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Cara B.

Nos dejamos llevar por la corriente sin pensar en lo que queremos nosotros. La corriente nos arrastra sin darnos tiempo a reaccionar, sin darnos tiempo a reflexionar lo suficiente. Siempre hay alguien que nos dice lo que tenemos que hacer, por qué y cómo tenemos que hacerlo, y así nos ahorra el esfuerzo de decidir por nosotros. En lugar de consejos buscamos órdenes de cualquiera para no asumir responsabilidades, para derivar las consecuencias.

A todo el mundo le gusta lo brillante, lo que se encuentra en primer lugar, lo que destaca. El oro, los diamantes, los actores y actrices de las películas multimillonarias de Hollywood, los cantantes que llenan estadios, los libros que anuncian en todas partes.

A mí me gustan cosas más sencillas, la cantante anónima de un pequeño bar de ciudad, los actores que salen en una película de bajo presupuesto pero que me ha hecho replantearme la vida tres veces seguidas, el teatro casi vacío con una obra que no voy a entender por mucho que me esfuerce pero que me deja pegado al asiento, la cerveza de siempre, los besos con amor, el café todavía caliente.

Pero hay algo que me gusta mucho más y eres tú.

No puedo evitarlo.

La vida está llena de claros y oscuros, de caminos y recovecos, de portadas y contraportadas, de humo y cigarros, de bilis y sangre; pero sobretodo de imprevistos.

Ahora voy descalzo caminando sobre los cristales que has ido dejando a tu paso, marcándome un camino que no me lleva a ningún lado, guiándome hacia a ti sin que pueda salir de este círculo solitario de noches rojas y días oscuros, de vasos vacíos y corazones a medio llenar.

Siento que soy como la cara B de un vinilo olvidado en la estantería al que nadie escucha, al que nadie mira, al que nadie toca. El punto muerto del retrovisor.

Me has convertido en una mentira, en un te quiero oculto.

Me has convertido en tu hombre invisible.

Oro en las heridas.

Me cuesta respirar, disnea quieren llamarlo los médicos. Sensación de ahogo, de que no soy capaz de llenar mis pulmones con la suficiente cantidad de aire. No sé si es culpa del calor asfixiante de este verano, del hastío vital que siempre tengo encima o si a ti también te pasa cuando no estás conmigo.

Dicen que las cosas sólo son bonitas si funcionan, que sólo así pueden serlo pero no estoy seguro. He visto juguetes rotos de los que no he podido quitar la vista durante horas, he visto personas rotas de las que no he querido irme en días, he visto corazones rotos a los que habría querido cuidar durante el resto de mi vida.

También hay algo bonito en lo usado, en lo viejo, en el desastre de la destrucción emocional. Los japoneses tienen nombre para eso también, kintsukuroi, se empeñan en hacer cicatrices de oro en los objetos rotos para que se vean las heridas, para que se muestren en lugar de ocultarlas; porque las grietas sólo indican que el tiempo pasa por nosotros, que estamos vivos y cambiamos, y seguimos. A mí me gustaría hacer eso con tus heridas, besarlas con calma, limpiarlas con mi saliva, pintarlas de oro, y acariciar el relieve que marquen sobre tu piel después. Que las finas ebras doradas que recorran tu cuerpo te recuerden lo malo sin que tenga que doler nunca más.

De eso me encargo yo.

Las cicatrices hay que contarlas y tenerlas presentes para que no se olviden, para no tener que tropezar otra vez con las mismas piedras y que vuelvan a salirnos costras en las rodillas como cuando éramos niños y corríamos por las calles del pueblo sin saber lo que tendríamos que afrontar en la vida.

Me cuesta respirar por mucho que abra las ventanas y deje al viento pasar para revolver las páginas escritas que llenan la mesa.

Me cuesta respirar siempre que estás lejos y te tengo que imaginar.

Podemos poner de moda el amor, ser la envidia de todos por hacer las cosas bien, no cortarnos las alas y darnos siempre la mano.

Y no ser como todo ese dolor del que habla la poesía.

Si te digo la verdad, no tengo miedo de descubrir quién eres realmente, ni de saber si tienes algún lunar que desconozco, no tengo miedo de romperme un poco más aunque tengan que llenarme de oro todas las heridas después.