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Ni ángeles ni santos.

—Chico, tienes los ojos tristes.

—Es que estoy enamorado.

No quiere seguir hablando con el camarero, a pesar de que el rostro de este muestra curiosidad por aquel joven que tiene la mirada perdida en el fondo de un vaso al que sólo le ha dado un trago desde que se lo han servido. El chico echa un vistazo a su alrededor y sonríe con cierta añoranza, esa misma que muestran los mayores cuando hablan de aquellos tiempos en los que la espalda no dolía y ni siquiera sabían lo que era la televisión.

El local donde se habían dado el primer beso estaba muy cambiado, igual que había cambiado su alma desde aquella primera vez, igual que también había cambiado ella. Igual que cambia todo con el paso de los años. Los padres, los hijos y la gente del barrio.

Y entonces llega ella, mujer sin nombre, y se sienta junto a él, apoya una mano sobre la que él tiene en la barra. El silencio entre los dos habla más que algunas palabras. El cruce de miradas, el dejar de ser un par de ángeles cuando pasan el dintel de la puerta y su ropa queda por el suelo, el crear un rastro fácil de seguir hasta la habitación.

Las ventanas abiertas y las tormentas de fondo, y los gemidos sin temor a ser ahogados contra la almohada. Lo de ser santos se olvida cuando una mano se desliza por la entrepierna, y es entonces cuando el mundo se paraliza.

Y no importa el sueño, ni las obligaciones, ni el sudor que te empapa la piel.

Muchas cosas pierden el sentido cuando dos cuerpos sedientos se encuentran sobre la misma cama, y se reconocen.

Y se echaban de menos.

El despertar siempre trae consecuencias nefastas. La luz del día nos da la claridad necesaria para ver los errores, las debilidades, para volver a guardar palabras y dejar que los minutos pasen sin ser capaces de afrontar las consecuencias de nuestros actos.

Han vuelto a caer, ha vuelto a pasar, las heridas han vuelto a sangrar.

A veces un corazón está tan roto que es imposible tratar de arreglarlo, pero entonces ella despega sus labios después de darle un sorbo al café solo y acaricia su mejilla, y lo mira a los ojos:

—No sufras, hoy me quedo.

Y la vida deja de doler.

[Es tan sencillo como eso.]

No me importa el destino.

No me importa el destino, ni el final de trayecto, ni el viaje, si voy contigo.

A veces creo que me faltan todas las dudas que a ti te sobran para igualar la balanza, para no estar tan expuesto, para evitar el daño y que no me toquen las costillas contra el suelo en el próximo golpe.

No sirve de nada escudarme en cualquier excusa para olvidar, ni en tratar de dormir más horas de las que necesito, ni fingir un bienestar que no siento en ningún momento. Y es que sigo siendo el sapo que no se convierte en príncipe al final del cuento, el mismo de siempre, el que sabe aconsejar al resto pero aún no ha aprendido a cuidarse y quererse de verdad.

Supongo que mañana te seguiré mirando, buscando en los mapas, y serás cada una de esas ciudades que me traen buenos recuerdos, serás ese cielo que no deja que las nubes le tapen el sol. Supongo que mañana me seguiré topando contigo en cualquier esquina, obligado a mirar el suelo, tragar saliva y a arrancarme las espinas.

No supe hacerlo bien.

No fui capaz de convertirme en tu imprescindible.

No conseguí hacer que necesitaras mirarme a cada rato, como quien mira a la lluvia después de largos meses de sequía, como quien mira unos labios después de encontrarse con muchos amores de mentira, como yo te miro a los ojos.

Que quizá el exceso de ternura mata la pasión, o que te he querido cuidar más de lo que estabas dispuesta a permitir.

O quizá es sólo que pienso demasiado y siempre estoy equivocado. Que todo sucede en mi cabeza y nunca pasa el umbral de la realidad.

Pero da igual lo que piense, siempre vuelvo al inicio, al lugar donde aún puedo coger tu mano, mirarme los zapatos, pisar las ramas secas y caminar junto a ti. Todavía podemos cortar las cuerdas y tirarlas bien lejos, echar el resto, apostarlo todo. Estamos a tiempo de despegar, llorar de alegría y escuchar nuevas canciones.

Nunca es tarde para regalarnos caricias, reconocernos de nuevo, reflejar nuestras sonrisas en los charcos.

Y es verdad, no me importa el destino, ni el final de trayecto, ni el viaje, si voy contigo.

Imagina si lo tengo claro.

El juguete roto.

La vida sigue sonriéndome, a su manera pero lo hace, aunque nada vaya tan bien como me gustaría. A pesar de que no tengo muchas de las cosas que creo que merezco, a pesar de que sigo arrastrando errores y respiro el aire viciado de mi interior. Entiendo ya que el gris no tiene por qué pintarlo todo de tristeza y que sólo soy otro color más en el lienzo que recorre nuestros días.

¿Sigues respirando?

A veces tengo que repetirme esa pregunta y ser consciente de que sigo vivo, de que esta ruina diaria en la que ando metido no ha acabado conmigo.

Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos.

Soy consciente de mi peso sobre el colchón, del silencio, de que el sol se va elevando y ya entra por mi ventana.

Soy consciente de que he vuelto a sobrevivir a un día y a una noche, y supongo que es mucho más de lo que esperaba.

La de veces que he querido quedarme inconsciente para siempre, mirar hacia otro lado, perderme en la nada. Y ahora el único lugar en el que quiero perderme es en el iris de tus ojos, verme reflejado porque sigues a mi lado.

Me envuelve el humo de mil cigarros sin apagar, los restos secos de cerveza en las botellas, las palabras perdidas de Brautigan en Babilonia y la soledad. La soledad, como un lastre que se abraza a mi columna y me obliga a arrastrarla allá por donde vaya.

Ojalá fuera capaz de quitarme esa sensación perenne de encima, dejar de sentirme siempre tan vacío, insatisfecho y perdido.

Ojalá tuviera armas para enfrentarme a mí mismo y a todos esos demonios que creé en el pasado y soy incapaz de destruir.

Inseguridad, miedo y abismo.

Me siento el juguete roto del fondo del baúl, ese que nadie elige si no queda más remedio. Ese que un día nos hizo felices y que ya no nos sirve para nada.

Quizá la vida no está sonriéndome, quizá es que la estoy mirando del revés.

La epidemia.

El desamor parece la epidemia del s. XXI.

Ahora miramos a nuestro alrededor y vemos relaciones que fracasan una y otra vez a pesar de los intentos por arreglarlas, de matrimonios que se rompen antes de dar el sí quiero, de parejas que se agotan sin poder salir a flote de nuevo. No sé si es culpa del amor o de las personas, o si lo que sucede es que no sabemos lo que hacemos cuando decimos que queremos a alguien y que haríamos cualquier cosa por ellos. ¿Incluye eso el dejar que nos hagan daño? ¿El hacerlo? ¿Incluye eso el tragar cualquier cosa? ¿Que todo duela en silencio?

Nos equivocamos.

Proyectamos la idealización de relaciones que no han existido en la vida real. Nos creemos las novelas del romanticismo, los poemas de Benedetti y Neruda, las películas de Richard Gere y Julia Roberts.

Nos hemos creído las patrañas de la ficción como si fueran verdades absolutas, y aún no hemos aprendido que la única verdad es que no la hay, que estamos rodeados de grises, de luces y sombras, de sol y nubes.

Quien sonríe hoy mientras se coge de la mano hará mañana las maletas para abandonar su casa de siempre.

Y así la vida sigue.

Y el ciclo comienza de nuevo.

Conoces a alguien, te gusta cómo sonríe, le cuentas tus cosas, te coge la mano, le besas el cuello, te regala sus libros, le prestas tu música, y no puedes dejar de leer su piel con la tuya.  Tenerle es tenerlo todo y su ausencia lo convierte todo en vacío y mucho miedo.

Algunos se rompen el corazón como si no pasara nada -inconscientes-, sin pensar en las consecuencias, sin saber nunca a quién le duele más, sin tener claro si habrá supervivencia tras la tormenta. Creo que lo que pasa es que por mucho que digamos en voz alta que nos gusta la estabilidad donde más cómodos estamos es yendo a la deriva, cuando todo es posible sin que tengamos que decidir nada, cuando nos dejamos llevar y cerramos los ojos escuchando el rumor de las olas.

El desamor parece la epidemia del s. XXI, quizá siempre lo ha sido.

Pero no sé, podríamos mirarnos a los ojos, besarnos de nuevo, abrir las ventanas, y ser tú y yo el mejor tratamiento.

 

Casualidades.

Carreras de fondo y suspiros que van a acompañarnos el resto de nuestras vidas. La montaña rusa del día a día no da tregua, igual que el cambio climático.

Y de pronto llega la filosofía budista a abrirnos los ojos y hacer que nos replanteemos las cosas. Parece que siempre tienen que venir de lejos a decirnos que lo estamos haciendo mal, que se puede actuar de otra forma, y entonces detenemos nuestros pasos, observamos a nuestro alrededor y asentimos.

Tenían razón.

Aún no hemos caído en la cuenta de que nos envuelven las casualidades desde que abrimos los ojos antes de que suene el despertador hasta que somos capaces de conciliar el sueño por puro agotamiento.

Saludamos a desconocidos, sonreímos a quien no solemos hacerlo, nos despedimos sin palabras de quien ayer nos acompañaba a beber cerveza, nos damos el primer beso con alguien que acaba de aparecer en nuestros días. También es casualidad que se nos olvide algo cuando somos los que lo recordamos todo, o que se nos rompa el vaso cuando no llevamos la etiqueta de patosos en la frente. Es casualidad que todo nos vaya bien o nos vaya mal, o quizá no es cuestión de suerte si no del cristal de nuestras gafas, de que nos han dicho que nada va a salirnos bien y hemos asumido el rol de perdedores.

Ya es hora de que nos quitemos el victimismo de encima, la estúpida idea de que todo sale mal y no va a mejorar.  Vamos a dejar de quejarnos para hacer algo, olvidar el papel de sufridores y poner soluciones. Vamos a abandonar la comodidad del sillón para alzar la voz, el puño y los corazones.

Nos gustan las quejas más que la acción.

Igual también es casualidad.

[Lo que no es casualidad, estoy convencido, es de que te cruces en mi camino cada vez que me veo perdido, que hagas de faro entre la niebla, que seas la bandera en lo alto de la cumbre, que suenes a canción de Radiohead en mi silencio, que te vea como la señal de fin de carretera.]

Mal presentimiento.

Dolor de cabeza, mal presentimiento.

Suena el despertador, miras al techo todavía con cierta niebla entre los párpados, tienes el cerebro sumido en un vaivén que no te abandona hasta que pasan unos minutos. Y te aparecen todos los miedos, se te plantan delante, y te obligas a apretarte contra el colchón tratando de esconderte de ellos. Poner un pie en tierra cada día tiene consecuencias, a veces los demonios te visitan a plena luz del día y oyes sus carcajadas en tus tímpanos, y cuando eso pasa se me eriza la piel y tengo que cerrar los ojos, respirar hondo, mirar hacia otro lado, dejar de pensarte.

Me ha vuelto a suceder, al salir a la calle parece que veo en todas partes tu nombre y que me atormenta tu recuerdo, el de tus piernas rodeando mi cintura, el del viento en nuestra piel, el de la lluvia mojándome las entrañas a tu lado. Estoy seguro de que hay avenidas que todavía se acuerdan de nuestras manos entrelazadas y de los besos que me dabas de puntillas, de cómo te esperaba junto a la estación, de cómo nos daban igual el ruido y los vecinos.

Pienso que lanzamos monedas al aire y que nunca las vemos caer, que hablamos sin entendernos, que nos atrapan tantas gilipolleces que ya no vemos lo importante.

Todavía no ha llegado la luna a lo más alto y ya estoy completamente agotado. Las farolas parpadean de nuevo, me visitan los fantasmas y caminan conmigo. Me dicen, sin morderse la lengua, que no me asuste al mismo tiempo que me susurran que no necesitarás mi abrigo ni mis manos en tu pelo. Sólo puedo pensar en que no sabía que sería incapaz de alejarme de ti, que me voy a pasar la vida tras las manillas de un reloj esperando a que aparezcas, que soy demasiado joven para haber cometido tantos pecados y tener que pagarlos de golpe.

Siempre acabo subido a los tejados lamentado las heridas, contando las secuelas que me has dejado en el corazón, las brechas con las que me has llenado el espíritu. Me he quedado destrozado con tanta indecisión, con este nosotros que no tiene fácil solución.

Dolor de cabeza, mal presentimiento.

Y es que hay días que es mejor no abrir los ojos ni levantarse de la cama, ni pensar más de la cuenta.

Destino, azar y karma.

Vuelve a llover y nosotros empapados.

La vida en los bolsillos y el corazón entre las manos.

Eres el rompecabezas que más me ha costado de recomponer y ahora no quiero que nadie te haga daño, no quiero que te vuelvan a quitar alguna pieza y que no la puedas encontrar. Ahora que te tengo entera no voy a dejar que te destrocen otra vez, créeme. Te ayudaré a colocar ladrillos en el muro para que sólo entre quien tú quieras, caminaré contigo cuando me lo pidas, te acariciaré el alma y las verdades.

No sé si a ti te pasa eso de sentirte más fuerte cuando me miras a los ojos.

No sé si tú también te ves la capa cuando caminas entre el resto de la gente.

No sé si eres consciente de cada uno de tus superpoderes, incluida la sonrisa.

Eres como la adrenalina cuando caes desde una montaña rusa, la risa incontrolable en medio de una reunión, el agua fría en un día caluroso de verano, la primera luz que ilumina la oscuridad de la noche.

La de veces que me pregunto al día si ya estamos a punto de caer, si es nuestro final, si nos hemos quedado sin madera que echar a nuestra hoguera, si nos conocemos realmente. Y pienso tanto que sólo nos dejamos ver la superficie, que todavía estamos guardando más de lo que conseguimos decir en voz alta cuando estamos juntos, que nos hemos atado los pies y al siguiente paso no hay más opción que la de tropezar.

Si nos acaba separando la marea, si nos llevan las corrientes, recordaré que fuimos más fuertes de lo que pensábamos al principio, que resistimos aunque creímos lo contrario, y que al final todo fue por culpa de la fuerza magnética que se volvió en nuestra contra dando la vuelta a los polos opuestos.

Sabemos de sobra que ninguno de los dos es afortunado, que la mala suerte siempre ha estado en nuestro lado de la balanza, que ni el destino, ni el azar, ni el karma han sido para nosotros buenos amigos.

Pero es que no quiero complicarme mucho más, sabes todo lo que pienso con mirarme, sabes que no miento, sabes que te beso sin poder evitarlo, sabes que te cuido por instinto.

Lo bueno surge, pasa, sucede, y siempre lo hace por alguna razón.

Aunque no podamos entenderla.

Esta vez no pienso luchar contra los elementos, quiero relamerme los dedos después de tocarte, cargar con tu cruz y la mía, probar otra vez tu veneno, que seamos un par de desastres. Olvidar los problemas, que haya delirio, que seamos un par de animales cuando nos quedamos sin ropa.

Al final del día no soy capaz de dormirme, dar marcha atrás, cerrar la puerta y ver que no estás.

Ya no creo en el amor.

Nos hemos cogido de la mano mientras observábamos caer las torres más altas ante nuestros ojos, y parece que se nos ha olvidado. Porque lo bueno se olvida si no se mantiene, si no se pule, si no se sopla de vez en cuando para que se vaya la capa de polvo que lo va llenando todo con el paso de los días.

Las relaciones se oxidan como las articulaciones, de no usarlas, y la rutina es más tóxica que algunas personas de las que se cruzan en tu camino. Somos expertos en quejarnos de todo pero no hacer nada para solucionar los problemas, para dejar de cometer los mismos errores de siempre, para dejar de criticar cuando nosotros somos peores que el resto.

Tienes la sensación de que se desmorona el Universo sin ciertas cosas, sin esa persona, y al cabo de un tiempo te das cuenta de que el nudo en la garganta ha desaparecido y de que sigues hacia adelante sin echar nada en falta. Sólo a veces te viene a la memoria, y notas una cierta sacudida en la columna, como cuando bajaba del tren y te besaba con los ojos cerrados. Todo parece mentira, ficción literaria, invenciones; pero fuimos eternos durante algún tiempo y nos dejamos rastro.

Y ahora te encuentro en algunas calles y en las páginas de algunos libros, pero no nos salvaron las locuras, las escapadas sin avisar a nadie, el follar en silencio en plena madrugada. No nos salvó París, ni el otoño siguiente, y nos dijimos adiós durante el invierno con tal de no volver a vernos.

Puede ser que fuéramos perfectos pero lo jodimos, lo destrozamos todo, y he aprendido la lección. Ya no soy el mismo tonto que se abrió el pecho y te dejó jugar con su interior. Ya no soy el mismo tonto que acabó pareciendo el villano de la función, el que te hizo infeliz cuando sólo quería lo contrario.

Y ahora ya no creo en el amor que tú me enseñaste porque me he hecho adicto a su piel, a la verdad que hay en su saliva, a la sinceridad de sus ojos húmedos antes de que salga el sol y vuelva a colarse en la habitación.

Y ahora ya no creo en el amor porque no hace falta creer cuando estás tocando su alma, cuando acaricias su mirada, cuando besas sus ingles y las pecas de su espalda.

Ya no creo en el amor porque está ella, y es mejor.

La piel.

Se nos suele olvidar lo que dice la piel, como si no fuera lo más importante. Como si no fuera lo de verdad. Como si no nos dijera muchas más cosas que el cerebro o que el corazón.

Porque la piel siente, la piel sufre, la piel acaba saltando, cayendo al suelo.

Se nos olvidan tantas cosas a diario, como que deberíamos disfrutar de los pequeños detalles con quienes sabemos que nos quieren en lugar de complicarnos la vida con historias que tan solo duelen. Que ni es mejor quedarse con lo que uno conoce, ni es mejor arriesgarse siempre, pero que a veces vale la pena.

Es fácil vivir pero difícil la vida.

Es fácil sentir pero difíciles los sentimientos.

Con lo sencillo que es abrir los ojos, contemplar el paisaje en la distancia y disfrutar del instante. Capturar momentos, sensaciones, percepciones, y guardarlos en las manos. Como los besos, como el sexo, como las caricias que nos damos por detrás de las cortinas.

La verdad es que no tengo ni puta idea de lo que va a pasar, ni conmigo, ni contigo, ni con el nosotros abstracto que tejimos en algún momento, pero me da igual. Voy a dejarme mecer por el viento. Voy a dejarme llevar como lo hacen las hojas al caer al agua.  Voy a cerrar los ojos y sentir que se cierran heridas para que se abran otras nuevas, porque es ley de vida.

Lo de sufrir, reír, morir. Y es inevitable.

Así que voy a dejar de construir muros y murallas, y voy a dejar atrás las armaduras que de poco me han valido hasta el momento. Pienso abrirme el pecho y dejarlo al descubierto, y veremos si empiezan a florecer rosas con la primavera o nos quedamos llenos de los fantasmas del invierno que vendrán a visitarnos para recordarnos los errores, los fracasos, que pudimos serlo todo pero decidimos ser ausencias.

Y es que me miro al espejo y tengo calma, hay una sensación de paz interior que no recordaba. Sin pesos, sin cargas, sin culpa. Y es raro para tratarse de mí, que siempre tengo algo que señalar, alguna bala que dispararme a bocajarro.

Voy a hacer caso a la piel y a acariciarte con cuidado, a besarte despacito.

De verdad, que la piel sabe, que para algo es la única que te ha tocado.