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Acuarelas por el suelo.

No sé por qué no me canso de buscarte entre mis sábanas. No entiendo este afán de creer que todo ha ido siempre bien. Este desastre que creamos era una especie de paraíso perdido en el que los dos vivíamos sin límites, creyéndonos invencibles, pensando que jamás nos haríamos daño, imaginando que nos podríamos curar aunque fuera en la distancia de las noches de verano.

Yo estaba intentando dibujarnos un futuro mejor, (sí, para los dos) porque se supone que merecemos querer y ser queridos. Merecemos la verdad, la pasión, las caricias sin ningún tipo de mecanismo de contención, morirnos de calor al mezclar nuestra saliva.

Y ahora están todas las acuarelas por el suelo, poniéndolo todo perdido de colores con los que teníamos que pintar nuestros cuerpos antes de ponernos a retar al sol y a las mareas.

Y sigo tus huellas en la arena, tratando de encontrarte de nuevo antes de que el mar lo borre todo, como mi cerebro quiere borrar tu recuerdo cuando me baño entre lágrimas ácidas. Y no lo consigo ni con otros cuerpos más dóciles, más ágiles, más suaves que tocan a mi puerta.

No sé si hemos sido sólo guerra y vicio, o si realmente había amor en tus palabras, en tus abrazos, en tus susurros y en tus miradas de reproche.

Lo malo (o lo único bueno) es que luego la veo: me abraza, me besa, me mira, y se me olvida el dolor, el sufrimiento y la tristeza.

Como si nunca hubieran estado ahí.

Como si fueran las nubes que se van después de la tormenta.

Y vuelta a empezar.

Segunda mano.

Buscar distracciones, cualquier cosa que nos impida pensar en nuestros problemas durante unos minutos, durante unas horas, o aunque tan solo sea durante unos efímeros segundos. La cuestión es alejar de nuestras mentes todo aquello que nos hace sentir pequeños, que nos obsesiona, que nos va haciendo sangre sin que nos demos cuenta. Bucear entre las páginas de mil libros, tener los ojos rojos de tanta televisión, ordenar ropa, dejar que los dedos acaricien las cuerdas de una guitarra hasta sacar una canción que se te resiste.

Cualquier cosa sirve cuando quieres respirar sin nada que te pese en el alma, sin nada que te remueva la conciencia, sin nada que te quite el sueño.

Escribo muchas veces como vía de escape, y al final acabo consiguiendo lo contrario. Acabo hablando siempre de mí. Y en lugar de servirme de terapia y de ayudar a que me cure, sólo me sirve para ser consciente de mis fallos, de mis errores y de todo lo que me hace daño en el día a día.

Sólo me sirve para tirarme fango encima y cegarme el camino.

He acabado por convertirme en esa clase de personas que se regodea en su propio dolor, que cree que sólo a través del sufrimiento se puede aprender a vivir de verdad. He acabado por ser igual que tú, alguien que busca la excusa para quedarse con la peor parte y así poder tener algo de lo que quejarse.

Supongo que no nos han enseñado a ser felices, que cuando vemos una flor en lugar de cuidarla tenemos que aplastarla, que no sabemos apreciar la belleza de nuestros besos ni las palabras que se dicen con el corazón y los labios sellados, que no tenemos ni idea de lo que cuesta tener un orgasmo en el cerebro mientras alguien te acaricia la piel, que estamos equivocados por empeñarnos en todo aquello que no podemos tener, que desperdiciamos las mejores oportunidades, que nos abrazamos a un futuro negro cuando tenemos la luz a nuestro alcance.

Y lo importante es aprender que estamos solos, y que tenemos que aprender a vivir con ello. Lo importante es tener claro que nadie tiene la solución a nuestros problemas, que no somos la llave del paraíso para alguien, que no tenemos la vida de ningún otro en nuestras manos, que no somos el parche de algún roto, que no somos parte ni órgano importante.

Lo importante es abrir los ojos y saber que no habrá rosas frescas esperando por ti.

Lo importante es cerrar los ojos y entender que nadie hará que nos crezcan alas.

Me pregunto si dejaré de ser en algún momento un te quiero de segunda mano.