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Es tiempo de que hablen los relojes.

Noviembre cae sobre la ciudad con un tinte grisáceo y triste que no pasa desapercibido. Sopla ya un viento que huele a despedida. Y hay vasos de agua llenos de lágrimas.

Decir adiós cuesta, es difícil. Hay palabras que por lo que implican son casi imposibles de pronunciar. Porque suponen renunciar, aunque a veces, un adiós puede ser un alivio, la peor decisión que puedas tomar, o tan sólo otro puñal más que clavarte en el corazón para dejar marca. Otra señal para poder hacer recuento cuando vayas a pasar la eternidad bajo la tumba. Otra muesca en la pared siendo testigo de la tragedia.

Me siento tan cansado y viejo, tan lleno de una melancolía que no me corresponde, tan confuso, como los viernes de mercado. Tengo la cabeza llena de ruido y horribles turbulencias.

Nos hemos dado cuenta ya de que las buenas personas también tienen malas vidas, y de que hay besos que pueden joderte para el resto de tus días. Supongo que metí la pata, que puse el corazón en el centro del campo de batalla sin pensar demasiado en las consecuencias, sin tener presente que volvería el invierno a congelarnos las manos, sin que nos diéramos cuenta del daño que íbamos a causarnos mutuamente. Y ahora no me sirven ni las mantas para ahuyentar todo el frío que me has dejado encima.

Yo te abrazaría cada día sin pedir nada a cambio. Te salvaría de cada acantilado, de las sombras y del monstruo de debajo de la cama. Te escondería de los malos y de esta falsa democracia. Reiría contigo en la oscuridad, sería escudo, paz y diamante en los días malos. Sería el clavo ardiendo, el café que cura el dolor de cabeza. Te llevaría donde todo pudiera ser mejor. Te diría la verdad mirándote a los ojos.

Lo sería todo para ti sin que me costara nada.

A veces, la mejor forma de expresarse es el silencio. Y no sé si es tiempo de quedarme callado y de que empiecen a hablar los relojes.

Intelectivo.

Las luces de octubre se acercan y el sol se esconde cada vez con menos ganas. Será que ya le sucede lo mismo que nos está pasando a nosotros, que se nos van cerrando los ojos mientras se nos rompe el corazón. Y es que siento los latidos, los minutos y cómo se nos escapan las fuerzas mezcladas con dióxido de carbono.

Al final ni tú ni yo tendremos lo que queremos en el momento en el que se suelten nuestras manos (por error), y tengamos que atarnos los zapatos para seguir caminando por sendas distintas, con rumbos diferentes.

Es triste ver que te vas apagando conmigo, que te desinflas como un globo que se escapa de las pequeñas manos de un niño de mirada clara. Es triste pensar que todo estaba en mi cabeza desde el principio, que fui yo quien alimentó a los cuervos y se dedicó a inventar otra historia más sin ningún tipo de cimientos.

Los sueños son tan fáciles, y la vida tan difícil.

Y, por si fuera poco, nos gusta deleitarnos con las complicaciones, rizar el rizo, dar la vuelta a todo y después quejarnos por ello; como si fuéramos Alicia sin saber qué nos encontraríamos al entrar en la madriguera.

Somos nosotros mismos los que nos buscamos los problemas, la mayoría de veces con nocturnidad y alevosía, pero es mejor engañarse y creer en las casualidades.

Y echar la culpa a los demás.

Siempre es mejor buscar justificaciones para aquello que no tiene justificación, excusas, palabras vagas, frases que nunca se acaban porque no se les puede poner fin.

Me va a esperar la eternidad y el whisky, y libros haciéndose viejos conmigo en la biblioteca. Va a ser todo nostalgia, melancolía y puro drama.

Y entiendo que no haya nadie dispuesto a aguantar todo eso.

Entiendo que cansa tanta verborrea, pensamiento tangencial y un ánimo ciclotímico.

Puedo entender muchas cosas, pero lo que no entiendo es por qué no estás aquí conmigo.

Rara avis.

Somos materia orgánica en proceso de descomposición permanente. Estamos muriendo mientras vivimos, y el tiempo va poniéndonos en el sitio hasta colocarnos en la tumba.  El hueco anónimo de nuestra lápida en un cementerio de almas malditas nos espera impaciente. Nos arrastran los minutos a la casilla de salida, a saltar al vacío, a sonreír cuando no hay miedo a equivocarse.

Ilusos del mañana, que todavía creemos en una existencia mejor, en un destino sin nieblas tenebrosas por delante. Vamos a tener que abrir los ojos y sacar los puños, y golpear con rabia al pasado, al presente sin sentido, y al futuro que no queremos tener.

Las piezas siempre acaban encajando, tarde o temprano, y cada peón tiene una misión en esta partida extraña en la que nunca sabemos cuál va a ser el próximo movimiento. Tendremos nuestras recompensas y cumpliremos nuestras condenas.

A veces siento que la melancolía se está esfumando y que me estoy quedando vacío por reír más de la cuenta, por no tener el horizonte lleno de nubes. A veces siento esa tranquilidad que llevo buscando desde hace tiempo. A veces pienso que todo podría ir bien y luego vuelvo a caer en la oscuridad de la primera taza de café humeante que me plantan delante.

Vamos a tener que trazar una línea para separar el sueño de la realidad cuando alguien llame a nuestra puerta y nos entregue una carta que lleve nuestro nombre. Todavía tenemos incertidumbre en el primer y último latido, y taquicardias de madrugada. Todavía tenemos preguntas que no sabemos responder.

Ni cuándo, ni cómo, ni si pasará. Y no hay nada que yo pueda hacer para impresionarte.

Se hace tarde, y me he descubierto escuchando canciones de rap que me han obligado a pensar en ti. Y no entiendo de bases, ni ritmos pero somos el cruel reflejo de algunas de sus letras.

Eres la única que follándome me hizo sentir movidas en el pecho.

Voy a darme una ducha de agua fría, a romper otro jarrón, a ver Match Point y brindar contra las sillas.

Voy a seguir roto, lleno de cicatrices sobre el esternón secándose al aire.

Somos distintos.

Somos rara avis en un mundo de ineptos.

Será culpa de la lluvia.

Será todo culpa de la puta lluvia, de la cerveza fría que reposa sobre la mesa dejando marca en la madera y de que se me ha acabado el tabaco por hoy. Lo cierto es que me da igual. No he podido sacarte de mi cabeza en toda la tarde y estoy harto, empiezo a estar harto de que tan sólo seas otro producto más de mi imaginación. ¿Tan mal lo he hecho, vida? ¿Tan mal como para merecer estar solo en tardes como esta? Quizá la única respuesta sea sí, probablemente la única respuesta sea sí. Qué sé yo, hace tiempo que me di cuenta de que en el fondo no sé nada, que soy otro más de los que aparentan.

He tenido que abrir la ventana para que entrara el ruido del agua golpeando las aceras y las hojas de los árboles, para que la imagen de tu cabello mojado me inundara los sentidos, para recordar aquellas gotas que resbalaban por tu cara al salir corriendo del mar y venir a buscarme. He tenido que mirar al cielo oscuro y dejar que los relámpagos fueran como puñales que me recuerdan el tiempo que llevo sin tropezarme con tus ojos claros.

Será culpa de la lluvia pero, sin duda, también es culpa mía.

Melancholia.

Había dejado las ventanas abiertas. No le tengo miedo a la lluvia, ni a los días de tormenta. Siempre me gustaron, desde bien pequeño, desde que subía al ático y cubría con una manta para ver cómo caía la lluvia contra la ventana y los relámpagos se dibujaban en el cielo oscuro. Sentado con un cigarro en la mano y el paquete casi a punto de acabarse tirado sobre la mesa del café, con una camiseta blanca de manga corta y los vaqueros desgastados. Llevaba horas lloviendo sin parar, y lo único que había hecho había sido poner el tocadiscos y escuchar a Duke Ellington embriagarme a su manera, junto a una botella de whisky recién abierta. Cerré los ojos un momento, sintiendo las notas del piano acariciarme hasta la nuca. Siempre digo que hay melodías y acordes que llegan mucho más que las palabras, y es por eso que la música es el lenguaje más universal.

No hacía falta más acompañamiento para acordarme de ella, girar la vista y ver la cama deshecha que asomaba por la puerta abierta para saber que otra noche más dormiría solo. Se fue, me dejó de lado, se olvidó de mí, y entonces te das cuenta de que ya no eres nadie. De que los recuerdos son lo importante y de que si eso deja de existir ya no habrá más. Sin memoria no hemos vivido. Hacía meses que había perdido sus besos, los abrazos reconfortantes al final del día, las sonrisas al abrir la puerta y dejar la chaqueta en el perchero de la entrada. Todo había desaparecido, hasta yo mismo. Hubiera deseado ser otra gota de lluvia para perderme con todas ellas y estrellarme contra el suelo con toda la fuerza de la gravedad a mi favor.

La melancolía es una mala enfermedad, una de esas que cuando estás agonizando hace que tengas ganas de coger el revólver que tienes guardado en el primer cajón de la mesita de noche y meterte un tiro tras sentir el frío metal en contacto con la sien. Volarte los sesos, literalmente. Cualquier cosa con tal de no recordar lo que ella ya ha olvidado. Cualquier cosa con tal de no seguir bebiendo y fumando mientras un piano al son de la lluvia te hace ver todos tus errores.