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Un respiro.

Otro domingo de golpes y caídas.

Te das cuenta de que estás solo cuando no tienes a nadie con quien llorar y tienes que abrazarte a la almohada para sentirte un poco reconfortado.

Otro domingo lleno de minas de sal, de silencio en casa y ruido en las calles.

Estoy roto en tantos pedazos que cada vez que intento recomponerme lo hago peor y ya no sé cómo era mi yo original. Alguien con tantos destrozos, uno detrás de otro, no puede acabar bien.

Y ya no puedo mirarme al espejo sin sentir pena de mí mismo.

Necesito un respiro, coger aire antes de ahogarme de una vez y para siempre. Necesito una pausa, un momento de dejar la mente en blanco, de no pensar en nada, de no existir. Si tan sólo pudiera desaparecer unas horas, dejar de ser, dejar de hablar, de imaginar, de ver, de escuchar.

Ha llegado un punto en el que mis letras me duelen casi tanto como la realidad y no puedo soportarlo y necesito parar, golpear el teclado, tirarlo todo por la borda y no escribir durante un tiempo.

Necesito detenerme en este punto y mirar hacia dentro y prender la mecha para ver si esto cura de verdad o todo es mentira. Necesito pensar si todo este tiempo lo que había en mi cabeza han sido puras fantasías o ha sido algo real. No sé si este descanso durará días, semanas, o quizá meses; pero creo que necesito un tiempo para dejar de hacerme más daño a mí mismo.

Ya he tenido suficiente.

Me quedo aquí de pie, mirando el Ártico tan perdido o más que siempre. La inmensidad helada y yo congelándome como siempre ha debido ser. Yo muriendo de frío sin ser capaz de ver un rayo de sol. No sé por qué intenté encontrar un camino que no está hecho para mí.

Esto no es un adiós, de verdad, lo digo sinceramente (como cuando la miro a ella a los ojos).

Esto no es un adiós, sólo un hasta luego.

Pausa.

Creo que necesito un respiro, pero uno de verdad. Frenar en seco, mirarme al espejo, cerrar los ojos y escuchar el silencio. El mismo silencio que escucho cuando me meto en la cama e imagino que tú también estás a punto de cerrar los ojos y caer en un sueño profundo lleno de pesadillas que te dejan exhausta. Correr cada noche saltando obstáculos, abriendo puertas, salvando vidas que no son la tuya, sintiendo a la Parca tan cerca que se te erizan los pelos de la nuca. No sé si os ha pasado eso de tener pesadillas con los ojos abiertos, pero es horrible. Sentir el corazón en la boca, un nudo en el esófago y el estómago revuelto. Y cada vez son más frecuentes, y peores, y no me dejan respirar con la tranquilidad que solía.

Ahora creo que no deberíamos dejar nuestra vida en pausa por nadie, porque luego no sabemos retomar el camino por donde lo habíamos dejado. Yo había logrado centrarme, salir a vivir con la conciencia limpia y la sonrisa puesta, y he vuelto a encontrarme contra un muro que soy incapaz de escalar.

Y ya ni siquiera estoy seguro de querer ver lo que hay al otro lado.

Y todo son dudas, y cometer errores.

Sólo me queda coger aire y dejar que el tiempo siga pasando, que se me lleve por delante, como se llevan las mareas los peces muertos. Y dejar de ver luz por tu ventana cuando ya sólo hay oscuridad.

Necesito que se me ordenen las ideas por sí solas porque yo soy incapaz de hacerlo y ya sólo estoy sufriendo, y se me hace más grande el agujero del pecho por el que metiste la mano para arrancar todas mis entrañas.

El punto de no retorno está aquí, y a partir de ahora todo irá a peor. Porque ya no hay motivos para que las aguas vuelvan a su cauce y no corra la sangre hasta las alcantarillas.

Lo peor es que me diste un sí que fue un no.

Nos quedamos en un casi.

Nos faltó un poco más de aliento.

Y me he quedado sin ganas, sin fuerza, sin risa.

Me ha vuelto a pasar.

Y no te culpo, es todo cosa mía, que construyo con rapidez castillos en el aire.

Pero lo importante es que he aprendido la lección, o eso espero.

Dejaré de buscar siempre las piedras que más brillan.