Etiqueta: nostalgia

Mañanas.

Hay un lado de la cama que te echa de menos, y algunas partes de mi cuerpo.

Y luego estoy yo, que no he dejado de hacerlo.

Pero no me hagas caso, por las mañanas a duras penas sé qué digo.

Voy a tomarme un café sin esperarte.

Supongo que serán buenos días para alguien.

¿Qué hacemos?

¿Qué hacemos con la rabia, con el dolor, con la impotencia?

Los transformamos. Los cambiamos hasta convertirlos en algo mejor, los dejamos atrás, avanzamos. Lo único que no se permite en esta vida es quedarse parado mirando cómo se pone el sol en el horizonte.

¿Qué hacemos con la tristeza, la melancolía, la nostalgia?

Las aprovechamos, nos servimos de ellas para reflexionar, nos tomamos nuestro tiempo, buscamos algo mejor. Lo único que no se permite en esta vida es regocijarse en el daño, en las lágrimas, en la angustia vital. Porque hay cosas que no sirven de nada, y lo que no sirve se deshecha. Y algunos se lo toman muy en serio hasta con las personas. No se puede ir por ahí produciendo heridas y dejando a los demás tirados en la cuneta. A las personas se les da la mano, hay que levantarlas, quitarles el polvo de los ojos y ayudarlas a caminar. A menos que no quieran, lo de empeñarse en salvar a otros cuando no están por la labor tampoco es la solución.

Lo de ir de héroes y heroínas se ha vuelto a poner de moda, lo de alzar el puño y gritar consignas por los demás, como si todos quisiéramos lo mismo. Y es que a veces no tomamos libertades que no tenemos, colgamos banderas, cantamos himnos y seguimos sin tener ni puta idea de nada.

Yo no quiero a nadie que lidere mi causa, que para algo sigo con la voz intacta y las ganas en el sitio.

Yo no necesito a nadie que me salve, que para algo soy capaz de nadar por mí mismo y buscar mi camino.

Pausa, cojamos aire.

¿Qué hacemos?

Primero nos tomamos una cerveza, nos besamos, y luego ya veremos que estoy harto de tantas cuestiones trascendentales.

Los tristes.

Los tristes bien podríamos ser una especie aparte. Se nos reconoce con facilidad, casi con tanta facilidad con la que se nos critica. Podemos reír, seguir el juego y, sin embargo, sentir que estamos muriéndonos lentamente y que nadie lo percibe. Es la horrible sensación de pasar por invisible.

Alegra esa cara, hombre.

Lo dicen como si fuera tan fácil, como si supieran lo que nos pasa por dentro, como si por un miserable segundo se hubieran parado a pensar lo que es sentir lo mismo que sientes tú. Está tan al alcance de nuestra mano criticar las actitudes de los demás que se nos olvida que detrás de las acciones y los sentimientos hay personas.

Deja de regodearte en tu dolor.

Haz algo.

Me pregunto por qué, por qué debo hacer lo que ni mi cuerpo ni mi mente están dispuestos a comenzar en este momento. La vida tiene sus procesos y hay momentos para la nostalgia, la melancolía y el golpearse el pecho con el puño cerrado. Estoy un poco harto de una sociedad que sólo premia al que sonríe siempre aunque sea de manera fingida. Quizá es que sólo necesitamos un mundo que nos abrace mientras lloramos desconsoladamente por todo aquello que nos ha salido mal en el día, en lugar de un entorno que nos señale con el dedo por no estar bebiendo cerveza y haciéndonos fotografías con nuestros amigos.

Los tristes necesitamos nuestro espacio, cerrar los ojos cuando escuchamos música de piano, huir de nuestra mirada en cualquier espejo, flotar en alta mar, ver cuadros que ha pintado alguien con más talento del que nunca rozarán nuestras manos, sonreír cuando te descubres en la ansiedad de otros.

Los tristes necesitamos mirar la lluvia caer en un día gris mientras bebemos café y nos preguntamos por qué seguimos solos.

Pero siempre me acabo respondiendo rápido, y es que tampoco tengo mucho que ofrecer porque al final soy sólo un triste.

Y nadie quiere pasar el resto de sus días con uno de nosotros.

Por mucho que ese triste te cuide con cariño, te folle con ganas y te diga que te quiere.

Hasta la próxima.

Ha vuelto la nostalgia infinita del domingo por la tarde y el echar de menos tus piernas rodeando mi cintura. Los pies tocando el suelo frío, recordándome que sigo vivo por los pelos, que pude irme de este mundo aquel día que me detuve en medio del puente dispuesto a saltar.

Noto los ojos rojos por culpa del alcohol y de leer una página tras otra buscándonos en cualquier historia. Me duele la garganta de gritar para que vuelvas, e iría de nuevo a nuestro lugares si fuera a encontrarte, si supiera que no te has ido para no volver.

Si te encuentro en alguna parte te diré sin temor que nadie cogió mi mano como lo hiciste tú, que no pude nadar en ningunos ojos como lo hice en los tuyos, que no me sentí tan seguro de nada en la vida como lo estuve de quererte.

Y que después del amor queda la desolación.

Sentimientos emborronados.

Vísceras por el suelo.

El vacío.

Y no nos dimos cuenta de que la culpa fue nuestra, de que el daño nos lo hicimos nosotros mismos por tensar la cuerda y disparar la flecha.

Nos hemos perdido el uno al otro y hemos vuelto a encontrarnos a nosotros mismos.

He vuelto a ser capaz de salir de la cama por las mañanas sin esperar tu voz al otro lado del teléfono, sin depender de tu sonrisa, sin necesitar tus manos en mi nuca, ni tus besos cada vez que te emborrachabas. Y ya no necesito del volcán que te quemaba siempre por dentro, de tu rabia acumulada, de tus celos enfermizos.

He vuelto a coger la libreta y escribir la vida de otras mujeres que no son tú, he vuelto a imaginar que alguien me quiere y puedo ser feliz.

Y en medio de todos esos pensamientos aparece ella. A ella le da igual mi pasado, los nombres que surcan de vez en cuando mi mirada, el dolor que siento a veces en las costillas, que me acurruque bajo las sábanas cuando algo me atormenta, que no me gusten las mismas cosas que le gustan a ella, que necesite romper un par de hojas cada día, que la mire en silencio cuando no se da cuenta.

Y me abraza por la cintura y me besa en el centro de la espalda y siento que aspira mi olor, y que se refugia ahí mismo. Y entonces te olvido y puedo sonreír.

Me giro, la cojo de la mano y miramos juntos por la ventana el futuro incierto.

Estoy tranquilo otra vez, ya te has ido.

Hasta la próxima.

No te asustes.

No dejamos de temblar.

El mundo es cada vez un lugar peor y nosotros también, pero algunos tratamos de seguir arañando toda esa superficie llena de barro para encontrar lo que realmente vale la pena. No nos conformamos con respirar y caminar sin saber a dónde vamos, siguiendo al rebaño. Nos gusta saber el por qué de lo que pasa a nuestro alrededor, entender, comprender, aprehender.

Salir de la cueva y que las ideas y los sueños por cumplir sean nuestras mejores armas. Ver la luz y que sepamos el camino a recorrer aunque nos obliguen a cerrar los ojos. Los planetas se alinean de vez en cuando para ti y para mí, y nos sentimos afortunados por unos minutos de gloria en los que rozarnos las mejillas y mirarnos a los ojos.

Nos gusta pasar las páginas de los libros de papel porque somos nostálgicos y aún creemos que leer es un placer para los sentidos, todos. Igual que sigue siéndolo tenerte a mi lado.

Nos gusta salir los domingos, cuando todavía nadie ha tomado las calles y dejar nuestra huella en la hierba del parque.

Nos gusta reír sin hacer daño y bailar sin saber qué estamos haciendo.

Nos gusta mirar la luna hasta que sale el sol.

Y cogernos de la mano sin mirarnos.

Por si acaso.

Soy de los que sigue prefiriendo dormir contigo a acostarse con muchas, y de los que cree que aún hay cierta salvación en eso de amar a alguien. Sigo disfrutando de enterrar mis manos en la arena de la playa mientras te sientas encima, de que cantes frases sueltas de alguna canción, de que cada adiós contigo sólo signifique que existirá una nueva bienvenida.

Y sigo teniendo miedo.

A estar solo y también a estar acompañado.

A no poder conciliar el sueño y a dormir demasiado.

A olvidarte antes de tiempo y a ser incapaz de recordarte.

A morderte y a que empieces a sangrar.

A que me hagas daño y a que no vuelvas a hacerlo.

Prefiero que vayamos lento, pero seguro.

Y aunque yo siga tiritando, escúchame, mírame como lo haces cuando apagamos la luz.

No te asustes, yo te espero.

De haberlo sabido.

El año viejo pasa al recuerdo, con su nostalgia, sus sonrisas ladeadas, sus tiempos mejores. La añoranza de lo que se fue, de lo que tuvimos, de lo que disfrutamos. Porque a toro pasado todo parece mejor. O no.

Los viajes, las letras, las despedidas. Aquel café bien hecho mientras afuera caía la tormenta de nuestras vidas, las sábanas de hotel que se empaparon con nuestro sudor, las cartas anónimas en el buzón, el sol reflejándose en tu pelo sin que estuviera yo a tu lado.

Vetusta Morla ya lo ha dicho casi todo por nosotros, nos queda un año menos que dolernos, uno más para hacer las cosas bien. Es día 1 de Enero y domingo, y por eso estamos llenos de resaca y sin ningún filtro para poder hablar. Deberíamos coger el teléfono y llamar, y decirnos las verdades antes de que vuelva a ponerse el sol por el horizonte de siempre y se nos atraganten las palabras. Deberíamos aprovechar para empezar con buen pie y dejar las cosas claras antes de volver a cerrar los ojos para dormir. Deberíamos hacer tanto antes de que nos pueda la melancolía de las tardes largas en soledad.

Todavía queda esperanza porque estamos vivos, mientras nos dejen. Todavía queda esperanza porque siguen habiendo risas en la calle y abrazos tras las puertas. Y no hay mejor regalo que un beso para empezar el día.

Estamos a salvo porque aún no hemos mirado juntos las estrellas, porque aún nos quedan ganas, porque aún no hay niebla en tus ojos y seguimos ardiendo cada vez que llega el amanecer.

Sigo sin querer perder.

Sigo de pie aguantando las olas.

Aunque me esté ahogando con promesas que nadie ha pronunciado.

Aunque sepa que este final se ha escrito fuera de tiempo.

De haberlo sabido te habría querido antes.

[Respira hondo, sin miedo, te seguirá acariciando el viento cuando yo ya no esté.

Y la humedad en la entrepierna te recordará a mí.]

Intelectivo.

Las luces de octubre se acercan y el sol se esconde cada vez con menos ganas. Será que ya le sucede lo mismo que nos está pasando a nosotros, que se nos van cerrando los ojos mientras se nos rompe el corazón. Y es que siento los latidos, los minutos y cómo se nos escapan las fuerzas mezcladas con dióxido de carbono.

Al final ni tú ni yo tendremos lo que queremos en el momento en el que se suelten nuestras manos (por error), y tengamos que atarnos los zapatos para seguir caminando por sendas distintas, con rumbos diferentes.

Es triste ver que te vas apagando conmigo, que te desinflas como un globo que se escapa de las pequeñas manos de un niño de mirada clara. Es triste pensar que todo estaba en mi cabeza desde el principio, que fui yo quien alimentó a los cuervos y se dedicó a inventar otra historia más sin ningún tipo de cimientos.

Los sueños son tan fáciles, y la vida tan difícil.

Y, por si fuera poco, nos gusta deleitarnos con las complicaciones, rizar el rizo, dar la vuelta a todo y después quejarnos por ello; como si fuéramos Alicia sin saber qué nos encontraríamos al entrar en la madriguera.

Somos nosotros mismos los que nos buscamos los problemas, la mayoría de veces con nocturnidad y alevosía, pero es mejor engañarse y creer en las casualidades.

Y echar la culpa a los demás.

Siempre es mejor buscar justificaciones para aquello que no tiene justificación, excusas, palabras vagas, frases que nunca se acaban porque no se les puede poner fin.

Me va a esperar la eternidad y el whisky, y libros haciéndose viejos conmigo en la biblioteca. Va a ser todo nostalgia, melancolía y puro drama.

Y entiendo que no haya nadie dispuesto a aguantar todo eso.

Entiendo que cansa tanta verborrea, pensamiento tangencial y un ánimo ciclotímico.

Puedo entender muchas cosas, pero lo que no entiendo es por qué no estás aquí conmigo.

Óxido.

Afuera llueve y el cielo gris me invita a pensarte. Los ojos glaucos del gato miran a la calle desierta mientras olisquea los aromas que trae el viento hasta aquí adentro. Las nieblas sobre las montañas me hacen recordar todo lo que fuimos y nos encargamos de destruir. Otro día que tengo que abrir la botella para quitarme el miedo y calentarme las entrañas.

Observo las fotografías de aquella chica desaparecida en el periódico, y pienso en todos esos que de pronto se esfuman de sus vidas y no vuelven nunca más. Con una sonrisa ladeada llena de tristeza dejo el diario doblado sobre la mesa y apago la radio, que sigue contando noticias que se repiten constantemente.

Una leve brisa me eriza la piel, y así no puedo pensar en otra cosa que no sea en ti. En tus besos en el cuello, en tus manos en la nuca, en tu saliva dejándome huella, en tus palabras abriéndome la piel hasta tocar hueso.

Vivimos en un eterno bucle sin sentido.

Y la nostalgia nunca acaba con nosotros del todo.

Me despierto cada día contigo en la cabeza, y soy incapaz de borrar tu voz de mi memoria y tus manos de mis músculos. Ahora sigo buscando en los libros la manera de olvidarte, sigo esperando que alguna canción de Bon Iver me diga qué hacer conmigo. Cómo reciclarme, cómo recuperarme poco a poco, cómo caminar sin tener que mirarte en las fotos.

No sé si algún día volveré a estar curado, no sé si me atreveré a querer a alguien sin protección. No sé si podré pasar de nuevo la barrera sensorial con alguien que tenga otro nombre. Ahora es cosa mía, lo de contenerme, lo de no volver a caer, el mantenerme abstemio. No quiero tropezar de nuevo.

Miraré al frente tratando de sonreír, pensando que todo fue mentira. Deshaciendo cada nudo que creé contigo para soltar la cuerda y dejar que tú también sigas viviendo.

La niebla entre las montañas me remueve por dentro, me deja inestable y débil, como cuando estabas a mi lado. Con la lluvia todo se oxida, y nosotros que tenemos el corazón de metal caminamos ya por la vida chirriando. No quiero volver a hacer daño, no quiero volver a tocar y destrozar nada, no quiero rozarte y que te vayas a romper como la porcelana.

Y es que es ahora, después de un tiempo, cuando salen a la luz todos los miedos, cuando florecen las semillas más raras, cuando entre las cenizas de un incendio crecen los árboles más fuertes.

Con la guardia bajada.

Recuerdo aquel día como si fuera ayer, recuerdo aquel viernes 25 de Agosto del año 2006 como si todavía tuviera treinta años y el mundo siguiera pareciéndome un buen lugar para vivir. He aprendido mucho desde entonces, o eso quiero creer, y me he equivocado todavía más. Todavía recuerdo aquella noche en la que leía “Mujeres” de Bukowski mientras fumaba un cigarro que se consumía entre mis labios resecos. Hacía ya unos meses que había dejado el trabajo y subsistía sin demasiado interés, tirado en el sofá la mayor parte del tiempo.

La había perdido, había dejado que se fuera de mi lado sin preguntarle tan si quiera por qué, sin conocer el motivo. Había desperdiciado mi mejor oportunidad, la opción que me había dejado más cerca de lo que algunos torpes llaman felicidad. Las noches de conversaciones largas sobre arte se habían quedado en el olvido, las falsas discusiones sobre las películas que veíamos juntos, el tira y afloja de siempre sobre lo que debe o no llevar una verdadera salsa carbonara. Todo había quedado en ese limbo en el que se conservan los recuerdos buenos, esos que después de un tiempo cuesta mucho más rememorar.

De aquel día también recuerdo el sonido del timbre, y mis pasos descalzos hasta la puerta con el libro en la mano y el cigarro todavía pegado a la boca. Recuerdo oler su perfume antes de proceder a abrir la puerta y verla empapada, totalmente calada hasta los huesos. Lo que no recuerdo es el sonido de los truenos, ni el olor a lluvia mojando las calles llenas de gente del paseo marítimo.

– Agatha. – Apenas tuve tiempo de pronunciar su nombre, incapaz de decir nada más cuando el libro cayó al suelo y el cigarro también. Se abalanzó sobre mí después de tanto tiempo, después de no saber nada de ella desde que desapareció con un simple adiós. Echaba de menos sus besos, aquel cuerpo de cintura estrecha entre mis brazos y su mirada siempre cómplice, esa que indicaba que lo tenía todo bajo control. No pude evitarlo, tuve que quitarle aquella ropa que llevaba pegada a la piel al tiempo que ella se deshacía de la mía. Y nos faltaron segundos para comernos la vida de nuevo en el sofá, como habíamos hecho tantas veces tiempo atrás.

Con ella pasaba lo que pasa con las tormentas de verano como la de aquella tarde, que siempre pillan con la guardia bajada y luego se vuelven a ir, sin dejar rastro.

Este texto fue escrito para el blog De Krakens y Sirenas el 20 de Agosto de 2015.

Será culpa de la lluvia.

Será todo culpa de la puta lluvia, de la cerveza fría que reposa sobre la mesa dejando marca en la madera y de que se me ha acabado el tabaco por hoy. Lo cierto es que me da igual. No he podido sacarte de mi cabeza en toda la tarde y estoy harto, empiezo a estar harto de que tan sólo seas otro producto más de mi imaginación. ¿Tan mal lo he hecho, vida? ¿Tan mal como para merecer estar solo en tardes como esta? Quizá la única respuesta sea sí, probablemente la única respuesta sea sí. Qué sé yo, hace tiempo que me di cuenta de que en el fondo no sé nada, que soy otro más de los que aparentan.

He tenido que abrir la ventana para que entrara el ruido del agua golpeando las aceras y las hojas de los árboles, para que la imagen de tu cabello mojado me inundara los sentidos, para recordar aquellas gotas que resbalaban por tu cara al salir corriendo del mar y venir a buscarme. He tenido que mirar al cielo oscuro y dejar que los relámpagos fueran como puñales que me recuerdan el tiempo que llevo sin tropezarme con tus ojos claros.

Será culpa de la lluvia pero, sin duda, también es culpa mía.