Etiqueta: medianoche

Consejo de sabios.

Con el frío que hace y tú con las ventanas abiertas y el alma por fuera, como si quisieras que cualquiera te hiciera daño, como si quisieras ponerlo fácil para después poder justificar tus actos.

No se puede ser injusto con el resto únicamente por pensar que la vida no se ha portado de manera adecuada contigo, ni se puede culpar a otros de las decisiones propias. Al final saltamos porque decidimos saltar, nosotros, por mucho que haya otros detrás empujando con fuerza.

Siempre podemos plantarnos, anclarnos al suelo y levantar el dedo corazón en el momento oportuno.

Y digo siempre, aunque no lo haga nunca.

Debemos establecer nuestras propias prioridades, utilizar la honestidad que pretendemos usar con los demás contra nosotros mismos, ver nuestros errores y ponerlos en la balanza, del mismo modo que hacemos con las equivocaciones del enemigo.

O eso, o aprendemos a convivir con nuestra propia hipocresía.

Y nos relajamos, nos dejamos llevar, navegamos hasta donde nos lleve la corriente sin quejarnos del resultado. Que es lo que hacemos al final para quedarnos tranquilos, para no exigirnos tanto, para tratar de alejarnos del límite en el que no somos capaces de distinguir toda esa gama de grises que existe entre el negro y el blanco, donde buceamos todos.

Otro día más las agujas del reloj marcan la medianoche, tú señalas al cielo, yo señalo la cama. Desechamos otro beso como si nos sobrara el amor, desafinamos en otra despedida, seguimos buscando esa tercera dimensión que de respuestas a todas nuestras preguntas infinitas.

Algunas veces la única forma de ganar es rendirse, pero me niego a admitirlo.

Y aquí sigo,

ponedme una vela, estoy atrapado.

Dos minutos.

Más basura, más sangre, más mierda en las manos, y siempre mirando hacia otro lado. No somos conscientes del vertedero en el que estamos convirtiendo el planeta y la humanidad, de lo mucho que vamos a lamentarlo todo que estamos haciendo sin pensar y reflexionar sobre ello.

Hemos dejado el mundo en manos de dos locos que juegan con el dedo sobre el botón rojo y el tiempo corre, el reloj avanza sin que nosotros cambiemos nada de nuestro día a día.

Hemos creado una sociedad que pase lo que pase permanece inamovible, la rueda no se detiene, nunca deja de girar. Seguimos levantándonos, mirando nuestro whatsapp a los cinco minutos de abrir los ojos, escuchando las noticias en la radio para ir a trabajar, criticando, opinando sin hacer, sin formar parte activa del cambio que tanto buscamos. Se nos dan bien los discursos, la fachada, mantener la imagen y la sonrisa intactas mientras somos como esas manzanas que llevan semanas en el cuenco de la fruta.

Hemos aparcado las cosas que deberían importarnos de verdad.

Hemos olvidado que no hay futuro sin gente, y que no hay personas sin derechos.

Y ya no luchamos por nada.

Nos quedamos idiotizados viendo la televisión desde el sofá, sin levantarnos más de dos o tres veces al día. Nos quedamos mirando el teléfono durante horas, viviendo a través de pantallas que no nos transmiten realidad.

El Reloj del Apocalipsis marca desde hace unos días que quedan dos minutos para el Juicio Final, que la extinción de la raza humana está más cerca que nunca por culpa de todo lo que hemos creado y destruido. Importa poco que se trate sólo de algo simbólico, pero debería hacernos reaccionar de algún modo.

Deberíamos replantearnos la evolución, la revolución, el cambio.

Deberíamos mandarlo todo a la mierda, abrazarnos, besarnos, dejar de preocuparnos por lo que no es fundamental.

Respirar, vibrar y crecer.

Y aunque realmente faltaran sólo dos minutos para la medianoche, para que todo el mundo conocido se acabara, seguiría tendiéndote la mano esperando a que llegaras.

 

Ciudad maldita.

Hay bombas nucleares estallando en la otra mitad del globo terráqueo y gente ahogándose a diario en un mar que siempre ha sido nuestra casa. Hace un calor infernal en las calles, se disparan balas al aire y sigue habiendo gente que camina con corazones iceberg, fríos y que esconden más de lo que dejan ver. La historia borrándose y nosotros con la cabeza llena de monstruos, inventando letras de canciones con tal de seguir perdiendo el tiempo.

Puede que algún día deje de convertirlo todo en una espiral.

Me encantaría que se acabara de una jodida vez eso de naufragar cada medianoche, poder grabar mi nombre en tus costillas, escribir cartas con tinta invisible que sólo pudiera leerte yo.

Creo ya que nadie va a conseguir salvarme de mi propia cabeza, que nadie podrá hacerme entender que mi prisma deforme no refleja la realidad que ve el resto, que nadie logrará convencerme de que para ti no sólo soy otra mentira que ocultar.

Y es que, sigo siendo un simple pasajero de este viaje sideral, y camino por los días como un lienzo manchado que no cree en nada. Sigo teniendo los cajones llenos de recuerdos con los que no quiero encontrarme, sigo teniendo un pánico poco práctico al fracaso, sigo viendo charcos llenos de barro, sigo apostando por causas perdidas.

Será por eso que nunca gano, que parece que soy el único que habita en esta ciudad maldita, donde las hienas ríen cuando hay luna llena y los lobos no podemos salir de la cama sin sangrar a todas horas. Esta ciudad maldita llena de fantasmas de humo y alcohol, de espíritus inmortales, de noches sin fin, de amores que dejan un sabor amargo al final del paladar.

No voy a pedir que seas mi faro y que me guíes entre tanta oscuridad, porque soy incapaz de dejarte tan indefensa, con tanto peso sobre tus espaldas. Soy incapaz de hacerte tanto daño.

Y ahora que suenan los relojes, sigo sin entender por qué se entrelazan todavía nuestros cuerpos.

Quizá alguna noche consiga acostarme sin miedo a perder, a perderme, a perderte.