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Tinta invisible.

En aquel momento, jóvenes e idiotas, nos daba igual vivir pegados, no tener espacio propio, estar obligados a respirar juntos las veinticuatro horas del día. Compartir la pasta de dientes, robarte un trago del café del desayuno, que me dejaras en la puerta del trabajo después de un beso en los labios. Aún recuerdo con una sonrisa que duele tus enfados matutinos cuando quería quedarme dormido en lugar de levantarme a estudiar.

El tiempo ha pasado y cada vez más me parece que nunca fuimos de verdad, que todo es una invención más de mi cabeza, como todas estas letras. Hubo una época en la que hubiera dejado de morir por ti, en que quise ser eterno para no tener que abandonarte nunca, en que habría preferido arder en llamas a tener que decirte adiós.

Y ahora, ya no sé si reír o llorar. Ahora miro atrás y puedo descubrirme feliz en cada recuerdo del que formas parte, entiendo entonces que la vida ha hecho mella en mí, que deja huella y no tengo fuerza para borrar todas esas marcas que fuiste dejando en mi piel. Llevo por tu culpa un mapa de tatuajes invisibles que narran nuestra triste historia.

Eres tinta que no se borra.

Espero algún día, aunque sea lejano, poder coger aire sin pensar en ti, sin que me duelan los veintiún gramos de alma. Ojalá deje de buscarte en la mirada de otras, y deje de sangrar tan rápido. Acabaré siendo el dragón al que le cortan la cabeza con la espada bien afilada.

Hay días que cierro los ojos y quiero viajar en el tiempo para morir abrazándote sin sentirme culpable, porque es cierto, tenías razón. Con tanta nube gris en mis entrañas nunca fui capaz de quererte como merecías, ni cuando dejaste tu corazón entre mis torpes manos.

Te lo pido por favor, tú no mires hacia atrás, siempre estuviste mejor sin mí. Yo puedo seguir el viaje solo, estoy acostumbrado a cargar con mi equipaje, mi conciencia y esta puta memoria que todo lo guarda y que me arrastra a quemarme entre tus llamas.

Eres tinta invisible, y te llevo siempre conmigo.

Sueño eterno.

El recuerdo de tus labios ha vuelto a hacer de despertador y sigo sin querer moverme de la cama. Soy fiel seguidor del Principio de Arquímedes desde que entré en tu vida y pude observar cómo sólo querías verme salir. El problema de vivir es que nunca llegamos a tiempo a los hechos, que nuestras acciones siempre llegan tarde y las palabras se acaban borrando incluso hasta de nuestra memoria y acaban siendo inservibles. Somos un compendio de errores, víctimas de nuestros propios actos.

Desde que me crucé con tus ojos no me gustan las promesas, lo hice tantas veces antes sin que sirviera para nada que no pienso volver a intentarlo. Desde que dije aquel adiós tengo una lista de palabras prohibidas que no quiero volver a pronunciar.

Han empezado a gustarme ahora las tardes en solitario, de paseos sin coger a nadie de la mano, de cafés solos y lecturas largas. He aprendido, al fin, a soportarme en silencio, a gritar por la ventana canciones de Sigur Rós que ni siquiera entiendo, a recordar tu nombre sin que se me encoja el estómago, a abrir los ojos sin sentirme culpable. Cambian tanto los tiempos, las mentes, la gente. Hemos cambiado tanto nosotros, desde aquel día que bajaste de un tren y me besaste sin que me diera tiempo a preguntar qué tal estabas. Y estoy muerto por dentro desde que he olvidado cómo suena tu voz, o quizá es que estoy más vivo que nunca y ni siquiera sé reconocerlo.

Dejar de pensar, sentir de más, la urgencia, la necesidad, y esta sensación de estar dentro de una espiral que nunca me acaba de abandonar. Ya no me interesan todas esas cosas que me puedan hacer daño, bastantes agujeros de bala tengo ya en el pecho como para afrontar alguno más.

Aquí estamos haciendo de buenos y malos, hipnotizados, sin saber qué señales debemos seguir para llegar a algún lugar donde sentirnos seguros. Desorientados otra vez, desconectados el uno del otro cada vez que dejamos de hablarnos. Que ya no sé separar la rutina de la ficción y sólo hago que tachar frases de páginas en blanco porque no puedo dejar de autorretratarme en cada historia sin darme cuenta.

La rueda nunca ha dejado de girar y aquí estoy, el primero del pelotón, pero no puedo pelear de nuevo. Es tiempo de bandera blanca.

Y ahora sólo quiero volver a leer a James Joyce, escuchar a Gershwin, ver Metrópolis en bucle. Y ahora sólo quiero perderme entre las páginas de El sueño eterno, cerrar los ojos con Copenhague y  volver a disfrutar de Nuestro último verano en Escocia con la boca llena de palomitas.

Quiero otro café, taparme hasta las orejas y que caiga la noche, que la estoy esperando igual que te espero a ti, con un libro entre las manos.

«Nos despedimos. Vi cómo el taxi se perdía de vista. Subí de nuevo, entré en el dormitorio, deshice la cama y volví a hacerla. Había un largo cabello oscuro en una de las almohadas y a mí se me había puesto un trozo de plomo en la boca del estómago. Los franceses tiene una frase para eso. Los muy cabrones tienen una frase para todo y siempre aciertan. Decir adiós es morir un poco.». El sueño eterno (1939)

Mea culpa.

Yo no sé si es culpa mía, pero cada vez que cojo el timón la vida me manda una tormenta. Como una señal de aviso inequívoca para que vuelva a mi sitio, para que me olvide de esas ansias de navegar un mar bravío y me quede en la orilla, mirando, como he hecho siempre. Mirando a los demás, observando con las manos a la espalda las vidas de los otros, que van, que vienen, que dan vueltas y acaban por naufragar. Porque arriesgarse también puede ser un error.

Yo no sé si es culpa mía, pero cada vez que cojo el mapa empieza a llover, y se encharcan los caminos y tengo que quedarme a refugio. Protegido entre paredes, esperando a que vuelva la calma, a que el sol brille con dudas para poder sacar los pies de nuevo entre las piedras y tratar de avanzar un poco hacia el futuro tambaleante que parece que nunca llega.

Yo no sé si es culpa mía, pero cada vez que lanzo una flecha nunca llego a acertar en el centro de la diana. El fallo, algo tan propio, que casi no imagino lo que es respirar sin hacerlo mal, sin pisar las hojas cuando quiero avanzar sin que nadie se de cuenta, sin dar un portazo cuando quiero escapar sin que me escuchen, sin toser cuando estoy escondido entre las sábanas guardadas.

Pero lo cierto es que cada vez me importa menos, lo único que empieza a importarme a día de hoy es desprenderme de las piedras que llevo a la espalda, expandir la caja torácica y coger aire, tirarlo, y volver a empezar. Que la mayoría de días sólo quiero dejar de pensar, apagar el cerebro y sonreír sin saber por qué, despertar por las mañanas y volver a apretar tu mano sabiendo que no te vas, sabiendo que yo también me quedo, sabiendo que va a haber café de sobra para los dos y que tenemos que comprar ese helado que tanto te gusta porque nos lo hemos vuelto a acabar. Los libros compartidos, la discusión tonta porque los dos queremos poner nuestra música mientras limpiamos la casa, el calentón en el ascensor, el meternos mano en la orilla de la playa, el partirnos de risa borrachos sobre la cama antes de caer rendidos.

Pequeños detalles, como tu cepillo de dientes junto al mío, tu champú y ese otro bote marrón que no sé para qué sirve, un abrazo inesperado en la madrugada, una película que dejamos a medias después del primer beso y que nunca podemos acabar. Las risas en el metro, perder los autobuses, las lágrimas de despedida, los nervios de subir al avión, la Torre Eiffel sobre nuestras cabezas, Hielo T, Pequeña de las dudas infinitas, palmeras, el sudor en tu habitación, el cruzar todos los semáforos en rojo, el que te emborraches a la primera copa, la pizza familiar, tu Nesquik en el armario de mi cocina.

Yo no sé si toda esta vida de mierda, de ahora sí y ahora no, es culpa mía. Pero me da igual.

Lo único que pido es no quedarme nunca sin café, tus ojos y los besos.

Estoy bien.

La primera mentira de la historia fue probablemente un estoy bien cuando no era así. A veces se ve en los ojos, a miles de kilómetros, que no es así. Y es que la mirada es ese espejo en el que los buenos observadores son capaces de leernos y saber que hay algo más allá. En los ojos y en esa pequeña arruga que se forma al lado de tu sonrisa cuando algo falla, cuando las cosas no están en orden, cuando te derrumbas por dentro y tratas de mantener la estructura intacta.

Rotos en pequeños pedazos que nunca acaban de encajar con nada ni con nadie, somos fragmentos de canciones que al final dejan indiferentes y se acaban.

Acantilados que desafían a un mar embravecido que se burla de nuestros huesos débiles y nuestras sonrisas falsas.

Somos piedras desgastadas por la lluvia del invierno y ladrillos sueltos abandonados al acabar una obra.

Dolor en cada articulación cuando no estás y ese vacío en el cerebro y en la entrepierna cuando te vas de mi cama.

El corazón herido, abandonado, a medio camino entre el querer y la huida fácil.

Miro nuestras fotos y nos echo tanto de menos que para qué mentir, quiero volver unos meses atrás sólo por volver a verte sonreír como lo hacías cuando Madrid se quedaba pequeño en nuestras manos.

Palabras que son peores que las balas, silencios incómodos que nos matan, tristeza, melancolía y una nostalgia que me araña las entrañas sin que apenas me de cuenta.

La coraza ya oxidada no es capaz de evitarnos las heridas, ni las secuelas de esta caída hasta el vacío donde tropezarse con uno mismo.

El lobo solitario que aúlla a la luna a mediodía, que sólo busca tu húmeda compañía, que sólo busca refugio entre la lengua y tus dientes.

Huele a café otra vez y tengo que pensar en ti, en nosotros, en mañana, en ojalá, y en un yo no sé qué va a pasar.


¿Cómo estás?

Bien, yo siempre estoy bien.


Sus ojos.

Los ojos.

Dicen que los ojos nunca mienten y yo he visto en su mirada todo lo que siempre quise encontrar.

Es como esas veces que te miras al espejo y estás tranquilo contigo mismo, es como esos días que abres la ventana y un viento tibio te da alegremente en la cara y te despierta. Paz, calma y una sensación de que nada malo puede pasar si sus pupilas se clavan sobre las tuyas.

En sus ojos he visto barcos arriando velas y mares chocando contra acantilados ásperos, en sus ojos he visto lluvia de mayo y canciones todavía por escribir. He visto otoños eternos e inviernos gélidos, veranos en los que tan sólo te puedes derretir y primaveras que siguen sin querer llegar hasta aquí.

En sus ojos he visto tantas cosas que ni siquiera soy capaz de enumerarlas todas porque para qué seguir escribiendo pudiendo sentir.