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Recuerdos de una tarde de febrero.

Es curioso cómo el tiempo difumina algunas personas y algunos sentimientos, reduciendo lo que un día fue el centro de tu mundo a un simple insecto que se posa en el reposabrazos de un banco cualquiera del parque.

Y si lo piensas duele y alivia a la vez.

Es cruel pensar que, de pronto, alguien ha desaparecido para siempre de tus días y te da igual. Mientras se va borrando su rastro y su sonrisa, la memoria va arrinconando todos esos recuerdos que ya no aportan nada. 

Y te libera de todo aquello por lo que un día te sentiste culpable. Te da la paz que necesitas para poder seguir avanzando. Porque no somos culpables de todo lo que nos pasa pero sí responsables de gran parte de lo que nos sucede. Ya me he dado cuenta de que somos tan malos encajando emociones como recibiendo golpes en una pelea callejera. 

No queremos, no sabemos, no podemos.

Tan imperfectos, rotos y oscuros como esos cofres en los que al final hay un tesoro guardado.

Un día sale el sol y lo ves todo más claro, y casi consigues esa sensación extraña de ser alguien nuevo.

La persona con la que compartiste vida, cama y saliva ya no significa nada.

Por favor, que no me pase contigo.

No soportaría no poder recordarte.

Ese extraño superpoder.

Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, ¿verdad? Algunas veces hay que tomar distancia y aire para aprender a valorar las cosas y saber apreciarlas. Es como cuando llevas meses sin poder conciliar el sueño con tranquilidad y recuerdas cómo era la sensación de despertarte descansado. Llevo tanto tiempo sin dormir profundamente, con los motores trabajando a todo trapo, con el cerebro procesando información las veinticuatro horas del día que supongo que de un momento a otro la maquinaria parará por completo y no podré abrir los ojos durante meses.

Quizá sólo necesito un estado catatónico para recuperarme por completo.

Es todo tan horrible ya.

Esta mezcla de nerviosismo, miedo e inseguridad que nunca acaba.

Pase lo que pase.

Y es que cometemos el grave error de pretender que nos curen otros, de dejar la responsabilidad en manos ajenas. Cometemos el error de pretender que la felicidad de los demás está por encima de la nuestra.

No sabría decir muy bien en qué etapa vital me encuentro, por mucho que lo analice. He conseguido convertir en un auténtico infierno lo que debería ser un momento absolutamente feliz. Tengo esa capacidad, ese extraño superpoder, de arruinarme sin necesidad de que lo haga nadie más.

He metido la pata tantas veces y tan hondo contigo por culpa del pánico, que he conseguido asustarte y alejarte, y ya no sé cómo ni qué decirte para que veas el horizonte como lo hago yo. Para que veas que a tu lado ningún domingo me parece gris, ni odio tanto a las personas y me acaba gustando hasta el peor de los cafés. Para que veas que las cosas ya son bastante difíciles como para que las compliquemos más. Para que veas que querer también puede ser suficiente si se trata de nosotros dos. Para que veas que contigo sólo quiero sonrisas y alejar todo el dolor.

Voy a calmarme un poco después de estas semanas de tormenta incesante, voy a tragar saliva y dejar de hablar y pensar.

Voy a pedirte perdón por hacerte daño cuando es lo último que quiero.

Voy a dar un paso atrás, volver a la sombra.

Lo de alejarme demasiado, lo de olvidarte, lo intento en otra vida, que en esta no puedo.

Sin pentagrama.

Era cuestión de bailar al mismo compás, de dejarnos llevar por los acordes hasta la siguiente melodía, y de pronto nos quedamos sin pentagrama, y las notas llenaron el suelo del salón como los trozos de vidrio de una copa de vino que se rompe en medio de una discusión.

Dejamos de mirarnos a los ojos y de hablarnos a la cara.

Dejamos de querernos en la cama y fuera de ella.

Dejamos de sujetarnos la cintura y ponernos el paracaídas.

Lo dejamos todo.

Y nos perdimos.

Lo único que siempre dijimos que no dejaríamos que sucediera.

Yo te prometí que siempre estaría, pero no me quedo nunca en los lugares en los que no soy bien recibido. No quiero pisar baldosas que no sean amarillas, ni tener llaves de un corazón que no me quiere de huésped.

Al final va a crecer la indiferencia, como lo hace la mala hierba en un jardín que no se cuida, como la podredumbre entre la fruta que no se come.

Espero que no llegue el odio, porque de ahí sí que no se sale.

El odio lo hace todo más horrible, echar la culpa al otro, tomar una distancia insana, permitirte el lujo de hablar mal de la persona a la que quieres o has querido. No me gustaría formar parte de esa rueda, entrar en ese círculo vicioso y que acabes siendo sólo un punto insignificante. Tú que lo has sido todo sin saberlo, que has llenado todos mis huecos como nadie lo había hecho antes, que me habías devuelto las ganas de respirar sobre la superficie.

Tú que te habías convertido en el sol que lo bañaba todo, en objetivo y en medio, en la lente a través de la cual poder ver.

Tú que te habías convertido en el eje, en la columna sobre la que apoyarme, en el bastón al que sujetarme cuando perdía el equilibrio, en mi sexto sentido.

Yo que sólo quería ser tu amigo, tu amante, tu alivio.

Ahora soy tu olvido.

A pesar de todo, entre este dolor, esta ansiedad, este no saber qué va a pasar conmigo, estoy tranquilo porque he sido de verdad estando a tu lado.

Aunque ahora me toque volver a bailar solo.

[He vuelto al lugar que me corresponde.]

El rey del baile de máscaras.

¿Sabes lo que me gustaría?

Sentir que me necesitas tú a mí alguna vez, que no soy yo el único que pone de su parte, que no soy yo el que siente todo esto, que no vivo una mentira que me desgarra poco a poco.

Pero es que creo que ya no queda nada bueno en mí, ya no soy nada que valga la pena mirar ni escuchar. Me he convertido a mí mismo en un nadie, uno de esos que se transforman en sombra y se quedan en la trastienda porque nunca pueden enseñarse a los demás.

Soy alguien digno de ocultar y olvidar para siempre en el último cajón de la mesita de noche, junto a los calcetines que no te pones jamás y acabas tirando después de un tiempo prudencial. Es verdad que soy como esa ropa vieja que se queda guardada en el armario y acaba oliendo a humedad, y que sólo sirve para echar al contenedor.

Y mientras tanto, mientras sigues pensando que no vales nada, que nada de lo que haces importa, que da igual lo que te digan y te hagan porque al fin y al cabo te lo mereces todo.

El daño, la mentira, la ausencia, el vacío, el olvido.

Y llega un punto en el que lo crees de verdad, es como una ley fundamental que rige tu vida. Esa sensación de menosprecio hacia ti mismo que te hunde poco a poco y sin que te des cuenta, hasta quitarte por completo el brillo de los ojos, hasta convertirte en un muerto viviente que finge que todo va bien, que no hay problemas.

Soy el puto rey del baile de máscaras, y siempre bailo solo.

Llega un punto en el que crees que las cosas no pueden ser de otra manera. Como si fuera a ser siempre así, como si la vida no pudiera ser diferente. Como si un día no fuera a llegar alguien que te va a querer con los brazos abiertos y sin tener que medir las palabras, alguien que pueda mirarte a los ojos y acariciarte la mejilla sin sentirse culpable por nada, alguien a quien le baste y le sobre con ver tu sonrisa al final del día para ser feliz.

Lo que me jode es tener que esperar a que eso pase cuando yo te quiero a ti. Ayer, hoy y mañana.

Y no sabía que eso acabaría siendo una mierda, no sabía que iba a tener que aprender a no estar contigo.

El lugar al que perteneces.

La ciudad corre ante mis ojos y se me escapa.

Como tú.

Veo besos y miradas de reproche, y minutos que se esfuman mientras todo cae por su propio peso. Todavía queda belleza en algunas de las pequeñas cosas cotidianas, pequeños gestos que nos hacen dejar de dudar por todo. Hay lazos que se rompen, manos que se agarran, miradas que se aferran a la vida y sonrisas que subsisten porque no hay ninguna forma fácil de huir de lo conocido.

Estamos todos dentro de una novela, como si fuéramos personajes sacados del peor momento de la mente de Bukoswki, y respiramos con sus letras maltrechas y maltratadas. Somos efecto de la borrachera, de la tristeza inabarcable, de la melancolía que se aferra a nuestras gargantas y nos impide seguir dando pasos.

Asumo el error de nuestros besos y sus malas consecuencias, y tengo claro que voy a quedarme en la barra de algún bar viéndote marchar. Seguirán pasando los días como lo harían si estuviéramos juntos pero siendo algo peores. Y al final sólo seremos olvido y un pasado lleno de hojas muertas, frases a medias, caricias al aire, besos escondidos. Nos envolverá la bruma sin que podamos despertar de nuestras pesadillas para buscarnos, y nos quedaremos siendo dos almas que cuando se vean se reconocerán en cualquier parte.

Se te ha olvidado ya que pintamos todas las paredes como si fueran nuestro futuro, y que nos mirábamos en el espejo de los ascensores siempre esperando algo más. Has olvidado que me convertí en océano sólo para bañar tus sueños, para acariciarte en la orilla en verano y verte sonreír. Me dejé la piel y las ganas contigo, y la mayor parte del amor en el que creía.

Y todavía estoy seguro de que podría amanecer contigo sin cansarme, y de que no tendré las mismas sensaciones con nadie.

Y que perderte es perderme a mí.

Y que con tanta noche de insomnio y sangre en la boca no me voy a encontrar.

Si te vas esperaré sentado.

Recuérdalo.

Porque uno siempre vuelve al lugar al que pertenece.

Hasta la próxima.

Ha vuelto la nostalgia infinita del domingo por la tarde y el echar de menos tus piernas rodeando mi cintura. Los pies tocando el suelo frío, recordándome que sigo vivo por los pelos, que pude irme de este mundo aquel día que me detuve en medio del puente dispuesto a saltar.

Noto los ojos rojos por culpa del alcohol y de leer una página tras otra buscándonos en cualquier historia. Me duele la garganta de gritar para que vuelvas, e iría de nuevo a nuestro lugares si fuera a encontrarte, si supiera que no te has ido para no volver.

Si te encuentro en alguna parte te diré sin temor que nadie cogió mi mano como lo hiciste tú, que no pude nadar en ningunos ojos como lo hice en los tuyos, que no me sentí tan seguro de nada en la vida como lo estuve de quererte.

Y que después del amor queda la desolación.

Sentimientos emborronados.

Vísceras por el suelo.

El vacío.

Y no nos dimos cuenta de que la culpa fue nuestra, de que el daño nos lo hicimos nosotros mismos por tensar la cuerda y disparar la flecha.

Nos hemos perdido el uno al otro y hemos vuelto a encontrarnos a nosotros mismos.

He vuelto a ser capaz de salir de la cama por las mañanas sin esperar tu voz al otro lado del teléfono, sin depender de tu sonrisa, sin necesitar tus manos en mi nuca, ni tus besos cada vez que te emborrachabas. Y ya no necesito del volcán que te quemaba siempre por dentro, de tu rabia acumulada, de tus celos enfermizos.

He vuelto a coger la libreta y escribir la vida de otras mujeres que no son tú, he vuelto a imaginar que alguien me quiere y puedo ser feliz.

Y en medio de todos esos pensamientos aparece ella. A ella le da igual mi pasado, los nombres que surcan de vez en cuando mi mirada, el dolor que siento a veces en las costillas, que me acurruque bajo las sábanas cuando algo me atormenta, que no me gusten las mismas cosas que le gustan a ella, que necesite romper un par de hojas cada día, que la mire en silencio cuando no se da cuenta.

Y me abraza por la cintura y me besa en el centro de la espalda y siento que aspira mi olor, y que se refugia ahí mismo. Y entonces te olvido y puedo sonreír.

Me giro, la cojo de la mano y miramos juntos por la ventana el futuro incierto.

Estoy tranquilo otra vez, ya te has ido.

Hasta la próxima.

De haberlo sabido.

El año viejo pasa al recuerdo, con su nostalgia, sus sonrisas ladeadas, sus tiempos mejores. La añoranza de lo que se fue, de lo que tuvimos, de lo que disfrutamos. Porque a toro pasado todo parece mejor. O no.

Los viajes, las letras, las despedidas. Aquel café bien hecho mientras afuera caía la tormenta de nuestras vidas, las sábanas de hotel que se empaparon con nuestro sudor, las cartas anónimas en el buzón, el sol reflejándose en tu pelo sin que estuviera yo a tu lado.

Vetusta Morla ya lo ha dicho casi todo por nosotros, nos queda un año menos que dolernos, uno más para hacer las cosas bien. Es día 1 de Enero y domingo, y por eso estamos llenos de resaca y sin ningún filtro para poder hablar. Deberíamos coger el teléfono y llamar, y decirnos las verdades antes de que vuelva a ponerse el sol por el horizonte de siempre y se nos atraganten las palabras. Deberíamos aprovechar para empezar con buen pie y dejar las cosas claras antes de volver a cerrar los ojos para dormir. Deberíamos hacer tanto antes de que nos pueda la melancolía de las tardes largas en soledad.

Todavía queda esperanza porque estamos vivos, mientras nos dejen. Todavía queda esperanza porque siguen habiendo risas en la calle y abrazos tras las puertas. Y no hay mejor regalo que un beso para empezar el día.

Estamos a salvo porque aún no hemos mirado juntos las estrellas, porque aún nos quedan ganas, porque aún no hay niebla en tus ojos y seguimos ardiendo cada vez que llega el amanecer.

Sigo sin querer perder.

Sigo de pie aguantando las olas.

Aunque me esté ahogando con promesas que nadie ha pronunciado.

Aunque sepa que este final se ha escrito fuera de tiempo.

De haberlo sabido te habría querido antes.

[Respira hondo, sin miedo, te seguirá acariciando el viento cuando yo ya no esté.

Y la humedad en la entrepierna te recordará a mí.]