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Los últimos días del verano o agua sobre fuego.

Los últimos días del verano son para mí los más tristes del año, me llenan de una extraña melancolía que no sé explicar muy bien con palabras, y tampoco soy capaz de darle sentido. No sé si es porque siempre veo un otoño lleno de hojas por el suelo con mi corazón pisoteado. Es una sensación compleja, llena de matices a los que no soy capaz de ponerle nombre.

Quizá todo se deba a que el sol comienza a caer antes entre los edificios o porque deben empezar de nuevo todos los ciclos, y yo no tengo objetivos claros. Estoy bailando en el vacío sin ningún pasamanos al que sujetarme para no caer. Estoy jugando solo a la pelota otra vez. Estoy mirando por la ventana con nostalgia, esperando algo que no llega. Estoy deseando otro disparo certero en forma de te quiero.

Y es que parece que ya he dado todo lo que podía dar de mí mismo y no me quedan fuerzas ni para caminar, ni para sonreír, ni para abrir los ojos por la mañana y tener ganas de apagar el despertador.

No soy capaz de ponerle banda sonora a estos meses y también es triste, y me desconcierta.

Creo que vuelvo a estar más perdido que nunca ahora que creía haber encontrado el camino. Vuelvo a encerrarme en mí mismo, a hacerme pequeño, a llenarme de miedos, a quedarme callado, a no dormir por las noches, a sufrir más de lo que debería, a preocuparme por todo. Y escapa absolutamente a mi control, me miro las manos y siento que ya no puedo dominar nada, ni a mí mismo.

Pensaba que había llegado a la cima y sólo tenía que darle la vuelta al papel para ver que estoy de nuevo en el abismo, que he caído y no quiero levantarme, que voy a dejar que duela todo lo que tenga que doler porque no puedo curarme ya.

Y tú eras la calma para mí, agua sobre fuego, la sábana que me protegía de Eolo por la noche, el bálsamo que hacía que el alcohol en las heridas no escociera, el sabor dulce en el paladar.

Y ahora qué.

Todo estará bien.

Aunque te pierda, aunque me pierda.

Todo estará bien.

Dicen que si repites mucho algo al final se hace realidad.

Pero creo que conmigo no funciona.

Todo estará bien.

Mi sangre sobre el suelo y yo empapado en lágrimas que no quiero.

¿Sabes qué pasa?

¿Sabes qué pasa?

Porque yo no. No entiendo nada de un tiempo a esta parte, no te entiendo a ti, ya no me dejas hacerlo.

Estoy lleno de esa rabia que sólo se quita con tus besos, mordiendo tu carne, gimiendo en tu oído.

¿Sabes qué pasa, vida?

Que me niego a tirar la toalla, a desistir, a olvidar este intento. Quizá es que para ti es más sencillo rendirte, pero yo no tengo nada que perder. No es ganador el que nunca pierde, sino el que nunca deja de intentarlo.

Ya está bien de lamentarse en lugar de seguir escalando mirando hacia el cielo. A veces, veo tus ojos en medio de miles de constelaciones, escucho tu voz entre los estribillos de mis canciones favoritas, siento tus manos acariciarme en forma de brisa estival.

¿Sabes qué pasa?

Que no es el momento de sentirse abatido, que quiero seguir convirtiéndome en cenizas de tu mano, que espero las lluvias de otoño mojando tu pelo.

¿Sabes qué pasa?

Que sólo somos tú y yo, y la eternidad.

O no, quizá sea algo más efímero, convertirnos en polvo o quedarnos de piedra. Quizá sólo tenemos que ser como fuegos artificiales en una noche helada.

Ojalá lo supiera, ojalá pudiera decirte que todo irá bien y que no habrá problemas. Pero hay cosas que sólo se saben si abres la boca y hablas aunque te tiemble la voz, y los labios, y todos los miedos en la cabeza.

Ojalá tuviera el poder de ver el futuro y el poder de borrar la indecisión de tu vocabulario y la distancia gélida que usas como arma, como si fuera a ser la solución a algo.

Pero no es lo importante, lo relevante es tener motivos para seguir, buscarlos, tratar de alzar el vuelo, cogernos de la mano.

Joder.

Lo importante se reduce a un beso tuyo antes de dormir.

¿Sabes qué pasa, vida?

Que sin ella me estoy muriendo.

Llueve y amanece.

Llueve y amanece, mi vida.

Y me parece triste y hermoso a partes iguales.

Como lo somos tú y yo.

La lluvia cayendo sobre las aceras, y los rayos de tinte rojizo proyectándose entre los edificios. Siempre me gusta contemplar la lluvia desde la ventana, desde el refugio que me dan cuatro paredes y tus latidos de fondo.

Pero nunca pasa.

Porque no estás.

Hace un día de esos que cumplen la definición perfecta de otoño y no sé si hay que sonreír u ocultar los sentimientos. Hace un día de esos de caos en el tráfico, de charcos junto a los semáforos, de lágrimas en tus ojos.

El aire, a pesar de todo, sigue inundando nuestros pulmones, las dudas nos golpean cada vez más fuerte y tus besos ya tocan hueso.

Hay tantas historias como gotas de agua ahí afuera, hay tantas mentiras como iris y sonrisas, hay tantas estrellas que no vemos en la oscuridad y sin embargo siguen brillando.

No hay truenos ni relámpagos que nos obliguen a dar marcha atrás, y no existe el miedo a que se vaya la luz si estás conmigo.

Te recuerdo que nos hemos empapado bajo la tormenta y también bajo las sábanas, que nos hemos besado con lluvia, con y sin alcohol de por medio, que nos hemos dicho medias verdades desnudos en plena oscuridad, que tú también lo has visto, tocado y escuchado, que no son invenciones mías.

Te recuerdo que no debería existir el dolor si no va a haber abrazos después, que no se trata de ganar pero todo es perder sin ti, y que esto, la existencia misma, no es cosa de llegar el primero a la meta, si no de llegar con quien quieres.

Llueve y atardece, mi vida.

Y me parece triste y hermoso a partes iguales.

Como lo somos tú y yo.

Ven.

Ganar perdiendo.

Ya no quiero dolor, ni arrepentimiento, ni silencios incómodos.

Necesito luz, algún faro que nunca deje de alumbrarme.

Y también sé que eso no hay nadie que pueda dármelo, que debo ser yo mismo el que coja el timón.

Prefiero la soledad a la mala compañía.

Prefiero quedarme eternamente a este lado del puente, aunque sea sin ti.

Siempre vuelvo solo a casa, y me acompaña el viento, y las sirenas de las ambulancias de fondo y las luces titilantes de las farolas del barrio.

Siempre vuelvo a casa, y me acompaña el maullido de un gato, y las discusiones de borrachos y el ruido de puertas cerrándose con más fuerza de la que deberían.

El otoño ya ha teñido de rojos y naranjas las copas de los árboles y a mí nadie es capaz de quitarme esta sensación de vacío que se abraza a mis costillas.

Y ya no guardo amor, ni rencor, ni odio.

Ya no guardo nada, ni bueno ni malo.

No puedo pedir que me cuiden cuando yo no sé hacerlo.

No puedo pedir que me quieran cuando yo no sé hacerlo.

No puedo pedir que me miren cuando yo no sé hacerlo.

He conseguido llenarme las venas de alcohol para ver borroso y no pensar más en ti, y pienso calentarme este invierno quemando todos los libros que me regalaste.

Llegué a pensar que sí, que querías recorrer de mi mano este viaje, que no haría falta saltar más muros ni destrozar más cárceles.

Y tú.

Llegaste a engañarme, a mentirme antes de darme un beso mientras me mirabas a los ojos.

Llegaste a confundirme, a arañarme por dentro.

Llegaste a pedirme aviones de papel con tu nombre para después pisarlos contra el suelo, como has hecho conmigo.

Y en el futuro te lo tendré que recordar siempre, te lo tendré que decir porque no fueron las circunstancias, no fue un mal momento.

Fue todo tu culpa.

Yo seguiré durmiendo sin ti, tú te arrepentirás para siempre.

Y a pesar de todo habré ganado habiendo perdido.

Finis terrae.

Somos nuestros enterradores, vamos cavando con nuestras decisiones diarias nuestra propia tumba y al final acabamos confinados dentro de una caja de pino, sin flores bonitas ni nadie que venga a dejar caer unas cuantas lágrimas sobre nuestra lápida en el cementerio.

Creamos mausoleos de mentiras, tiramos nuestras cenizas en cualquier lugar sin nombre, rezamos por quien no se lo merece.

El sol nos deja cada vez más temprano y cuando la noche alarga nos vamos haciendo pequeños. En la oscuridad siempre salen los monstruos, nos crecen los demonios, los fantasmas nos tiran de las sábanas hasta destaparnos y que nos muramos de frío. El mundo está lleno de alimañanas, de carroñeros, de hienas de risa estridente que se cuelan en nuestras pesadillas.

No he sabido huir a tiempo, y ahora el otoño nos ahoga.

Otra vez.

Y es que somos nuestra única maldición.

Sin magia negra, sin vudú ajeno, nos clavamos las agujas bajo las uñas, nos untamos con aceite, y nos quemamos en hogueras de libros viejos y prohibidos.

Somos los brujos y brujas del desastre.

No estoy seguro de qué les ha pasado a las velas y a la ilusión, si se han apagado o es que ya se han consumido por completo. Pero da igual, no hay remedio. Las cartas auguraban un futuro incierto, lleno de caminos tenebrosos y que acaban al borde del precipicio.

Y ahí se acaba todo, en Finis terrae.

Tú y yo, y el fin del mundo.

Indiferencia.

Hay días en los que todo te da igual aunque no sea así. Hay días en los que haces de tripas corazón y disimulas de la mejor forma que sabes, pones tu mejor cara y sigues caminando con las manos en los bolsillos y una sonrisa de dolor en el rostro.

La vida se presenta tan gris de cara a un otoño sin ti.

Siento que el tiempo ya se nos acaba y que vamos a quedarnos tan atrás, que cualquier día el saludo se nos va a atravesar en la garganta, que nos giraremos las caras antes de ocultarnos en cualquier esquina.

Y va a ser tan triste todo eso.

Desaparecer de tu vida y que te de igual.

Que desaparezcas de la mía y que nada sea igual.

Es tan complicado.

Cuando se pierde la ilusión no queda nada, se apaga la llama, se funde la bombilla, y sólo somos carne de cañón.

Parece que ha sido una cruel mentira, que después de tantos meses todo se ha puesto realmente en su sitio y resulta que el mío está lejos de ti.

Más de lo que me gustaría.

Al final sólo he resultado ser otro juguete roto con el que probar, al que morder y al que acabar tirando cuando la cosa se complica.

Qué jodida es la puta indiferencia, y cuánto duele sin que se haga nada. O quizá, precisamente por eso.

Has sido para mí como esa trampa mortal en la que quedarme atrapado, una de esas de las que si logras escapar acaba dejando secuelas importantes, de las que no se van con facilidad, de las que quedan para siempre.

Y no hay quien supere eso.

Espero que alguien sepa besar mis cicatrices, que las acaricien con las mismas ganas con las que yo lo he hecho contigo.

No seguiré esperando afuera, cierra la puerta.

Estoy agotado.