio de la nada, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejar que el mundo se echara a perder, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejarte dormida en el sofá, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise convertirme en el hombre que no dice nada, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejar que los besos cayeran al vacío, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise que dejara de sonar nuestra canción, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise caminar solo por ciudades sin nombre, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise bailar bajo la lluvia sin ti de la mano, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise ser el villano de la historia, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise ser llanto en la noche, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise ser poeta, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise morir de amor, pero si es por ti,

quizá eso sí.

Eso sí quiero hacerlo.