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Después de ti.

Su cuerpo es un naufragio, de esos que acaban con todo, y arrasó conmigo. Y ahora no tengo ganas de nadar, sólo quiero respirar hondo y llenarme los pulmones de agua salada.

Que la muerte sea más rápida que este dolor que nunca para de crecer.

Su cuerpo es ese paraíso perdido que todo el mundo quiere encontrar. Y después de haberlo acariciado sólo quiero cerrar los ojos y dormir el resto de mis días.

Que vivir a partir de ahora sólo va a ser un cruel castigo autoinflingido.

Ya nada tiene sentido.

Ni la noche.
Ni el día.
Ni el invierno.
Ni el verano.

Ni la guerra y paz de nuestros labios contra los del otro, ni las marcas en la piel y las astillas en el corazón.

Podríamos haber hecho magia juntos pero tuviste que poner las cartas sobre la mesa antes de tiempo.

Y es que quizá para ti sólo he sido un entretenimiento, el peor con el que podías encontrarte de todos los posibles candidatos. Si tiraste a dar, acertaste de pleno en la diana.

Ahora, y por mucho que lo intentes, no vas a conseguir que te odie. No voy a ponértelo tan fácil. No ha entrado nunca en mis planes otra cosa que no sea quererte.

Sabes de sobra que podríamos haber sonreído a diario, pelearnos por tonterías, perdonarnos a besos, hacernos fotos a oscuras, visitado ciudades en las que nos diera igual no entender el idioma mientras tuviéramos entrelazados nuestros dedos.

Sabes de sobra que podríamos haber sido los espías más vigilados de toda la ciudad, los mejores amantes después de los cuarenta, un par de cazadores de auroras boreales.

Me topé contigo, el iceberg de todo Titanic.

No sé si tú has aprendido la lección, pero yo no me veo capaz de volver a comprobar lo que duele el amor verdadero.

Después de ti, ya no.

Después de ti no creo en los finales felices.

La muerte sabe bailar bien.

El antihéroe es un protagonista que vive por la guía de su propia brújula moral, esforzándose para definir y construir sus propios valores, opuestos a aquellos reconocidos por la sociedad en la que vive.

Soy el antihéroe, el raro, ese que no encaja en ninguna parte, un completo incomprendido, apartado, y ese tipo de artista que queda en el olvido porque nadie entiende su mierda de obra.

Soy el mal protagonista de una novela de aventuras, un Romeo venido a menos, el que está en plena decadencia moral y apenas se da cuenta de ello. Inseguro de mí mismo, falto de confianza. Nunca mantengo la mirada demasiado tiempo por si alguien es capaz de leer mis pensamientos. Guardo a toda costa mis sentimientos para no parecer frágil, más de lo que ya soy. Siempre con la máscara de falsa felicidad, de aparente bienestar porque no puedo permitirme el parecer débil.

Todo debería haber sido más fácil.

Yo sólo quería ser el bueno de la película, el que al final gana, el que vence al mal y hace del mundo un lugar mejor, y no ha sido posible. Me quedo siempre a las puertas de conseguirlo todo. Como lo de salvarte, sólo quería hacerlo sin darme cuenta de que, en el fondo, no querías ser salvada. Y contra eso sí que no tengo armas, has logrado desmontarme, volver a convertirme en pequeñas piezas de un puzzle que ya no soy capaz de reconstruir.

Si soy sincero yo no quería esto, sólo quería cerrar los ojos y dejarme arrastrar por la felicidad de una jodida vez, sin darle vueltas a todo, sin cegarme de dolor. Sólo quería que una ola me arrastrara hasta la siguiente y descubrir el final del cuento cuando estuviera en él.

Pero no me has dejado.

Has querido poner las barreras antes de tiempo, llenarlo todo de culpa y silencio.

Da igual, no me hagas caso, lo único que importa es que a estas alturas de la vida ya todos sabemos que la muerte sabe bailar bien.

Y que yo seré su mejor pareja de baile.

Hacia rutas salvajes.

Al menos, él hizo con su vida lo que quiso, sin importarle nada más. Tal vez fue un egoísta, un egocéntrico narcisista revolucionario que no pensó en los demás. Pero fue feliz mientras pudo. Antes de que la vida se escapara tras la niebla del McKinley.

Otros, como nosotros, como tú y como yo, nunca podremos apreciar la vida como él lo hizo. Sólo nos podremos quedar de pie ante las vías de un tren que nunca pasa, ante un muro de acero que no nos deja ver más allá, ante la comodidad de lo conocido.

Otros, como nosotros, como tú y como yo, siempre tendremos en la recámara una pregunta que nos matará poco a poco con el paso de los años, por ser incapaces de pronunciar algunas cosas en voz alta, por guardar palabras para no herirnos o para no tener que enfrentarnos al rechazo:

¿Qué habría pasado si nos hubiéramos atrevido a estar juntos?

Al menos, aparte de cierta estupidez, McCandless nos enseñó algo.

Supongo que en eso debería consistir la vida, en intentar conseguir todo aquello que quieres, en esforzarse, en luchar, en pelear con uñas y dientes por las causas justas. Ser consecuente.

Algunos necesitan dinero, otros amor, otros tan solo contemplar una puesta de sol, pero todos, a nuestra manera, intentamos ser felices.

Lo que no deberíamos aceptar en nuestra historia es el dolor, el daño, la indiferencia, el odio ni la rabia.

Lo que no deberíamos aceptar es el quedarnos con las dudas, quedarnos quietos por culpa del miedo, no dejar que se extiendan nuestras alas.

Lo que no debería aceptar es seguir sintiéndome un idiota por quererte.

Ojalá algún día sea capaz de anestesiarme y que todo, absolutamente todo, me de igual.

Sobre todo tú.

Tumbas.

El olor a tierra mojada le invade las fosas nasales mientras sigue con la mirada clavada en la piedra. Lleva un par de horas calándose bajo la lluvia por decisión propia y no tiene intención de mover un pie para alejarse de aquel lugar. La otra opción es encerrarse en casa entre suciedad, desorden y ganas de saltar por el balcón, y ahora mismo no le apetece demasiado acabar aplastado contra el suelo aunque no le parece mal plan para un domingo por la tarde.

El viento le mece un mechón de cabello, rebelde, que ya lleva demasiado largo para su gusto. Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca una cajetilla de tabaco, coloca un cigarro entre sus labios y pasa casi un minuto buscando un mechero en su pantalón. Juraría que estaba aquí. La lluvia le moja el cigarrillo después de tan solo dos caladas y se da por vencido, lo tira al suelo y no se esfuerza ni tan siquiera en pisarlo. Traga saliva al leer el nombre de la lápida que tiene frente a sus ojos y pasa sus dedos sobre el relieve de una cruz que hace tiempo que dejó de tener sentido para él. Siente los ojos vidriosos, con las lágrimas inundando el borde de sus párpados inferiores y se contiene, mira al cielo gris por un momento y después clava su mirada en la fotografía en color.

¿Por qué vivimos en un mundo en el que un niño puede morir? 

Deja un beso sobre el mármol gris, un beso frío que le eriza la piel. Pensar en el cuerpo descompuesto de su pequeña le provoca náuseas.

Toma aire y observa también el nombre de su mujer. Letras doradas en relieve, algo que ella hubiera odiado. Sonríe durante un segundo por ese pensamiento. Pasa de nuevo su mano sobre el mármol de la lápida y susurra algo para sí mismo. Decide marcharse de allí antes de imaginar las fracturas en sus huesos, la hemorragia en sus órganos internos, el dolor antes de perder la consciencia.

Mete las manos en los bolsillos, camina rápido, y el cielo y los recuerdos se desploman sobre él.

Supernovas.

Buscando rutas salvajes llegué hasta a ti, o tú hasta mí, eso es algo que no acabo de tener claro ni de entender muy bien. No sé qué acabó pasando ni de qué manera, tampoco entiendo cómo acabamos confundiendo la amistad con algo más, o algo menos.

Nos convertimos en dos leones indomables encontrándonos sobre la cama, desgastándonos los labios con besos cargados de rabia y dolor, cosiéndonos cada jirón del que estamos hechos con paciencia y buena letra. Nos convertimos en manantiales que calmaban nuestra sed sin que hiciera falta nada más, dejando que nuestros dedos vagaran sobre cada rincón como si fueran las teclas de un piano. Nos convertimos en agua salada después de sudarnos en cualquier rincón.

Ahora creo sólo hemos sido un par de supernovas en medio de nuestro oscuro universo. Explosión y después nada. Se apaga la luz y yo voy a seguir buscándote en cada relámpago en medio de la tempestad. Sería optimista si hubiera motivos, lo sería si este tifón fuera a tener algún efecto en tus pensamientos.

Supongo que seguiré dedicándote palabras cuando te olvides de mí, cuando sólo sea un borrón sin rostro en tus recuerdos y yo siga teniendo heridas que no se han cerrado, que se infectan, que me acabarán matando.

Yo sólo quería mantener viva esa pequeña ilusión que habías plantado en mí con tus caricias y ahora ya no sé muy bien lo que nos queda, si es que en algún momento llegamos a construir algo juntos.

Lo que me da miedo de verdad es ver que todo puede morir, que nada es eterno, que todo tiene un comienzo y un final en este espacio-tiempo.

Lo que me da miedo de verdad, lo que me hace tambalearme y que me tiemblen las piernas y la voz, es entender que este amor también tiene fecha de caducidad.

Palabras incómodas o el Rey del mundo.

Todavía no sabemos qué hay debajo de la máscara, todavía no sabemos quién somos en realidad. Tanteamos, buscamos la supuesta perfección, creemos que sabemos todo lo que queremos de la vida como si eso fuera tan sencillo, como si no estuviéramos haciendo con nuestros cuerpos lo que la sociedad espera de ellos en lugar de elegir por nosotros mismos.

Seguimos idealizando relaciones y personas como si no estuviéramos todos rotos por defecto, como si no naciéramos llenos de grietas que tenemos que ir rellenando con el paso de los años. Ni la chica guapa, ni el de cuerpo escultural acaban de ser felices aunque sonrían en todas las fotos de sus viajes.

Seguimos creyéndonos únicos por la sensación de soledad que sentimos en el pecho cuando nos tapábamos con las sábanas, como si no fuera algo universal lo de pensar que nadie te comprende, que nadie te puede ayudar, que tus problemas los tienes que resolver tú solo.

Y parece mentira, nosotros, que somos expertos en dar consejos a los demás mientras hacemos un desastre de nuestras propias vidas.

Parece mentira, nosotros, que somos expertos en criticar el modo de vida de los demás: porque van a ser padres tan jóvenes, porque a los cuarenta años aún no tiene novio, porque se acuesta con una chica diferente cada día de la semana, porque siempre acaba poniendo los cuernos a sus parejas.

Qué fácil es llenarse la boca con las decisiones de los demás cuando somos incapaces de tomar las nuestras, cuando es más fácil acomodarse y parecer un santo sin serlo.

Yo creo que debemos tomar aire, ver cómo bailan las cometas por el cielo y dejar de intentar entenderlo todo.

Yo creo que debemos correr en la dirección que queramos, aunque parezca el camino peligroso, aunque no sea la carretera principal. Disfrutar del viaje sin importar si llegamos a nuestro destino, porque el único destino que tenemos claro que llegará es el de la muerte y ya no quiero arrepentirme por nada cuando mis huesos reposen en el cementerio. Y sólo nos queda intentar que duela menos mientras la oscuridad final llega, dejar de lado toda la pena que nos recorre las venas.

Mientras tanto, me seguiré creyendo el rey del mundo cuando acaricias mi nuca y me plantas un beso.

Rayo de luz.

Otra vez cae la gota de whisky por su barbilla. Otra vez le escuecen los ojos y le falta la voz. Ya no hay roces en su piel ni marcas recientes en su corazón.

Le pasa cada día, que el mundo se le viene encima e intenta empezar de nuevo. Sin éxito. Le pasa cada día, que sólo siente algo de calidez cuando su recuerdo le inunda la memoria y se asienta en su garganta.

Perdió la esperanza hace tanto tiempo que ya no recuerda lo que es sonreír de verdad, no recuerda lo que es que el sol salga y se ponga cada día, y no le importa en absoluto lo que suceda a su alrededor. Dejó de preocuparse por sí mismo y ahora ya ni se inmuta por lo que pueda pasarle a los demás. La vida le hizo tanto daño que se quedó en nada, dejó la humanidad olvidada en alguna alcantarilla y ahora supone que es demasiado tarde como para recuperarla.

Lo único que le mantiene unido al mundo real es el trabajo, algo que hace para poder vivir, aunque a veces se pregunta si tiene sentido. El trabajo, y enfrentarse a una hoja en blanco cada tarde aunque ella ya no pueda leerle.

Hay almas que se apagan poco a poco, llega la enfermedad para introducirse en sus huesos, para ir carcomiendo su espíritu y al final, la Parca las coge de la mano, sonríe y se los lleva. Cuando alguien se va, su hueco no lo llena nadie, por mucho que el tiempo intente poner parches para ello, por mucho que aparezcan nuevas personas y distracciones. Cuando alguien nos deja hay rabia y dolor, e incomprensión. Luego viene la calma y cierta tranquilidad pero no hay cura para la ausencia.

Echar de menos un abrazo, una risa, su forma de hablar, una mirada, su olor, una caricia.

Nadie merece la muerte pero el corazón de alguien acaba de dejar de latir.

Aún recuerda cómo cogió su mano en aquella cama de hospital, aún recuerda cómo besó su frente fría por última vez, aún recuerda cómo dejó que sus labios rozaran los suyos antes de susurrarle un último adiós.

Y cree que en aquel momento sus cuerdas vocales se quedaron paralizadas para siempre.

Ella se lo llevó todo, hasta sus palabras. Quizá es por eso, que ahora tan sólo escribe.

El callado, taciturno y misterioso. El vecino que nunca conversa con nadie en el ascensor.

El mundo habría perdido mucho menos si él se hubiera ido antes. La humanidad habría salido ganando si ella se hubiera quedado para seguir luchando.

La botella vacía derramada por el suelo, las lágrimas rodando por sus mejillas, el humo de veinte cigarros mal apagados ascendiendo por la habitación, una página en la que sólo está escrita la palabra fin.

Y una grieta entre las costillas que no se puede arreglar ni con la mejor cirugía.

A su alrededor sólo un rayo de luz colándose en medio de tanta oscuridad, y es ella. El reflejo de su pelo.

Niebla inerte, I.

Los edificios del puerto bostezan entre la niebla inerte. Los pasos de Alonso Cuervo golpean el pavimento húmedo de una mañana cualquiera de otoño. Todavía no ha amanecido y él ya siente arder los pulmones mientras en sus auriculares suena la voz grave e inconfundible de Ricardo Lezón en Rugen las flores. Esa canción se ha convertido en algo imprescindible para él, esa canción es ahora mismo casi un leitmotiv. Le acompaña en modo repetición cada día cuando sale a hacer cuarenta y cinco minutos de ejercicio por el cauce del río Turia.

Desde que la tragedia se agarró a sus músculos y sus neuronas como un perro de presa necesita estar activo. Trata de no pensar, trata de seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Tiene controlados sus días al milímetro. Saca las llaves para entrar en su edificio, se quita los auriculares cuando acaba la canción mientras sube en el ascensor y entra en su piso demasiado silencioso. Las luces de la calle se van apagando y él se mete en la ducha después de dejar la ropa sucia en el cesto correspondiente. El orden y la limpieza son importantes para él. Se enjabona y se aclara con agua dos veces. Después de mirarse al espejo mientras se seca decide no afeitarse, todavía tiene margen de unos días para tener que perder el tiempo con la espuma y la cuchilla.

La rutina de cada día le hace saber que tiene exactamente treinta minutos para llegar a su puesto de trabajo. Vive a una buena distancia como para ir en bicicleta, el complemento perfecto para pensar en los trayectos de ida y vuelta, excepto los días de lluvia. Ni Valencia ni los valencianos están preparados para los días de lluvia y todo se vuelve caos, y luces de farolas reflejadas en los charcos.

Alonso se prepara un café mientras escucha las noticias en la radio y se pone al día con los últimos acontecimientos. El mundo está igual de perdido que siempre, y los temas de moda son los mismos que hace veinte años: problemas en el gobierno, la deriva de la economía mundial y el cambio climático. Los seres humanos no hemos cambiado nada con el paso del tiempo. Somos copias de nuestros antepasados cometiendo los mismos errores una y otra vez. Un disco más que escuchado que está para tirar a la basura.

Su teléfono recibe un par de mensajes y antes de desbloquearlo observa su fondo de pantalla. Una foto de Eva y Diana, su mujer y su hija. Las dos sonrientes, las dos lejanas, las dos que ya no están.

La muerte ha formado parte de su vida desde bien pequeño. La muerte forma parte de su día a día y de alguna que otra noche, cuando le toca estar de guardia. La muerte acudió un cuatro de noviembre con su sonrisa lánguida y las arrancó de esta vida terrenal después de que un coche se saltara el semáforo que hay junto a la entrada del edificio Materno-Infantil del Hospital Clínico, ese cruce maldito de la Avenida Blasco Ibáñez.

Qué caprichoso el destino y qué difícil seguir respirando para los que se quedan solos y perdidos. Por eso, Alonso Cuervo deja el teléfono sobre la mesa, camina hasta la habitación en la que dormía Diana, se abraza a un oso de peluche, uno que conserva desde su infancia y al cual su hija adoraba, y rompe a llorar.

Púdrete en el infierno.

Al abrir la puerta, los libros por el suelo, la ropa sobre el sofá y un par de botes de cerveza abiertos y tirados por encima de la mesa. Una página arrancada y arrugada de una libreta cualquiera en la que escribe sus cosas. El primer vistazo a las estanterías le hace creer que el inquilino tiene cierta obsesión por la literatura, desde los clásicos más universales hasta autores de dudosa calidad mucho más actuales.

La casa huele a tabaco, a cigarros apagados hace poco y a comida rápida. El desorden imperante le hace pensar que él también debe ponerse manos a la obra en su propia casa, pero que ya tendrá tiempo para hacerlo. Distingue el olor de la sangre, como si fuera un sabueso, distinguiría ese aroma férrico a cientos de kilómetros. Vampiro moderno del crimen.

Camina por la casa con cierta cautela, a pesar de todo, es como si se estuviera codeando con un ejército de sombras que se encuentran al acecho y observan cada uno de sus pasos. No tiene miedo, si lo tuviera hace años que habría dejado aquel empleo mal pagado en el que se siempre acababa lleno de mierda hasta las cejas. Se da cuenta de que la ceniza del cigarro que lleva entre los dedos ya ha ido dejando rastro en el pasillo y no le importa, por un momento -piensa- se trata de la historia de Hansel y Gretel y se está asegurando de conocer el camino de vuelta a casa.

El olor a muerte se le clava en la nariz, el olor a muerte de hace días, y se hace cada vez más insoportable. Una nube de moscas negras cubre el pasillo y se tapa el rostro con el brazo. Sabe que va a necesitar más de una ducha para desprenderse de aquel hedor. El cadáver sobre el suelo se encuentra rodeado de un líquido espeso y oscuro que huele a rayos. Las temperaturas altas de los últimos días y la orientación del piso aceleran el proceso, sin duda.

-Garrido, tienes un muerto que lleva aquí más años que tú.-dice tras marcar el número del Comisario.- Voy a llamar al 112.

Según tiene entendido, el tipo era un hijo de puta, por lo que tampoco siente mucha pena por verlo allí en proceso de descomposición. Se acerca a la mesita de noche, donde están las gafas, un teléfono móvil y una cartera de la que asoman unos cuantos billetes de 50€.

-Me cobro las deudas, cabrón.-Al menos una parte.

Se toma las molestias de abrir la ventana de la habitación para que aquel ejército de dípteros salgan en manada al exterior y vuelve sobre sus pasos. Se acerca a una de las estanterías del comedor y sonríe al descubrir El Jugador de Dostoievski en una bonita edición. Coge el ejemplar, lo ojea un par de segundos y sale del piso cerrando la puerta mientras vuelve a coger el teléfono.

Púdrete en el infierno.

Océanos.

Civilización extraña la nuestra, que ya no recuerda a los viejos, que detesta la noche y lo llena todo de luces para no ver las estrellas. Civilización extraña nosotros.

Atlántico entre los dos, y yo ando loco perdido. Vagar por tu cuerpo cansado de pensar, soñar sin sueño, abrir los ojos después de cerrar la puerta, hacer paracaidismo entre fuegos artificiales.

Pacífico de aguas claras, que baña las playas de tus piernas, marinero sin hogar, Hemingway post-moderno, malhechor desterrado por tocarte a deshoras. Y te das cuenta de que también quema el sol cuando ella no está, y que sigue habiendo oxígeno y sangre en el día a día.

Índico con archipiélagos que son como tus risas y nombres tan raros como todo eso que te gusta y desconozco. Estamos en la orilla y nos salpican las olas en forma de verdades eternas y tenemos que apartar la vista, obligados a no mirar el mañana por si duele más de lo que nos gustaría y llega el fin.

Antártico bravo, de atardeceres infinitos, de esplendor dorado, tan lejos de los dos como ese frío corazón que habita nuestra piel. Barcos hundidos, intentos fallidos de huida, valentía arrinconada en el último confín del mundo.

Ártico, frío y solo, de hielo roto, de blanco imperfecto. La muerte del intrépido, el grito del cobarde perdiéndose en la nada. El iceberg entre tanto azul oscuro, entre tanto viento levantando faldas y velas.

Ártico soy yo, sin ti. Océano infinito.