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Esa paz sobre la que muchos hablan.

[Continuación de Los perros tienen pulgas.]

Sólo por contentar a Elisa ha decidido ceder y salir a cenar con un matrimonio de viejos conocidos al que hace tiempo que no ven. Lo único que le apetece en aquel momento es tumbarse en su sofá a leer algo de Gil de Biedma y olvidarse de todo lo malo que arrastra la semana, como el agua torrencial que llena los cauces de los ríos de basura. Marisa y Felipe le parecen aburridos de cojones, ella empleada de banca y él director de un colegio concertado. Nada de lo que tienen que decir habitualmente ninguno de los dos le interesa lo más mínimo pero finge bien.

Egea ha aprendido a mimetizarse siempre con el entorno y sabe comportarse en cualquier situación, es comprensible teniendo en cuenta que, en ocasiones, tiene que hacer entrevistas a gente que ha matado sin escrúpulos a personas a sangre fría y tomar notas mientras tanto. Y, sobre todo, sin que su gesto le delate. Al final debe permanecer igual de impasible con alguien que ha matado colocando una almohada sobre la boca y la nariz de su bebé de tres años que con el ratero que ha roto una litrona en la cabeza de un sin techo porque le miraba mal, o con cualquier lesionado en accidente de tráfico. 

El otro día no diste esta misma versión de los hechos, Salvador. —recuerda que tuvo que decirle. Un chaval de unos dieciséis años que supuestamente había matado a su padre. Treinta cuchilladas en tórax y abdomen, el cadáver varios días sin ser visto y después un incendio tratando de ocultar el cuerpo que sólo había conseguido el efecto contrario. Los bomberos habían hallado al fallecido con signos extensos de quemaduras en una de las habitaciones de la casa. Nada en su historia cuadraba. Nada en su historia hacía que pareciera inocente.

Daniel se encuentra dentro del vestidor, elige una camisa blanca y una americana gris oscura, sin corbata, sin pajarita, unos vaqueros y unos zapatos que combinan con la chaqueta. Tampoco piensa preocuparse mucho más por la ropa que va a llevar aunque sabe que su esposa pondrá pegas, muchas, para no perder la costumbre de criticar todo lo que hace.

Date prisa o llegaremos tarde. —Egea sabe de sobra que ella detesta no llegar con tiempo a los sitios, prefiere esperar a que la esperen excepto cuando se trata de su marido. En ese caso, le gusta que él desespere. Mantienen una especie de tira y afloja constante bastante agotador aunque en público son capaces incluso de caminar cogidos de la mano y de sonreírse sin que todo parezca una pantomima. La gente que los rodea no es consciente de los problemas a los que se ha enfrentado el matrimonio en el último lustro.

Estoy acabando. —Se ata los cordones de los zapatos y mira el reloj. Está deseando volver a casa y colocarse el pijama sin haber salido todavía por la puerta. Vaya manera de comenzar el fin de semana.

Coge el teléfono, en la pantalla un mensaje de Mónica espera a ser abierto pero tampoco quiere verlo ahora. Mónica es una compañera de trabajo con la que habla con frecuencia, ella es unos años más joven y está separada desde hace tiempo, y para qué mentir, las chispas saltan entre ellos. Egea ha tenido sus labios tan cerca últimamente que ha estado a punto de quemarse en varias ocasiones. La forense es el tipo de mujer que siempre le ha gustado o quizá no, pero el caso es que le gusta. Ahora observa a su esposa y se pregunta por qué se casó con alguien en quien no se fijaría actualmente. Lo malo de la doctora Acosta es que mezclar trabajo y placer puede no acabar bien, y tampoco le gustaría empezar a sentirse a disgusto en el único lugar del mundo en el que se siente comprendido, en el que nadie le juzga y los compañeros le valoran por su profesionalidad.

Con el móvil todavía en la mano observa que el nombre de Díaz comienza a parpadear y la canción de Passenger de Iggy Pop resuena entre la madera del vestidor, le sorprende que le llame a esas horas un viernes, y más después de haber estado juntos trabajando por la mañana. Quizá se le haya escapado algún detalle que necesita para continuar agilizando la investigación y tratar de encontrar a los culpables de aquel homicidio.

Díaz, ya sabes que estoy casado. Nunca lo vas a conseguir. —bromea Daniel. Tiene suficiente confianza con el guardia civil como para poder hacer según qué tipo de bromas.

No me jodas.

Suelta el teléfono cuando el agente de la Policía Judicial le cuelga después de haberse explicado y poner al día a Egea. La cagada es que va a tener que dejar la cena en espera e irse a solucionar algunas cosas. El médico sabe de sobra que no es necesario que lo haga ahora, pero pondría cualquier excusa con tal de no mezclarse otra vez con aquel matrimonio de estirados a los que, en el fondo, no ha dejado de odiar desde que los conoció.

Discusión, gritos y portazo incluido antes de subirse al coche y salir de la casa. Elisa no le va a perdonar otro feo gesto que se suma a la innumerable lista de los últimos meses. La pelota de nieve es cada vez más grande y al final acabará por hundir el tejado del hogar en el que viven.

Egea conduce rumbo a la ciudad en su Volvo XC60 azul, el cielo añil parece caerse sobre él como si quisiera hacerle sentir culpable por estar yendo en la dirección contraria a la que debería ir. No puede esperar a llegar a su destino y enciende un cigarro mientras el cuentakilómetros avanza. Sabe que esa noche dormirá en el piso céntrico y que estará un par de días sin volver a casa, no tiene ni los ánimos ni las ganas suficientes para enfrentarse a las malas caras.

Otro mensaje de Mónica parpadea en la pantalla pero en lugar de deslizar el dedo por la pantalla del teléfono móvil para leerlo, enciende la radio y deja que algún joven locutor presente una de esas canciones de electrolatino que tanto baila su hija a todas horas. Lo bueno de ese tipo de música es que las letras hablan todo el rato de lo mismo y el ritmo no tiene demasiado misterio, así que hace que no pienses, se te mete como un virus entre las neuronas saltando todos los cortafuegos y se queda grabada a fuego en la memoria, de ese modo puede aparecer entre tus pensamientos en el momento menos pensado dejándote indefenso y bastante en evidencia.

El calor es asfixiante a pesar de las horas y no corre ni un soplo de brisa. Siente la camisa blanca pegándose discretamente a su piel por culpa del sudor que perla su piel, todavía muy pálida a estas alturas del verano, sobre todo teniendo en cuenta que tiene una piscina a su disposición en su propia casa y en la que cree que sólo se ha bañado un par de veces desde que los termómetros superaron los veinticinco grados centígrados.

Egea detiene el vehículo, sale, apoyándose un momento en la puerta, y apura el cigarro. Se pregunta durante unos segundos si alguna vez en la vida podrá tener un día normal, sin alteraciones, sin imprevistos.

Sólo quiere un poco de esa paz sobre la que muchos hablan.

Un poco de calma para encontrar la solución a alguno de sus principales problemas.

Los perros tienen pulgas.

[Continuación de Algunas cosas acaban.]

Aparca el coche en el garaje y se frota los ojos. El jardín huele igual que un campo de trigo recién segado, le recuerda a esos días de vacaciones de cuando era pequeño y los pasaba en el diminuto pueblo de interior del que era su padre. La sequía y el calor de este año hace que no puedan regar el césped y que estén todas las plantas medio muertas, lo cual le da un aspecto algo lamentable al jardín de la casa en la que vive con su mujer y su hija adolescente. Sabe de sobra que va a haber reproches y brazos cruzados en cuanto pase por la puerta que da desde el garaje a la cocina de su hogar.

El tema de la burbuja inmobiliaria explotó justo en el momento preciso para que pudieran comprar aquella vivienda a precio de ganga. Jardín, piscina y una buena urbanización en un pueblo en el extrarradio de la ciudad. Su casa. Muebles caros, diseño moderno. Lo cierto es que no escatimaron en nada, el dinero y los cojones para las ocasiones. Aunque aquello salió casi todo del bolsillo del forense, por qué no decirlo. En el fondo, era su casa y empezaba a sentirse como un extraño.

A veces tenía la necesidad de dormir cerca del trabajo, los días de guardia prefería estar en la ciudad. Por eso tenía un pequeño estudio en el centro en el que muchas veces prefería dormir a ver la cara de su esposa o escuchar otra discusión más.

Daniel Egea está al borde del colapso emocional. No soporta ya la carga que supone su matrimonio, los informes de autopsia del trabajo no dejan de acumularse sobre la recia mesa de su despacho y tiene una hija que sólo hace que pedir dinero para salir con sus amigos tarde y noche. Y sólo tiene cuarenta y cinco años, se supone que ya pasó por esa jodida crisis que dicen que pasan todos los hombres al superar la barrera de la cuarta década de vida y que las aguas debían volver a su cauce. Una mierda. Las cosas sólo habían hecho que ir a peor y lo único que quería era huir de todo aquello, refugiarse en el silencio de la sala de autopsias, o en su despacho y en el sonido de sus dedos golpeando las teclas para “sacar papel”.

Ya era hora.

Te había dicho que había un homicidio y que llegaría tarde.

Elisa está sentada en el sofá, con un documental de La 2 de fondo, un libro entre las piernas y una humeante taza de té esperando sobre la mesita de cristal que ocupa el diáfano espacio.

Supongo que, por lo menos, saldremos a cenar esta noche. Marisa y Felipe me han vuelto a llamar. —Ella siempre usa ese tono de condescendencia con él. Es que te perdona la vida cada vez que habla, recuerda que le decía su madre que en paz descanse. Y tenía razón. Elisa todavía se pensaba mejor que él por venir de una familia bien que había acabado venida a menos. La ruina había podido con muchos que parecían invencibles, y había tenido suerte de que Daniel estuviera ahí para hacerle menos dura la caída desde el trono.

El hombre suspira, se muerde la lengua y asiente antes de hablar.

Claro, voy a ducharme y a descansar un poco. Podemos ir al italiano. Hace una pausa, pensándolo mejor. O donde tú quieras. Le concede esa batalla pero no la guerra.

Ha entrado en el salón y ni siquiera se ha acercado a dejar un beso en los labios o en la mejilla de su mujer, tampoco ella se lo ha pedido. Hace tanto tiempo que no tienen sexo que se ha visto obligado algunas noches a usar alguna página porno para masturbarse y dejar de pensar un rato. Ni siquiera hay cariño o algo de respeto, y eso es algo que hace que el veneno se vaya extendiendo por las extremidades del hombre y por los cimientos de la casa. El aire empieza a ser cada vez más tóxico. Lo cierto es que tampoco quiere que su hija Laura se críe en el seno de una familia así, en la que ya no puede aprender a seguir ningún buen ejemplo, y para una adolescente es algo fundamental. O eso piensa él.

Sube los escalones hasta llegar a su estudio y deja allí el maletín de cuero ya desgastado. Camina hasta la habitación de su hija y toca un par de veces hasta escuchar su voz medio somnolienta, abre la puerta y pasa en la penumbra.

Buenas tardes, cariño. Una serie de Netflix de fondo y el aire acondicionado refrescando la habitación. Se acerca hasta la cama sólo para dejar un beso en la frente de Laura.

¿Has hecho tú la autopsia del hombre que han encontrado en el vertedero?Daniel asiente, con una pequeña sonrisa.

Pero ya sabes que no puedo decir nada.

Ella hace el mismo gesto compungido de siempre.

Nunca cuentas nada.

Porque no puedo hacerlo. Pasa una mano por el largo cabello de su hija y viaja lentamente en el tiempo, remontándose a años atrás, cuando ella lo necesitaba para todo y le cogía de la mano por la calle y le pedía que la llevara a hombros entre risas. La vida cambia muy rápido.

No voy a decir ni una palabra a nadie, porfa.

Egea niega con la cabeza, lentamente, sin dejar ese aire protector que no puede evitar con su pequeña.

A los muertos hay que dejarlos descansar. Vuelve a besar su mejilla y se levanta para abandonar el cuarto.

Aquel pobre hombre ya había tenido bastante con lo que le había hecho algún o algunos desalmados. Vuelve a su mente la imagen de los dedos fracturados y en su tímpano es capaz de escuchar el crujir del hueso, como al arrancar una corteza gruesa de un árbol viejo. El golpe seco en el cráneo, la hemorragia intracraneal, la muerte llegando a velocidad de Concorde. Y después, probablemente, aquellos tres navajazos que ya se encargan de mostrar la falta de honradez. Tres puñaladas para acabar de verter la sangre como si no hubiera sido suficiente.

Camina hasta coger una toalla y desvestirse dentro del baño de la habitación. Vuelve a tener ocasión de verse reflejado en el espejo, la falta de brillo en unos ojos claros que habían pasado por tiempos mejores, las canas asomando entre el cabello castaño, la barba sin recortar. Si lo viera su padre ya se estaría tirando de los pocos pelos que le quedaban en la cabeza.

Hijo, eres alguien respetable, ¿cómo te atreves a ir así por el mundo?Le habría dicho seguramente si lo tuviera delante.

Pero nada más lejos de la realidad, Egea sabe de sobra que no es respetable, que simplemente tiene un trabajo que lo hace parecerlo. Abre el grifo de la ducha y deja que el agua corra un minuto antes de entrar y apoyar la frente contra los azulejos grises. Las ideas van tan rápidas por su cerebro que no sabe muy bien en qué focalizar su atención. Elisa es un problema, su mujer se ha convertido en el mayor quebradero de cabeza, y no sabe cómo salir de esa trampa en la que está encajonado.

Debo hacer algo, joder.

Siente el impulso de salir mojado, con la toalla amarrada a su cintura, recorrer la casa dejando un rastro de agua hasta llegar a su esposa y decirle que se acaba todo, que no aguanta más, que está harto de intentar mantener a flote algo que se hundió hace cinco años cuando ella le fue infiel y él se engañó a sí mismo pensando que podrían superar cualquier obstáculo, que podría olvidarlo. Pero es incapaz, cada vez que cierra los ojos puede imaginarla cabalgando sobre el miembro erecto de su antiguo jefe y siente las mismas náuseas que cuando ha abierto el sudario en la sala de autopsias aquella misma mañana.