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El rey del baile de máscaras.

¿Sabes lo que me gustaría?

Sentir que me necesitas tú a mí alguna vez, que no soy yo el único que pone de su parte, que no soy yo el que siente todo esto, que no vivo una mentira que me desgarra poco a poco.

Pero es que creo que ya no queda nada bueno en mí, ya no soy nada que valga la pena mirar ni escuchar. Me he convertido a mí mismo en un nadie, uno de esos que se transforman en sombra y se quedan en la trastienda porque nunca pueden enseñarse a los demás.

Soy alguien digno de ocultar y olvidar para siempre en el último cajón de la mesita de noche, junto a los calcetines que no te pones jamás y acabas tirando después de un tiempo prudencial. Es verdad que soy como esa ropa vieja que se queda guardada en el armario y acaba oliendo a humedad, y que sólo sirve para echar al contenedor.

Y mientras tanto, mientras sigues pensando que no vales nada, que nada de lo que haces importa, que da igual lo que te digan y te hagan porque al fin y al cabo te lo mereces todo.

El daño, la mentira, la ausencia, el vacío, el olvido.

Y llega un punto en el que lo crees de verdad, es como una ley fundamental que rige tu vida. Esa sensación de menosprecio hacia ti mismo que te hunde poco a poco y sin que te des cuenta, hasta quitarte por completo el brillo de los ojos, hasta convertirte en un muerto viviente que finge que todo va bien, que no hay problemas.

Soy el puto rey del baile de máscaras, y siempre bailo solo.

Llega un punto en el que crees que las cosas no pueden ser de otra manera. Como si fuera a ser siempre así, como si la vida no pudiera ser diferente. Como si un día no fuera a llegar alguien que te va a querer con los brazos abiertos y sin tener que medir las palabras, alguien que pueda mirarte a los ojos y acariciarte la mejilla sin sentirse culpable por nada, alguien a quien le baste y le sobre con ver tu sonrisa al final del día para ser feliz.

Lo que me jode es tener que esperar a que eso pase cuando yo te quiero a ti. Ayer, hoy y mañana.

Y no sabía que eso acabaría siendo una mierda, no sabía que iba a tener que aprender a no estar contigo.

Y tuve miedo.

Escucho el eco de mis palabras en la cabeza, un eco que alterna con el silencio que me angustia.

Ayer miré de nuevo al suelo desde el balcón.

Y tuve miedo.

Volví a tener esa sensación en mi piel de curiosidad, la curiosidad insana de querer saber qué se siente cuando tus huesos tocan tierra desde unos diez metros de altura. Tuve que apartarme, cerrar la puerta y encogerme sobre la cama con las pulsaciones por las nubes. Volví a sentir la oscuridad acariciándome el sistema nervioso con esa sonrisa que hiela la sangre, con esa sonrisa del que sabe que si te atrapa esta vez no piensa soltarte.

Y tuve miedo.

Me vi desprotegido una vez más, con todas las inseguridades al descubierto, con todos los resquicios dejando ver el interior que tanto intento mantener oculto, con todas las grietas sacando mis trapos sucios. Quedando mis miserias más expuestas que nunca.

No sé quién tiene el remedio ni la solución a mis problemas, si todo depende de mí mismo o necesito la ayuda de alguien más. No sé si a estas alturas soy capaz de escuchar el consejo de otras voces, ni de dejarme abrazar cuando rompo a llorar.

Tengo ahora la sensación de soledad que ya conozco, la sensación de impotencia, de rabia, de tristeza y melancolía que se te agarra al alma y se mimetiza contigo.

Otro cambio que no soy capaz de controlar.

Otro paso que no estoy preparado para dar.

Que hay vida más allá de lo conocido es algo que tengo claro y asumido, pero a medias. Es fácil decir a todo el mundo lo que tiene que hacer pero algo menos el aplicarse el cuento a uno mismo.

Supongo que después de todo me merezco todo lo malo que me pase.

Tengo ahora la sensación de no ser nadie, de no tener ningún reflejo en el espejo, de estar hecho de las nubes negras que sólo consiguen intoxicar a quien tienen cerca.

Y tengo miedo.