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La última cruzada.

Tengo buena memoria, y esa es mi condena, esa es la leña que aviva mi fuego.

Va a llegar Septiembre cualquier día de estos y seguirás sin esperarme. Y los instantes se van repitiendo en mi mente. Soy incapaz de escapar de las ideas y de todos los fuegos que nos queman.

Estoy, una vez más, al otro lado del cristal. Condenado a mirar, a contar, a acariciar el aire sin obtener respuesta. Condenado a sumar pero sobre todo a restar y multiplicar por cero. Que los sabios dicen que la historia no trata de vencedores y vencidos, ni de simples perdedores como yo, pero en el fondo sí. Sólo los ganadores cuentan batallas y graban sus nombres en piedra.

He sentido tarde el estallido de la primavera, pero ya soy incapaz de cerrar los ojos sin que aparezcas. He perdido el norte, el camino y más de un partido contigo.

Nunca había visto florecer amapolas en medio de huesos rotos, ni sabía que un corazón muerto podía latir de nuevo.

Y dicen que no hace tanto frío en Siberia cuando bajo de tu ombligo.

Y dicen que ha llovido en Oporto después de pronunciar tu nombre.

Y casi estoy seguro.

Casi estoy seguro de todo esto y más.

Ya no hay control dentro de mi cabeza cuadriculada, ya no hay piezas de ajedrez moviéndose de manera ordenada, ya no hay natación sincronizada a media tarde, ni frases con sentido en mis folios escritos. Sé que nos quedaremos afónicos de abrir las ventanas y decirle al mundo las verdades, desnudos y con la conciencia tranquila. Y caeremos en picado mientras el mundo arde, y nos tocará reír por una vez cuando, contra todo pronóstico, las cosas vayan bien.

Siempre me gustaron los juegos complicados, desenredar los cables, aprenderme el nombre de los nudos y todos los villanos, saltar precipicios, apagar velas con las manos, esconderme en tus abrazos.

Decidí huir del dolor, del hablar sin sentido, de la taquicardia en plena madrugada, de querer romper los cristales y mis cuerdas vocales. Decidí que podía respirar sin sentirme culpable por cada palabra.

Y no sé ahora en qué lío te he metido.

Esto huele a libro de aventuras, a mapas viejos, a caminos llenos de obstáculos, a buscar el Arca Perdida, a encontrar el Santo Grial, a enredarnos en El Templo maldito y a no tener que acordarme de nada porque La Última Cruzada pienso tenerla contigo.

Chernobyl.

Nos hemos convertido en un desastre nuclear, en tragedia griega, por culpa de átomos que nunca debieron entrar en contacto. Y aún seguimos pensando que somos dioses que no sirven de nada en un mundo de ateos. Treinta años después seguimos contaminados, seguimos siendo cada día más tóxicos.

Tú y yo, como el accidente en el reactor 4 de Chernobyl.

Desastres humanos que acaban siendo naturales, errores tecnológicos que acaba pagando nuestro ADN y nuestra memoria.

Hemos construidos imperios en nombre de los dioses, catedrales en nombre de dictadores y ya no podemos respirar.

Y nosotros seguimos chocando como las olas contra la orilla, haciendo energías renovables cada vez que nos encontramos. Hemos aprendido a mover la luna cada noche y a taparla con nubes cuando no queremos escuchar aullar a los lobos. Sabemos ponernos la venda en los ojos cuando algo se nos va de las manos y esquivar los reproches con clase.

No funcionan ya las bombas de refrigeración, y somos una puta central nuclear a punto de estallar. No sé si es tu culpa o la mía, pero no somos capaces ya de controlar todas estos emociones. Y en el fondo hablo sin saber y me siento a tu lado como un ciego tanteando un libro en braille por primera vez.

No hay manual de instrucciones, ni plan de evacuación y estamos jodidos, otra vez más parados en medio de un camino que no lleva a ninguna parte. Al menos, ahí tienes la salida de emergencia por si quieres escapar, yo me quedo. Una vez más.

Se nos ha ido de las manos el experimento y ha comenzado la explosión, y vamos a dejarlo todo perdido de átomos de uranio. La radiación nos va a matar.

Somos un desastre nuclear, tú y yo, como el reactor número 4 de Chernobyl.

Sin control.

PD:  Se estima que el accidente de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin (Chernobyl) ocurrido  el 26 de Abril de 1986 provocó unas 500 veces más residuos tóxicos y radioactivos que los liberados por la bomba atómica de Hiroshima. 

14.04.1931

La tricolor ondea en algunos balcones, atrevida, desafiando lo establecido por una Constitución que se nos queda pequeña y anticuada; y hemos decidido comernos el día, la noche y el resto de nuestra vida. Dejarnos la piel para pintar el futuro de otro color, para que nuestros hijos pisen una tierra que no destile petróleo y sangre de gente que muere al otro lado del Mediterráneo.

Todavía tenemos esperanza, aunque traten de pisotearla, todavía pensamos que luchar debe servir de algo y nos arañamos los puños y rompemos letras contra pancartas y muros huérfanos. Seguimos manteniendo la llama de la memoria, de las tumbas que siguen sin nombre, de las poesías que dejaron de escribirse por culpa de tiros en la sombra.

Gritamos por cada injusticia hasta quedarnos sin voz, queremos calles sin nombres de asesinos ni estatuas a caballo que nos recuerden el olor de la muerte. Vuelve a salir dignidad por las fuentes y el perdón lo tenemos en la punta de los dedos.

Por suerte, Valencia huele otra vez a azahar y hemos alzado el puño. Y las calles se ven menos grises y no es sólo porque estemos en pleno mes de Abril. Ya no queremos cobardes que se escuden en el miedo, ya no queremos águilas que vuelvan a taparnos el sol.

En el recuerdo sólo una fecha.

Salud y República.

Banda Sonora.

El paisaje iba quedándose atrás mientras el cuentakilómetros cambiaba de números. El sol caía aquella tarde poco a poco, como hace en las tardes de Septiembre. Es esa época del año en la que echamos de menos las tardes de verano en las que había cosas que hacer, en las que todavía había amigos dispuestos a compartir unas cervezas y risas. El cielo de un naranja marcado se iba apagando con lentitud, como la vida de más de un anciano aquel  día en la cama de un hospital desconocido. Me marchaba de una gran ciudad para buscar otra, abandonaba el pasado para olvidarlo todo, para borrar de mi memoria todo el lastre que arrastraba sin darme cuenta. Necesitaba empezar de cero, armarme una nueva vida allá donde sea que fuera a parar.

La radio estaba encendida, como siempre que conducía largas distancias, y sonaba Hurricane de Bob Dylan. Nunca sabes del todo cuál será la banda sonora de tu vida. No imaginas que quizá sea mucho más que tus canciones favoritas. A veces están llenas de los cláxones de los coches, de los frenazos en cada semáforo, de los gritos del hijo de puta del vecino cuando estás en plena siesta. Mi banda sonora fue durante un tiempo el tintineo de los hielos mientras te observaba nadar en la piscina, el eco de tus risas entre los edificios de París, el sonido de unos tacones de una mujer dispuesta a incendiar la noche y más de un corazón a su paso. Pero desde hacía un tiempo ya no era capaz de darle al play y escucharla. No quiero recordar y clavarme más cristales en el pecho, no quiero cerrar los ojos y escuchar cada uno de esos gemidos que ya han dejado de ser míos, nuestros.

Lo bueno de todo esto es que he empezado una película nueva, sólo espero que la música me guste tanto como la que sonaba contigo.

Texto escrito para Krakens y Sirenas (publicado el 14 de Septiembre de 2015).