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Día de suerte.

Cuando crees que has ganado a tus demonios, te saluda la sombra en el espejo.

Y tienes que volver a empezar.

Como si las pequeñas victorias del día a día no sirvieran de nada, como si esos logros que nos llevamos a la cama se desvanecieran mientras hemos tenido la oportunidad de soñar el uno con el otro y encontrarnos en el limbo que permiten las nubes esponjosas de la nada. He vuelto a verte y he sentido ganas de abrazarte sin rencor, de poder mirarte a los ojos sabiendo que somos los mismos que se escribieron en un papel arrugado que estarían siempre el uno junto al otro. Todo porque tengo el recuerdo de tus manos en mi nuca atragantado sin que me deje apenas respirar, el deslizar de tus uñas sobre mi pelo, el movimiento de caderas sin compás por culpa de las ganas.

El día a día es una especie de guerra en la que morimos y salimos ilesos dependiendo de la hora.

Matamos y morimos a partes iguales.

Nos hieren y herimos, algunas veces a propósito, otras sin darnos cuenta, sin tener intención.

No caemos en la cuenta del poder de los gestos, las palabras, las miradas, y cuando lo analizamos todo siempre es tarde.

No llegamos a tiempo para las disculpas, ni para los besos desde el perdón, ni para los abrazos reconfortantes.

Es tan complicado poner a los demás por delante, tratar de cuidar por encima de nuestros sentimientos.

Es tan difícil proteger a quien más queremos sin hacer daño.

Vamos todos sangrando por el camino, dejando rastro, limpiándonos con páginas de libros antiguos, con sábanas deshechas, con trapos sucios de cocina.

Y ahora estoy sentando en el banco del parque mirando al cielo caprichoso de septiembre que juguetea con la luz, los pájaros y las hojas de los árboles. Estoy esperando que sea mi día de suerte y te sientes conmigo, y me cojas de la mano y lleguemos juntos a cruzar la meta.

Y caiga el telón y empiece nuestra obra favorita.

Mi refugio.

¿No os pasa que siempre son otros los que saben explicar cómo os sentís exactamente? Es frustrante pensar que hay alguien que sabe definir cómo te sientes con palabras mucho mejores y más adecuadas que tú mismo. Al menos para mí, que intento siempre poner en orden mis ideas y sentimientos delante del papel para intentar reconocerme.

Hace tiempo que los reflejos que encuentro en las ventanas no me devuelven la realidad de cómo me siento. Digamos que estoy más destrozado por dentro que por fuera, digamos que después de tanta tragedia y terremotos me he convertido en una fachada que resiste a la caída aunque esté lleno de escombros en los que ya no queda nadie con vida. Soy un muro lleno de grietas a punto de caer y derrumbarme.

Todo duele ya tanto que no sabes cuál es el paso que debes dar ahora, ¿verdad?

Todo parece mentira y tratamos de mantener el equilibrio sobre una pista de hielo.

Es a posteriori cuando lamentamos algunas decisiones, cuando nos tenemos que reprochar haber actuado a sabiendas de que todo acabaría mal.

De algunas cosas he llegado a arrepentirme, de darte la mano cuando me lo has pedido nunca.

Da miedo que te quieran cuando no te has sentido querido de verdad antes, cuando el amor suena tan abstracto que no sabes que puede ser algo tangible, cuando de pronto puedes parar el mundo tan sólo cogiendo a la otra persona de la mano.

Da miedo ver que los pájaros alzan el vuelo y nosotros vamos a llegar tarde a nuestra propia fiesta.

Da miedo ver que los sábados se nos van a acabar, mi vida.

Lo único que tengo claro es que eres y siempre serás mi refugio, aunque ya no haya bombas de las que esconderse, aunque ya no haya balas que quieran hacer diana y desangrarme, aunque tus labios ya no tengan ganas de rozar los míos antes de cerrar los ojos una noche cualquiera.

Tú.

[Y yo qué sé, que quiero verte.

Y besarte aunque sea sólo un poco.

Y quitarte la ropa si me dejas.

Y mirar al techo en silencio cuando te hayas quedado dormida,

porque siempre te quedas dormida antes que yo.]