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Rompeolas.

Otra tarde en la que las olas se encargan de acercarme tu recuerdo, tu voz y las últimas lágrimas. Mis pies van dejando huellas en la orilla que sé que se borrarán al poco tiempo, como las heridas que te fui dejando sin darme cuenta. Y ahora tengo que lamentarme.

Sólo quise ser tu rompeolas, y no logré nada.

Ojalá hubiera sabido que tenía que haberte soltado antes, abrirte la puerta, invitarte a salir cuando todavía nos quedaban sonrisas a los dos. Ojalá haberte dejado libre sin haber roto tus alas, aquellas que conocí cuando aún era capaz de leer la ilusión en tus ojos. Pero no sabemos hacer eso, dejar que alguien se marche cuando ya todo se ha acabado. Nos gusta pensar que podemos arreglarlo, que si nos damos otra oportunidad podremos cambiar los pequeños defectos y convertirlos en virtudes, que la remontada es posible, que un amor largo no se puede dejar escapar así sin más.

Y acabamos consumidos, como cigarros apagados en cualquier acera.

Parece que nos han enseñado a doler hasta el último momento, a acabar mal, a despedirnos con las manos llenas de sangre y el cuchillo entre los dedos. Parece que nuestra misión es agotar todas las posibilidades para convencernos de que era imposible que lo nuestro funcionara.

Nos han hecho idealizar el amor, las relaciones y a las personas. Nos han hecho creer que podemos aguantar unos meses más porque seguro que se acaba arreglando. Y así tus amigos no te juzgarán, y tu familia podrá seguir durmiendo por las noches mientras tú vives un pequeño infierno en silencio. Y duermes con un nudo en la garganta que te acabará asfixiando.

Lo de hacernos los duros también se nos ha ido de las manos. Lo de no poder mostrarnos débiles, lo de tener que saber solucionar cualquier problema que nos surja. Pero que sepas que tenemos derecho a dolernos, a rompernos, a llorar y que nadie tenga que señalarnos con el dedo porque no somos capaces de llegar a nuestro destino sin haber hecho varias paradas antes.

Ojalá haber sabido abrir mis dedos a tiempo y dejarte saltar tan lejos como hubieras podido. Me hubiera gustado haberte ahorrado lágrimas y noches en vela, y pedirte perdón a tiempo. Estoy convencido de que otros sabrán curarte como yo no supe. Encontrarás a alguien que te quite la ropa mejor que yo, que te abrigue mejor en los días fríos y que cuando te haga llorar sea de alegría.

Lo único que espero ahora es no volver a cometer los mismos errores, y dejar siempre la puerta abierta, porque si alguien quiere quedarse conmigo ya se encargara de cerrar por dentro.

Océanos.

Civilización extraña la nuestra, que ya no recuerda a los viejos, que detesta la noche y lo llena todo de luces para no ver las estrellas. Civilización extraña nosotros.

Atlántico entre los dos, y yo ando loco perdido. Vagar por tu cuerpo cansado de pensar, soñar sin sueño, abrir los ojos después de cerrar la puerta, hacer paracaidismo entre fuegos artificiales.

Pacífico de aguas claras, que baña las playas de tus piernas, marinero sin hogar, Hemingway post-moderno, malhechor desterrado por tocarte a deshoras. Y te das cuenta de que también quema el sol cuando ella no está, y que sigue habiendo oxígeno y sangre en el día a día.

Índico con archipiélagos que son como tus risas y nombres tan raros como todo eso que te gusta y desconozco. Estamos en la orilla y nos salpican las olas en forma de verdades eternas y tenemos que apartar la vista, obligados a no mirar el mañana por si duele más de lo que nos gustaría y llega el fin.

Antártico bravo, de atardeceres infinitos, de esplendor dorado, tan lejos de los dos como ese frío corazón que habita nuestra piel. Barcos hundidos, intentos fallidos de huida, valentía arrinconada en el último confín del mundo.

Ártico, frío y solo, de hielo roto, de blanco imperfecto. La muerte del intrépido, el grito del cobarde perdiéndose en la nada. El iceberg entre tanto azul oscuro, entre tanto viento levantando faldas y velas.

Ártico soy yo, sin ti. Océano infinito.