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Como una canción de Extremoduro.

Hay días que son como canción de Extremoduro. Y no tienes claro si esperar con la botella, abrir la puerta de la vereda de atrás o si eres un payaso del que se están burlando con ganas.

Hay vidas en las que todo es polvo sobre los libros de la estantería y latidos apagados contra el pecho desnudo.

Hay épocas en las que el caos de afuera es lo que menos necesitas y sólo buscas un abrazo que te calme, alguien que te sople las lágrimas con dulzura, que te bese la frente, que te haga sentir tan bien como lo hace una manta en una noche de invierno. Y la mayoría de las veces no puedes tenerlo.

“Aceptamos el amor que creemos merecer”

Con lo poco que nos queremos a nosotros mismos sólo esperamos relaciones que nos destruyan poco a poco, amor del que va envenenando con el paso de los años y hace que tus ojos tengan cataratas cuando miras tu reflejo en cualquier charco. Por eso nos hemos aferrado con fuerza a quienes nos hacen daño, a quienes nos tratan mal, a quienes nos sonríen pero luego se ríen de nosotros. En el fondo, nos castigamos a nosotros mismos cuando decidimos mantenernos junto a alguien que no nos trata como debería hacerlo. Y, es que al final, lo único que buscamos todos es sinceridad y un abrazo por la espalda cuando todo va mal.

Te prometo que no hay daño, ni rencor, ni odio, ni rabia cuando hablo de ti. Sólo existe la resignación de ver que no puedo tener el amor que creo que merezco, el de la persona a la que quiero, el de alguien que me cuide y me respete, el de alguien a quien pueda admirar simplemente por poner un pie en el suelo después de que suene el despertador y que afronte la vida con las mismas ganas que se afrontan las cosas en los sueños.

Y seremos la resistencia encajando los golpes, regalando sonrisas, devolviendo la esperanza, moviendo los pies como si supiéramos bailar cuando suene la música final.

Cuando acaba la película te das cuenta de que lo más heroico es ser humano. Y ser humano también podría ser que querer sea lo más importante, el último camino, la llegada a meta. Y que no importe nada más. Besarnos libres en un parque, en una cama, dentro del coche, en cualquier bar de carretera, escondidos en los baños, bajo la luz de una farola, dentro de una librería. A las puertas del cielo o del infierno cuando nos volvamos a encontrar.

Hay días que son como una canción de Extremoduro, te dejo a ti elegir cuál.

[A veces no puedes evitar escribir aunque no quieras hacerlo.]

No me rescates.

Voy a decírtelo claro, sin andarme con rodeos.

No me rescates.

Te lo voy a suplicar, porque sé que si vuelves a arroparme entre tus brazos no voy a superarlo esta vez. Que no puedo perderme contigo de nuevo si sé que no voy a encontrarte al final de este túnel sin sentido. Pienso en nosotros y me hago pequeño, y he tardado demasiado en ver la luz como para volver al círculo vicioso de tenernos sin poder tocarnos.

Acabé contigo y tú conmigo, y no voy a ser capaz de perdonarme tanta cicatriz sin hilo.

Nada es imposible, se atreven a decir, pero llegar al final es mucho más fácil de lo que imaginé. Llegamos a la meta sin ser capaces de decirnos adiós, porque nunca se nos dio bien. Y todavía siento el filo entrando entre las costillas cuando escucho tus canciones, todavía me quedo vacío cada vez que pienso que teníamos el futuro lleno de intenciones.

Somos hijos de la tragedia, la nostalgia, del whisky que destilan las novelas de Chandler y Hammet. Los hijos huérfanos de un amor roto desde el principio. Y nos conformábamos con tenernos a medias hasta que nos necesitamos enteros y chocamos con la ridícula realidad, y fue entonces cuando nos convertimos en sombras de lo que realmente éramos. Un par de espectros que trataban de volver al mundo de los vivos sin encontrar la puerta correcta.

Sobrevivimos al invierno, a un verano de 40ºC y a las ganas de comernos la vida y bajarnos los pantalones en todas las esquinas; pero nos fuimos con la primera luna llena del año.

No me rescates. Aunque veas que he vuelto a caer en el abismo, aunque sepas de sobra que ni el café ni las balas son suficientes para mí, aunque leas las letras más tristes firmadas con mi nombre.

Mira hacia el frente, tienes un camino largo y sin mí todo será más fácil.

Fui la brújula rota que confundió todo tu rumbo.

La estrella que dejó de brillar cuando tu nombre se volvió tabú entre mis cuatro paredes.

No me rescates, estoy perdido, estoy muerto, y ya no me queda nada que decir.

Texto publicado originalmente el 26 de Abril de 2016 en krakens y sirenas.