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Mundo animal.

Un pájaro me ha mirado con cierto descaro, mientras volvía a casa, a pesar de su pequeño tamaño y su apellido común. Diría, aunque parezca imposible, que durante unos segundos escasos nos hemos entendido mutuamente. Él mi ritmo lento, de cierto hartazgo vital, yo su pausa cotidiana justo antes de volver a emprender el vuelo con un leve movimiento de sus alas.

Puede que ambos nos hayamos planteado qué pasaba por la cabeza del otro. Supongo que somos parecidos, y a algunas horas del día probablemente iguales con la necesidad de cubrir los instintos primarios como única meta: comer, reproducirnos y dormir.

Los humanos, a fin de cuentas, somos tan básicos y complicados como puedan serlo el resto de seres vivos.

De algún modo, lo único que nos hace diferentes es esa capacidad de destrucción que tenemos por encima de todo. Somos capaces de destruir cualquier cosa, de destruir ecosistemas, autoestimas, vidas, países, y visto lo visto, también planetas. Todavía es pronto para hablar del Universo, pero podemos lograrlo sin demasiado esfuerzo si nos dan el tiempo suficiente como especie.

Supongo que también es muy humana la envidia, no veo a los perros ni a otros animales de cuatro patas perdiendo el tiempo en esas cosas.

Tenemos algunas ventajas y muchas desventajas, por ejemplo: tendemos a preocuparnos por cosas insustanciales que nos roban tiempo para los temas importantes, tenemos que entrenar nuestra imagen personal y averiguar cómo proyectarla de manera adecuada para hacer creer al resto que somos de este u otro modo.

Todo es muy cansado.

Yo preferiría que mi única misión en la vida fuera mantenerme vivo hasta la mañana siguiente, algo que más o menos se me da bien. Lo demás es demasiado complicado para alguien como yo, que apenas sé levantarme de la cama, comer a buena hora y acostarme cuando debo.

Pero, al parecer, un pájaro granívoro consigue hacerme reflexionar más de lo que podría hacerlo gran parte de la humanidad.

En construcción.

La ciudad está en construcción, como algunos corazones en los que, si te asomas, pueden verse los cimientos a medias y las anti-estéticas grúas amarillas ocupando el horizonte. Es todo tan nuevo por estas inestables tierras llenas de agua salada y mañanas de niebla densa que ni siquiera el clima sabe cómo debe comportarse.

El mundo ya está tan loco como lo estoy yo.

Y, a pesar de todo, la vida sigue pareciendo bonita entre tanta maraña de mentiras sin control y gente sin escrúpulos.

Lo trágico es que hemos dejado de pensar en el futuro porque dudamos ya de su existencia, y que la inspiración está en estos tiempos tan arrinconada como las personas de buenos sentimientos.

Y que yo estoy tan lejos de ti como el fuego de la gasolina, o el ratón del gato.

Vuelvo a las andadas, a reiniciarme y llenar la nevera de cerveza, a pasar las noches pegado al sofá, entre libros que no consigo acabar y series que escucho de fondo.

He vuelto a volver.

Mi única misión a cumplir es dejar de tener planes, dejar de adelantarme, quitar las piezas del tablero y guardarlas de nuevo en su cajón.

Y escuchar el saxo tenor de Stan Getz cuando la luna se enciende, se me cansan los dedos y el alma, y la noche se antoja demasiado larga y tediosa sin compañía.

Te dejo las llaves debajo del felpudo de la puerta.

Entra cuando quieras.