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Un mundo en el que ya no me mires.

La ciudad ya no duerme, ni la gente, porque tenemos miedo de cerrar los ojos y que el mundo conocido desaparezca bajo nuestros pies cuando despunte el día, tenemos miedo de que todo cambie de golpe sin habernos dado cuenta, sin haber formado parte. Tenemos un miedo ensordecedor a abrir los ojos y no reconocernos, a sentirnos fuera de lugar, como cuando la persona que duerme contigo es de pronto, con tan sólo una vuelta del minutero a la esfera del reloj, un completo desconocido.

Me gustaría escupir como lo hace Chinaski, con palabras certeras y verdades incontestables a pesar de que pasen los años y las páginas en las que están escritas su vida y milagros comiencen a parecer las hojas de algunos árboles en otoño, justo cuando están a punto de caer. Me gustaría que mis frases y mis besos fueran para ti también como tiros a quemarropa directos al corazón de los que no poder escapar.

Entre letras y pensamientos sigo siendo un viejo luchador, ya lejos del ring y de las apuestas, de los focos y los flashes de las cámaras. Sigo siendo un luchador que ya no espera nada, por eso todo es diferente, por eso todo ha cambiado y los mapas, los caminos y las señales ya no me parecen los mismos de antes.

Te sujeto ahora después de las tormentas, los temblores de tierra y de piernas, como se sujeta a cualquier pájaro, sólo con la palma de la mano, para que si te quedas o te vas sea porque es lo que quieres, lo que sientes en ese pequeño rincón inaccesible que todos tenemos guardado entre la carne. Supongo que el amor también es eso, que el otro tenga la libertad de decidir siempre aunque te pueda doler, y sobre todo creo que se trata de nunca intentar apretar las manos para que alguien se quede a tu lado.

No tengo muy claro lo que quiero en esta vida, ni lo que espero del futuro, lo que sé con certeza es que no quiero despertarme un día y sentir el vacío de tu existencia palpitándome en las manos, latiéndome en el pecho.

Lo que nunca quiero es pisar un mundo en el que sólo pueda encontrarme contigo por casualidad.

Un mundo en el que ya no me mires como lo haces ahora.

Cóctel de benzodiacepinas.

Aún no ha salido el sol, y a pesar del silencio cauto de la ciudad no puedo estar tranquilo. La luna se despide con un beso del cielo añil, escondiéndose hasta que la dejen vagar de nuevo en un lienzo negro. El despertador no ha sonado todavía y estoy sentado en el borde de la cama mirando las puertas torcidas del armario. No puedo evitar tener la sensación de haber perdido otra noche, de no haber descansado lo suficiente, de no ser capaz de borrarte de la retina. La sensación de haber vuelto a soñar contigo y no poder recordarlo ni haciendo el esfuerzo.

He vuelto a no cerrar por dentro y con la puerta abierta puede entrar cualquiera a hacernos daño. He vuelto a dejarme de lado sin darme cuenta, a pensar en ti primero, a abrir los brazos sin ver que tú no estás aquí.

Y, supongo, que es ya por puro egoísmo -aunque algunos quieran llamarle amor- pero no voy a darme por vencido. Porque el día que tropecé contigo y te descubrí perfecta me olvidé de mi nombre, de mis años, y del alcohol.

No te creas mis sonrisas, hace tiempo que aprendí a pegarlas con celo y fingir indiferencia mientras todo se destruye. Que parezca que todo, absolutamente todo, me da igual.

Espero que el final esté cerca, que acabe el mundo, que nos quedemos sin palabras y tengamos que sentir.

Tengo la puta y angustiosa sensación de que te vas lejos aunque estés conmigo. Y se me forma un nudo en el estómago cada vez que me miras a los ojos y no te atreves a hablar, porque leo la inseguridad en tus palabras y el miedo en mi temblor de manos.

Existen los días en los que espero que un cóctel de benzodiacepinas o pastillas rosas me haga dormir durante unos años. Las ojeras, la taquicardia, el sudor frío que antecede a la pequeña tragedia diaria a la que nos enfrentamos con las manos vacías y el corazón magullado. Y ahí en ese momento de calma y silencio absoluto, en el que aún queda brisa para colarse por la ventana y aliviarme toda esta horrible sensación, pienso que ninguno de mis planes saldrá bien. Ni el A, ni el B, ni siquiera el C si es que existe.

Te prometo que trato de salir de mi mente, de aprender de nuevo, de mover bien las fichas sobre el tablero pero supongo que los héroes, al final, lloramos siempre solos en la oscuridad.

Y que está bien así, que la historia no permite otra cosa. Que el caprichoso del destino ya nos ha puesto a cada uno en nuestro sitio.

Yo lo único que espero es saber encender fuego contigo cuando solamente queden piedras y palos, y que nunca dejemos de hacer milagros en la cama aunque hayamos perdido la fe.