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Ser nada.

Hoy he soñado que caía al vacío y nunca acababa, tenía un nudo en el estómago constantemente que no me dejaba respirar ni gritar. Los ojos abiertos buscando un punto de anclaje que no encuentro.

Me he despertado con la sensación de recibir un golpe con maza en el pecho, mirando al techo en la oscuridad de una habitación que me asfixia, sin ser capaz de buscar un poco de oxígeno en el espacio.

Hay quien se acostumbra a los contratiempos pero no es mi caso. Cada cierto tiempo el puente de madera sobre el que camino se desvanece y tengo que correr hacia atrás para poder volver a empezar cuando se reconstruye.

Y el cuento nunca cambia.

Ahora estoy jugando a no ser, existir simplemente mientras dejo que me crezcan cristales en las tripas y van desgarrándome poco a poco. Sin ser capaz de plantar cara, sin tener recursos suficientes como para sacarlos uno a uno e intentar que no se infecten las heridas.

Abrir los ojos sin tener nombre, ni rostro.

Estar vacío de sentimientos y de ideas.

Dedicarme a deambular por la existencia sin ninguna meta final ni objetivo concreto.

Ser como una roca en la costa que sólo deja que la golpeen las olas del mar.

Un crucifijo de piedra perdido en la montaña.

Una espina que se enquista.

Una mota de polvo que se mece con el viento.

Una raíz muerta en medio de la senda.

El esqueleto de un nido en la rama de un árbol.

Estoy todavía acostumbrándome a la luz blanca y cegadora de este vacío en el que trato de ser nada.

Sigo cayendo en picado, como en el sueño, pero ahora tengo los ojos abiertos.

Podría ser peor, podría estar vivo.

Algunos periodistas sin corazón.

Carroñeros, depredadores ante la desgracia ajena, que huelen la sangre y se abalanzan sobre los restos para repartirse la carne. La aversión que siento cuando veo a los medios regodeándose en la desgracia de las familias se sale de cualquier escala de medición conocida, estoy seguro. No es nada nuevo lo de la poca ética de según qué personas pero siempre me sorprende porque no hay techo, el límite avanza hasta caer por el acantilado.

Los terremotos de información también dejan muertos. Padres, hermanos, amigos, abuelos, que tienen que soportar ver su intimidad expuesta en las pantallas como si no fuera suficiente con pasar por un hecho traumático que te cambia la vida por completo, que te deja frágil y sin consuelo para el resto de los años que te queden en este puto mundo. La jauría ladra, muerde, araña con fuerza y ataca sin piedad y sin control, porque como siempre los efectos colaterales no se valoran lo suficiente.

Tenemos claro que sufre el que se queda, el que tiene que sobrevivir al día a día con la ausencia, con un agujero en las entrañas que no se puede llenar.

Me parece lamentable que se den a conocer detalles pormenorizados de un padre, una madre y sus relaciones, de sus trabajos, de sus compañías, de sus abuelos, tíos y primos, de sus problemas, de sus costumbres. Como si fuera necesario, como si necesitáramos conocer la vida privada de una familia recién golpeada por el dolor. Como si fuéramos alguien para juzgar la vida de otros sin habernos lavado las manos y la boca antes. Como si la opinión pública necesitara para su desarrollo normal datos que sólo atañen al ámbito judicial y a quienes están inmersos en la instrucción del caso.

Y siento náuseas, de pensar que hay buitres observando datos de audiencia, refrescando las estadísticas de una página web, viendo subir el número de retuits o de posts compartidos.

Siento asco por una parte del mundo periodístico que no tiene corazón y también rabia porque nunca se aprende, nunca deja de sacarse tajada de este tipo de crímenes y al final todo se trata del mismo modo sensacionalista sin importar que te llames Miriam, Toñi, Desiré, Marta del Castillo, Ruth y José, Diana Quer o Gabriel.

Siento repulsión al ver que todos nos creemos jueces, abogados, criminólogos y policías, y echamos por la borda la labor de quienes ponen todo su esfuerzo y medios en trabajar de la mejor forma posible ante la presión que supone un caso como este.

Siento impotencia por ver cómo se trata la muerte de un pobre niño de ocho años, porque a estas horas habrá muchos otros viendo la televisión con sus abuelos/padres/tías/tíos/hermanos/hermanas/cuidadores, aprendiendo a diferenciar lo que está mal y lo que está bien.

Ojalá alguien les enseñe a respetar la privacidad, el dolor de los otros y a no usar la desgracia del prójimo en beneficio propio.

En mitad del sombrío invierno.

Nos creemos los héroes cuando quizá no seamos más que los villanos.

Yo sólo sé que soy como un soldado que en plena guerra tiene el brazo roto y no puede sujetar el fusil, y por eso ya no sirve para nada, por eso me mandan a las trincheras y de vuelta a casa en mitad del sombrío invierno (in the bleak midwinter*). Soy a ese al que mandaron en primer lugar a dar la cara, a recibir las balas, los golpes y a llenarse de barro las botas porque mi pérdida no supone nada, porque no soy tan valioso, porque sólo sirvo para sentirme halagado con lo que me toque por fortuna.

Me siento ya en retirada, caminando silencioso entre la bruma y el humo de tabaco, deseando que la lluvia deje de calarme las entrañas para llegar a casa y que alguien, que probablemente no lleve tu nombre, me cure las heridas y me cuide el corazón.

Sabemos que el mundo va a consumirse a sí mismo, que nosotros estamos ayudando a que todo se desintegre más rápido de lo que debía hacerlo. Pero imagina, imagina por un instante que existe una cuenta atrás, imagina que hay un plazo, que tenemos una fecha exacta en la que todo se destruirá.

Imagina que eso va a suceder en cinco años, que entonces el mundo ya no será mundo y tú no serás tú, y tus manos no serán manos. Y todo se habrá acabado, de un instante a otro, todo desaparece y no hay conciencia, ni cultura, ni ricos, ni pobres, ni historia, ni facturas, ni peleas, tampoco miradas cómplices, ni caricias, ni la tristeza de un domingo por la tarde.

Imagina que el mundo tiene fecha de caducidad y que tú tienes un temporizador marcando una cuenta atrás que llegará a cero y lo destruirá todo. Piensa bien a quién querrías dar el último abrazo, el último beso, a quién hablarías por última vez, qué canción escucharías antes de ser parte de alguna estrella, qué comerías la última noche, qué dirías para despedirte.

De verdad, para un segundo.

Un minuto.

Dos.

Tres.

Los que sean necesarios para que pienses un poco.

Mira a tu alrededor, mira tus manos, tus pies, tu cara en el espejo del pasillo.

Mira tus libros en las estanterías, las últimas conversaciones en tu teléfono.

Mira tu vida y piensa si estás haciendo con ella lo que realmente quieres.

Y si la respuesta es no.

Si la respuesta es no, cámbiala porque quizá el mundo no acabe tan pronto, pero el tiempo pasa rápido, y entonces respirar no te habrá servido para otra cosa que para doler, y estoy convencido de que no hemos venido al mundo para eso.

Si la respuesta es no: sal de casa, búscale, llama a su puerta para quedarte, y aprovecha el tiempo hasta la muerte o hasta el fin del mundo, lo que llegue antes.

*In the Bleak Midwinter, es un poema de la poetisa inglesa Christina Rossetti. Fue una frase popular entre los soldados de la Primera Guerra Mundial. Aparece en varios capítulos de la serie de la BBC Peaky Blinders.

El hilo de la vida.

El hilo de la vida es fino, como el hilo de las telas de araña, quizá por eso nos sentimos atrapados contra nuestra voluntad como esas moscas que caen en la red y no pueden ya batir sus alas.

Tu vida pende de un hilo desde el momento en el que naces y Láquesis decide su longitud, para nuestra desgracia. No sabemos el momento en el que nos va a tocar decir adiós, no tenemos la suerte o la desgracia de saber qué día dejaremos de hablar para siempre y pasaremos a ser una más de las sombras que habita el otro mundo.

Nos toca vivir sin llegar a saber nunca si lo estamos haciendo bien o deberíamos cambiar las cosas.

Y cómo no sé cuándo tendré que despedirme de manera definitiva sigo luchando contra todo pronóstico, intentando llegar a ti aunque no salgas en los mapas, intentando llegar a mí aunque siempre esté perdido.

Supongo que lo único que nos queda cuando exhalamos el último suspiro es no tener que arrepentirnos de nada, irnos tranquilos a donde sea que vayamos mientras nuestro cuerpo se queda inmóvil para el resto de la eternidad. Lo único que no me quiero llevar a la tumba son remordimientos, ni la mala conciencia de saber que no hice todo aquello que quise hacer. Lo único que no podemos permitirnos es lamentarnos por no haber besado lo suficiente, ni haber cuidado de quien se lo merecía, ni haber dado la mano a quien lo necesitaba, ni haber gritado a pleno pulmón todo lo que pensábamos, ni haber leído, bebido, follado, reído, llorado, escuchado, abrazado, y sobre todo, sobre todas las cosas, haber amado.

No sé si llegaré a estar sobre una cama consumiéndome, no sé si llegaré a tener tiempo para pensar y recapacitar sobre mi vida. Tampoco sé si visitaré el infierno o me quedaré para siempre atrapado en el purgatorio intentando remendar mis errores terrenales. Quizá me toque volver a subir al cielo, como he hecho cada una de las veces que tus dedos se han enredado en mi nuca.

No sé si me moriré de frío allá donde esté y le seguiré teniendo miedo a la oscuridad que me llena por dentro desde que vi mis ojos reflejados en un espejo.

Sólo espero seguir recordando tus caricias cuando se vayan con el viento, y tus ojos brillando cuando quieres decirme algo y mis heridas, sobre todo quiero recordar mis heridas, porque sólo duele aquello que importa.

Y las heridas que tú me has hecho, te prometo que no se borran.

 

La larga espera.

Se han agotado los días y lo anuncian en la radio.

La Navidad ha vuelto a colarse entre la gente, para hacernos creer que somos buenas personas, las luces de colores alumbran las calles y los árboles, y se nos vacían los bolsillos mientras otros se llenan las cajas. Parece que ya hemos vuelto a reducirnos a abrazos de cartón y sonrisas escondidas tras champagne barato.

Podríamos cogernos de la mano y pasear entre la hipocresía, ser felices sin necesidad de que sea un día festivo, reírnos de la vida igual que ella se ríe de todos nosotros, burlarnos de la muerte igual que ella se burla de todos nosotros, dejar de enfadarnos con todo aquello que nos sale mal.

Y no dejo de preguntarme, no dejo de lamentarme, no dejo de machacarme, no dejo de estar solo entre toda la multitud que llena las calles peatonales del centro. No dejo de hacerme pequeño, invisible, no dejo de dejar de existir, no dejo de ser mi propio enemigo.

No sé cómo decírtelo otra vez sin sonar a más de lo mismo, pero te prometo que arriesgarse vale la pena. Si nos hemos hecho felices de lejos, imagina lo que podríamos hacer teniéndonos cerca, rozándonos antes de cerrar los ojos y roncar tranquilos.

Yo pensaba que los besos y la música eran excusa suficiente para conseguirlo todo, que mirarse a los ojos y respirar al mismo tiempo servía para quedarse para siempre.

Voy caminando despacio porque no quiero alejarme demasiado, porque no me atrevo, porque tengo que hacer lo último que quiero hacer. Voy haciéndome arañazos en el pecho y en los brazos, voy sangrando tan poco, tan lento que no consigo nada.

No sé si te acuerdas como yo de la falta de vergüenza en las noches y en los bares.

No sé si tú también recuerdas los abrazos silenciosos por la espalda con la cabeza llena de pensamientos contradictorios y ruido.

No sé si tú eres consciente de lo cerca que estamos de tenerlo todo y de no tener nada al mismo tiempo.

No sé si ves que la balanza sigue estando a nuestro favor y que eso sólo puede significar algo bueno.

Nos esperan las sirenas en la orilla, nos esperan los gorilas en la niebla, nos esperan los amantes del círculo polar, nos espera el club de los poetas muertos.

Nos esperan los regalos, los de verdad, los de acariciarse la mejilla y retirarse las lágrimas de emoción, esos que te tienen con el corazón encogido y sin saber qué palabras de agradecimiento pronunciar después de quitar el envoltorio.

Me esperas tú.

Te espero yo.

Todavía sueño.

Dicen que existen otros mundos, otras realidades, otras existencias en las que todo puede ser igual pero de un modo distinto. Mundos en los que nosotros podríamos ser nosotros y mirarnos a los mismos ojos pero con otros sentimientos, con un fondo diferente. La función es diferente cada vez que se representa en el teatro, y la sinfonía suena distinto cada vez que se interpreta, y supongo que eso podría pasar con nuestras almas, que cuando cobran forma de nuevo, cuando vuelven al mismo cuerpo todo puede cambiar.

En una realidad paralela todo sería muy distinto, te lo aseguro.

En una realidad paralela todo es diferente pero no exactamente del revés.

En una realidad paralela no todas pero algunas cosas son mucho mejor.

Los meses de otoño no son tristes.

La soledad no duele.

Las sonrisas permanecen.

El silencio no es incómodo.

La sensibilidad es una virtud.

Los abrazos y los besos no se tienen que pedir.

Hay libros para todos.

La muerte te pide permiso.

El dinero no lo es todo.

Siempre hay tiempo para las despedidas.

Se demuestra lo que se siente.

No se oculta la verdad.

Mirar a los ojos es un mandamiento.

El miedo no existe.

El agua nunca falta.

Lo bonito no se tiene que esconder.

En una realidad paralela ahora mismo estás cogiéndome la mano, entrelazando tus dedos con los míos, paseamos juntos, los domingos no son tan grises.

Al final nunca pierdo la esperanza, quizá por eso todavía sueño.

Día de muertos.

Uno de noviembre, el mundo ríe y llora al mismo tiempo.

Como siempre.

Hay gente visitando el cementerio una vez al año, gente llorando en sus casas, gente de resaca porque anoche decidió disfrazarse y beber hasta caer rendido, gente viviendo un día normal, gente que comerá con su familia para recordar a los que se fueron, gente que mirará las fotos y pondrá unas velas, gente que comprará flores artificiales y las pondrá en una lápida, gente que mirara el hueco de la cama, gente que cerrará la puerta de la habitación mientras se le encoge el corazón.

Pero aún no nos hemos dado cuenta de que los muertos somos nosotros y no los que han seguido dando vida al ciclo natural. Nosotros que aún tenemos la suerte de poder abrir los ojos cada mañana y poner un pie en el suelo, y no hacemos nada con ello. Nos dedicamos a repetir una y otra vez las mismas acciones automatizadas: lavarnos los dientes, ponernos colonia, desayunar, cambiar de marcha, saludar por la calle. Nosotros que tenemos la fuerza necesaria para cambiar el mundo y no la aprovechamos, nos quedamos sentados en las sillas que llevan nuestro nombre, nos ceñimos al guión de nuestra vida en lugar de arriesgarnos y salirnos de la historia y comenzar a escribir nuestros propios pasos.

Somos conformistas, acomodados, revolucionarios de boquilla, indignados de sofá.

La muerte sólo nos enseña que un día nos acabamos, dejamos de pensar, de sentir, de ser, y que hasta que eso llega debemos aprovecharlo.

La muerte sólo es un aviso, una lección, para que sepamos disfrutar todo aquello que tenemos.

La muerte sólo es una señal para que nos tomemos la vida como un privilegio y tengamos la valentía de atrevernos a volar fuera del nido. Y está bien llorar, lamentarse y quejarse una y otra vez de la mala suerte que nos rodea pero el tiempo corre.

Por eso esta vez no voy a pedirte que vengas, porque eso es lo fácil, hacer que el otro haga cosas por nosotros, dejar que el resto se encargue de las responsabilidades y lavarnos las manos. Lo sencillo es dejarse querer, no preocuparse por los demás, que estén pendientes de nosotros, tener la atención.

Y yo no soy de los que tiran la piedra y esconden la mano, yo no soy de los que besan y olvidan, yo no soy de los que rompen algo y dejan los trozos por el suelo. Yo no soy de los que quieren y permiten que todo quede en el aire.

Esta vez no voy a pedirte que vengas porque si realmente (me) quisieras ya estarías aquí.

No te muevas si no quieres yo voy a vivir hasta que se apague la luz.