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Diciembre.

Diciembre siempre es una mezcla de alegría y tristeza, de mesas llenas y corazones vacíos.

Y al revés.

Diciembre es un poco más gris que el resto, a pesar de las luces y los adornos navideños.

Ahora que han pasado los días de comidas y cenas familiares, de sonreír sin ganas y hacer como que disfrutas de todo, ahora vuelven la tranquilidad y el silencio. Toca despedir el año, o que él se despida de nosotros, con un portazo para no volver a vernos.

Espero olvidar pronto los malos momentos. Ha sido un año demasiado raro, tan lleno de baches y subidas, tan lleno de caídas y miradas al abismo, tan lleno de saltos, muros, noches sin dormir, sonrisas en las que no creía y un poco de felicidad.

Y parece que sólo he conseguido mantenerme a salvo gracias a tus manos.

Parece que me has hundido sólo para salvarme de nuevo.

A partir de ahora habrá que ver las películas nominadas a los Oscars en el cine, esperar los resultados de las elecciones después de la primavera, buscar nuevos grupos que nos alegren los días, intentar viajar más y más lejos, encontrar un hueco en el que sólo haya sitio para nosotros.

Necesito tiempo y café infinitos, menos vasos de plástico y más calma.

Me hacen falta menos libros y más lecturas, más música y menos discos.

No sé si ahora me entiendes o sigo explicándome mal, como me pasaba al principio.

Pero sigo callando te quieros por miedo a equivocarme.

La vida perfecta.

Apoyé la espalda en el alféizar de la ventana, dejando que el humo de un cigarro se escapara ante mis ojos. La mirada y el alma perdidas más allá de los diez pisos que había por encima del edificio de al lado. Ahí estaba, otro símbolo de la civilización abriéndose paso hacia el cielo de una ciudad obtusa y que trataba de entrar en el futuro con el ruido de los cláxones y la contaminación del tráfico endiablado.

El crecimiento no-sostenible, la comida rápida y los polvos express.

Nuestro pan de cada día.

Nuestros nuevos y salvajes mandamientos.

Vivimos en los días en los que sólo el hombre mata al hombre, y a todo lo demás. Animales, árboles, mares y continentes helados.

Nos hemos encargado de dejar nuestra huella de corrupción y desastre en todas partes.

Bajé la mirada hasta detenerme en el piso que tenía justo enfrente. La ventana levantada y una silueta en su interior que se movía de un lado a otro. Distinguí el contorno de un cuerpo femenino que por un instante se asomaba a la ventana, sosteniendo otro cigarro entre sus dedos. Por suerte, todavía tenía buena vista y pude observar su rostro desde la distancia que nos separaba.

Mi cabeza, constante hervidero de absurdas novelas, comenzó a imaginar su historia, su vida, su día a día. Tenía el cabello suelto sobre los hombros y los ojos clavados en el ajetreo de la calle. Podría ser cualquier cosa, desde una camarera hasta una empresaria. Su camiseta blanca de tirantes y lo que era un tatuaje en su bíceps derecho apenas me decían nada. Pero quería imaginarla entre adolescentes en una clase de instituto, mientras unos la adoraban y otros la odiaban por haberlos suspendido. Con una capa ligera de maquillaje y un simple toque de rojo en sus labios, sencilla, sin querer llamar la atención más que por ella misma y sus ideas.

Mientras daba otra calada la observé, casi orgulloso, esperando que volviera a casa y dejara la cartera para darme un beso. Tierno, de rutina, del que convive con el amor de su vida a diario. Me gustaba que no tuviera la necesidad de complicarse la vida contándome historias retorcidas mientras los dos comíamos una ensalada y algo de carne a la plancha. Recoger la mesa, fregar los platos, dormir la siesta juntos pero separados, hacer la compra de la semana, hablar de lo que íbamos a hacer el fin de semana, llamar a sus padres, visitar a los míos, pintar las paredes del cuarto del bebé, comprar otro libro de Philip Kerr.

Elevó la vista y nuestras miradas se cruzaron por un momento, y me sentí avergonzado, cazado en toda aquella película que había conseguido hilar desde su aparición. Sonreí, dedicándole un gesto con la cabeza antes de cerrar la ventana y sentarme frente al ordenador.

Lo fácil que es encontrar la vida perfecta, y lo que nos gusta complicarnos.

Banda Sonora.

El paisaje iba quedándose atrás mientras el cuentakilómetros cambiaba de números. El sol caía aquella tarde poco a poco, como hace en las tardes de Septiembre. Es esa época del año en la que echamos de menos las tardes de verano en las que había cosas que hacer, en las que todavía había amigos dispuestos a compartir unas cervezas y risas. El cielo de un naranja marcado se iba apagando con lentitud, como la vida de más de un anciano aquel  día en la cama de un hospital desconocido. Me marchaba de una gran ciudad para buscar otra, abandonaba el pasado para olvidarlo todo, para borrar de mi memoria todo el lastre que arrastraba sin darme cuenta. Necesitaba empezar de cero, armarme una nueva vida allá donde sea que fuera a parar.

La radio estaba encendida, como siempre que conducía largas distancias, y sonaba Hurricane de Bob Dylan. Nunca sabes del todo cuál será la banda sonora de tu vida. No imaginas que quizá sea mucho más que tus canciones favoritas. A veces están llenas de los cláxones de los coches, de los frenazos en cada semáforo, de los gritos del hijo de puta del vecino cuando estás en plena siesta. Mi banda sonora fue durante un tiempo el tintineo de los hielos mientras te observaba nadar en la piscina, el eco de tus risas entre los edificios de París, el sonido de unos tacones de una mujer dispuesta a incendiar la noche y más de un corazón a su paso. Pero desde hacía un tiempo ya no era capaz de darle al play y escucharla. No quiero recordar y clavarme más cristales en el pecho, no quiero cerrar los ojos y escuchar cada uno de esos gemidos que ya han dejado de ser míos, nuestros.

Lo bueno de todo esto es que he empezado una película nueva, sólo espero que la música me guste tanto como la que sonaba contigo.

Texto escrito para Krakens y Sirenas (publicado el 14 de Septiembre de 2015).