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Este tango sin pareja.

No sé si voy a quererte para siempre, pero lo intentaría.

Si me dejaras.

Si no quisieras que me apartara poco a poco y en silencio de tu lado.

Las personas, habitualmente, acabamos haciendo lo contrario a aquello que queremos por alguna estúpida razón que ningún existencialista ha sabido explicar.

Somos así de gilipollas.

Quieres volar pero te cierras las ventanas, quieres reír pero escuchas a Andrés Suárez, quieres hablar pero te callas sin mirar a los ojos.

Nos refugiamos en anteponer a los demás, en dar importancia a las circunstancias, en el miedo, en la cobardía y nos acabamos olvidando de nosotros mismos.

Como si nuestra vida la fuera a vivir alguien que no lleva nuestros zapatos.

Estoy tan cansado de intentar sobrevivir entre mentiras, huesos rotos y paredes desconchadas, tan agotado de intentar bailar este tango sin pareja, tan harto de buscar fuerzas y ganas donde no voy a encontrarlas.

Vivo en un bucle de heridas sin cerrar y saliva que no cura, en una espiral llena de náuseas y dolor precordial, en un barco perdido en el Ártico que no llega nunca a su destino; y me pregunto algunos días si voy a estar siempre buscando un lugar en el que quedarme porque no vas a abrirme la puerta.

Tengo un cuadro de Edward Hopper colgado del corazón, una libreta con palabras de Borges que no podré igualar, una máscara de Venecia con la que me gustaría ocultarme la mayor parte del tiempo.

Siento haberte hecho esto, dejarte con la responsabilidad de cargar con alguien como yo, siento haber dejado que entre las ramas secas de mis dedos brotaran tus flores un día de diciembre, siento haberte convertido en lo más importante, en mi jodida Estatua de la Libertad, portadora de fuego y luz, y verdad.

Siento haberte hecho esto, enamorarme como se enamoran los que se creen inmortales, sin miedo a corregir los errores, a tender la mano, a tapar el sol, a detener los planetas si te mareas al mirarlos, a admitir los fallos, a respirar contra tu cuello y dejar que pase el tiempo.

Siento querer que seas la única protagonista de mis novelas y que tu piel se convierta en las páginas que escribir día a día.

No sé si voy a quererte eternamente, pero estoy dispuesto a hacerlo.

Aunque no me dejes.

Y el bucle vuelve a empezar.

Un día cualquiera.

Silencio.

¿Lo oyes?

Claro que sí, es ella respirando junto a ti. Sonríes en la penumbra que te brinda la persiana a medio bajar a primera hora del día. Es tan sencillo sentirse tranquilo cuando está a tu lado, cuando no tienes que preocuparte porque sabes que está bien, que está contigo aunque te esté dando la espalda en la cama.

Es todo más fácil cuando te levantas, te lavas la cara y te miras al espejo sabiendo que todavía sueña, o que al menos descansa, y luego te tomas cinco o diez minutos para mirar por la ventana mientras las nieblas todavía bostezan a tu alrededor.

El olor del café hace que ella abra los ojos en la cama y que sonría sin que tú lo sepas, es su despertador los sábados por la mañana, y tú mientras estás viendo la vida de una familia perdida en Alaska con la voz al mínimo para no despertarla. Te roza la nuca con la mano mientras bosteza y se sienta frente a ti, y todavía sin poder abrir del todo los ojos da el primer trago mientras se enciende un cigarro.

Le gusta así, qué le vamos a hacer.

Subes el volumen de la televisión y os miráis callados un segundo antes de daros un beso mezcla de sueño, cafeína y nicotina. Lo bueno de los sábados es que no hay nada programado, que puede pasar cualquier cosa, que podemos dedicarnos a perder el tiempo juntos o por separado según nos apetezca. El comedor está por limpiar, una de las cestas de la ropa está llena y hay un par de pilas de libros con el nombre de cada uno esperando a ser acabados. Todo depende siempre del azar y de la fuerza de voluntad, y la mía me pide que nos duchemos juntos y que la mañana pase rápido para salir a dar un paseo y respirar un poco.

Entrelazar los dedos, dejar atrás las calles, los coches y el mal tiempo. Alejar los miedos con el sonido de la risa, con la mirada sincera, con la verdad por delante, que compartir hasta la cerveza sea siempre sumar y no restar. Cenar por ahí o en casa según las ganas y el bolsillo. Volver a la cama, quedarnos sin ropa, abrazarte hasta que se me quede el brazo dormido, roncar o respirar fuerte, soñar contigo aunque te esté tocando.

Y que un día sea cualquiera para los demás pero nunca para nosotros.

Si fuera tú.

Ya no había champagne en casa con el que llenar las copas altas de cristal, tampoco había nadie a quien alzarle la voz entre aquellas cuatro paredes que ya estaban vacías por completo. Sin los cuadros que antes adornaban los muros y que ahora habían dejado un hueco y un clavo como único testigo al que poder interrogar sobre lo sucedido en aquel piso.

La lluvia jugaba afuera con el humor de la gente, cayendo en poca cantidad pero impidiendo el desarrollo normal de las personas de espíritu mediterráneo. Las nubes grises se alternaban en un cielo azul claro y un fugaz arco iris se había dejado fotografiar durante un momento. De todas formas, a mí no había conseguido sacarme una sonrisa, hacía tiempo que las fingía todas cuando estaba en compañía.

Por dentro estaba tan lleno de agujeros que ya nunca fui capaz de volver a ser el mismo.

El piso era un segundo sin ascensor, en el centro histórico de la ciudad, que había visto el ir y venir de un amor joven de gente que ya se cree adulta sólo por rondar los treinta años. Las personas somos tan ilusas que pensamos que lo tenemos todo controlado cuando no podemos controlar nada. Yo no pude hacer mucho más, la fui perdiendo sin darme cuenta de que se estaba yendo sin avisar. Debí abrir los ojos ante las tardes de domingo en silencio compartiendo el mismo sofá pero con la cabeza en dos mundos diferentes, yo leyendo los grupos de whatsapp con los amigos, ella aprovechando la suscripción a Netflix para ver todas esas películas a las que no había querido acompañarla para verlas en el cine, ni siquiera por comer palomitas y hacer algo diferente.

Cuando estás con alguien durante mucho tiempo das por hecho que las cosas no pueden cambiar, que la situación es la que es y los baches vienen y se van; pero algunas veces se cava tan profundo que no hay manera de volver. Al principio nos acomodamos a una rutina que nos gustaba, que nos ayudaba a organizar el tiempo. Tú trabajas por las tardes, yo por las mañanas, por eso yo siempre hacía la cena y ella me dejaba el plato de comida listo para que lo calentara en el microondas, y los viernes siempre salíamos con los amigos y cenábamos fuera de casa.

Pasara lo que pasara.

Y éramos, según nuestro entorno la pareja perfecta. Nos complementábamos, nos gustaban las mismas series, compartíamos intereses, ideologías, motivaciones, el gusto de viajar por Europa cada vez que nos lo permitía el bolsillo, Terry Pratchet y El Señor de los Anillos. Yo dejaba que sonaran en casa Los 40 Principales y ella me permitía a Foo Fighters, Kasabian y Arcade Fire mientras limpiábamos los sábados por la mañana.

No sé si siempre andaba demasiado metido en mí mismo, en leer por encima de mis posibilidades, en observar a los demás para escribir pero no en observarla a ella, no lo sé pero la fui perdiendo. Sentí cómo se diluía entre mis dedos como si fuera azúcar en un vaso de agua y no la pude recuperar ni cuando intenté con todas mis ganas demostrarle que era yo con quien tenía que pasar el resto de sus días, porque no habría nadie que la quisiera como yo. Creo que esa expresión es cierta aunque sea basura destructiva porque ningún amor se repite, ni las circunstancias, ni las personas, ni el momento vital. Es cada detalle lo que hace que una relación sea irrepetible, no por eso mejor ni peor, sólo diferente.

Vi que de pronto hablaba más por teléfono de lo que lo había hecho nunca y que se encerraba en el estudio y en el baño mientras se mantenía en línea. Vi que los viernes salía con gente del trabajo en lugar de salir con los de siempre y que los sábados se iba a casa de alguna amiga, y no quise darme cuenta de que todo se iba por el retrete, y que mis miedos no hacían más que crecer. Y los celos, esas semillas que van creciendo hasta hacerse raíces que te agrietan por dentro y te tiñen la esclerótica de rojo.

Me fui consumiendo en silencio sin saber cómo hacerla volver a nuestra historia de dos, pero supongo que cuando uno decide que algo está perdido y emprende el vuelo ya nunca vuelve a plegar las alas y a encerrarse en la jaula.

Suena estúpido, ¿verdad?

Además, el sexo había desaparecido. Para mí es el vínculo carnal que mantiene el equilibrio en cualquier relación sana que se precie. Todo el mundo sabe que cuando en una relación no existe el sexo se busca fuera, porque al fin y al cabo también es una necesidad fisiológica para la mayoría de seres humanos.

Yo, que al principio me creí víctima, acabé siendo también culpable, cómplice del crimen que estábamos perpetrando. Comencé a tontear de manera inocente al principio, descaradamente después, con cualquiera que mostrara el suficiente interés por mi palabrería y mis gafas de pasta.

Y de lo nuestro sólo quedaba la fachada, los andamios de la calle, porque por dentro todo estaba vacío. Me molestaba compartir la cama, tener que esperarla para cenar, ir a hacer la compra con ella por lo que cada día más hacíamos las cosas por separado, compartiendo una casa sin compartir nada más, compartiendo una casa que ya no era hogar.

Rompimos. Tuvimos que hacerlo antes de acabar destruyéndonos por completo, antes de anularnos el uno al otro, antes de perdernos todavía más el respeto.

Después estuvo el soportar a mi familia echándome la culpa de que todo se hubiera ido al traste, escuchar a mi abuela criticando que no le hubiera pedido matrimonio para poner freno al desastre, como si no hubiera sido todavía peor tener que soportar toda la parafernalia sin estar seguro de que era la mujer con la que quería compartir el resto de mi vida, como dicen en las películas. También tuve que aguantar las preguntas de amigos, conocidos y no tan conocidos sobre los motivos, como si se pudiera responder con una frase, como si hubiera una sola cosa, como si fuera sencillo resumir en un minuto la montaña de piezas rotas que habíamos ido creando hasta derrumbarla.

Tantos años tirados a la basura sin saber muy bien cómo.

Tantos años de tropiezos que acababan en accidente con múltiples heridos.

Ahora tengo su recuerdo amargo siempre en el paladar y un pinchazo en las costillas cuando escucho su nombre. No hay nada agradable por el momento, espero que el tiempo se encargue de borrar lo malo y de ir sacando a la superficie lo bueno del principio y algunos destellos de auténtica genialidad que tuvimos por el medio.

Y en ese último momento de recoger mis cajas de la mudanza, de ver un paisaje tan familiar convertido en un extraño vinieron a mi cabeza aquellas primeras palabras, aquellas que le dije cuando ella tenía dudas:

—No te preocupes, si fuera tú tampoco me elegiría.

Es cierto, espero que nadie me elija nunca, no se merece tanto sufrimiento.