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¿Estás lista?

Sólo hay eco.

En las calles y en tu cabeza.

Y nada más.

Los perros callejeros aún duermen, un botellín de cerveza nada por la alcantarilla y yo sigo en mi guarida, de la que creo que no debería volver a salir.

Pequeñas luces apagándose y encendiéndose en la penumbra de tu mente mientras aparece el sol con timidez entre las paredes de tu habitación. Sonidos y voces de vecinos que comienzan a elevarse tras los muros, y la sirena de alguna ambulancia que, ha quitado el sueño a más de uno y de una en el barrio, sigue el efecto doppler.

Tienes la mirada turbia y esquiva desde hace meses por no atreverte a hablar en voz alta, puede verse toda esa cantidad de palabras que se te atraviesan en la garganta, que te arañan por dentro dejando marcas que no van a irse, puede verse cómo viaja tu mente de una idea a otra sin que seas capaz de hacerles frente. Supongo que te estás preguntando si estamos preparados, y yo podría responderte pero no me quieres escuchar. Te da absolutamente igual lo que te diga, y te deja indiferente, y creo que hay pocas cosas tan mortíferas y venenosas como la indiferencia creciendo entre dos personas.

Porque, por si no lo sabes, la indiferencia se acaba convirtiendo en odio o en olvido, o en algo peor.

Explosión, desastre y luego, un silencio eterno.

Llegará ese punto en el que ya no se rozarán nuestras manos, ni compartiremos latidos ni besos, ni enfados, ni sonrisas.

Va a llegar.

¿Estás lista?

Porque yo no.

No creo que pueda estarlo nunca.

Los últimos días del verano o agua sobre fuego.

Los últimos días del verano son para mí los más tristes del año, me llenan de una extraña melancolía que no sé explicar muy bien con palabras, y tampoco soy capaz de darle sentido. No sé si es porque siempre veo un otoño lleno de hojas por el suelo con mi corazón pisoteado. Es una sensación compleja, llena de matices a los que no soy capaz de ponerle nombre.

Quizá todo se deba a que el sol comienza a caer antes entre los edificios o porque deben empezar de nuevo todos los ciclos, y yo no tengo objetivos claros. Estoy bailando en el vacío sin ningún pasamanos al que sujetarme para no caer. Estoy jugando solo a la pelota otra vez. Estoy mirando por la ventana con nostalgia, esperando algo que no llega. Estoy deseando otro disparo certero en forma de te quiero.

Y es que parece que ya he dado todo lo que podía dar de mí mismo y no me quedan fuerzas ni para caminar, ni para sonreír, ni para abrir los ojos por la mañana y tener ganas de apagar el despertador.

No soy capaz de ponerle banda sonora a estos meses y también es triste, y me desconcierta.

Creo que vuelvo a estar más perdido que nunca ahora que creía haber encontrado el camino. Vuelvo a encerrarme en mí mismo, a hacerme pequeño, a llenarme de miedos, a quedarme callado, a no dormir por las noches, a sufrir más de lo que debería, a preocuparme por todo. Y escapa absolutamente a mi control, me miro las manos y siento que ya no puedo dominar nada, ni a mí mismo.

Pensaba que había llegado a la cima y sólo tenía que darle la vuelta al papel para ver que estoy de nuevo en el abismo, que he caído y no quiero levantarme, que voy a dejar que duela todo lo que tenga que doler porque no puedo curarme ya.

Y tú eras la calma para mí, agua sobre fuego, la sábana que me protegía de Eolo por la noche, el bálsamo que hacía que el alcohol en las heridas no escociera, el sabor dulce en el paladar.

Y ahora qué.

Todo estará bien.

Aunque te pierda, aunque me pierda.

Todo estará bien.

Dicen que si repites mucho algo al final se hace realidad.

Pero creo que conmigo no funciona.

Todo estará bien.

Mi sangre sobre el suelo y yo empapado en lágrimas que no quiero.

Amores de ida y vuelta.

Hay amores de ida y vuelta, que van y vienen, pero yo creo que los que abundan en nuestros días son los que parece que van a alguna parte pero nunca llegan. Los que empiezan comiéndose el mundo y se consumen después de un par de meses, como todos los fuegos que no se hacen con buena leña.

Nos quedamos a medias y no diré si hay culpa, ni tampoco si hay perdón.

Es todo cosa de la predisposición.

Lo que está claro es que yo quería llegar a todas partes contigo pero también que no me importaba no ir a ninguna si aferrabas mi mano y nos quedábamos parados, y me lo has puesto difícil.

Tan difícil.

Has ido colocando los obstáculos estratégicamente para que tropezara con todos y cada uno de ellos, y eso tampoco se hace. Eso no se hace con quien se dejaría la piel por ti en el asfalto, con quien siempre pondría buena cara ante la idea de una comida familiar, con quien cargaría con todas las bolsas de la compra que fueran necesarias para llenar nuestra nevera.

Lo malo de la vida, y de esta mierda en la que hemos convertido cada relación, es que todos tenemos nuestra visión sesgada de las circunstancias. Cada uno arrastra sus piedras y lleva sus taras como puede. Cada uno piensa que ofrece más, que lo hace mejor, y hemos perdido esa capacidad de ponernos en el lugar del otro y tomarnos las cosas con calma.

No me gusta ya tanto amor que sólo sirve para destruirnos, ni el rencor, ni que guardes más balas en la recámara para herirme cuando te miro a los ojos y descubro el gris inerte del que ya no siente nada.

Hay amores de ida y vuelta, y algunos, como nosotros, que ni siquiera tuvieron la valentía de pisar más allá de la línea de salida.

Me retiro sin premio, pero yo creo que todo estaba amañado desde el principio.

Fin de año.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Trescientos sesenta y cinco días de fracasos y supuestas alegrías que se van por el retrete y se quedan plasmados en fotografías que borraremos cuando no nos quepan más en la memoria del teléfono.

Muere un año más con sus doce meses y sus miles de millones de personas, los nuevos compañeros de trabajo, los viejos amigos que se van, los familiares que nos dejan para siempre, las horas extras, los bolsillos vacíos.

Se quema la última hoja del calendario y nos quemamos nosotros, con todos nuestros propósitos de año nuevo todavía por cumplir. Y nos toca renacer de nuestras cenizas, secarnos las lágrimas, ponernos la mano en el corazón porque sigue doliendo.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

El viento nos marca siempre los primero días de un mes de Enero que nos lleva a remolque, y la esperanza se nos vuelve a encender con la llegada de nuevas hojas de la agenda que llenar de citas con personas pasajeras.

Sonreímos un par de horas después de las campanadas y creemos por un momento que quizá está vez todo irá bien, que este será nuestro año y que el agua volverá al cauce del cual nunca debió salir.

Champagne del bueno o del malo, aún quedan turrones en las mesas y las nubes vuelven a nuestras cabezas. La niebla vuelve a instalarse entre nosotros dos, del mismo modo de siempre y nos volvemos a mirar sabiendo que hace años que dejamos de querernos, que intentarlo no es poder y que estos besos ya no dicen nada.

La mirada hacia el otro lado, el querer que te calles de una puta vez, que me dejes en paz, que ya no me conoces como crees, que tus abrazos ya no calientan igual en pleno invierno, que sales demasiado, que no me dices nada, que con quién hablas hasta las tantas, que con quién crees que vas a salir esta noche.

Basta.

Ya.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Para todos aquellos sin el valor suficiente para intentarlo. Quizá este año sí.