Etiqueta: ojos

Kamikazes.

[Tienes todo un día por delante y vas a desperdiciarlo estando lejos.]

No hace falta jurar ya que somos un par de locos pidiendo la hora al final del partido, y que vamos a tener que echar a correr antes de que empiecen a caer los meteoritos a nuestro alrededor.

Escondidos y perseguidos, queriendo siempre más.

El mundo está paranoico y nosotros también.

Un par de kamikazes que se chocan las caderas cuando encuentran una cama. Un par de locos suicidas que se besan en todas las esquinas que se acaban encontrando por ahí. Estamos en el borde, en la cornisa, todavía abrazados y descalzos, enredando nuestras lenguas mientras no suena el despertador. Tenemos los ojos cerrados y nos dejamos llevar, mientras nos mojamos los dedos y nos arde la entrepierna. Hemos llenado la casa de cerveza, sudor y saliva.

Somos cazadores furtivos de sexo en medio de la madrugada, que mantenemos vivo el milagro de tener el corazón en llamas.

Y sigue siendo increíble, aunque acabemos por deshacernos y quemarnos como si estuviéramos hechos de papel.

Pero ahora van a empezar a escucharse los rugidos de las bombas por encima de nuestros jadeos.

Sólo hay que abrir los ojos para darse cuenta de que tarde o temprano vamos a desaparecer, que nos vamos a borrar los dos como si fuéramos huellas en la playa, que dejaremos de existir en nuestras respectivas memorias.

Y quizá sea mejor así.

Quizá el único propósito de conocernos fue el de sonreír durante un rato.

Lo bueno se acaba.

Y lo malo.

Y todo lo demás que sea que haya entre medio de los dos extremos.

Creo que debemos dejarnos caer a la vez, mirar al vacío antes de darnos la mano y lanzarnos a toda esta explosión que nos recorre por dentro.

Y dejar el llanto y el horror para cuando lleguen los malos tiempos.

Quiero correr contigo hasta que no pueda más, hasta llegar más allá sin tener que despertar.

Quiero que seas mi esperanza, mujer guerrera.

Corazones descalzos.

Las tormentas recientes nos han pillado desprevenidos, ni las nubes tornándose negras nos hacen darnos cuenta muchas veces de lo que sucede a nuestro alrededor. Y ha vuelto a llover con fuerza, y he querido ir tras de ti para mojarme contigo.

He vuelto a quedarme atrás viendo cómo te alejas unos pasos para que vuelva a apretarse el nudo en la garganta, para que vuelva a desaparecer esa falsa sensación de seguridad con la que siento me abrazas algunas veces. Pero esa seguridad ni siquiera existe, ni para ti, ni para mí, ni para el resto de mortales, porque lo único que tenemos asegurado es que estamos vivos ahora, que ahora mismo respiramos pero quizá mañana no.

Y estamos desperdiciando minutos, valiosos segundos, de nuestras vidas enfadados con el resto, solucionando problemas que no tienen solución, luchando por lo que no hay que luchar, permitiendo lo que no debemos permitir, dejando pasar lo que no debemos dejar pasar. Cuadrando el círculo. Desmontándonos a diario cuando podríamos buscar a alguien que no dejara que fuéramos perdiendo las piezas, o que fuera capaz de recogerlas y colocarlas en su sitio al llegar a la cama. Sin hacer ruido, y dejándonos un beso suave en la nuca.

Alguien que nos diga que no hay que temer las tormentas porque juntos somos casa.

Qué putada que nos sepamos únicos pero que nos comportemos como si no lo fuéramos. Qué putada que nos queramos pero que no nos tengamos siempre que queremos.

El amor es más sencillo de lo que creemos, porque al final lo único real es lo que hay cuando dos personas se encuentran y dan igual los cuerpos desnudos, las palabras que se callan y se gritan. Lo importante es mirarse en los ojos del otro y ver tu reflejo, fiel espejo, y entender que estás sonriendo sin darte cuenta porque le tienes delante. Y que no hay agendas, ni hojas de calendarios que nos tengan que marcar los tiempos pero que a la vez tenemos que romperlos todos.

Si al final lo que importa de verdad es que en la oscuridad, en medio de esa espiral caótica de cuerpos empapados en sudor, nos tocamos con los corazones descalzos.

No te asustes.

No dejamos de temblar.

El mundo es cada vez un lugar peor y nosotros también, pero algunos tratamos de seguir arañando toda esa superficie llena de barro para encontrar lo que realmente vale la pena. No nos conformamos con respirar y caminar sin saber a dónde vamos, siguiendo al rebaño. Nos gusta saber el por qué de lo que pasa a nuestro alrededor, entender, comprender, aprehender.

Salir de la cueva y que las ideas y los sueños por cumplir sean nuestras mejores armas. Ver la luz y que sepamos el camino a recorrer aunque nos obliguen a cerrar los ojos. Los planetas se alinean de vez en cuando para ti y para mí, y nos sentimos afortunados por unos minutos de gloria en los que rozarnos las mejillas y mirarnos a los ojos.

Nos gusta pasar las páginas de los libros de papel porque somos nostálgicos y aún creemos que leer es un placer para los sentidos, todos. Igual que sigue siéndolo tenerte a mi lado.

Nos gusta salir los domingos, cuando todavía nadie ha tomado las calles y dejar nuestra huella en la hierba del parque.

Nos gusta reír sin hacer daño y bailar sin saber qué estamos haciendo.

Nos gusta mirar la luna hasta que sale el sol.

Y cogernos de la mano sin mirarnos.

Por si acaso.

Soy de los que sigue prefiriendo dormir contigo a acostarse con muchas, y de los que cree que aún hay cierta salvación en eso de amar a alguien. Sigo disfrutando de enterrar mis manos en la arena de la playa mientras te sientas encima, de que cantes frases sueltas de alguna canción, de que cada adiós contigo sólo signifique que existirá una nueva bienvenida.

Y sigo teniendo miedo.

A estar solo y también a estar acompañado.

A no poder conciliar el sueño y a dormir demasiado.

A olvidarte antes de tiempo y a ser incapaz de recordarte.

A morderte y a que empieces a sangrar.

A que me hagas daño y a que no vuelvas a hacerlo.

Prefiero que vayamos lento, pero seguro.

Y aunque yo siga tiritando, escúchame, mírame como lo haces cuando apagamos la luz.

No te asustes, yo te espero.

Ola de frío.

Temperaturas bajo cero en la calle, los termómetros rozando el mínimo, y yo abrazado a ti espantando el frío.

Que da igual si esto parece Siberia y se congelan las tuberías y los corazones, porque nada me hiela lo suficiente si estoy contigo.

Sé de sobra que el peor frío es el que se queda en el pecho, el que te mata por dentro, ese que no se va por muchas mantas que te eches por encima, por mucha calefacción que pongas a veinte grados, por mucho vino que te caliente las entrañas. El frío que se aferra a tus huesos y se queda para recordarte el invierno cuando llega la primavera. El frío que se mete en tus pulmones y consigue detener todos y cada uno de los sentimientos. El que nos deja muertos y para el que no hay ningún remedio.

Ese, el que nos convierte en estatuas de mármol que no saben sentir, ni reír, ni abrazar lo suficiente como para cambiar el mundo.

Y eso sí que no nos lo podemos permitir.

Ni tirar la toalla, ni cruzarnos de brazos, ni encogernos de hombros, ni dejar que caigan las lágrimas y que se conviertan en copos de nieve sin más. Porque si lo hacemos, si dejamos que eso pase, la vida será un poco peor y este planeta será cada vez más gélido por mucho que se hable del cambio climático.

Si nos conformamos llegarán los días malos antes de lo que esperamos.

A mí no me importa demasiado si la nieve llena las aceras y los tejados, si nos quedamos incomunicados, si es de lo único de lo que hablan todos los telediarios, si tenemos que estar encerrados, mientras tengamos una cama, un refugio donde quedarnos protegidos del resto, haciendo fuego con nuestros besos.

Qué más da que haya cumbres nevadas y ventiscas glaciales detrás de las ventanas si sólo soy capaz de mirarte a ti, si mis manos van a volver a buscarte, si quiero morder de nuevo tu cuello y lamerte el ombligo.

Qué más da la ola de frío si siempre hace calor cuando me pierdo en tus ojos.

En un pestañeo.

[Abre los ojos.]

Yo que soy el fruto de tanta derrota, de tanta equivocación, de tanta tinta esparcida por el mundo sin razón, he logrado ver en una media sonrisa suya el camino a la salvación.

He encontrado el mínimo rayo de esperanza en los retazos de otras manos, un volátil halo de felicidad instantánea, efímera, súbita; que tal como viene se va sin que sea capaz de seguir su rastro.

Llegará otro viernes noche, volverán a sonar las doce campanadas y tienes claro que no estarás mirándome a los ojos. Tranquila, yo también. La locura y el desamor hay que aprender a asumirlos con rapidez, hay que hacerse fuerte a base de golpes que abollen la armadura y que nos tiren del caballo.

Somos como esos perros abandonados: agradecidos, y de corazón noble. Y aún creemos en todas esas cosas antiguas ya casi olvidadas como la lealtad y el honor. Somos pájaros con las alas mojadas, personas que caminan en círculo. Es la única explicación que encuentro para saber por qué siempre acabo volviendo a ti, a tu mirada, a tus labios malditos, a esa voz que escucho algunas noches antes de dormir.

No sé dónde vamos a ir a parar con tanta caída, con tantos obstáculos, con tanto meternos en el fango. No sé cuándo será definitivo, cuándo llegaremos al callejón sin salida, cuándo tendremos que huir dejándonos atrás el uno al otro.

Estoy hecho para aguantar la destrucción, el caos y la tortura psicológica. Estoy entrenado para llorar por dentro y en silencio, para escuchar un nunca más que venga de tu boca. Estoy preparado para que me dejes olvidado, marchitándome en cualquier jarrón.

Estoy hecho para perder todas las partidas. No tendrás que preocuparte.

Sabes que siempre te pido muy poco, pero esta vez deja que te cure las heridas.

Que esa sea mi única victoria.

[Cierra los ojos.]

El último trago de Escocia.

La única taberna que había en aquel pueblo del norte de Escocia albergaba más vida que la mayoría de las casas. Los ancianos del lugar pasaban allí las tardes bebiendo whisky añejo y discutiendo con ese acento tan horrible para mis oídos. Llevaba en la población un par de meses y era incapaz de acostumbrarme, no había manera de entender ese inglés tan distante del que te enseñan en el colegio y en el instituto. Un acento tan rudo y cerrado que realmente había llegado a pensar que ni siquiera se entendían entre ellos.

Mis motivos para acudir al sitio eran bien distintos a los de la mayoría. Me sentaba en la barra solo, sin apenas abrir la boca para hablar con nadie por miedo a meter la pata, mientras observaba a la hija del dueño ir y venir sirviendo whisky y cerveza desde que abrían las puertas hasta el cierre. Había conseguido llamar mi atención desde que puse un pie dentro en aquel antro, revestido de madera hasta el techo, y donde la temperatura siempre era asfixiante comparándola con el exterior. Había tomado como buena costumbre beber un par de cervezas en silencio, sin intención de relacionarme con nadie. Con el único interés de verla durante unas horas antes de volver a casa y encerrarme en la habitación de un piso compartido.

Los días eran mucho más cortos de lo que estaba acostumbrado, aunque no había tardado mucho en aclimatarme a ello. Lo del frío era otro tema, la humedad te calaba hasta los huesos por mucha ropa que llevaras encima y la mayoría de días despertaba con el suelo mojado y el cielo de un gris plomizo que ahuyentaba a los visitantes.

El motivo de mi estancia allí es difícil de explicar y no tiene mucha relevancia. La cuestión es que me quedaban otros ocho meses por delante y mi único entretenimiento consistía en sentarme allí a ver el tiempo pasar en un reloj que se había quedado sin pilas desde mucho antes de que yo naciera.

Karen. Supe su nombre después de unos días, pero nunca me había dirigido a ella. Cuando me veía entrar por la puerta me dejaba una cerveza frente a mí y después me daba el cambio. Con una sonrisa tierna, que escondía cierto interés por saber quién era ese forastero que de pronto vivía prácticamente entre aquellas cuatro paredes. Tenías los ojos más claros que había visto nunca, y al parecer para todos los que acudían al bar era como una hija.

Un día en el que la lluvia caía con desgana sobre el suelo embarrado del camino, y yo había decidido salir a encenderme un cigarro mientras contemplaba el paisaje neblinoso, la vi salir y quedarse junto a mí.

–Eres raro.

Que sus primeras palabras hacia mí fueran esas sólo logró sacarme una risa tenue entre el humo del cigarro.

–Y tú demasiado guapa.

–¿Todos los españoles sois así?

Me pregunté durante un momento cómo sabía de mi nacionalidad, y supuse que la señora que me cobraba el alquiler y que me había dejado vivir en una de las habitaciones de su casa tenía algo que ver. En los pueblos pequeños todo el mundo se conoce y un extranjero llama demasiado la atención por mucho que trate de pasar desapercibido como era mi caso.

–¿Todas las escocesas sois así?–pregunté enarcando una ceja.

Se encogió de hombros sin responderme en un primer momento. Le di otra calada al cigarro y la observé.

–Supongo que no.

Y no sé por qué pero os prometo que en el momento en el que tiré la colilla para pisarla contra el suelo y apagarla sentí algo cálido recorriéndome el pecho. Y me recordé a mí mismo que siempre había sido un pobre idiota, que siempre había sido un pobre perro abandonado buscando un poco de cariño aunque fuera allí en Portree, tan lejos de casa, tan lejos de todo.

Me dejó un beso en la comisura de los labios antes de volver a entrar a la taberna y seguir sirviendo a los de siempre.

–Espérame.–dijo antes de que la puerta se cerrara tras sus espaldas.

Y lo hice.

Os juro que por ella me habría bebido el último trago de Escocia.

Dioses de barro.

Nos queda poca piel sin intoxicar.

Nos quedan pocas razones para respirar.

Nos queda poca vida sin dolor.

Se nos ha ido la juventud en un suspiro, y los sábados por la noche, y las canciones que gritar a pleno pulmón.

Se nos ha ido hasta el primer amor y ¿ahora qué?

Nos vamos a preguntar eternamente cuál es el siguiente paso, qué va a pasar. Y es gracioso, es incluso ridículo porque nunca tenemos las respuestas y aún así no aprendemos. Esperamos tanto de los demás, de nosotros mismos. Planeamos el mañana como si dependiera de nosotros única y exclusivamente, y siempre acabamos olvidando que sólo somos una vértebra de toda esta columna vertebral que es la sociedad.

Y estamos en medio del camino sin nadie a quien coger de la mano. Sin nadie que nos diga que podemos conseguirlo, que sobrevivir no es tan difícil.

Todo se reduce a tener ganas de tener ganas, a ponerle empeño, a no dejar de intentarlo.

No voy a darme por vencido, no voy a rendirme tan rápido. Lo he hecho muchas veces y siempre acabo saliendo a la superficie a coger aire. Porque en el fondo quiero seguir, aunque me lo niegue en un primer momento. Quiero aguantar, quiero poder mirarme al espejo y reconocerme en unos ojos que dejen de estar tristes.

Somos esa mezcla de individuo y conjunto, esa nada y ese todo.

Somos temor y esperanza, hierro y sangre, lobos y humo.

Somos el blanco de nuestra propia diana.

Somos dioses de barro de domingo por la tarde, efigies que olvidar.

Soy otro corazón roto.

Vamos a borrar el arrepentimiento, el miedo y el pánico a quedarnos estancados.

Vamos a destruir las pruebas, a no dejar rastro, a ser invisibles de la mano.

Te pediría que te quedes, pero lo tengo muy claro:

Cuando hay que pedirle a alguien que se quede, lo mejor es que se vaya.

Por favor.

Preferiría.

Me despierto y no estás tú.

Es lo normal.

Es la costumbre.

El día que me despierte con alguien a mi lado de forma habitual no sabré qué hacer. Supongo que por eso siempre callo, y no molesto.

Y me voy sin decir nada.

Apenas me percato ya del aroma del café recién hecho por las mañanas mientras observo la taza entre mis manos con ojos de dormido. Apenas me doy cuenta de que el sol se cuela con menos fuerza por la ventana que hace unas semanas. Algo tan básico, y que ahora ya no me hace ni pensar en los cambios de estación.

A estas alturas de la vida me parece tan difícil darse cuenta de que alguien a quien quieres te hace daño, es tan complicado ver que sin querer te va abriendo en canal. Es tan fácil estar ciego y asumir lo malo como lo normal. Quedarse con las migajas, las sobras, el resto, lo que la otra persona se atreve a darte un par de veces al mes. Y aún tienes que sentirte afortunado por tener un poco de miel en los labios.

También duele ver que solamente eres un objeto de la colección, un libro que dejar en la estantería después de leer para no tocarlo nunca más. Te han usado, y ya han tenido suficiente, y ya sólo puedes hacer como que no ha pasado nada.

La verdad es que darse cuenta de todo eso es una auténtica putada.

Preferiría seguir viviendo la mentira idílica donde todo es posible, donde hay un futuro imperfecto, donde puedo sonreír cada día y tú vas a verlo, y nos va a dar igual ser dos pájaros sin nido.

Preferiría seguir en esa falsa felicidad del que se engaña creyendo que nos cogeremos de la mano por el mundo aún sabiendo la verdad.

Preferiría seguir con las ganas de correr hacia a ti y de querer abrazarte en cada eternidad que me tuviera que cruzar.

Preferiría seguir pensando que las noches se nos van a hacer cada vez más cortas y los días van a sabernos a poco hasta cuando estuvieran llenos de rutina.

Preferiría seguir matando monstruos y aullando por ti.

Preferiría seguir sin miedo pensando que sí.

Preferiría seguir como hasta ahora, con la venda en los ojos, con ilusión en las manos, contigo en los labios.

Frágil.

— ¿Sabes cuántas veces he ido a visitar esa lápida con tu nombre? — Esa lápida que ahora sabía que siempre había estado vacía, que nunca había escuchado las palabras que le había dedicado. Williams se retuerce internamente ahora que entiende que sólo perdió el tiempo, que dejó marchar lágrimas preciadas en vano.

— ¿Tanto me echabas de menos? —Se jacta ella con cierto aire despreocupado, como si le gustase que el pobre bandido hubiera caído en la trampa. Una trampa perfectamente tejida, una telaraña creada con tiempo y a espaldas del detective Williams. Él ya se siente viejo para seguir investigando todo aquello, para remover un suelo podrido y que huele a corrupción y billetes sucios. — ¿De verdad lloraste por mí? —Se atreve a preguntar finalmente. La curiosidad también le puede a ella, a la mujer de ojos gélidos que da un trago al café sin quemarse la lengua.

— Tuvieron que alejarme de aquella tumba el primera día. —Harvey aún lo recuerda, y son recuerdos que saben a whisky y rememoran el gris y la lluvia.  Con las rodillas en el suelo, leyendo su nombre y apellidos incrustados en el mármol, sin foto, con una fecha de nacimiento y una de defunción que le partían en dos un corazón que creía insensible. Pero no, aquel día descubrió que como el resto de mortales tenía sentimientos, que era capaz de sufrir por alguien. De entre todas las personas tenía que ser ella. Esa mujer que ahora tiene al lado y que parece haberse congelado con el paso de los años. Sus ojos son los mismos y puede decir que está igual de enamorado de ellos que el primer día. Eso no es bueno. 

Harvey enciende un Lucky Strike y aparta el café por ahora. Da una calada al cigarrillo y sonríe de lado, sin saber bien por qué lo hace. — Esto me recuerda a los viejos tiempos. —Se pasa una mano por el cabello oscuro, dejando que sus canas brillen gracias a la luz de la bombilla.

— Eran tiempos mejores. —Y ante esa afirmación Harvey sólo es capaz de asentir, corroborando las palabras de ella. Siempre lo son.

— Ahora déjate de juegos y dime qué pasó. —Williams ha vuelto, ha roto su embrujo. Su voz cruda está de nuevo en la garganta. Después si hace falta le quitará el vestido y probará de nuevo sus labios.

Tan rotos, tan vivos, tan muertos.

Tengo que borrar tus fotos para no encontrarme con tus ojos a cada rato. Tengo que borrar imágenes y recuerdos que siempre quise conservar por si nos acabábamos olvidando.

Pero es que creo que es lo mejor.

Voy a tener que irme sin dejar rastro, mirarte a los ojos de nuevo y despedirme de verdad. Voy a tener que ser tan sólo ese suspiro que te haga viajar en el tiempo. Voy a tener que emborracharme hasta perder el sentido. Voy a tener que golpearme la cabeza hasta quedarme amnésico.

Al final te das cuenta de que el amor es lo más inhumano que existe, que antes o después sólo trae problemas. Porque hay que afrontarlo, porque no sirve quedarse hecho un ovillo y dejar que el tiempo pase. Llega ese momento en el que hay que hablar y abrazarse fuerte o soltarse para siempre.

Yo sólo quería darte más besos que letras he sido capaz de escribir.

Yo sólo quería escucharte respirar a mi lado por las noches en medio de mi insomnio.

Yo sólo quería toparme con cada amanecer entre tus piernas.

Y quizá toda esta vida sólo sea un castigo porque en la próxima nos irá bien.

Aunque siga siendo por separado.

Me queda claro que no he llegado a tiempo, o que el tiempo no ha estado de mi lado. Que volar lento y llegar tarde era mi superpoder.

Y, ¿sabes qué? Quizá lo peor de todo esto es que se acerca el invierno y los dos nos quedaremos con los pies fríos y el corazón encendido por no poder apagarlo.

Cometeremos el peor de los errores por no romper cadenas, y nos lamentaremos, y las espinas bajo la piel acabarán haciendo quistes.

Estamos cada vez más solos, y nos lo hemos buscado.

Estamos tan rotos, tan vivos, tan muertos.

Como el pasado siempre llama a tu puerta, dos veces (por lo menos), sé que volverás.

Y el pasado vuelve sólo por joder, para recordarte lo que no pudo ser, para romperte una vez más y dejarte por los suelos. Cuando estás convencido de que lo has superado, de que puedes volver a salir a la calle con el pecho lleno de trozos de celo sujetándote el corazón de manera estratégica, ves que no. Que todo era mentira, que sigues igual que aquel día que firmaste con los labios un jodido adiós que no querías haber tenido que pronunciar.

Pasarán los meses, los años, pero no el dolor.

Creo que eso también lo tenemos claro los dos.