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Escandinavia.

Los domingos son parecidos a bailar un bolero con el reloj, y nos van rasgando un poco el corazón aunque no nos demos cuenta.

Es momento para detestar los lunes por encima de todas las cosas, para ver los huecos en la mesa, en la cama y el sofá.

Los domingos se visita el cementerio.

Se encienden velas.

Se pasea por la plaza.

Se toma vermú.

Se come en familia.

Se dejan sin respuesta muchas preguntas lanzadas al viento.

Se extraña más que se echa de menos.

Duele todo y no da tiempo a pensar en Escandinavia.

Los domingos tienen ese tinte de final agónico, de resaca, de afonía culpa del alcohol, el tabaco y los gritos de la madrugada del sábado.

Los domingos se puede planear una huida, una estampida o seguir dudando de todo.

Repican las campanas y la calma invade las calles a la hora del café.

El tren se escucha a los lejos.

La gente prepara las maletas y se despide con besos.

Entiendes lo que significa la palabra saudade.

Algunos fuegos dejan de quemar.

Y otros se encienden sin saber que se apagarán algún día.

Confesaré que siempre detesto los domingos por la tarde, menos cuando estoy contigo y pisamos el mismo suelo.

Desidia.

Todo son explosiones y a mí me duele el estómago, la cabeza y las ausencias.

Lo de ganas de vivir suena a algo desconocido para mí.

Te has dado cuenta ya de que sigues fingiendo, que aparentas estar bien cuando por dentro eres todo arenas movedizas, que todavía intentas sostener el peso del mundo sobre tus hombros pero ya no resistes como antes. Nos desgastamos mentalmente como se desgastan los huesos de un anciano, sin que le des importancia hasta que empieza a latir el dolor en las articulaciones.

Nos damos cuenta de las situaciones casi siempre demasiado tarde, cuando estamos con el agua al cuello y es difícil ya buscar una cuerda que nos saque del agua antes de comenzar a tragar líquidos y morir de una manera parecida a la que nacimos, encogidos en nosotros mismos y sin poder respirar. Vamos haciendo nudos allá donde pisamos, volviéndolo todo complejo y enmarañando los cables hasta electrocutarnos.

Yo no puedo luchar más, voy a dejar que llegue la primavera y las lluvias de abril hagan conmigo lo que tengan que hacer: dejarme en la orilla, arrastrarme hasta el mar, convertirme en un estúpido mensaje dentro de una botella de vidrio.

Dejo ya de gritar porque no tiene sentido hablar en voz alta sin un público atento.

Dejo ya de correr porque no vale la pena esforzarse sabiendo que no vas a llegar.

Voy a dedicarme a mirar por la ventana hasta que las noches empiecen a encenderse con los meteoritos y el mundo huela a azufre, hasta que se me borre la memoria como un disco duro, hasta que no pueda mover las piernas porque ya no sepa hacerlo.

En otra vida trataré de no instalarme en la desidia cada domingo por la tarde pero mientras tanto voy a hacerme un café y a morir un poco, que es lo único que se me da bien.

Náufragos en el s. XXI

A mí me da la risa cuando veo que el mundo sigue girando y que yo giro con él, porque pensaba que no me iba a levantar jamás de algunos golpes, que no iba a olvidar nunca algunas palabras y lo he hecho. Mírame, muy a tu pesar, sigo vivo. Tengo el Universo sobre mi cabeza cada noche y el suelo bajo mis pies.

Y, a pesar de todo, estoy lleno de esperanza. O medio lleno, siempre me queda un rescoldo de gris y cenizas, de melancolía intrínseca, añoranza, nostalgia, noches de tristeza inabarcable.

Sigue rugiendo el mar, llorando el viento, riendo la brisa, danzando las hojas, fluyendo los ríos. Todavía recuerdo hacer nudos marineros y cogerte la mano para correr los días de verano entre los escasos coches que circulan por la ciudad. Todavía recuerdo beber contigo y que al día siguiente me doliera todo el cuerpo. Todavía recuerdo sudar en la misma cama y ahuyentar las malas sensaciones con un beso húmedo. Todavía recuerdo el miedo al primer desnudo contigo, la inseguridad del primer te quiero en la bendita oscuridad.

He oído historias de algunos lugares lejanos, de esos que tú y yo no hemos visitado jamás. Historias de grandes ciudades venidas a menos, de amores eternos que se acabaron por culpa de dioses estrictos, de hombres y mujeres valientes que murieron en las guerras más absurdas, de tesoros escondidos en las cuevas más recónditas, de tumbas sin nombre y monumentos en ruinas.

He leído tu futuro en las estrellas y es mejor de lo que piensas, y yo estaré tan lejos que cuando pronuncien mi nombre no recordarás quién era, ni que te gustaba acurrucarte junto a mí, ni que cerrabas los ojos y disfrutabas de la calma conmigo.

He leído tu futuro y no recordarás nada.

Y yo seguiré bebiendo, escribiendo en folios en sucio imaginando lo que pudo haber sido y se quedó en el camino, lamentándome siempre en medio de un banco del parque, machacándome los nudillos contra cualquier pared maltratada del barrio, viendo a los niños jugar sintiéndome cada vez más viejo y solo.

He leído tu futuro y yo no estoy en él.

Pero aquí sigo, y estoy perdido y me muero de frío.

Contigo acabo siempre siendo un náufrago de mi propio corazón.

Rescátame esta vez. Te lo pido.

¿Qué hacemos?

¿Qué hacemos con la rabia, con el dolor, con la impotencia?

Los transformamos. Los cambiamos hasta convertirlos en algo mejor, los dejamos atrás, avanzamos. Lo único que no se permite en esta vida es quedarse parado mirando cómo se pone el sol en el horizonte.

¿Qué hacemos con la tristeza, la melancolía, la nostalgia?

Las aprovechamos, nos servimos de ellas para reflexionar, nos tomamos nuestro tiempo, buscamos algo mejor. Lo único que no se permite en esta vida es regocijarse en el daño, en las lágrimas, en la angustia vital. Porque hay cosas que no sirven de nada, y lo que no sirve se deshecha. Y algunos se lo toman muy en serio hasta con las personas. No se puede ir por ahí produciendo heridas y dejando a los demás tirados en la cuneta. A las personas se les da la mano, hay que levantarlas, quitarles el polvo de los ojos y ayudarlas a caminar. A menos que no quieran, lo de empeñarse en salvar a otros cuando no están por la labor tampoco es la solución.

Lo de ir de héroes y heroínas se ha vuelto a poner de moda, lo de alzar el puño y gritar consignas por los demás, como si todos quisiéramos lo mismo. Y es que a veces no tomamos libertades que no tenemos, colgamos banderas, cantamos himnos y seguimos sin tener ni puta idea de nada.

Yo no quiero a nadie que lidere mi causa, que para algo sigo con la voz intacta y las ganas en el sitio.

Yo no necesito a nadie que me salve, que para algo soy capaz de nadar por mí mismo y buscar mi camino.

Pausa, cojamos aire.

¿Qué hacemos?

Primero nos tomamos una cerveza, nos besamos, y luego ya veremos que estoy harto de tantas cuestiones trascendentales.

Los tristes.

Los tristes bien podríamos ser una especie aparte. Se nos reconoce con facilidad, casi con tanta facilidad con la que se nos critica. Podemos reír, seguir el juego y, sin embargo, sentir que estamos muriéndonos lentamente y que nadie lo percibe. Es la horrible sensación de pasar por invisible.

Alegra esa cara, hombre.

Lo dicen como si fuera tan fácil, como si supieran lo que nos pasa por dentro, como si por un miserable segundo se hubieran parado a pensar lo que es sentir lo mismo que sientes tú. Está tan al alcance de nuestra mano criticar las actitudes de los demás que se nos olvida que detrás de las acciones y los sentimientos hay personas.

Deja de regodearte en tu dolor.

Haz algo.

Me pregunto por qué, por qué debo hacer lo que ni mi cuerpo ni mi mente están dispuestos a comenzar en este momento. La vida tiene sus procesos y hay momentos para la nostalgia, la melancolía y el golpearse el pecho con el puño cerrado. Estoy un poco harto de una sociedad que sólo premia al que sonríe siempre aunque sea de manera fingida. Quizá es que sólo necesitamos un mundo que nos abrace mientras lloramos desconsoladamente por todo aquello que nos ha salido mal en el día, en lugar de un entorno que nos señale con el dedo por no estar bebiendo cerveza y haciéndonos fotografías con nuestros amigos.

Los tristes necesitamos nuestro espacio, cerrar los ojos cuando escuchamos música de piano, huir de nuestra mirada en cualquier espejo, flotar en alta mar, ver cuadros que ha pintado alguien con más talento del que nunca rozarán nuestras manos, sonreír cuando te descubres en la ansiedad de otros.

Los tristes necesitamos mirar la lluvia caer en un día gris mientras bebemos café y nos preguntamos por qué seguimos solos.

Pero siempre me acabo respondiendo rápido, y es que tampoco tengo mucho que ofrecer porque al final soy sólo un triste.

Y nadie quiere pasar el resto de sus días con uno de nosotros.

Por mucho que ese triste te cuide con cariño, te folle con ganas y te diga que te quiere.

Y tuve miedo.

Escucho el eco de mis palabras en la cabeza, un eco que alterna con el silencio que me angustia.

Ayer miré de nuevo al suelo desde el balcón.

Y tuve miedo.

Volví a tener esa sensación en mi piel de curiosidad, la curiosidad insana de querer saber qué se siente cuando tus huesos tocan tierra desde unos diez metros de altura. Tuve que apartarme, cerrar la puerta y encogerme sobre la cama con las pulsaciones por las nubes. Volví a sentir la oscuridad acariciándome el sistema nervioso con esa sonrisa que hiela la sangre, con esa sonrisa del que sabe que si te atrapa esta vez no piensa soltarte.

Y tuve miedo.

Me vi desprotegido una vez más, con todas las inseguridades al descubierto, con todos los resquicios dejando ver el interior que tanto intento mantener oculto, con todas las grietas sacando mis trapos sucios. Quedando mis miserias más expuestas que nunca.

No sé quién tiene el remedio ni la solución a mis problemas, si todo depende de mí mismo o necesito la ayuda de alguien más. No sé si a estas alturas soy capaz de escuchar el consejo de otras voces, ni de dejarme abrazar cuando rompo a llorar.

Tengo ahora la sensación de soledad que ya conozco, la sensación de impotencia, de rabia, de tristeza y melancolía que se te agarra al alma y se mimetiza contigo.

Otro cambio que no soy capaz de controlar.

Otro paso que no estoy preparado para dar.

Que hay vida más allá de lo conocido es algo que tengo claro y asumido, pero a medias. Es fácil decir a todo el mundo lo que tiene que hacer pero algo menos el aplicarse el cuento a uno mismo.

Supongo que después de todo me merezco todo lo malo que me pase.

Tengo ahora la sensación de no ser nadie, de no tener ningún reflejo en el espejo, de estar hecho de las nubes negras que sólo consiguen intoxicar a quien tienen cerca.

Y tengo miedo.

Si ahora no.

Te prometo que te convertiste en luz aquella noche de invierno y que ya no he podido ver nada más desde entonces. Vi cómo se rompía el cielo antes del amanecer por culpa de un susurro tuyo en mi oído, vi cómo se abría la tierra cuando arañabas mi espalda como nadie lo había hecho antes. Llevo viviendo en el infierno más dulce desde entonces, sin saber muy bien si quiero salir corriendo o quedarme a vivir para siempre.

Espero algún día ser capaz de salir de esta espiral de confusión, de amor y dolor en la que me metiste. Espero ser capaz de salir de la calle Melancolía sin más secuelas que las que ya traía puestas, y quedarme como Sabina esperando el tranvía.

Después de todo, tampoco te pido que descifres las sombras que recorren a diario mi mirada, ni que intentes alegrarme cuando el mundo se me viene encima, ni que te dejes la piel por tratar de salvarme porque no tengo remedio. Sólo te pido que me abraces en silencio, que me dejes acariciar tu mejilla y que me obligues a cerrar los ojos cuando veas que han vuelto a asomarse los demonios en plena madrugada. Cuando me consumen los recuerdos, las lágrimas y mi propio pensamiento.

No es tan difícil de entender, tan solo busco sinceridad. Me harté de las mentiras cuando empecé a contarlas yo mismo y acabé enjaulado, y sigo tratando de romper los barrotes a diario.

Y es verdad que contigo no hace tanto frío, ni hay tedio en los días, y hasta ha empezado a darme igual lo de tener la nevera vacía mientras vea tu sonrisa.

Todo podría ser tan bueno y tan fácil que asusta, y tener miedo es lo más razonable pero, ¿Has visto cómo nos miran cuando nos cogemos de la mano? ¿Has visto cómo te miro? ¿Has visto cómo me miras?

Nos convertimos juntos en arte en las calles y fuera de ellas.

Vamos a destrozarlo todo por no ser capaces de saltar, por tener miedo de no poder volar a la primera.

Si ahora no es el momento tú me dirás cuándo.

Es tiempo de que hablen los relojes.

Noviembre cae sobre la ciudad con un tinte grisáceo y triste que no pasa desapercibido. Sopla ya un viento que huele a despedida. Y hay vasos de agua llenos de lágrimas.

Decir adiós cuesta, es difícil. Hay palabras que por lo que implican son casi imposibles de pronunciar. Porque suponen renunciar, aunque a veces, un adiós puede ser un alivio, la peor decisión que puedas tomar, o tan sólo otro puñal más que clavarte en el corazón para dejar marca. Otra señal para poder hacer recuento cuando vayas a pasar la eternidad bajo la tumba. Otra muesca en la pared siendo testigo de la tragedia.

Me siento tan cansado y viejo, tan lleno de una melancolía que no me corresponde, tan confuso, como los viernes de mercado. Tengo la cabeza llena de ruido y horribles turbulencias.

Nos hemos dado cuenta ya de que las buenas personas también tienen malas vidas, y de que hay besos que pueden joderte para el resto de tus días. Supongo que metí la pata, que puse el corazón en el centro del campo de batalla sin pensar demasiado en las consecuencias, sin tener presente que volvería el invierno a congelarnos las manos, sin que nos diéramos cuenta del daño que íbamos a causarnos mutuamente. Y ahora no me sirven ni las mantas para ahuyentar todo el frío que me has dejado encima.

Yo te abrazaría cada día sin pedir nada a cambio. Te salvaría de cada acantilado, de las sombras y del monstruo de debajo de la cama. Te escondería de los malos y de esta falsa democracia. Reiría contigo en la oscuridad, sería escudo, paz y diamante en los días malos. Sería el clavo ardiendo, el café que cura el dolor de cabeza. Te llevaría donde todo pudiera ser mejor. Te diría la verdad mirándote a los ojos.

Lo sería todo para ti sin que me costara nada.

A veces, la mejor forma de expresarse es el silencio. Y no sé si es tiempo de quedarme callado y de que empiecen a hablar los relojes.

Intelectivo.

Las luces de octubre se acercan y el sol se esconde cada vez con menos ganas. Será que ya le sucede lo mismo que nos está pasando a nosotros, que se nos van cerrando los ojos mientras se nos rompe el corazón. Y es que siento los latidos, los minutos y cómo se nos escapan las fuerzas mezcladas con dióxido de carbono.

Al final ni tú ni yo tendremos lo que queremos en el momento en el que se suelten nuestras manos (por error), y tengamos que atarnos los zapatos para seguir caminando por sendas distintas, con rumbos diferentes.

Es triste ver que te vas apagando conmigo, que te desinflas como un globo que se escapa de las pequeñas manos de un niño de mirada clara. Es triste pensar que todo estaba en mi cabeza desde el principio, que fui yo quien alimentó a los cuervos y se dedicó a inventar otra historia más sin ningún tipo de cimientos.

Los sueños son tan fáciles, y la vida tan difícil.

Y, por si fuera poco, nos gusta deleitarnos con las complicaciones, rizar el rizo, dar la vuelta a todo y después quejarnos por ello; como si fuéramos Alicia sin saber qué nos encontraríamos al entrar en la madriguera.

Somos nosotros mismos los que nos buscamos los problemas, la mayoría de veces con nocturnidad y alevosía, pero es mejor engañarse y creer en las casualidades.

Y echar la culpa a los demás.

Siempre es mejor buscar justificaciones para aquello que no tiene justificación, excusas, palabras vagas, frases que nunca se acaban porque no se les puede poner fin.

Me va a esperar la eternidad y el whisky, y libros haciéndose viejos conmigo en la biblioteca. Va a ser todo nostalgia, melancolía y puro drama.

Y entiendo que no haya nadie dispuesto a aguantar todo eso.

Entiendo que cansa tanta verborrea, pensamiento tangencial y un ánimo ciclotímico.

Puedo entender muchas cosas, pero lo que no entiendo es por qué no estás aquí conmigo.

Rara avis.

Somos materia orgánica en proceso de descomposición permanente. Estamos muriendo mientras vivimos, y el tiempo va poniéndonos en el sitio hasta colocarnos en la tumba.  El hueco anónimo de nuestra lápida en un cementerio de almas malditas nos espera impaciente. Nos arrastran los minutos a la casilla de salida, a saltar al vacío, a sonreír cuando no hay miedo a equivocarse.

Ilusos del mañana, que todavía creemos en una existencia mejor, en un destino sin nieblas tenebrosas por delante. Vamos a tener que abrir los ojos y sacar los puños, y golpear con rabia al pasado, al presente sin sentido, y al futuro que no queremos tener.

Las piezas siempre acaban encajando, tarde o temprano, y cada peón tiene una misión en esta partida extraña en la que nunca sabemos cuál va a ser el próximo movimiento. Tendremos nuestras recompensas y cumpliremos nuestras condenas.

A veces siento que la melancolía se está esfumando y que me estoy quedando vacío por reír más de la cuenta, por no tener el horizonte lleno de nubes. A veces siento esa tranquilidad que llevo buscando desde hace tiempo. A veces pienso que todo podría ir bien y luego vuelvo a caer en la oscuridad de la primera taza de café humeante que me plantan delante.

Vamos a tener que trazar una línea para separar el sueño de la realidad cuando alguien llame a nuestra puerta y nos entregue una carta que lleve nuestro nombre. Todavía tenemos incertidumbre en el primer y último latido, y taquicardias de madrugada. Todavía tenemos preguntas que no sabemos responder.

Ni cuándo, ni cómo, ni si pasará. Y no hay nada que yo pueda hacer para impresionarte.

Se hace tarde, y me he descubierto escuchando canciones de rap que me han obligado a pensar en ti. Y no entiendo de bases, ni ritmos pero somos el cruel reflejo de algunas de sus letras.

Eres la única que follándome me hizo sentir movidas en el pecho.

Voy a darme una ducha de agua fría, a romper otro jarrón, a ver Match Point y brindar contra las sillas.

Voy a seguir roto, lleno de cicatrices sobre el esternón secándose al aire.

Somos distintos.

Somos rara avis en un mundo de ineptos.