Etiqueta: oscuridad

Stop.

Un minuto.

Ojos cerrados.

Silencio absoluto.

La oscuridad tras los párpados, el oxígeno entrando lento en los pulmones y repartiéndose por el cuerpo, la respiración en calma, los músculos relajados, percibir la posición, sentirse a uno mismo.

Necesitamos la pausa, pulsar el botón de stop de vez en cuando, mirarnos las manos y los pies y ver que seguimos en el sitio de siempre. Ser conscientes del sol, de las nubes, de los árboles, de cada uno de los sonidos de la naturaleza que están ahí y nunca escuchamos. El mundo se derrumba con nosotros dentro y nos da igual, seguimos escupiendo lenguas de fuego hacia la inmensidad, seguimos llenando de humo los paisajes eternos, seguimos creando desiertos donde había manantiales.

La vida va demasiado rápido como para que nos demos cuenta de todo, como para que podamos asimilar todo lo que nos pasa y lo que no nos pasa. La vida va tan deprisa que apenas podemos disfrutarla, el tiempo libre se esfuma y las obligaciones se acumulan. Y seguimos aquí echando piedras sobre nuestro propio tejado en lugar de salir ahí fuera y disfrutar de lo poco que tenemos.

Yo sólo quiero ser consciente de tu mano acercándose a la mía, del calor que desprende tu cuerpo cuando te acercas a abrazarme con ganas, de las sonrisas de felicidad de los míos, de lo sencillo de las pequeñas cosas.

Podríamos escribir nuestra historia como si fuera una historia de Oscar Wilde, envolvernos en papel que huela a viejo y hablarnos con letras de imprenta.

Podríamos descubrir nuevos sentimientos en cualquier banco del parque.

Podríamos besarnos de nuevo bajo aquella farola, andar buscando refugio con la lluvia de fondo mientras nos reímos de todo, buscar lugares del mundo en los que poder perdernos para que nadie nos encuentre.

Podríamos ir directos al cielo, ahorrarnos todo este infierno.

Algunos días saben a café descafeinado, y algunas vidas, y parece que se borran por momentos.

Dejamos de estar aquí en un instante y habremos perdido si no podemos recordarnos juntos.

Sólo te pido un minuto.

Ojos cerrados.

Silencio absoluto.

 

 

Y nunca pasa.

Parece que algunas personas no se dan cuenta de que el resto no somos objetos, que no somos de usar y tirar, que aunque parezcamos muros infranqueables por fuera acabamos siendo frágiles como una lágrima al resbalar por la mejilla. Y hay quien hace caso omiso y te utiliza como un trapo cuando le apetece, y te sonríe una vez y te gira el rostro otras diez. No sabes por qué pero tú sigues ahí siendo el sparring perfecto, la almohada en la que apoyarse cuando duele la cabeza, la luz cuando da miedo la oscuridad, el hombro en el que llorar.

¿Y para qué?

Para nada, hay personas que lo confunden todo, el amor, la amistad, los lazos de sangre, con el egoísmo, y nadie se merece eso. Nadie merece que lo utilicen y luego se olviden de él en la primera curva y lo dejen olvidado porque no se lo pueden llevar al hotel de vacaciones, como a aquel cachorro que comprasteis en Navidad y que ahora supone una carga. Y es que si no estás dispuesto a cuidar a alguien no le preguntes cómo está, si no estás dispuesto a besar a alguien no le llames por las noches, si no le echas de menos no se lo escribas jamás.

Se nos da muy bien crear falsas expectativas en los demás y hacer que la esperanza crezca para después derribarla con sólo un golpe del dedo índice. Y no sabemos el daño que hacemos, no sabemos el dolor que provoca romper una ilusión moldeada con mimo y delicadeza.

Es como cuando yo abro los ojos y espero que estés conmigo.

Y nunca pasa.

Como cuando pienso que vas a estar esperándome con una sonrisa cuando abra la puerta.

Y nunca pasa.

Como cuando suena el teléfono y veo tu nombre en la pantalla.

Y nunca pasa.

Como cuando necesito tu abrazo y un beso en el cuello.

Y nunca pasa.

Como cuando sólo quiero tumbarme en el sofá contigo y que pasen las horas sin que importe el tiempo.

Y nunca pasa.

Yo no sé qué hice en las otras vidas, pero te aseguro que en esta ya he recibido de sobra mi castigo, que he cumplido mi pena, que arrastro mi condena. Y no sé por qué sigo estando aquí, en la línea de salida, esperando a que vengas a por mí.

 

Defectos, deseos y las cartas del destino.

Defectos.

He vuelto a descubrirme miles de defectos, los he cogido y los he sumado a los otros miles que ya tenía anotados en una lista. Y me los recito uno tras otro en el espejo con firmes palabras de predicador.

Al final del día tenemos que acostarnos siendo conscientes de nuestros errores, nuestras imperfecciones y nuestras malas decisiones.

Y seguir adelante.

Todo supone lastre, sacos llenos de piedras que son sentimientos que no sabemos gestionar. Todo supone tierra en los ojos, agua de mar en la garganta y sal en las heridas.

Pero la vida continúa aunque nosotros no queramos, aunque nos guste detenernos y mirar el cielo para contemplar las lágrimas que prenden en medio de la oscuridad cada mes de agosto. Seguimos pidiendo deseos efímeros que nunca llegan a cumplirse.

Pero ya no podemos confiar ni tan sólo en el firmamento, ni en los viejos del lugar, ni en lo que nos dice el corazón. No podemos confiar en la magia ni en los rituales ancestrales. No podemos confiar en la memoria ni en quienes escriben la historia. Y tampoco en los que dicen que estarán con nosotros para siempre y se han caído del caballo después de saltar la primera piedra.

Nos rodea la misma corrupción moral que gobernó a los romanos y a los emperadores chinos.

Nos rodean los pactos de silencio, los indios y vaqueros, los paraísos artificiales.

Nos rodea la mentira, la falta de escrúpulos y remordimientos.

Y da igual, porque ya no se ensalza el bien ni a sus defensores, porque vivimos en los tiempos del cuanto peor mejor, porque se premia a los culpables, porque se difama a los que luchan, porque hay que reivindicar en voz baja y sin molestar, porque el amor real ya está manchado de todos los clichés de las películas.

La sociedad actual, otro defecto.

Y, a estas alturas, ya no podemos confiar en los deseos.

Digan lo que digan yo no pierdo la esperanza.

Será por eso que siempre pido que te quedes a mi lado, y las cartas del destino me juegan de nuevo una mala pasada, porque mi deseo, por mucho que mire cada noche las estrellas, aún no se ha cumplido.

Y tuve miedo.

Escucho el eco de mis palabras en la cabeza, un eco que alterna con el silencio que me angustia.

Ayer miré de nuevo al suelo desde el balcón.

Y tuve miedo.

Volví a tener esa sensación en mi piel de curiosidad, la curiosidad insana de querer saber qué se siente cuando tus huesos tocan tierra desde unos diez metros de altura. Tuve que apartarme, cerrar la puerta y encogerme sobre la cama con las pulsaciones por las nubes. Volví a sentir la oscuridad acariciándome el sistema nervioso con esa sonrisa que hiela la sangre, con esa sonrisa del que sabe que si te atrapa esta vez no piensa soltarte.

Y tuve miedo.

Me vi desprotegido una vez más, con todas las inseguridades al descubierto, con todos los resquicios dejando ver el interior que tanto intento mantener oculto, con todas las grietas sacando mis trapos sucios. Quedando mis miserias más expuestas que nunca.

No sé quién tiene el remedio ni la solución a mis problemas, si todo depende de mí mismo o necesito la ayuda de alguien más. No sé si a estas alturas soy capaz de escuchar el consejo de otras voces, ni de dejarme abrazar cuando rompo a llorar.

Tengo ahora la sensación de soledad que ya conozco, la sensación de impotencia, de rabia, de tristeza y melancolía que se te agarra al alma y se mimetiza contigo.

Otro cambio que no soy capaz de controlar.

Otro paso que no estoy preparado para dar.

Que hay vida más allá de lo conocido es algo que tengo claro y asumido, pero a medias. Es fácil decir a todo el mundo lo que tiene que hacer pero algo menos el aplicarse el cuento a uno mismo.

Supongo que después de todo me merezco todo lo malo que me pase.

Tengo ahora la sensación de no ser nadie, de no tener ningún reflejo en el espejo, de estar hecho de las nubes negras que sólo consiguen intoxicar a quien tienen cerca.

Y tengo miedo.

Corazones descalzos.

Las tormentas recientes nos han pillado desprevenidos, ni las nubes tornándose negras nos hacen darnos cuenta muchas veces de lo que sucede a nuestro alrededor. Y ha vuelto a llover con fuerza, y he querido ir tras de ti para mojarme contigo.

He vuelto a quedarme atrás viendo cómo te alejas unos pasos para que vuelva a apretarse el nudo en la garganta, para que vuelva a desaparecer esa falsa sensación de seguridad con la que siento me abrazas algunas veces. Pero esa seguridad ni siquiera existe, ni para ti, ni para mí, ni para el resto de mortales, porque lo único que tenemos asegurado es que estamos vivos ahora, que ahora mismo respiramos pero quizá mañana no.

Y estamos desperdiciando minutos, valiosos segundos, de nuestras vidas enfadados con el resto, solucionando problemas que no tienen solución, luchando por lo que no hay que luchar, permitiendo lo que no debemos permitir, dejando pasar lo que no debemos dejar pasar. Cuadrando el círculo. Desmontándonos a diario cuando podríamos buscar a alguien que no dejara que fuéramos perdiendo las piezas, o que fuera capaz de recogerlas y colocarlas en su sitio al llegar a la cama. Sin hacer ruido, y dejándonos un beso suave en la nuca.

Alguien que nos diga que no hay que temer las tormentas porque juntos somos casa.

Qué putada que nos sepamos únicos pero que nos comportemos como si no lo fuéramos. Qué putada que nos queramos pero que no nos tengamos siempre que queremos.

El amor es más sencillo de lo que creemos, porque al final lo único real es lo que hay cuando dos personas se encuentran y dan igual los cuerpos desnudos, las palabras que se callan y se gritan. Lo importante es mirarse en los ojos del otro y ver tu reflejo, fiel espejo, y entender que estás sonriendo sin darte cuenta porque le tienes delante. Y que no hay agendas, ni hojas de calendarios que nos tengan que marcar los tiempos pero que a la vez tenemos que romperlos todos.

Si al final lo que importa de verdad es que en la oscuridad, en medio de esa espiral caótica de cuerpos empapados en sudor, nos tocamos con los corazones descalzos.

¿Te imaginas?

¿Te imaginas que conoces a alguien y todo sale bien?

Yo tampoco.

Creo que algunas personas estamos programadas por defecto para meter la pata, para que se nos tuerzan las cosas, para que en el último momento todo se trunque y nada vaya como debería ir. Supongo que algunos también tenemos un imán para las tragedias, para los dramas sin mucho teatro, para las canciones tristes y los escritores malditos. Supongo que algunos estamos impregnados en absenta, tinta y papel.

Nos hicieron así, bohemios, defectuosos, incompletos, inconformistas.

Incomprendidos.

Nos hemos convertido en lo que queda, en las sobras de amores de antaño, en cartas rotas que escribían una historia que ya es imposible de leer. Somos recuerdos de épocas que nos parecen mejores pero que tampoco lo fueron. Somos lo que queda de aquellos veranos de recorrer caminos en bicicleta sin preocupaciones en la cabeza, de saltar desde la cascada sólo para sentirnos vivos y alejar el miedo que tendría que llegar en algún momento inespecífico del futuro.

Y llegó antes de tiempo, lo de abrazarse en la oscuridad bajo las sábanas, lo de mirar por la ventana y ser incapaz de sonreír, lo de callar siempre y aguantar, las pesadillas, abrir los ojos en la madrugada, sentir el corazón salirse del pecho, llorar siempre a escondidas, fingir que todo va bien, encogerse de hombros y asentir.

Pero seguimos pensando que algo acabaría cambiando, que habría más trenes y estaciones.

Por eso resistimos.

Decidimos levantarnos cada día, borrar el rastro de las noches trágicas con agua corriente, colocarnos el reloj en la muñeca, mirarnos al espejo, atarnos los cordones, tragar saliva y salir a la calle como si no tuviéramos problemas.

Y es que el problema somos nosotros mismos, nuestro propio némesis.

No me voy a perdonar nunca esta incapacidad para elegir lo correcto, ni la mala suerte, ni el fracaso constante.

Prometo que esta vez quería que fuera fácil, hacerlo fácil, que fueras tú.

¿Te imaginas que un día somos felices?

¿No?

Yo tampoco.

Llueve y amanece.

Llueve y amanece, mi vida.

Y me parece triste y hermoso a partes iguales.

Como lo somos tú y yo.

La lluvia cayendo sobre las aceras, y los rayos de tinte rojizo proyectándose entre los edificios. Siempre me gusta contemplar la lluvia desde la ventana, desde el refugio que me dan cuatro paredes y tus latidos de fondo.

Pero nunca pasa.

Porque no estás.

Hace un día de esos que cumplen la definición perfecta de otoño y no sé si hay que sonreír u ocultar los sentimientos. Hace un día de esos de caos en el tráfico, de charcos junto a los semáforos, de lágrimas en tus ojos.

El aire, a pesar de todo, sigue inundando nuestros pulmones, las dudas nos golpean cada vez más fuerte y tus besos ya tocan hueso.

Hay tantas historias como gotas de agua ahí afuera, hay tantas mentiras como iris y sonrisas, hay tantas estrellas que no vemos en la oscuridad y sin embargo siguen brillando.

No hay truenos ni relámpagos que nos obliguen a dar marcha atrás, y no existe el miedo a que se vaya la luz si estás conmigo.

Te recuerdo que nos hemos empapado bajo la tormenta y también bajo las sábanas, que nos hemos besado con lluvia, con y sin alcohol de por medio, que nos hemos dicho medias verdades desnudos en plena oscuridad, que tú también lo has visto, tocado y escuchado, que no son invenciones mías.

Te recuerdo que no debería existir el dolor si no va a haber abrazos después, que no se trata de ganar pero todo es perder sin ti, y que esto, la existencia misma, no es cosa de llegar el primero a la meta, si no de llegar con quien quieres.

Llueve y atardece, mi vida.

Y me parece triste y hermoso a partes iguales.

Como lo somos tú y yo.

Ven.

La espada de Damocles.

Mueren los días ante nuestros ojos, se hace de noche demasiado temprano y todo comienza a darnos miedo. Cuando las sombras se alargan tras nuestros pasos y no somos capaces de distinguir lo que hay en la oscuridad se nos acelera el pulso y el pensamiento, y comienza el temblor de labios y de manos. Igual que cuando nos enamoramos. Igual que cuando todo está turbio entre nuestro corazón y nuestro cerebro. Igual que la primera vez que te descubres en la mirada y la sonrisa del otro.

De pronto, todo el gris del telón de acero parece caer sobre nosotros y no nos quedan fuerzas ya para parar el golpe, ni siquiera la rapidez suficiente como para esquivarlo. Y al abrir los ojos cada día te das cuenta de que la espiral te ha arrastrado de forma inexorable hasta el fondo del mar, y no hay vuelta atrás. Porque ya no sabes volver. Porque no sabes qué camino has recorrido para llegar hasta donde estás ahora.

La mayoría de lo que nos pasa no podemos controlarlo, muchas decisiones no están en nuestras manos, y vivimos a expensas de lo que quieren los demás, y tenemos que adaptarnos. Por suerte o por desgracia estamos hechos para sobrevivir, para conseguir oxígeno hasta en las alturas, para soportar el frío y el calor, y la lluvia calándonos los huesos.

Hay quien vive como si todo consistiera en flotar en alta mar, hay quien se deja llevar por las corrientes y por los demás, hay quien se desentiende de todo y se lava las manos en la primera pila bautismal que encuentra.

Voy a intentar cuadrar el círculo contigo, hacerlo distinto, hacerlo mejor. Voy a dejar de enamorarme de cada precipicio que me jure amor eterno antes de empujarme contra las rocas y el oleaje. Voy a allanarte el camino, apartarte las rocas y darte la mano. Voy a besarte bajo la lluvia, buscarte a través del espejo, seguir las baldosas amarillas, escalar por tus piernas hasta quitarte las ganas.

Me faltan ya palabras e ideas, me faltan años para atreverme a decirte la verdad. Y es que, aunque no te lo creas, eres el mejor de mis problemas.

Con el tiempo ya parado me doy cuenta de que la espada de Damocles se mece lentamente sobre mi cabeza, y tengo la pregunta atragantándose torpe en mis neuronas:

¿Cuándo te vas a cansar de mí?

Víctimas, verdugos y dictadores.

Somos mezcla de tantas cosas. Somos átomos, moléculas, células, ADN, nervios, músculos, huesos y neurotransmisores.

Proteínas, lípidos, agua y alcohol los sábados por la noche. Somos un compendio de épocas y de civilizaciones, de siglos, de continentes, y los hay estúpidos que alzan la mano en nombre de la pureza de la raza.

Somos sinfonías de Brahms, lieder de Mahler, nocturnos de Chopin y el Réquiem de Mozart. Somos art nouveau, expresionismo, claroscuro y realismo.

Los seres humanos creadores y destructores, el todo más vacío, la nada más llena.

Extraños y conocidos al mismo tiempo.

Como tú y yo.

Estamos llenos de luces y sombras que se abrazan entre sí, como nuestras lenguas cuando se encuentran en plena oscuridad. Estamos llenos de soledad y de vacío existencial, y tratamos de llenarlo de todas las formas posibles. No nos conformamos, siempre queremos más, aunque acabemos llenos de nudos que somos incapaces de deshacer, aunque acabemos llenos de espinas por querer alcanzar la mejor rosa.

Estamos llenos de egoísmo y entrega, de lágrimas, sudor y saliva.

Estamos llenos de odio y rabia.

Y podemos conseguirlo todo o quedarnos parados.

He estado acostumbrado tanto tiempo a esperar, a ocultar, a callar y bajar la vista. He estado acostumbrado a ser siempre el tonto de turno, el juguete, el imbécil al que tomar el pelo porque nunca se atreve a decir nada.

Quizá es que es la hora de dejar que suenen las fanfarrias y despertar la conciencia, dar un paso, abrir los brazos y morder el mundo por donde más le duele. Puede que nos toque remover conciencias y almas con nuestras palabras. Puede que tengamos el poder en nuestros dedos y en nuestras miradas, y estamos aquí sentados esperando a que otros decidan por nosotros, a que arreglen las cosas sin que nos movamos de la silla.

Estamos llenos de hipocresía y de desgracias, pero no podemos quedarnos quietos. Somos ladrillos de un muro que tirar abajo, somos Berlín, San Petersburgo y las ruinas de Angkor Wat.

Somos víctimas, verdugos y dictadores.

Somos sentimientos sin control, sin aduanas. Somos carne que no entiende de fronteras ni de límites. Somos besos que se perderán en el tiempo. Somos noches de ojos abiertos y días de abrazos largos.

Nos dan igual los villanos de Oriente y de Occidente, las multinacionales sin escrúpulos  y las banderas que cuelgan de los balcones.

El mundo gira, las brújulas siguen marcando el norte, las mareas no dejan de subir y nuestros cuerpos hablan alto y claro.

Y yo estoy lleno de demonios a los que vencer, pero también estoy lleno de demonios a los que dejar ganar; y por eso sé que voy a luchar por ti, pero nunca en contra tuya.

Finis terrae.

Somos nuestros enterradores, vamos cavando con nuestras decisiones diarias nuestra propia tumba y al final acabamos confinados dentro de una caja de pino, sin flores bonitas ni nadie que venga a dejar caer unas cuantas lágrimas sobre nuestra lápida en el cementerio.

Creamos mausoleos de mentiras, tiramos nuestras cenizas en cualquier lugar sin nombre, rezamos por quien no se lo merece.

El sol nos deja cada vez más temprano y cuando la noche alarga nos vamos haciendo pequeños. En la oscuridad siempre salen los monstruos, nos crecen los demonios, los fantasmas nos tiran de las sábanas hasta destaparnos y que nos muramos de frío. El mundo está lleno de alimañanas, de carroñeros, de hienas de risa estridente que se cuelan en nuestras pesadillas.

No he sabido huir a tiempo, y ahora el otoño nos ahoga.

Otra vez.

Y es que somos nuestra única maldición.

Sin magia negra, sin vudú ajeno, nos clavamos las agujas bajo las uñas, nos untamos con aceite, y nos quemamos en hogueras de libros viejos y prohibidos.

Somos los brujos y brujas del desastre.

No estoy seguro de qué les ha pasado a las velas y a la ilusión, si se han apagado o es que ya se han consumido por completo. Pero da igual, no hay remedio. Las cartas auguraban un futuro incierto, lleno de caminos tenebrosos y que acaban al borde del precipicio.

Y ahí se acaba todo, en Finis terrae.

Tú y yo, y el fin del mundo.