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Poesía o dolor.

Creo que ya empiezo a escuchar los cantos de ballenas, de las que esperan su muerte, las que acaban el ciclo de la vida y  servirán de alimento para otros más pequeños y más jóvenes.

Las ballenas, que siempre esperan a que cambien las corrientes para hacer sus largos viajes. Igual, es que hemos acabado por parecernos a cetáceos, y seguimos esperando.

Seguimos esperando cuando podríamos hacer algo.

Por el mundo, por nosotros, por ella.

Pero no se puede esperar eternamente, ya me he cansado de mirar el reloj aguardando que llames a mi puerta empapada y me pidas algo sencillo como un abrazo, o un beso, o que me quede a tu lado eternamente.

Cualquier fuego se apaga si no lo avivas, cualquier llama perece sin caricias, sin miradas, sin largas charlas escondidos bajo una manta vieja en el sofá. Y ya no queda ni rastro de nuestra hoguera.

Hemos conseguido consumir todo el incendio.

Sigo atrapado, preguntándome de manera permanente qué vamos a hacer, y por qué debe ser todo tan difícil. Quizá no sea culpa de nadie más que de nosotros mismos, que hemos querido jugar al ajedrez sin saber el nombre ni los movimientos de cada figura.

Y me tengo que lamentar por perderte, porque convertías en oro todo aquello que mirabas, porque eras capaz de hacer que el día más gris fuera 21 de Junio, porque habías conseguido que me importara hasta yo mismo, que me mirara al espejo sin darme asco.

Después de todo tú te quedarás igual, tranquila, respirando sin ningún tipo de pesar, sin tener que echarme de menos mientras yo me voy convirtiendo en un borrón en todas esas fotos que compartimos.

Y pasaré al olvido, me convertiré en la nada.

Volveré a estar vacío, y sin ti.

Al final el amor puede medirse en lágrimas o sonrisas, kilómetros o milímetros, verdades o mentiras, poesía o dolor.

Y yo por las noches sólo tengo silencio y cientos de fantasmas en la mente.

Efímera y eterna.

Nos diremos adiós demasiado pronto. Tendremos que despedirnos antes de que llegue de nuevo el mes de Enero. Y ahora ya ni tan sólo puedo escuchar tu voz en sueños, porque no la recuerdo.

Te desvanecerás de manera tan rápida.

Te irás en un impulso, con un salto al vacío.

Desaparecerás ante mis ojos, y será culpa de algún mago.

Serás efímera.

Efímera, como la tinta cayendo sobre un papel, como un rayo de sol colándose por la ventana, como un beso en un ascensor, como una ola llegando a la orilla.

Efímera, como una gota de lluvia en la ventana, como una mirada en el metro, como una palabra contra el viento, como un orgasmo entre tus dedos.

El mundo está lleno de idas y vueltas, de ciclos que se repiten, de caos y armonía, de noches y días. Y no sé si volverás a cruzarte en mi camino, si de pronto un día me encontraré con tus ojos mientras espero en un semáforo y se me dispararán las pulsaciones. Te recordaré en mi cama, entre mis brazos, me recordarás entre tus piernas y tararearé en un segundo todas tus canciones. Y dejaré la cordura por un momento, la dejaré para otros que no hayan tenido la suerte de haberte besado como yo lo he hecho. Pensaré en todos los planes que tuvimos que quemar, las ciudades que no pudimos pisar al mismo tiempo, y tendré que lamentarme de que nuestras manos tuvieran que soltarse.

Soy experto en ver venir las catástrofes y cuando me sonreíste por primera vez supe que si te ibas me quedaría en ruinas para el resto de mis días.

Fuimos dos kamikazes pulsando el botón, dos locos saltando por los tejados, dos gatos maullando en un callejón, dos incautos tirándose al pozo de cabeza a sabiendas de que acabaríamos metidos en el barro, de que seríamos incapaces de salir de este carrusel que no deja de dar vueltas.

No hay música que nos pueda salvar de esta.

Efímera, pero para mí siempre serás eterna.

Miedo a la oscuridad.

Se me rompen las calles al andar, casi igual que mis nudillos al golpear la pared. No tengo las respuestas que espero y quiero, y el gato me mira con burla cuando llego a casa cada día después de trabajar.

Estar a la defensiva es agotador, casi tanto como lo es acercarse a ella e intentar tocar su alma. Supongo que no vamos al mismo compás, que yo prefiero perderme en un vaso lleno y ella en unas manos vacías. Supongo que soy demasiado abstracto, misterioso y complicado como para que se atreva a dar un paso en mi dirección y dedicarme una sonrisa con esos labios que me persiguen en sueños.

A veces descubro sus ojos clavados en mí, y en sus mejillas una ligera quemazón. Sería bonito si todo fuera diferente, si yo pudiera amarla y no me viera obligado a olvidarla junto a mis viejas fotografías de viajes por Europa. Sería bonito si ella dejara de idealizarme y me viera realmente como soy, un hombre frágil que se va deshaciendo con el paso del tiempo y las decepciones. Podría ser bonito si los dos nos atreviéramos a decir la verdad pero supongo que Nostradamus vaticinó algo que nos impedirá despegar los labios antes del próximo paso del Halley por el mundo.

Sigo vistiendo cota de malla y armadura. No me acabo de fiar, sé que en cualquier momento voy a volver a caer del caballo y golpearme contra el suelo, y esta vez la caída será peor que cualquier flecha que me hayan clavado antes en el corazón.

Ojalá derribara las murallas y pudiera sentarme junto a ella en el autobús que la lleva de vuelta a casa. Ojalá cogerla de la mano el día de mañana. Ojalá mirarla a los ojos y que no se desvaneciera de mi lado después de las doce.

Sólo quiero escribir de ella por el resto de mis días, como hicieron Bécquer, Nabokov, Bukowski, Iribarren, Ruben Darío, Paul Auster y tantos otros.

Sólo quiero enterrar las armas, firmar todos los tratados de paz, abrir las fronteras, y hablar con ella el lenguaje universal. El de la piel contra la piel, el de la música saliendo de una partitura, el de las lenguas que se rozan y acaban por explotar. Saltar por los aires, mirar el mundo desde cualquier pueblo perdido donde se olviden nuestros nombres, beber café que nunca se quede frío, compartir los capítulos de un libro.

Atragantarme con su amor.

Me dicen que piense en el futuro.

El futuro, roto como un cristal después de un te quiero antes de tiempo.

Y es que veo los días venideros tan negros que no puedo estar tranquilo, y ahora entiendo a todos esos niños que tienen miedo de la oscuridad y no pueden dormir.

Rascacielos.

Estoy a un paso de caer de nuevo, y desde la azotea del rascacielos todo se ve pequeño, y el mío parece el mayor de los problemas.

Qué egocéntricos que somos.

Qué asco damos.

Que los demás parecen siempre menos importantes si los comparamos con nosotros.

¿Tan grave es que te haya dejado tu novia/o?

¿Tan malo es no poder irte de viaje esta vacaciones?

¿Tanta rabia te da que no te respondan al último whatsapp?

¿Tanto odias a tu madre/padre porque hoy no te ha preparado la cena?

¿Tanto desprecias a tu padre/madre por no dejarte salir esta noche?

¿De verdad?

Cuando lo pienso bien me avergüenzo, porque yo, igual que tú he sido tan idiota de pensar en todo eso. Mientras hay personas sin nada que ofrecer a sus hijos para cenar hoy, cuando un hombre, una mujer y un niño estarán muriendo ahora mismo en cualquier hospital del mundo, mientras un inocente se pudre en la cárcel y seguimos matando con libros sagrados para proteger nuestras conciencias.

El mundo está tan podrido, y nosotros tan equivocados.

Que ya no sabemos lo que es vivir y respirar tranquilos.

Que ya no le damos importancia al pequeño gesto del día a día: una caricia despreocupada, una sonrisa de agradecimiento, una mirada de complicidad, silencio y conexión entre los dos.

Que ya no nos interesa si no puede conseguirlo Siri por nosotros.

Necesitamos cambiar eso.

La vida es más cuestión de sentir que de tener.

Y se nos está olvidando.

Pido que por un instante el mundo se congele, y entremos en calor con otro abrazo.

Y es que dicen siempre que el frío puede con todo pero yo he visto hielo derretirse contigo sin que hubiera salido el sol.

Y es que a mí, si te soy sincero, todo me da igual mientras tú respires y yo respire, mientras tú sonrías y yo tenga fuerzas para hacerlo, mientras puedas darme la mano durante cinco segundos y me olvide por un momento de la realidad, mientras me mires de esa forma en que sólo tú sabes hacerlo.

Estoy a un paso de caer de nuevo, y desde la azotea del rascacielos todo se ve pequeño, y el mío parece el mayor de los problemas.

Pero si tú dices que no lo es,  yo te creo.

Y entonces todo me parece perfecto.

Muerte celular programada.

La existencia, eso de seguir respirando, se me antoja cada vez más cansino, como el discurso de una madre cuando te levantas con resaca un domingo por la mañana.

Hace tanto tiempo que ya ni levantarme por las mañanas supone un reto, que ya no tengo ganas ni de dar el primer trago de agua del día, ni de abrir las ventanas, ni de ver el sol, ni de coserme los rotos de cualquier pantalón desgastado.

La sucesión de las noches y los días se ha vuelto aburrida, sin sentido, monótona, como esos matrimonios que ven la televisión sin dirigirse la palabra y que se acuestan sin darse un beso de buenas noches.

Abúlico y anhedónico perdido, me disfrazo de cualquier forma para que nadie pueda percibirlo. El encogerse de hombros y sonreír de lado mientras se cambia de tema despista a cualquiera y te permite seguir en tu recinto privado, tu habitación individual, tu pequeño mundo irreal donde las cosas son de otra manera.

Camuflarse siendo uno mismo es el mejor escondite.

Soy consciente de que hago Himalayas de cualquier grano de arena que me quite de la zapatilla. Tan sedentario como nómada en este exilio que yo mismo me he buscado.

El mundo debe estar más que harto de ti y de mí, pero no puedo evitar que seas algo así como el antídoto de todo el veneno que produzco a diario, el ungüento capaz de aliviarme las heridas.

Odio seguir bailando con la muerte y que a ti todo te de absolutamente igual.

Voy a bajarme cuanto antes de este escenario.

Y no creas que no repaso el camino, las curvas, las señales.

Y no creas que no intento ver dónde están mis errores cada vez más graves.

Y no creas que no trato de darme cuenta del momento en el que volví a dejar que alguien me hiciera tanto daño.

No sé para cuándo tiene prevista la apoptosis empezar seriamente con su trabajo.

Pero que sea rápido.

Freud no sabría qué decir.

Tratas de esconder lo que todo el mundo puede ver.

Me di cuenta el primer día que entraste por la puerta, cuando todavía te hacías la despistada y mirabas hacia otro lado. Y yo, yo tan sólo podía disimular y sonreír, como si fueras otra chica más.

No entiendo todavía cómo llegaron a coincidir nuestros labios en el mismo espacio y tiempo, ni tampoco cómo nuestras alas emprendieron vuelo entre tantas nubes viejas. No entiendo cómo soportaba la soledad antes de compartir las noches contigo y preparar tu desayuno.

No entiendo tanto agujero de gusano, tanta magia y efectos especiales, tanta pequeña gran revolución.

Compartimos sábanas, sudor y lágrimas. Compartimos besos entre lluvias torrenciales, el asiento trasero del coche, el banco de aquel parque un viernes, los fuegos artificiales de un 19 de Marzo mientras te agarrabas a mi brazo.

Fue raro y supongo que por eso nos gustó.

Dos incomprendidos en un mundo de cuerdos inertes.

Dos locos jugando con las balas del destino, saltando por los pasos de peatones sin mirar a los semáforos.

Dos niños con la sonrisa por estrenar cuando nos cogíamos de la mano.

Y a veces me pregunto dónde van todas estas ganas de sentirnos vivos cuando cerramos los ojos, y dejamos de ser y de existir.

Te confieso que soy un perro callejero, y que nunca he logrado fiarme de nadie de verdad. Te confieso que contigo me quité las barreras, las lentillas y las camisas abotonadas hasta el final. Te confieso que tú hiciste que cayera la armadura, la fachada y las mentiras. Y todo eso sin ni siquiera haber hablado conmigo.

Lograste que durmiera las noches enteras y que me despertara con tus besos por el cuello. Conseguiste que viera una película de David Lynch sin querer levantarme del sofá. Me empujaste a lavarme los dientes antes de las doce y a beber cerveza fría los viernes por la tarde.

He visto a gente que habla del amor sin que le brillen los ojos y me parece tan triste. Me parece tan triste que pensar en alguien no te pinte una sonrisa, que haga te pesen las costillas y te ponga gris el corazón.

Y es que es pronto para que las cadenas nos lastren tanto, para que nos hayan roto las promesas. Es pronto para no disfrutar de las veinticuatro horas que tiene el día.

Yo por si acaso, voy a escribirte otra carta, voy a llenarte el buzón de postales, voy a leerte poesía de autores cuyo nombre no sé pronunciar, voy a ser un sonámbulo colándome en tu ventana, voy a susurrarte canciones, voy a pintar lienzos en tu cuerpo con las manos.

Somos carne de psicoanálisis, pero Freud no sabría qué decir de ti y de mí.

Un mundo subterráneo.

Todos tenemos nuestro verdadero yo oculto bajo la piel, un mundo subterráneo tras capas de ropa, maquillaje y sonrisas. Un pozo del que no dejamos que nadie saque agua, una habitación que tiene el cartel de ‘Prohibido el paso’ colgado en la puerta.

Un mundo subterráneo que es nuestro búnker, nuestro desorden, toda nuestra mierda y la auténtica verdad.

Tenemos una realidad que nadie más conoce, que tapamos con sábanas viejas y escondemos.

Nos cuesta ser sinceros y compartir, y estamos tan llenos de miedo y rasguños que callamos para no hacernos más daño del que ya arrastran nuestras huellas. Pero no sirve de nada. Cada día más aislados, más solos, más tristes, más fracasados.

Y llega un día en el que te das cuenta de todo eso, de eso y mucho más. Y es entonces cuando quieres tener fuerzas para levantarte del suelo, quitarte el barro, secarte las lágrimas y llenar las páginas del cuaderno con tu propia historia. Puede que sea entonces cuando cualquier acorde de guitarra te arranque una sonrisa y te de alas, y quieras dejarte ver en el mundo exterior.

Va a llegar el día en el que no te de miedo gritar, reír y cogerle de la mano. Vas a querer besarle en la boca mientras llueve cualquier tarde de verano y te dará igual haber dejado la ropa tendida. Vas a querer vibrar con el primer salto que te lleve al otro lado del río para poder abrazarle.

Todos tenemos un mundo subterráneo que no queremos mostrar pero llega un día, llega un día que alguien se atreve a coger la linterna y que no te hace caso, y coge aire y bucea entre tanto edificio antiguo a punto de derrumbarse.

Alguien debería decirte alguna vez que van a agarrarte antes de volver a caer y van a limpiarte las rodillas.

Alguien debería decirte alguna vez que no vas a llorar más porque no te lo mereces.

Alguien debería decirte alguna vez que en el sótano se está tranquilo, pero no se vive bien.

Abre las ventanas, que entre la luz, vamos a dejar atrás el subsuelo.

Vamos a reírnos desde la azotea de un rascacielos y a escribir nuestro nombre en cualquier muro.

Vamos a empezar a vivir en la superficie y a dejar la penumbra para los demás.

Pienso correr, pisar charcos contigo y dejar todo el gris a las espaldas.

Que nadie te lo diga aún, pero voy a ser feliz. Y tú también.

Texto escrito originalmente para Krakens y Sirenas.

Farenheit 451.

“Fahrenheit 451: temperatura a la que el papel de los libros se enciende y arde…”

Los libros se queman, igual que las ideas, igual que las personas. Llega un momento, algún punto determinado de nuestra existencia en el que ardemos hasta quedar convertidos en cenizas que vuelan con la primera brisa del día y se esparcen, se pierden y se funden de manera armónica con el Universo, justo como debió suceder al principio de los tiempos.

Últimamente es como si me hubieran empapado en gasolina y alguien hubiera prendido el mechero cerca mío, me quema la garganta y se han evaporado todas las ideas. Me pregunto la mayoría de días cómo soy capaz de aguantar tanto sinsentido, la hipocresía cotidiana, la injusticia arraigada en el suelo que pisamos, y lo más importante, no dejo de preguntarme cómo soy capaz de soportarme a mí mismo y si algún día dejará de ser una carga toda esta tristeza que intento transformar en vano.

La caída libre sin final, la falta de sueño y ganas, las letras que se acumulan sin atreverse a decir nada, el morderse la lengua, la rutina cada vez más insoportable, y la casa cada día más silenciosa. Las paredes se me echan encima cada vez que se va la luz y miro a oscuras hacia la calle. Sin haberme dado cuenta soy ruinas de lo que algún día fui o pude ser, actor secundario de una vida de mentira, las vías abandonadas de alguna antigua ruta comercial que ya no interesa mantener.

Estoy harto de tanta falsa compasión, gente que finge que te entiende, de todos los que hablan sin tener ni puta idea. Ojalá pudiera quemarme por dentro, quedarme convertido en una cáscara hueca, empezar de cero. Ojalá ser capaz de dinamitar el miedo, de caminar hacia otro lado, de dejar de aferrarme a lo malo conocido. Ojalá ser capaz un día de hablar sin callar, de golpear con la cabeza cada uno de los muros que hay que derribar, de caminar sin esperar a nadie.

Y mientras tanto, el mundo arde alrededor, se cae a pedazos y me alegro demasiado como para que el azar me recompense. Supongo que todo es porque desde hace tiempo mis pasos van haciendo equilibrios por la senda del perdedor con las manos llenas de libros quemándose a 232.8 ºC.

Qué pocas ganas de despertar mañana.

Sangre (en Bruselas).

Sangre, siguen llenándose las calles de sangre inocente. Y nuestras conciencias y manos siguen intactas ante la tragedia.

Hemos creado un mundo que se derrumba demasiado fácil como para creer que es definitivo, como para querer pensar que es de verdad. Jugamos con vidas, con leyes, con armas desde la seguridad que nos da la distancia. Cada vez el ruido de las bombas está más cerca y la orquesta más lejos.

A mí me duele la carne, me duele la memoria y me obligo a pensar en que no estamos a salvo, que cada una de esas víctimas podría haber sido yo, podrías haber sido tú. Algo hemos hecho mal, de nuevo, y la historia se repite por vigésimo tercera vez.

Se han cruzado ya todas las líneas y entre tanto interrogante yo no encuentro solución.

En un par de días volveremos a reír, dejaremos atrás Bruselas, como dejamos atrás París, Londres, Madrid o Nueva York. Y la hipocresía occidental se colgará otra medalla, y los niños seguirán muriendo en las costas de Grecia, y construiremos vallas e inventaremos pactos por si los malos se cuelan entre tanto refugiado.

Sangre, siguen llenándose los mares de sangre inocente. Y nuestras conciencias y manos siguen intactas ante la tragedia.

Que no paren las televisiones de intoxicarnos con noticias sin contrastar, que no paren de recordarnos la crueldad de los autores, que no dejen de enseñarnos fotografías sacadas con un iPhone 6s del lugar de los hechos. Que no paren, por favor. No quiero que dejemos de dar asco.

A mí me duele la piel, me duelen los ojos y me duele este circo que siempre necesita más leña para ir creciendo.

Somos la vida inteligente de este planeta, y lo único que hemos aprendido es a odiarnos los unos a los otros, a matar, a herir, a doler.

inteligencia1

Del lat.intelligentia.

1. f.Capacidad de entender o comprender.
2. f.Capacidad de resolver problemas.
3. f. Conocimiento, comprensión, acto de entender.

 

Hay días que preferiría cerrar los ojos y despertar lejos de esta mierda a la que llamamos civilización. De seres humanos, ya ni hablamos.

Nunca quise.

Nunca quise escribir el final de nuestra historia, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise besarte con los ojos cerrados, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise tocarte sin sentir, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejarte escapar, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise tener que esconderme de la gente, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise quedarme solo en medio de la nada, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejar que el mundo se echara a perder, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejarte dormida en el sofá, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise convertirme en el hombre que no dice nada, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejar que los besos cayeran al vacío, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise que dejara de sonar nuestra canción, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise caminar solo por ciudades sin nombre, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise bailar bajo la lluvia sin ti de la mano, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise ser el villano de la historia, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise ser llanto en la noche, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise ser poeta, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise morir de amor, pero si es por ti,

quizá eso sí.

Eso sí quiero hacerlo.